Eduardo Roca (Choco): “Ser cubano es una religión y fuerte” – Cubadebate

Amaury Pérez. Muy bue­nas noches. Esta­mos en “Con 2 que se quie­ran”, en el cora­zón de Cen­tro Haba­na, en Pra­do y Tro­ca­de­ro, barrio de Leza­ma, en los legen­da­rios Estu­dios de Soni­do del ICAIC.

Hoy está con­mi­go y con uste­des, en el pro­gra­ma, uno de los más gran­des artis­tas plás­ti­cos, el rey de la cola­gra­fía en Cuba, gra­ba­dor, pin­tor, escul­tor, bueno, es que él lo ha hecho todo y ade­más, es una de las más mara­vi­llo­sas per­so­nas que he cono­ci­do en mi vida, Eduar­do Roca, más cono­ci­do por el públi­co y por la fir­ma de sus cua­dros como Cho­co. Bien­ve­ni­do, Cho­co­la­te. Muchas gra­cias por acep­tar estar aquí con­mi­go. ¿Qué sig­ni­fi­ca para ti espe­cial­men­te, y para tu gene­ra­ción, Ser­van­do Cabre­ra Moreno?

Cho­co. La vida, yo creo. Ser­van­do, no fue de mis pri­me­ros maes­tros, fue de mi segun­da gene­ra­ción de maes­tros, fabu­lo­so, y que entró pro­fun­da­men­te en mi cuer­po y alma, no sola­men­te mía, sino de mi gene­ra­ció­nen total. Nos influen­ció, nos amó y por tan­to pien­so que dejó bien fir­me su obra y que noso­tros fui­mos, yo pien­so, bue­nos hijos suyos y que hemos con­ti­nua­do con mucho amor.

Amaury Pérez. En tu casa nue­va, que está en mi barrio, hay un cua­dro inmen­so, que pre­si­de el gran salón, es como el cus­to­dio de la casa, es un cua­dro de Ser­van­do, ¿cómo lle­gó a ti?

Cho­co. Tie­ne una his­to­ria tre­men­da.

Amaury Pérez. Ade­lan­te.

Cho­co. Pri­me­ra­men­te yo vivía en un apar­ta­men­to en el que vivió Rafael Pane­ca, mi gran ami­go, que for­mó par­te de una fra­se que noso­tros la hemos lle­va­do siem­pre enci­ma, Los Cua­tro Jine­tes dela Apo­ca­lip­sis: Rafael Pane­ca, Edmun­do Oroz­co, Ernes­to Gar­cía Peña y yo. Ese cua­dro pre­si­dió siem­pre ese apar­ta­men­to. Des­pués Pane­ca per­mu­tó y ese cua­dro como per­te­ne­cía a él, se fue.

Siem­pre, noso­tros, en mi casa, mi fami­lia, mis hijos, mi espo­sa, pen­sá­ba­mos que ese cua­dro tenía que vol­ver y vol­vió, no recuer­do bien de qué for­ma. Yo sé que no se fue nun­ca. Creo que es, ade­más del cua­dro de Ser­van­do, la Yema­yá de mi casa por­que pre­si­de los tonos azu­les. Dicen los reli­gio­sos, los de la reli­gión afro­cu­ba­na, mis ami­gos, bru­je­ros, baba­laos, que yo soy hijo de Yema­yá y por tan­to ese cua­dro tie­ne que estar en mi casa.

Amaury Pérez. Bueno, nor­mal­men­te ellos tie­nen la razón, así que, ¡qué bueno que está en tu casa!

Tú nacis­te en San­tia­go de Cuba, eso se sabe, por­que cual­quie­ra que ave­ri­gua de ti sabe que eres san­tia­gue­ro, y a mi me gus­ta mucho…

Cho­co. Y de pura cepa…

Amaury Pérez. Y a mí me encan­ta San­tia­go, me encan­tan los san­tia­gue­ros. Aho­ra, ¿en qué barrio de San­tia­go de Cuba tú nacis­te?

Cho­co. Nací en un barrio de San­tia­go de Cuba, que pudie­ra haber sido como el barrio aquí en La Haba­na, que se lla­mó…

Amaury Pérez. ¿Las Yaguas?

Cho­co. Las Yaguas. Y mi barrio se lla­mó La Man­za­na de Gómez.

Amaury Pérez. ¡Dime tú, La Man­za­na de Gómez! ¿Así se lla­ma­ba el barrio?

Cho­co. ¡Así mis­mo!

Amaury Pérez. ¿Pero toda­vía se lla­ma? ¿Toda­vía exis­te ese barrio?

Cho­co. No. Cuan­do la Revo­lu­ción triun­fó, recuer­do que una vez, Fidel, en los años 60 ó 61, se apa­re­ció en San­tia­go, a ese barrio, y lo liqui­dó e hizo el barrio de Vis­ta Ale­gre Nue­vo, por­que en San­tia­go hay un Vis­ta Ale­gre, que es el vie­jo que era don­de vivían los tipos millo­na­rios, ¡fíja­te tú!

Amaury Pérez. Hizo enton­ces un Vis­ta Ale­gre nue­vo.

Cho­co. Un Vis­ta Ale­gre nue­vo, pre­cio­so, un barrie­ci­to pre­cio­so.

Amaury Pérez. ¿Pero tu casa no era una casa mala? Tu papá tenía un buen tra­ba­jo.

Cho­co. Mi papá era jefe de obra. Bueno, cuan­do mi padre mue­re, yo era muy chi­co, muy chi­co, ten­dría un año, pero sí sé que la gen­te del barrio, los ami­gos de él, habla­ban siem­pre, han habla­do siem­pre cosas muy lin­das y me ha habla­do mi mamá y todos han habla­do cosas muy sabro­sas de mi papá. Por tan­to creo que era una de las pocas casas que esta­ban hechas…

Amaury Pérez. Como se deben hacer.

Cho­co. Pero bueno, como el barrio se des­tru­yó com­ple­ti­co…

Amaury Pérez. Tam­bién se fue la casa esa.

Cho­co. Tam­bién se fue esa casa.

Amaury Pérez. Aho­ra, ¿Cuán­tos her­ma­nos son uste­des, Cho­co?

Cho­co. Un mogo­llón, como dicen los espa­ño­les. (RISAS). Somos once her­ma­nos.

Amaury Pérez. Tú. ¿Qué lugar ocu­pas en el esca­la­fón ese de los once?

Cho­co. Soy, de los varo­nes, el ter­ce­ro. Éra­mos cua­tro hom­bres y sie­te muje­res.

Amaury Pérez. Una gran fami­lia.

Cho­co. Era casi un ejér­ci­to.

Amaury Pérez. ¿Cómo tú mamá se las arre­gla­ba para mane­jar ese ejér­ci­to?

Cho­co. Mi mamá, yo creo que era una cam­peo­na. Una mujer con una fuer­za tre­men­da, una mujer fuer­te. Recuer­do que a veces cuan­do salía­mos, ella pare­cía la her­ma­na de mis her­ma­nas, por­que ya en aque­lla épo­ca las her­ma­nas mías tenían unos cuan­tos años.

Fue una mujer muy fuer­te que tuvo que lavar y plan­char para la calle, para poder­nos criar. Creo que era una mujer con muchas habi­li­da­des, e hizo una peque­ña tien­di­ta, que tenía un bar. Enton­ces todo el fami­lión éra­mos los que nos ocu­pá­ba­mos de la tien­di­ta.

Recuer­do que yo ten­dría como 8 ó 9 años y me ponían en una mesi­ta, como espe­cie de un ban­qui­llo, a des­pa­char. Con eso cogí mucha habi­li­dad en mate­má­ti­cas y mis her­ma­nas eran las que un poco se ocu­pa­ban del bar­ci­to que esta­ba al lado. Ima­gí­na­te, en un barrio como ese tam­bién, los indi­vi­duos que iban a tomar un tra­go allí, se ponían un poco pesa­dos. Había una vitro­la que ponía mucha músi­ca mexi­ca­na y había una cul­tu­ra de músi­ca mexi­ca­na increí­ble. Miguel Ace­ves Mejías…

Amaury Pérez. ¡Hay un gru­po de maria­chis san­tia­gue­ros impor­tan­tes!.

Cho­co. Sí. Uno de esos mucha­chos que des­pués creó ese gru­po de maria­chis es mi ami­go. Bert­ha Zuno, la mexi­ca­na y Pan­cho, el coman­dan­te­des­pués man­tu­vie­ron con mucha fuer­za ese gru­po.

Amaury Pérez. ¡Cómo no, y los lle­va­ron a Méxi­co y todo!

Cho­co. Pare­cían autén­ti­ca­men­te mexi­ca­nos, ima­gí­na­te tú un negro con el som­bre­ro­te gran­de así tocan­do el vio­lín como si fue­ra uno de los mexi­ca­nos, bueno sería haber escu­cha­do tan­ta músi­ca mexi­ca­na de niños.

Amaury Pérez. Tú sabes Cho­co que yo, des­de que te conoz­co y te conoz­co hace como 40 años, siem­pre cuan­do pien­so en ti, cuan­do veo tus cua­dros, inclu­so los que hay en mi casa, que hay dos, yo miro y veo los cua­dros, pero siem­pre pien­so en tu son­ri­sa, es decir, en una per­so­na que siem­pre se está rien­do, que siem­pre está bus­can­do ese lado de la vida por el que vale la pena son­reír y aho­ra que me hablas de tu barrio, lo que tú me estás con­tan­do es como para que tú estu­vie­ras siem­pre serio. ¿Cómo eran tus jue­gos de niño? ¿Qué cosas hacías en el barrio, que nos han reve­la­do des­pués la gran ale­gría que tu tie­nes de vivir?¿cómo era la atmós­fe­ra en tu barrio?

Cho­co. Noso­tros jugá­ba­mos mucho a los escon­di­dos, veía­mos cómo la gen­te toca­ba rum­ba allí en la esqui­na, y los borra­chi­nes hacían una rue­da allí y tira­ban los níque­les (mone­das de diez cen­ta­vos) para reunir dine­ro para tomar. Y noso­tros venía­mos, como cha­ma­cos así, venía­mos por detrás a lle­var­nos algu­nos níque­les, algu­nos kili­tos, y así. Todos los días tra­tá­ba­mos de inven­tar algo.

Amaury Pérez. Y ¿quién des­cu­bre que tú pin­ta­bas?

Cho­co. Una maes­tra mía.

Amaury Pérez. ¿Pero de pri­ma­ria o de secun­da­ria?

Cho­co. De pri­ma­ria.

Amaury Pérez. De pri­ma­ria.

Cho­co. Ella, las pocas veces que nos hemos vis­to, se pone muy orgu­llo­sa, muy con­ten­ta. Como uno siem­pre aho­ra está muy enre­da­do, yo que­ría un poco acer­car­la. Últi­ma­men­te no sé en qué esta­do está, ni dón­de está; si sigue en San­tia­go, si sigue dan­do cla­ses…

Amaury Pérez. Ya debe ser una per­so­na mayor.

Cho­co. Sí, pero no tan­to. A lo mejor este pro­gra­ma ayu­da­ría…

Amaury Pérez. …a que ella apa­re­cie­ra, ¿no?

Cho­co. Apa­re­cie­ra y me escri­bie­ra.

Amaury Pérez. Bueno, va a salir una direc­ción a don­de se pue­de escri­bir al pro­gra­ma. Así que ahí se sabrá. ¿Pero ella lo des­cu­brió por­que tú te entre­te­nías en el aula pin­tan­do?

Cho­co. Sí, todas libre­tas esta­ban lle­nas de dibu­jos y, en fin, tú sabes que a veces uno se entre­tie­ne y uno a veces no se quie­re abu­rrir en una cla­se y como tú…yo siem­pre digo que todo el mun­do tie­ne den­tro un pin­tor y lo desa­rro­lla ahí, en esa mesa. A mí me da mucha gra­cia Fabe­lo, por ejem­plo, como en reunio­nes se pone a pin­tar, a dibu­jar y está siem­pre dibu­jan­do. Ya eso no lo pue­do hacer, no pue­do dibu­jar, no pue­do tra­ba­jar muchas veces cuan­do estoy fue­ra de Cuba, cuan­do estoy fue­ra de La Haba­na. Ten­go que estar por ahí, hablan­do con la gen­te, vien­do cómo cami­nan, cómo coci­nan…

Amaury Pérez. No pin­tas, fue­ra de Cuba no pin­tas.

Cho­co. No pue­do, pocas veces lo he hecho. Ten­go que nutrir­me de todo eso y des­pués, cuan­do lle­go a La Haba­na; que real­men­te te digo que La Haba­na me encan­ta. Es el lugar don­de quie­ro siem­pre estar, don­de quie­ro siem­pre hacer mi obra.

Creo que mi vida, por lo gene­ral, ha sido aquí en La Haba­na. San­tia­go para mí, es la vida, y creo que lo cono­cí con mucha fuer­za cuan­do fui a ser maes­tro de la escue­la José Joa­quín Teja­da, en San­tia­go. San­tia­go está siem­pre den­tro de mí.

Amaury Pérez. ¿Eso fue cuan­do el ser­vi­cio social, no?

Cho­co. Sí. Estu­ve dos años allí tra­ba­jan­do y real­men­te cono­cí San­tia­go con mucha fuer­za.

Amaury Pérez. Aho­ra, esta maes­tra te lle­va enton­ces a una con­vo­ca­to­ria, según ten­go enten­di­do, por­que te tie­ne que haber lle­va­do a algún lado para que de ahí, tú pue­das venir a La Haba­na.

Cho­co. Sí. Eso salió en el perió­di­co y me dijo: Mira tú que siem­pre estás gara­ba­tean­do ahí, ¿por qué no haces esa prue­ba?

Amaury Pérez. ¿Era para Ins­truc­to­res de Arte?

Cho­co. Para Ins­truc­to­res de Arte y ahí hice las prue­bas. Un día lle­gó un tele­gra­ma, dice que me habían acep­ta­do y vine para La Haba­na solo.

Amaury Pérez. ¿Pero todo eso fue a espal­das de tu mamá?

Cho­co. Bueno, te pue­do decir que mi mamá me apo­yó muchí­si­mo, que en aque­lla épo­ca eso era muy com­pli­ca­do, que un negro vaya a estu­diar las artes, la gen­te pien­sa en otra cosa. Aho­ra no, aho­ra todo el mun­do, de cual­quier color, quie­re estu­diar arte. (RISAS)

Pero en aque­lla épo­ca eso era muy com­pli­ca­do; y eso que yo no iba a estu­diar ballet, si lle­go a estu­diar ballet, a lo mejor mi fami­lia me hubie­se cogi­do y me hubie­se ahor­ca­do en la puer­ta de la casa (RISAS)

Amaury Pérez. Cho­co, aho­ra yo ten­go una ima­gen así, veo a ese niño, no sé de qué edad, 12 ó 13 años, que se mon­ta en una gua­gua en San­tia­go de Cuba y se baja con una male­ti­ca de made­ra en la Ter­mi­nal, con un tele­gra­ma en la mano y lle­ga aquí, a La Haba­na, soli­to.

Cho­co. Te pue­do hablar con mucha fuer­za de esa face­ta, por­que para mí fue una cosa muy extra­ña. Mi mamá me dio una male­ti­ca de palo, de rayi­tas, un sue­ter­ci­to y cin­co pesos. Vine en una gua­gua Cam­be­rra, de esas impre­sio­nan­tes que habían en Cuba. Yo esta­ba impre­sio­na­do en aque­lla gua­gua y nun­ca me bajé has­ta que no lle­gué a La Haba​na​.La gua­gua iba paran­do en dife­ren­tes luga­res para ori­nar, des­can­sar o comer. Y cuan­do lle­gué aquí a La Haba­na, a mí pare­cía como si hubie­se lle­ga­do a Nue­va York, por­que todos aque­llos edi­fi­cios gran­do­tes eran impre­sio­nan­tes para mí, recuer­do que un señor, taxis­ta, me mon­tó en su taxi. Yo le ense­ñé el tele­gra­ma y me dijo: ¡ah sí, te lle­vo! Me mon­tó en su taxi y cuan­do pasa­mos por el cemen­te­rio, me dijo: ¿tú debes venir con mucha ham­bre? Creo que me dio con un palo en la cabe­za, por­que era exac­ta­men­te lo que yo tenía. Dobló y paró en la cafe­te­ría La Pelo­ta, que en aque­lla épo­ca era una cosa impre­sio­nan­te, con unas luces increí­bles, con unos bates y tenía unas fotos de pelo­te­ros. Él me invi­tó, el taxis­ta me invi­tó.

Amaury Pérez. ¿Te acuer­das a qué te invi­tó?

Cho­co. El taxis­ta me invi­tó a comer, a meren­dar y me dio un sánd­wich. En aque­lla épo­ca a ese sand­wich que le lla­ma­ban “ladri­llo”, por­que era una tone­la­da de car­ne y un tro­ci­to de pan así, un sand­wich gran­dí­si­mo, con una lati­ca de jugo. Des­pués me lle­vó a la escue­la, que era en el Hotel Como­do­ro.

Amaury Pérez. ¿La Escue­la de Ins­truc­to­res de Arte estu­vo pri­me­ro en el Hotel Como­do­ro?

Cho­co. La escue­la de Artes Plás­ti­ca esta­ba en el Hotel Como­do­ro y allí esta­ba tam­bién par­te de la gen­te de músi­ca y par­te de la gen­te de tea­tro.

Amaury Pérez. ¿En qué año sería eso más o menos, Cho­co?

Cho­co. En el 62, 63. Me acuer­do que en los pri­me­ros meses llo­ré muchí­si­mo, ¡ima­gí­na­te!, tenía 13 años, solo, pri­me­ra vez que me sepa­ra­ba de la fami­lia, pero ya des­pués me fui acli­ma­tan­do. La gen­te me cui­da­ba mucho. Había un com­pa­ñe­ro mío san­tia­gue­ro que hace poco me lla­mó de allá de San­tia­go, Fran­cis­co Revé y toda esta gen­te que eran mayo­res y que esta­ban ahí cui­dán­do­me, me pusie­ron a mí Cho­co­la­te. Ahí me pusie­ron Cho­co­la­te y yo cogí mucho gorrión por­que, ¡coño!, no me gus­ta­ba que me dije­ran Cho­co­la­te. Y Cho­co­la­te para arri­ba, Cho­co­la­te para aba­jo, has­ta el pun­to de hoy que ya no me acuer­do como yo me lla­mo. A esta altu­ra, mi mamá, mis hijos, todo el mun­do me dice Cho­co.

Amaury Pérez. ¿Tú mamá tam­bién te dice Cho­co?

Cho­co. Sí, mis her­ma­nos, todo el mun­do y en San­tia­go de Cuba me decían “Pie” (pay).¡Parece que ten­go que ver algo con la dul­ce­ría, chi­co, es una cosa tre­men­da…! (RISAS)

Amaury Pérez. Enton­ces, ¿te gra­dúas de Ins­truc­to­res de Arte y qué, ¿vas para la ENA de maes­tro?

Cho­co. No. Me gra­dúo en la escue­la de Ins­truc­to­res de arte y tenía que ir a hacer el ser­vi­cio social, por­que eso era lo que decía el pro­yec­to para ser ins­truc­tor. Pero no tenía la edad sufi­cien­te.

Amaury Pérez. Eras muy niño toda­vía.

Cho­co. No tenía edad sufi­cien­te para obte­ner una pla­za labo­ral. Creo que eso fue lo que nos sal­vó a este gru­po de gen­te, que fui­mos direc­to a la Escue­la Nacio­nal de Arte sin hacer prue­bas. Lue­go que me gra­dúo, en el año 70es que voy a ser maes­tro en la escue­la, allá en San­tia­go de Cuba.

Amaury Pérez. Y des­pués ya vie­nes para La Haba­na.

Cho­co. Ya vine para La Haba­na a ser maes­tro.

Amaury Pérez. ¿Estu­vis­te en la escue­la de San Ale­jan­dro, no?

Cho­co. Estu­ve como tres años, des­pués me die­ron posi­bi­li­dad de ser maes­tro de la Escue­la Nacio­nal de Artes, y allí estu­ve como sie­te años.

Amaury Pérez. Lle­ga el 78 y el Cho­co va para Ango­la. ¿Quié­nes eran del gru­po que fue para Ango­la con­ti­go y a qué fue­ron?

Cho­co. Noso­tros fui­mos como ase­so­res cul­tu­ra­les del Minis­te­rio de Cul­tu­ra o del Con­se­jo de Cul­tu­ra. Era for­mar escue­las, for­mar estu­dian­tes. Hici­mos mucho tra­ba­jo tam­bién con algu­nas dele­ga­cio­nes cul­tu­ra­les. Algo pare­ci­do así a la UNEAC. Tra­ba­ja­mos en el inci­pien­te Museo de Antro­po­lo­gía, que era muy intere­san­te; hici­mos dife­ren­tes reco­rri­dos tra­tan­do de for­mar eso. Fui­mos a Dum­bo, a Mosa­me­des, a muchos luga­res en Ango­la que esta­ba en gue­rra.

Amaury Pérez. Toda­vía el tiro esta­ba sato en el 78…

Cho­co. Difi­ci­lí­si­mo. Y el gru­po esta­ba for­ma­do por Nel­son Domín­guez, Johan­nes…

Amaury Pérez. ¿Johan­nes de dan­za, no?

Amaury Pérez. Sí. Era un gru­po gran­de, ¿esta­ba Joa­quín Betan­court?

Cho­co. Joa­quín va des­pués, jun­to con Glo­ria. Este es un gru­po que vie­ne un poco a sus­ti­tuir­nos a noso­tros.

Amaury Pérez. Sí, pero están un tiem­po jun­tos.

Cho­co. Estu­vi­mos jun­tos un tiem­pe­ci­to que fue mara­vi­llo­so.

Amaury Pérez. Ade­más había dos per­so­nas ahí que esta­ban sol­te­ras, nada más que dos, que eran tú y Glo­ria. ¿Cómo fue ese encuen­tro con Glo­ria? Yo le quie­ro decir a los tele­vi­den­tes, como este pro­gra­ma no tie­ne gra­fi­ca­ción, que Glo­ria es una de las muje­res más dul­ces que he cono­ci­do en mi vida y una de las mula­tas más bellas, el ros­tro más bello de esta Haba­na, lo tie­ne Glo­ria. ¿Cómo fue que tú pudis­te con­quis­tar a ese monu­men­to de mula­ta?

Cho­co. Glo­ria me cono­cía a mí, dice, por­que yo era maes­tro de la escue­la, y ella era estu­dian­te. En fin, ella empe­zó a decir mon­to­nes de cosas, por­que, mira, el Cho­co es un tipo tan feo, ima­gí­na­te tú y al final, nos empa­ta­mos ¿Cómo fue? Tú sabes como dice eso, como son las cosas cuan­do son del alma, acon­te­ció. Creo que todo vino como debía venir.

Amaury Pérez. ¿Tú te enamo­ras­te ense­gui­da de ella?

Cho­co. Nos enamo­ra­mos, nos vimos, nos habla­mos y…

Amaury Pérez. …Has­ta hoy.

Cho­co. Tene­mos una fami­lia, una fami­lia bien boni­ta.

Amaury Pérez. Aho­ra, fíja­te qué curio­so. Cuan­do tú me dices eso, pien­so de repen­te en los gran­des momen­tos de tu vida, y pien­so: una maes­tra, un taxis­ta, Áfri­ca, Glo­ria, o sea, como hay una secuen­cia, ¿no?¿Cómo tú ves aho­ra a Glo­ria?, cómo es ella, tu com­pa­ñe­ra, la per­so­na que más te defien­de en el mun­do, la que más te pro­te­ge nadie te pro­te­ge como Glo­ria.

Cho­co. Glo­ria. Yo hees­ta­do muy lejos de la fami­lia por tra­ba­jo, a veces, por­que no tenía­mos don­de vivir y he esta­do a veces solo, des­pués he esta­do vivien­do en dife­ren­tes casas, de ami­gos… y de ahí, poco a poco, he ido hacien­do un gru­po de gen­tes, un gru­po de ami­gos, veci­nos y siem­pre la fami­lia. Creo que eso ha sido pro­fun­do en mí y para mí, por­que sin eso hubie­ra sido impo­si­ble hacer la obra. Glo­ria es una mujer dura, a veces difí­cil, pero al final se cua­dra como dice la gen­te. (RISAS)

Amaury Pérez. A mí me pare­ce la mujer más dul­ce del mun­do. Eso de difí­cil lo dejo para tu matri­mo­nio, con­mi­go ha sido siem­pre una prin­ce­sa.

Tus hijos estu­dian músi­ca ¿nin­guno es artis­ta plás­ti­co?

Cho­co. No, yo no quie­ro com­pe­ten­cia en casa (RISAS). Si quie­ren que le hagan com­pe­ten­cia a su mamá, que es la músi­co. San­dro es músi­co, está estu­dian­do per­cu­sión, bue­ní­si­mo, vago, como todos, creo que pue­de que desa­rro­lle un gran talen­to pero es como todos noso­tros.

Siem­pre dicen: ¡Mira tú, Amaury es tre­men­do can­tan­te, pero cuan­do era cha­ma era tre­men­do des­ca­ra­do y era no sé qué más y no iba a la escue­la! (RISAS)A la mayo­ría de los famo­sos le ha pasa­do eso. El Tos­co era un tipo increí­ble. Recuer­do que El Tos­co era una cosa impre­sio­nan­te. Y aho­ra tú dices: ¡coño, qué cla­se de músi­co!

Amaury Pérez. Habría que crear una escue­la para des­apren­der.

Cho­co. Así mis­mo, pero bueno, pare­ce que eso es par­te de las reglas.

Amaury Pérez. ¿De qué se gra­duó Glo­ria?

Cho­co. De direc­ción coral.

Amaury Pérez ¿Y la ejer­ce?

Cho­co. La ejer­ce, aun­que ya últi­ma­men­te lo que está es apo­yán­do­me y hace de vez en cuan­do, como con­se­je­ra de gru­pos de mucha­chos, de cora­les, de can­tan­tes. Ella ha ayu­da­do mucho a gen­tes que hoy son gran­des músi­cos como Laza­ri­to Val­dés (Bam­bo­leo), Mayi­to (Van Van). Yo creo que es una gran maes­tra.

Amaury Pérez. Espe­ro que tam­bién te sir­va de edu­ca­do­ra en tu pro­pia casa.

Cho­co. Si.

Amaury Pérez. Por­que ade­más es la dise­ña­do­ra de tu casa nue­va.

Cho­co. Sí, ella es medio arqui­tec­ta.

Amaury Pérez. Aho­ra, vamos a ir de lleno a una cosa que se lla­ma la Cola­gra­fía. ¿Qué cosa es esa téc­ni­ca? Por­que eso es una técnica…¿de dón­de sale?

Cho­co. Chi­co, la cola­gra­fía es una téc­ni­ca de gra­ba­do, muy con­tem­po­rá­nea, sur­ge por la déca­da del 50, la crea un nor­te­ame­ri­cano de ori­gen fran­cés, de ape­lli­do Goet­he, que aho­ra no recuer­do su nom­bre. En los años 80, noso­tros empe­za­mos a tra­ba­jar aquí, y yo fui uno tam­bién de los pri­me­ros. Ahí esta­ba Alfa­ro, Oscar Car­ba­llo…

Amaury Pérez. ¿Aquí en el Taller de Grá­fi­ca de La Haba­na?

Cho­co. Sí, y tam­bién en San­tia­go de Cuba, pero la téc­ni­ca no era uni­ver­sal­men­te cono­ci­da.

Amaury Pérez. Pero, ¿qué incluía? ¿Aque­llas cosas que uste­des hacían que tenían tra­pos y sogas y made­ra, y todo mez­cla­do en el gra­ba­do?

Cho­co. Te voy a expli­car, por­que es par­te de eso. Des­pués ya empie­zo a tra­ba­jar inven­tan­do, por­que vie­ne el perío­do espe­cial, y esa téc­ni­ca enton­ces vie­ne como ani­llo al dedo. No hay que usar gran­des recur­sos.

Recuer­do que man­da­ba a la gen­te que tra­ba­ja­ba con­mi­go a bus­car por ahí lo que encon­tra­ran, enton­ces esta­ban los pla­nes tare­cos e íba­mos por la calle reco­gien­do cosas, meti­dos en los lato­nes de basu­ra, y la gen­te nos gri­ta­ba buzos, cuan­do está­ba­mos bus­can­do cosas para hacer tex­tu­ras. Ahí encon­tré cosas que botan mucho las vie­ji­tas, sobre­ca­mas, que tie­nen unos teji­dos mara­vi­llo­sos.

Amaury Pérez. Los man­te­li­tos de las abue­las.

Cho­co. Exac­to, peda­zos de blue jeans, play­wood, que cuan­do tú lo metes en agua salen las tiras que tie­nen una tex­tu­ra mara­vi­llo­sa. Todo esto empie­zas en una matriz a pegar­se y a com­po­ner, a con­for­mar tu obra. Eso te da una tex­tu­ra mara­vi­llo­sa, te da una ima­gen increí­ble, que no la notas has­ta que no la impri­mes.

Siem­pre que yo impri­mo una cola­gra­fía es un mis­te­rio. Cuan­do la sacas y la ves tú siem­pre haces ¡¡Ay!! te que­das asom­bra­do, cada vez que haces una. No me abu­rro, por­que aquí no hay que medir, aquí no hay que con­tar, es expe­ri­men­tar.

La cola­gra­fía, a veces se con­fun­de con la lito­gra­fía en muchas cosas. La cola­gra­fía en muchas cosas se con­fun­de con el gra­ba­do en metal, por­que hay cosas que salen como si hubie­ses tra­ba­ja­do con esos otros pro­ce­di­mien­tos del gra­ba­do. Es un pro­ce­di­mien­to muy con­tem­po­rá­neo.

Amaury Pérez. ¿Pero no se acep­ta­ba mucho en los con­cur­sos?

Cho­co. No esta­ba acep­ta­da en aque­llos años.

Amaury Pérez. ¿Qué pen­sa­ban, que era una cosa menor, que era un arte menor o no lo com­pren­dían?

Cho­co. No sé. No con­cur­sa­ba. Des­pués empe­cé a hacer dife­ren­tes cur­sos en Espa­ña, Japón, en el pro­pio Esta­dos Uni­dos hice varios cur­sos en dife­ren­tes uni­ver­si­da­des.

Y aquí había gen­te mara­vi­llo­sa, como Bel­kis Ayón, por ejem­plo, que desa­rro­lló con mucha fuer­za la cola­gra­fía sin uti­li­zar color. Lo hacía en blan­co y negro y le daba una rique­za de gri­ses impre­sio­nan­te.

A veces me lla­ma­ban de otros luga­res dicién­do­me: ¡Óiga­me, usted que inven­tó la cola­gra­fía! ¡No, no, oja­lá que hubie­se sido yo! Lo que pasa es que como había perío­do espe­cial aquí, yo inven­ta­ba cual­quier cosa, todo lo que apa­re­cía, que pudie­ra dar­le vida a eso, lo usa­ba.

Cogía are­na. Has­ta un día fui a bus­car are­na allá a las pla­ya del este, con mi impre­sor y cuan­do está­ba­mos allí cogien­do con una bol­si­ta, lle­gó un poli­cía y: ¡oiga, que usted no pue­de coger are­na! ¡Ven acá, mi hijo, si lo que quie­ro es una bol­si­ta!

Amaury Pérez. Sí. ¡No voy a hacer una pla­ya en mi casa!.

Cho­co. Has­ta la are­na del mar se pue­de uti­li­zar para hacer millo­nes de cosas con la cola­gra­fía, es una téc­ni­ca, un pro­ce­di­mien­to muy dócil, muy sua­ve.

Amaury Pérez. Y natu­ral.

Cho­co. Sí, te da unas posi­bi­li­da­des increí­bles.

Amaury Pérez. Pero la gen­te aquí no te cono­cía mucho. Aquí no era dema­sia­do reco­no­ci­da esa téc­ni­ca has­ta que te dan el pre­mio en Japón.

Cho­co. Sí. Ya casi no hacía otra cosa que la cola­gra­fía. Lo que pasa es que el pre­mio de Japón vino a poner la tapa al pomo.

Fui a Japón a reco­ger el pre­mio y des­pués tenía que dar unos cur­sos en Fila­del­fia, a tra­ba­jar en Fila­del­fia con otra gen­te, iba Bel­kis Ayón, en fin.

Fui a Nue­va York a un taller don­de tra­ba­jé con uno de los artis­tas y de los impre­so­res más gran­des que tie­ne Esta­dos Uni­dos. Él ya esta­ba vie­ji­to y habían cam­bia­do a mucha gen­te. Fui al taller y pre­gun­té por Black y me dicen: no, Black está muy enfer­mi­to, no está vinien­do. Esta­ba hablan­do con un puer­to­rri­que­ño y me dice: ¿Y tú de dón­de eres? Le digo: yo soy cubano. Me dice: ¡Ah, oye, los cuba­nos están hacien­do mon­to­nes de cosas intere­san­tí­si­mas. Allá hay un cubano que ganó un pre­mio muy impor­tan­te en Japón, que vi en la pren­sa, un tal Coco, Cho­co! Yo me que­dé así mirán­do­lo y le digo: ¡Ah, mira, soy yo!, él se que­dó como si yo le estu­vie­ra dicien­do una men­ti­ra.

Bueno, creo que esto con­ti­núa, aca­bo tam­bién de venir de Esta­dos Uni­dos, por­que la Uni­ver­si­dad de Caro­li­na del Nor­te me pidió hacer un cur­so sobre este pro­ce­di­mien­to. Allí fue muy intere­san­te y creo que si las situa­cio­nes no se ponen difí­ci­les, pode­mos esta­ble­cer un inter­cam­bio de estu­dian­tes, que de hecho se está hacien­do, de estu­dian­tes, de artis­tas, que ven­gan y que vayan. Creo que los nor­te­ame­ri­ca­nos, los bue­nos nor­te­ame­ri­ca­nos pien­san cosas muy intere­san­tes sobre noso­tros y creo que nun­ca nos han qui­ta­do la visión de que en Cuba se están hacien­do y que hay muy bue­nas cosas por hacer.

Amaury Pérez. Aho­ra, tú sien­tes, Cho­co, cuan­do tú estás solo, cuan­do no está Glo­ria ni están los mucha­chos, ni están los ami­gos y yo sé que eso es una de las cosas que más tú ado­ras, estar con tus ami­gos. He par­ti­ci­pa­do algu­na vez, más de una vez en esas reunio­nes y sé que esa es una de las cosas que tú dis­fru­tas.

Pero ¿tú has teni­do, den­tro de Cuba, por ejem­plo, todo el reco­no­ci­mien­to que mere­ce tu talen­to, tu tena­ci­dad y tu tra­ba­jo?

Cho­co. Mira, no sé si fal­ta un poqui­to más pero lo que sí te pue­do decir de cora­zón, es que la gen­te, la gen­te de pue­blo, el cubano común y corrien­te, como se dice, me reco­no­ce, me mima y me dice muchas cosas lin­das y yo sien­to que ese es el reco­no­ci­mien­to más gran­de que a lo mejor yo merez­ca.

Amaury Pérez. Estoy acer­cán­do­me a la cur­va final de la entre­vis­ta. En tu obra, que la conoz­co bien, hay la sen­sua­li­dad de tu raza; seres con gran­des labios, muchos ele­men­tos reli­gio­sos, de la cul­tu­ra ances­tral cuba­na de la que vie­ne de Áfri­ca. ¿Tú eres una per­so­na reli­gio­sa?

Cho­co. Soy reli­gio­so con los hom­bres. No me gus­ta que me digan men­ti­ras, no quie­ro que le digan men­ti­ras a la gen­te. Res­pe­to muchí­si­mo lo que se lla­ma reli­gión en sí.

Creo que los hom­bres tie­nen que creer en algo, si no en los vivos, en los muer­tos, o en lo que sea. Pero yo no estoy en nin­gu­na reli­gión, me gus­ta hablar con los bala­laos, con los espi­ri­tis­tas; que me miren, que me digan. A veces sien­to que hay cosas muy mis­te­rio­sas por­que he vis­to eso en Áfri­ca, en Hai­tí, en Bra­sil, por­que he esta­do allí. He vis­to eso de otra for­ma en algu­nos pue­blos espa­ño­les, creo que el hom­bre pien­sa en eso.

Yo lo pon­go en mi obra por­que detrás de la puer­ta de cada casa, hay algo, un amu­le­to, cual­quier cosi­ta para espan­tar los malos espí­ri­tus. Por­que ade­más, la reli­gión afro­cu­ba­na, yo digo que es la reli­gión cuba­na, como todos noso­tros los cuba­nos, es par­te de nues­tra cul­tu­ra, es par­te de nues­tra vida, y por tan­to, la ten­go que refle­jar en mi obra de una for­ma u otra, por­que lo he vis­to en mi casa, lo he vis­to en mi fami­lia, lo he vis­to en mis ami­gos, que con fer­vor algu­nos creen en eso y lo prac­ti­can, enton­ces eso mere­ce un res­pe­to.

Amaury Pérez. Bueno, igual que hay musul­ma­nes, cató­li­cos, reli­gio­sos afro­cu­ba­nos de todas las ten­den­cias, espi­ri­tis­tas. Para ter­mi­nar ¿tú crees que ser cubano es una reli­gión?

Cho­co. Yo pien­so que sí, y fuer­te.

Amaury Pérez. Vamos a creer en ello. Te quie­ro mucho.

Cho­co. Igual.

Amaury Pérez. Muchas gra­cias por haber veni­do.

Cho­co. ¡Coño, gra­cias por invi­tar­me!

Programa televisivo "Con 2 que se quieran". Foto: PetiPro­gra­ma tele­vi­si­vo "Con 2 que se quie­ran". Foto: Peti 
Programa televisivo "Con 2 que se quieran". Foto: PetiPro­gra­ma tele­vi­si­vo "Con 2 que se quie­ran". Foto: Peti 
Programa televisivo "Con 2 que se quieran". Foto: PetiPro­gra­ma tele­vi­si­vo "Con 2 que se quie­ran". Foto: Peti 
Programa televisivo "Con 2 que se quieran". Foto: PetiCon Petí. 

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Iruzkina idatzi / Deja un comentario

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