El marxismo y los movimientos nacionalistas

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Planteamiento teórico del problema

La revo­lu­ción social no se desa­rro­lla en línea rec­ta, no es el Grand Soir con que soña­ban los revo­lu­cio­na­rios inge­nuos del siglo XIX, la caí­da espec­ta­cu­lar del régi­men capi­ta­lis­ta en vir­tud de un acto de fuer­za bre­ve y cer­te­ro y la sus­ti­tu­ción casi auto­má­ti­ca del vie­jo orden de cosas por una socie­dad más jus­ta y más huma­na, sur­gi­da de la noche a la maña­na, con todos los atri­bu­tos de un meca­nis­mo per­fec­to y regu­lar.

Por asom­bro­so que parez­ca, en nues­tros días, a pesar de la expe­rien­cia deci­si­va de los últi­mos años, esa con­cep­ción inge­nua y fal­sa sobre­vi­ve toda­vía en la con­cien­cia de muchos mili­tan­tes del movi­mien­to obre­ro, lo cual les impul­sa a recha­zar todas aque­llas accio­nes que no per­si­gan como fin inme­dia­to esa «revo­lu­ción» miracu­losa que en vein­ti­cua­tro horas ha de rea­li­zar la trans­for­ma­ción catas­tró­fi­ca y radi­cal de la socie­dad. Los «revo­lu­cio­na­rios» de esa cate­go­ría —ni que decir tie­ne— reser­van el mayor de los des­pre­cios o la indi­fe­ren­cia más abso­lu­ta a pro­ble­mas tales como el de la eman­ci­pa­ción de las nacio­na­li­da­des opri­mi­das.

Y, sin embar­go, los movi­mien­tos nacio­na­les desem­pe­ñan un papel de pri­mer orden en el desa­rro­llo de la revo­lu­ción demo­crá­ti­co­bur­gue­sa, arras­tran a la lucha a masas inmen­sas y cons­ti­tu­yen un fac­tor revo­lu­cio­na­rio pode­ro­sí­si­mo que el pro­le­ta­ria­do no pue­de dejar de tener en cuen­ta, sobre todo en paí­ses como el nues­tro, en que dicha revo­lu­ción no ha sido rea­li­za­da toda­vía. Vol­ver la espal­da hacia esos movi­mien­tos, adop­tar una acti­tud de indi­fe­ren­cia ante los mis­mos, es hacer el jue­go al nacio­na­lis­mo opre­sor y reac­cio­na­rio, aun­que se pre­ten­da cubrir dicha acti­tud con la capa del inter­na­cio­na­lis­mo. La posi­ción del pro­le­ta­ria­do ha de ser, a este res­pec­to, cla­ra y con­cre­ta e ins­pi­rar­se en el pro­pó­si­to de estre­char los lazos de soli­da­ri­dad entre los obre­ros de las dis­tin­tas nacio­nes que for­man el Esta­do e impul­sar la revo­lu­ción hacia ade­lan­te.

Qué es la cuestión nacional

El fun­da­men­to eco­nó­mi­co de la nación es el desa­rro­llo del inter­cam­bio sobre la base de la eco­no­mía capi­ta­lis­ta. La exis­ten­cia de rela­cio­nes eco­nó­mi­cas deter­mi­na­das, la comu­ni­dad de terri­to­rio, de idio­ma y de cul­tu­ra cons­ti­tu­yen los ras­gos carac­te­rís­ti­cos de la nación. Se pue­de afir­mar, por con­si­guien­te, que la nación, en el ver­da­de­ro sen­ti­do de la pala­bra, es un pro­duc­to direc­to de la socie­dad capi­ta­lis­ta. Las uni­da­des polí­ti­cas y terri­to­ria­les de la anti­güe­dad y de la edad media no eran más que nacio­nes en ger­men. Los paí­ses que no han entra­do toda­vía en el perío­do de desa­rro­llo capi­ta­lis­ta no pue­den ser con­si­de­ra­dos, pro­pia­men­te, como nacio­nes.

La bur­gue­sía tien­de a cons­ti­tuir­se en Esta­do nacio­nal por­que es la for­ma que mejor res­pon­de a sus intere­ses y que garan­ti­za un mayor desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo. Los movi­mien­tos de eman­ci­pa­ción nacio­nal expre­san esta ten­den­cia, y en los Esta­dos plu­ri­na­cio­na­les, en que el poder está ejer­ci­do por los gran­des terra­te­nien­tes, adquie­ren una ampli­tud y una viru­len­cia par­ti­cu­la­res. En este sen­ti­do, se pue­de decir que no repre­sen­tan más que un aspec­to de la lucha gene­ral con­tra las super­vi­ven­cias feu­da­les y por la demo­cra­cia. La his­to­ria nos demues­tra, en efec­to, que la lucha nacio­nal ha coin­ci­di­do siem­pre con la lucha con­tra el feu­da­lis­mo.

Cuan­do la crea­ción de los gran­des Esta­dos ha corres­pon­di­do al desa­rro­llo capi­ta­lis­ta, ha cons­ti­tui­do un hecho pro­gre­si­vo. Ale­ma­nia, para citar sólo uno de los casos más típi­cos, nos ofre­ce un ejem­plo elo­cuen­te de ello. Cuan­do la for­ma­ción de los gran­des Esta­dos pre­ce­de al desen­vol­vi­mien­to capi­ta­lis­ta, la uni­dad resul­tan­te es una uni­dad regre­si­va, des­pó­ti­ca, de tipo asiá­ti­co, que con­tie­ne, en vez de favo­re­cer, el desa­rro­llo de las fuer­zas pro­duc­ti­vas. Los ejem­plos más carac­te­rís­ti­cos de este tipo de uni­dad los halla­mos en los ex-impe­rios ruso y aus­trohún­ga­ro y en Espa­ña. Por ello, en estos paí­ses la lucha por la eman­ci­pa­ción nacio­nal ha adqui­ri­do carac­te­res tan agu­dos y una impor­tan­cia tan enor­me como fac­tor revo­lu­cio­na­rio.

La burguesía industrial y la pequeña burguesía en la lucha nacional

En el trans­cur­so de las revo­lu­cio­nes bur­gue­sas del siglo XX, los paí­ses capi­ta­lis­tas más impor­tan­tes de Euro­pa resol­vie­ron su pro­ble­ma nacio­nal; pero este sub­sis­tió en los Esta­dos plu­ri­na­cio­na­les que no habían rea­li­za­do toda­vía su revo­lu­ción demo­cra­ti­co­bur­gue­sa. En los movi­mien­tos de eman­ci­pa­ción nacio­nal las dis­tin­tas cla­ses socia­les actúan con las mis­mas carac­te­rís­ti­cas que las dis­tin­guen en la lucha gene­ral por las reivin­di­ca­cio­nes demo­crá­ti­cas, de las cua­les aque­llos no son más que un aspec­to.

Los intere­ses de la eco­no­mía capi­ta­lis­ta impul­san a la bur­gue­sía a luchar con­tra las remi­nis­cen­cias feu­da­les que cons­ti­tu­yen un obs­tácu­lo a su avan­ce triun­fal; pero esta lucha se desa­rro­lla en con­di­cio­nes his­tó­ri­cas muy dis­tin­tas de las que carac­te­ri­za­ron a las épo­cas de las revo­lu­cio­nes bur­gue­sas ante­rio­res. La bur­gue­sía era enton­ces toda­vía una fuer­za pro­gre­si­va, cuya con­so­li­da­ción coin­ci­día con los intere­ses gene­ra­les de la huma­ni­dad. Hoy es una fuer­za regre­si­va, cuya per­sis­ten­cia cons­ti­tu­ye un peli­gro para dichos intere­ses, con los cua­les se halla en abier­ta con­tra­dic­ción. Enton­ces la bur­gue­sía rea­li­za­ba su misión his­tó­ri­ca, con la ayu­da direc­ta de las masas obre­ras y cam­pe­si­nas, sin las cua­les le hubie­ra sido impo­si­ble triun­far. Hoy, el pro­le­ta­ria­do tie­ne una con­cien­cia de cla­se incom­pa­ra­ble­men­te más ele­va­da, numé­ri­ca­men­te, es mucho más fuer­te, y si bien tie­ne un inte­rés vital en resol­ver los pro­ble­mas fun­da­men­ta­les de la revo­lu­ción demo­crá­ti­co­bur­gue­sa, con­si­de­ra esta revo­lu­ción como eta­pa indis­pen­sa­ble para seguir avan­zan­do en el sen­ti­do de las rea­li­za­cio­nes de carác­ter socia­lis­ta y no está dis­pues­to a lan­zar­se al com­ba­te en pro­ve­cho exclu­si­vo de la domi­na­ción bur­gue­sa. En cuan­to a los cam­pe­si­nos, los tér­mi­nos del pro­ble­ma han varia­do asi­mis­mo fun­da­men­tal­men­te. La cues­tión de la tie­rra, como es sabi­do, pue­de ser con­si­de­ra­da como la pie­dra angu­lar de la revo­lu­ción bur­gue­sa. En el perío­do ante­rior, la bur­gue­sía capi­ta­lis­ta podía ata­car, sin con­se­cuen­cias para su pro­pia domi­na­ción, el dere­cho de pro­pie­dad de los gran­des terra­te­nien­tes, cuyo pode­río tenía inte­rés en des­truir. Hoy, ante el mie­do de que ese ata­que esti­mu­le la ofen­si­va pro­le­ta­ria con­tra el dere­cho de pro­pie­dad pri­va­da en gene­ral, se vuel­ve pre­ca­vi­da, y su acti­tud ante el pro­ble­ma de la tie­rra se con­vier­te en con­ser­va­do­ra y regre­si­va.

La bur­gue­sía, pues, en las cir­cuns­tan­cias his­tó­ri­cas actua­les, no pue­de resol­ver los pro­ble­mas fun­da­men­ta­les de su pro­pia revo­lu­ción y, por con­si­guien­te, el de la eman­ci­pa­ción nacio­nal, y en los momen­tos deci­si­vos, cuan­do entran en acción gran­des masas popu­la­res, ate­rro­ri­za­da ante las posi­bles con­se­cuen­cias de la mis­ma, retro­ce­de y se apre­su­ra a pac­tar con los ele­men­tos semi­feu­da­les. En la mayor par­te de los casos, esta defec­ción de la gran bur­gue­sía pro­vo­ca una reac­ción popu­lar que deter­mi­na el des­pla­za­mien­to de la direc­ción del movi­miento nacio­nal hacia la peque­ña bur­gue­sía. Su fra­seo­lo­gía pom­po­sa y radi­cal, sus acti­tu­des exte­rior­men­te revo­lu­cio­na­rias, su intran­si­gen­cia ver­bal, le atraen la sim­pa­tía y la con­fian­za popu­la­res. Pero las fallas fun­da­men­ta­les de esa cla­se no tar­dan en mani­fes­tar­se. Cla­se vaci­lan­te e inde­ci­sa, como refle­jo de la situa­ción inter­me­dia que ocu­pa en la eco­no­mía capi­ta­lis­ta, su revo­lu­cio­na­ris­mo se des­hin­cha rápi­da y lamen­ta­ble­men­te; pre­sa de páni­co ante las con­se­cuen­cias y las res­pon­sa­bi­li­da­des de un alza­mien­to nacio­nal, se aga­rra ansio­sa­men­te a la pri­me­ra fór­mu­la con­ci­lia­to­ria que se le ofre­ce, y el movi­mien­to nacio­nal, bajo la direc­ción de la peque­ña bur­gue­sía, corre la mis­ma suer­te que la revo­lu­ción demo­crá­ti­ca en gene­ral.

¿Cuál debe ser la actitud del proletariado?

Que­da otro fac­tor: el pro­le­ta­ria­do. Esta cla­se, por su natu­ra­le­za y por la misión que la his­to­ria le reser­va, está lla­ma­da a rea­li­zar lo que ni la gran bur­gue­sía ni la peque­ña son capa­ces de hacer: la revo­lu­ción demo­crá­ti­co­bur­gue­sa. Sólo él pue­de, por con­si­guien­te, resol­ver radi­cal­men­te el pro­ble­ma nacio­nal. Pero para ello es pre­ci­so que adop­te una acti­tud cla­ra y defi­ni­da ante él. La tra­di­ción del mar­xis­mo le seña­la, en este sen­ti­do, una orien­ta­ción pre­ci­sa.

Marx y Engels sub­ra­ya­ron repe­ti­da­men­te el papel pro­gre­si­vo de los movi­mien­tos de eman­ci­pa­ción nacio­nal y, muy par­ti­cu­lar­men­te, la inmen­sa impor­tan­cia revo­lu­cio­na­ria de la lucha de Polo­nia e Irlan­da. La indi­fe­ren­cia ante esos movi­mien­tos repre­sen­ta­ba, a su jui­cio, un apo­yo direc­to al cho­vi­nis­mo opre­sor, fuen­te del poder de cla­se de la bur­gue­sía de la nación domi­nan­te. Por esto — afir­ma­ba Marx —, «la vic­to­ria del pro­le­ta­ria­do sobre la bur­gue­sía es al mis­mo tiem­po la vic­to­ria sobre las riva­li­da­des nacio­na­les que actual­men­te opo­nen a unos pue­blos con­tra otros. La vic­to­ria del pro­le­ta­ria­do sobre la bur­gue­sía es al mis­mo tiem­po la señal de la eman­ci­pa­ción de todas las nacio­nes opri­mi­das».

En la Inter­na­cio­nal Socia­lis­ta de antes de la gue­rra la cues­tión nacio­nal fue obje­to de vivos y apa­sio­na­dos deba­tes. El con­gre­so de Lon­dres de 1896 con­cre­tó en una reso­lu­ción el cri­te­rio de la mayo­ría de la social­de­mo­cra­cia. «El Con­gre­so se pro­nun­cia —decía la men­cio­na­da reso­lu­ción— por el dere­cho abso­lu­to de todas las nacio­nes a dis­po­ner de sus des­ti­nos y expre­sa su sim­pa­tía por los obre­ros de todos los paí­ses que sufren actual­men­te el yugo del abso­lu­tis­mo mili­tar o nacio­nal. El con­gre­so invi­ta a los obre­ros de todos estos paí­ses a entrar en las filas de los obre­ros cons­cien­tes de todo el mun­do, a fin de luchar jun­to con ellos por la supre­sión del capi­ta­lis­mo inter­na­cio­nal y la rea­li­za­ción de los obje­ti­vos per­se­gui­dos por la social­de­mo­cra­cia.» El con­gre­so, al adop­tar este pun­to de vis­ta, recha­zó, tan­to el de los socia­lis­tas pola­cos del RPS, que pre­co­ni­za­ban la inclu­sión de la inde­pen­den­cia de Polo­nia en el pro­gra­ma de la Inter­na­cio­nal, como el de Rosa Luxem­burg, que con­si­de­ra­ba que la social­de­mo­cra­cia nada tenía que ver con la cues­tión nacio­nal. Esa posi­ción fue la que fun­da­men­tal­men­te sos­tu­vie­ron la mayo­ría del ala izquier­da de la Inter­na­cio­nal y, muy par­ti­cu­lar­men­te, los bol­che­vi­ques rusos, que la lle­va­ron has­ta sus últi­mas con­se­cuen­cias con un infle­xi­ble rigor lógi­co.

La posición bolchevista

Marx y Engels se habían ocu­pa­do de la cues­tión sólo de un modo epi­só­di­co y acci­den­tal. Lenin nos ha lega­do, en cam­bio, una serie de tra­ba­jos teó­ri­cos que cons­ti­tu­yen una doc­tri­na bien tra­ta­da, y son una apli­ca­ción magis­tral del méto­do mar­xis­ta a las situa­cio­nes his­tó­ri­cas con­cre­tas. Resu­mi­re­mos sucin­ta­men­te la posi­ción clá­si­ca del bol­che­vis­mo, ela­bo­ra­da antes de la gue­rra y tra­du­ci­da en rea­li­za­ción prác­ti­ca des­pués de la revo­lu­ción de octu­bre.

Todo movi­mien­to nacio­nal tie­ne un con­te­ni­do demo­crá­ti­co que el pro­le­ta­ria­do ha de sos­te­ner sin reser­vas. Una cla­se que com­ba­te encar­ni­za­da­men­te todas las for­mas de opre­sión no pue­de mos­trar­se indi­fe­ren­te ante la opre­sión nacio­nal; no pue­de, con nin­gún pre­tex­to, desen­ten­der­se del pro­ble­ma. La posi­ción pseu­do­in­ter­na­cio­na­lis­ta, que nie­ga el hecho nacio­nal y pre­co­ni­za la cons­ti­tu­ción de gran­des uni­da­des, sos­tie­ne prác­ti­ca­men­te la absor­ción de las peque­ñas nacio­nes por las gran­des, y, por lo tan­to, la opre­sión. El pro­le­ta­ria­do no pue­de tener más que una acti­tud: apo­yar el dere­cho indis­cu­ti­ble de los pue­blos a dis­po­ner libre­men­te de sus des­ti­nos y a cons­ti­tuir­se en Esta­do inde­pen­dien­te si ésta es su volun­tad.

¡Nin­gún pri­vi­le­gio para nin­gu­na nación, nin­gún pri­vi­le­gio para nin­gún idio­ma! ¡Nin­gu­na opre­sión, nin­gu­na injus­ti­cia hacia la mino­ría nacio­nal! He aquí el pro­gra­ma de la demo­cra­cia obre­ra (Lenin).

Pero el reco­no­ci­mien­to del dere­cho indis­cu­ti­ble a la sepa­ra­ción no impli­ca, ni mucho menos, la pro­pa­gan­da en favor de la mis­ma en todas las cir­cuns­tan­cias, ni el con­si­de­rar­la inva­ria­ble­men­te corno un hecho pro­gre­si­vo. El reco­no­ci­mien­to de este dere­cho dis­mi­nu­ye los peli­gros de dis­gre­ga­ción y cimen­ta la soli­da­ri­dad indis­pen­sa­ble entre los tra­ba­ja­do­res de las dis­tin­tas nacio­nes que inte­gran el Esta­do. Al sos­te­ner este dere­cho, el pro­le­ta­ria­do no se iden­ti­fi­ca con la bur­gue­sía nacio­nal, que quie­re subor­di­nar los intere­ses de cla­se a los intere­ses nacio­na­les, ni con las cla­ses pri­vi­le­gia­das de la nación domi­nan­te, que quie­ren con­ver­tir a los obre­ros en cóm­pli­ces de la polí­ti­ca de opre­sión nacio­nal.

La lucha por el dere­cho de los pue­blos a la inde­pen­den­cia no pre­su­po­ne, ni mucho menos, la dis­gre­ga­ción de los obre­ros de las dis­tin­tas nacio­nes que for­man el Esta­do, median­te la exis­ten­cia de orga­ni­za­cio­nes inde­pen­dien­tes. El bol­che­vis­mo ha sos­te­ni­do siem­pre la nece­si­dad pri­mor­dial de la unión de los tra­ba­ja­do­res de dichas nacio­nes para la lucha común por la demo­cra­cia y ha com­ba­ti­do acer­ba­men­te toda ten­den­cia con­du­cen­te a dar al par­ti­do del pro­le­ta­ria­do una estruc­tu­ra fede­ra­lis­ta. Y así, el Par­ti­do Bol­che­vi­que, que prac­ti­có una polí­ti­ca nacio­na­lis­ta con­se­cuen­te, fue siem­pre una orga­ni­za­ción esen­cial­men­te cen­tra­lis­ta.

Esta polí­ti­ca es la úni­ca sus­cep­ti­ble de garan­ti­zar el dere­cho abso­lu­to de las nacio­nes a deci­dir de su suer­te, de des­truir los cho­vi­nis­mos uni­ta­rio y nacio­na­lis­ta, de aca­bar con las riva­li­da­des entre los pue­blos, de sellar la unión del pro­le­ta­ria­do y de sen­tar las bases sóli­das en que han de cimen­tar­se las futu­ras con­fe­de­ra­cio­nes de pue­blos libres. El ejem­plo vivo de la Unión de Repú­bli­cas Socia­lis­tas Sovié­ti­cas es la demos­tra­ción prác­ti­ca más elo­cuen­te de la exce­len­cia de dicha polí­ti­ca. Pero este ejem­plo ha veni­do pre­ci­sa­men­te a evi­den­ciar que la cues­tión de las nacio­na­li­da­des, como todos los pro­ble­mas de la revo­lu­ción demo­cra­ti­co­bur­gue­sa, no pue­de ser resuel­ta más que por la revo­lu­ción social y la ins­tau­ra­ción de la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do. Que no lo olvi­den las masas cam­pe­si­nas y semi­pro­le­ta­rias de las nacio­nes opri­mi­das que abri­gan toda­vía la espe­ran­za en una solu­ción radi­cal del pro­ble­ma en el mar­co de la demo­cra­cia bur­gue­sa.

El carácter de la unidad española

Exis­ten en Espa­ña dos movi­mien­tos de eman­ci­pa­ción nacio­nal de vita­li­dad indu­da­ble: el de Cata­lu­ña y el de Eus­ka­di. El de Gali­cia, por el momen­to, no es más que un bal­bu­ceo regio­na­lis­ta, fal­to del calor de las gran­des masas, y refu­gia­do, por ello, en los cenácu­los lite­ra­rios y en las aca­de­mias. Para que se con­vier­ta en un movi­mien­to nacio­nal, en el ver­da­de­ro sen­ti­do de la pala­bra, le fal­tan las pre­mi­sas eco­nó­mi­cas nece­sa­rias. En todo caso, hoy no es toda­vía una reali­dad y, mien­tras no lo sea, care­ce de inte­rés para los mar­xis­tas, los cua­les deben ope­rar siem­pre con hechos. De Eus­ka­di habla­re­mos en otra oca­sión. Por hoy, nos limi­ta­mos a exa­mi­nar some­ra­men­te, apli­cán­do­le el cri­te­rio teó­ri­co esbo­za­do, el pro­ble­ma con­cre­to de Cata­lu­ña.

Espa­ña, como hemos indi­ca­do ya más arri­ba, per­te­ne­ce a la cate­go­ría de los Esta­dos pluri­nacionales, cuya for­ma­ción ha pre­ce­di­do al desen­vol­vi­mien­to capi­ta­lis­ta. En todos los gran­des Esta­dos de Euro­pa —como hace obser­var Marx en sus lumi­no­sos estu­dios sobre la revo­lu­ción espa­ño­la— las gran­des monar­quías se crea­ron sobre las rui­nas de las cla­ses feu­da­les, la aris­to­cra­cia y las ciu­da­des. En los demás paí­ses, «la monar­quía abso­lu­ta apa­re­ció como un cen­tro de civi­li­za­ción, como un agen­te de uni­dad social. Fue como un labo­ra­to­rio en el cual los dis­tin­tos ele­men­tos de la socie­dad se mez­cla­ron y trans­for­ma­ron, has­ta tal pun­to que les fue posi­ble a las ciu­da­des sus­ti­tuir su inde­pen­den­cia medie­val por la supe­rio­ri­dad y la domi­na­ción bur­gue­sa»1. En cam­bio, en Espa­ña la monar­quía abso­lu­ta «hizo todo cuan­to depen­dió de ella para entor­pe­cer el aumen­to de los intere­ses socia­les, que trae apa­re­ja­da con­si­go la divi­sión natu­ral del tra­ba­jo y una cir­cu­la­ción indus­trial múl­ti­ple, y así supri­mió la úni­ca base sobre la cual podía ser fun­da­do un sis­te­ma uni­fi­ca­do de gobierno y de legis­la­ción común. He aquí por qué la monar­quía abso­lu­ta espa­ño­la pue­de ser más bien equi­pa­ra­da al des­po­tis­mo asiá­ti­co que com­pa­ra­da con los otros Esta­dos euro­peos»2.

La pode­ro­sa inte­li­gen­cia de Marx seña­ló magis­tral­men­te, en estas líneas, el carác­ter regre­si­vo de la uni­dad espa­ño­la, en el cual hay que bus­car la cau­sa de su incons­cien­cia y de la agu­de­za extra­or­di­na­ria adqui­ri­da por los pro­ble­mas de eman­ci­pa­ción nacio­nal. A la luz de esta inter­pre­ta­ción y de las con­si­de­ra­cio­nes expues­tas en la pri­me­ra par­te de este estu­dio, apa­re­ce­rán cla­ra­men­te los moti­vos por los cua­les los focos más con­si­de­ra­bles del movi­mien­to de libe­ra­ción nacio­nal se han con­cen­tra­do, prin­ci­pal­men­te, en Cata­lu­ña y en Eus­ka­di, es decir, en los dos cen­tros indus­tria­les más impor­tan­tes del país.

La lucha de Cataluña por su emancipación

Si los ras­gos dis­tin­ti­vos de una nación los cons­ti­tu­yen la exis­ten­cia de rela­cio­nes eco­nó­mi­cas deter­mi­na­das, la comu­ni­dad de terri­to­rio, de idio­ma y de cul­tu­ra, Cata­lu­ña es indu­da­ble­men­te una nación. Cata­lu­ña, cuna de una bur­gue­sía comer­cial pode­ro­sa, entra des­de los pri­me­ros momen­tos en lucha con el Esta­do uni­ta­rio espa­ñol, repre­sen­ta­do por las cas­tas para­si­ta­rias y feu­da­les. Y cuan­do, como con­se­cuen­cia del des­cu­bri­mien­to de Amé­ri­ca, el Medi­te­rrá­neo pier­de su impor­tan­cia comer­cial y se prohí­be a los cata­la­nes comer­ciar con el Nue­vo Mun­do, la deca­den­cia de la bur­gue­sía deter­mi­na un colap­so en el desa­rro­llo eco­nó­mi­co y cul­tu­ral del país.

Con la apa­ri­ción de la indus­tria y de la bur­gue­sía indus­trial, se acen­túa el anta­go­nis­mo con la oli­gar­quía que rige los des­ti­nos de Espa­ña y se ini­cia el movi­mien­to de eman­ci­pa­ción nacio­nal, cuya inten­si­dad aumen­ta en pro­por­ción direc­ta con el desa­rro­llo de la indus­tria. La renai­xe­nça lite­ra­ria que carac­te­ri­za los ini­cios del movi­mien­to no es más que la envol­tu­ra exter­na, el medio de expre­sión incons­cien­te de ese anta­go­nis­mo fun­da­men­tal, que no tar­da en mani­fes­tar­se en toda su des­nu­dez. En efec­to, cuan­do el cata­la­nis­mo empie­za a tomar cuer­po como movi­mien­to polí­ti­co, es para expre­sar las reivin­di­ca­cio­nes de carác­ter eco­nó­mi­co de la bur­gue­sía indus­trial. Y cuan­do, con la pér­di­da de las colo­nias, Cata­lu­ña se ve pri­va­da de sus mer­ca­dos más impor­tan­tes y la inca­pa­ci­dad de la oli­gar­quía gober­nan­te apa­re­ce en toda su trá­gi­ca mag­ni­tud, el cata­la­nis­mo adquie­re un nue­vo y pode­ro­so impul­so. La pro­tes­ta de la bur­gue­sía cata­la­na se acen­túa y se pre­ci­sa. En la pren­sa de la épo­ca apa­re­ce refle­ja­do el anta­go­nis­mo de intere­ses entre la Cata­lu­ña indus­trial y la Espa­ña agra­rio­feu­dal. La tesis de la bur­gue­sía cata­la­na, expre­sa­da por uno de sus órga­nos más carac­te­ri­za­dos, el Dia­rio del Comer­cio, según un artícu­lo que resu­mi­mos, es la siguien­te: la indus­tria cata­la­na nece­si­ta impor­tar algo­dón, lino, cáña­mo, seda, lana, etcé­te­ra, con fran­qui­cia abso­lu­ta. A las demás regio­nes les con­vie­ne, en cam­bio, expor­tar sus fru­tos y sus pri­me­ras mate­rias en las mejo­res con­di­cio­nes posi­bles e impor­tar, a bajo pre­cio, los artícu­los manu­fac­tu­ra­dos. «Esta es la ver­dad escue­ta que, sin amba­ges ni rodeos, cabe expre­sar con­ci­sa­men­te de esta mane­ra: Cata­lu­ña, eco­nó­mi­ca­men­te, es un pue­blo inde­pen­dien­te que se bas­ta a sí mis­mo; el res­to de Espa­ña, sal­vo raras y hon­ro­sí­si­mas excep­cio­nes, es una colo­nia.» 3 Añá­da­se a esto el des­con­ten­to por el expe­dien­teo, las tra­bas admi­nis­tra­ti­vas opues­tas al desa­rro­llo eco­nó­mi­co y al esta­ble­ci­mien­to de las indus­trias, y se ten­drá una idea cla­ra de los orí­ge­nes del movi­mien­to cata­lán, movi­mien­to indu­da­ble­men­te pro­gre­si­vo fren­te al Esta­do semi­feu­dal y des­pó­ti­co.

En este sen­ti­do, como hemos hecho ya obser­var más arri­ba, el movi­mien­to de eman­ci­pa­ción nacio­nal de Cata­lu­ña no es más que un aspec­to de la revo­lu­ción demo­cra­ti­co­bur­gue­sa en gene­ral, que tien­de a des­truir, en inte­rés del desa­rro­llo de las fuer­zas pro­duc­ti­vas, las remi­nis­cen­cias de carác­ter feu­dal y se dis­tin­gue por los mis­mos ras­gos carac­te­rís­ti­cos. La eman­ci­pa­ción nacio­nal como la revo­lu­ción demo­crá­ti­ca, no es posi­ble más que con la par­ti­ci­pa­ción de las masas obre­ras y cam­pe­si­nas, y esta par­ti­ci­pa­ción, en las cir­cuns­tan­cias his­tó­ri­cas pre­sen­tes, pre­su­po­ne la lucha con­tra los pri­vi­le­gios de la cla­se capi­ta­lis­ta, el des­bor­da­mien­to de los lími­tes fija­dos por la bur­gue­sía. De aquí que esta tien­da al com­pro­mi­so y a la alian­za pura y sim­ple con el poder cen­tral para aplas­tar el movi­mien­to de las masas. Así, en 1899, en uno de los momen­tos más gra­ves para el cen­tra­lis­mo espa­ñol, la bur­gue­sía cata­la­na pres­ta su apo­yo a Pola­vie­ja, el ase­sino de Rizal; en 1917, ate­rro­ri­za­da por la huel­ga gene­ral de agos­to, da dos minis­tros a la monar­quía; en 1919-1922 cola­bo­ra direc­ta­men­te en la san­grien­ta repre­sión eje­cu­ta­da por los repre­sen­tan­tes del poder cen­tral; en 1923 faci­li­ta el gol­pe de esta­do de Pri­mo de Rive­ra, y, final­men­te, inten­ta apun­ta­lar a la monar­quía tam­ba­lean­te par­ti­ci­pan­do en su últi­mo gobierno.

La trai­ción de la gran bur­gue­sía en el terreno de la lucha por la eman­ci­pa­ción nacio­nal la des­pla­za —exac­ta­men­te igual como en la revo­lu­ción demo­crá­ti­ca— de la direc­ción del movi­mien­to. Y enton­ces apa­re­ce, en pri­mer tér­mino, la peque­ña bur­gue­sía, la cual, gra­cias, por una par­te, a su radi­ca­lis­mo y a su pro­gra­ma dema­gó­gi­co —es el caso de Maciá y de Esque­rra Repu­bli­ca­na de Cata­lun­ya— y, por otra, a la ausen­cia de un gran par­ti­do pro­le­ta­rio, con­si­gue arras­trar tras de sí a las gran­des masas popu­la­res. Pero la peque­ña bur­gue­sía mani­fies­ta des­de el pri­mer momen­to las vaci­la­cio­nes y la inde­ci­sión pro­pias de una cla­se inca­paz, por su pro­pia natu­ra­le­za eco­nó­mi­ca, de desem­pe­ñar un papel inde­pen­dien­te. Lle­va­da del impul­so ini­cial, pro­cla­ma la Repú­bli­ca cata­la­na, para batir­se en reti­ra­da dos días des­pués y con­ten­tar­se con un Esta­tu­to que esta­ble­ce una auto­no­mía limi­ta­dí­si­ma. Y cuan­do los cam­pe­si­nos obli­gan al par­la­men­to cata­lán a con­sa­grar de dere­cho —median­te la ley de Con­tra­tos de Cul­ti­vo— lo que habían ya con­quis­ta­do de hecho, adop­ta una acti­tud de rebel­día fren­te al poder cen­tral, que se trans­for­ma pro­gre­si­va­men­te en acti­tud defen­si­va y se trans­for­ma­rá inde­fec­ti­ble­men­te en una clau­di­ca­ción o en un com­pro­mi­so equí­vo­co.

Y, sin embar­go, el movi­mien­to nacio­nal de Cata­lu­ña, por su con­te­ni­do y por la par­ti­ci­pa­ción de las masas popu­la­res, es, en el momen­to actual, un fac­tor revo­lu­cio­na­rio de pri­mer orden, que con­tri­bu­ye pode­ro­sa­men­te, con el movi­mien­to obre­ro, a con­te­ner el avan­ce vic­to­rio­so de la reac­ción. De aquí se dedu­ce cla­ra­men­te la acti­tud que ha de adop­tar ante el mis­mo el pro­le­ta­ria­do revo­lu­cio­na­rio:

  1. Sos­te­ner acti­va­men­te el movi­mien­to de eman­ci­pa­ción nacio­nal de Cata­lu­ña, opo­nién­do­se enér­gi­ca­men­te a toda ten­ta­ti­va de ata­que por par­te de la reac­ción.
  2. Defen­der el dere­cho indis­cu­ti­ble de Cata­lu­ña a dis­po­ner libre­men­te de sus des­ti­nos, sin excluir el de sepa­rar­se del Esta­do espa­ñol, si esta es su volun­tad.
  3. Con­si­de­rar la pro­cla­ma­ción de la Repú­bli­ca cata­la­na como un acto de enor­me tras­cen­den­cia revo­lu­cio­na­ria; y
  4. Enar­bo­lar la ban­de­ra de la Repú­bli­ca cata­la­na, con el fin de des­pla­zar de la direc­ción del movi­mien­to a la peque­ña bur­gue­sía inde­ci­sa y clau­di­can­te, que pre­pa­ra el terreno a la vic­to­ria de la con­tra­rre­vo­lu­ción, y hacer de la Cata­lu­ña eman­ci­pa­da del yugo espa­ñol el pri­mer paso hacia la Unión de Repú­bli­cas Socia­lis­tas de Ibe­ria.

Andreu Nin

Sep­tiem­bre de 1934

Publi­ca­do por pri­me­ra vez en Levia­tán, n° 5, sep­tiem­bre de 1934, pp. 39-47.

  1. Karl Marx. La revo­lu­ción espa­ño­la. Edi­to­rial Cenit, 1929, p. 78.
  2. Ibid.
  3. Dia­rio del Comer­cio, de Bar­ce­lo­na, del 14 de enero de 1899.

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