150 aniversario de «El capital». El reino fetichizado de la mercancía

«Cada capi­ta­lis­ta […] recu­rre a todos los medios para inci­tar­los a con­su­mir [a los obre­ros], para pres­tar a sus mer­can­cías nue­vos atrac­ti­vos, para hacer­les creer que tie­nen nue­vas nece­si­da­des, etc. Pre­ci­sa­men­te a este aspec­to de la rela­ción entre capi­tal y tra­ba­jo cons­ti­tu­ye un ele­men­to fun­da­men­tal de la civi­li­za­ción; sobre él se basa la jus­ti­fi­ca­ción his­tó­ri­ca, pero tam­bién el poder actual del capi­tal.»

Marx, 1971b: 230

«Marx hizo famo­so el tér­mino «fan­tas­ma­go­ría», uti­li­zán­do­lo para des­cri­bir el mun­do de las mer­can­cías que, en su mera pre­sen­cia visi­ble, ocul­ta todo ras­tro de tra­ba­jo que las pro­du­jo. Echan un velo sobre el pro­ce­so pro­duc­ti­vo y, al igual que las pin­tu­ras de esta­dos de áni­mo, alien­tan a sus espec­ta­do­res a iden­ti­fi­car­las con sue­ños y fan­ta­sías sub­je­ti­vas.»

Buck-Morss, 2005: 201

«La rique­za de las socie­da­des en las que domi­na el modo de pro­duc­ción capi­ta­lis­ta se pre­sen­ta como un «enor­me cúmu­lo de mer­can­cías», y la mer­can­cía indi­vi­dual como la for­ma ele­men­tal de esa rique­za. Nues­tra inves­ti­ga­ción, por con­si­guien­te, se ini­cia con el aná­li­sis de la mer­can­cía» (Marx, 1988: 43). Con estas pala­bras se abre el pri­mer capí­tu­lo de El capi­tal, publi­ca­do en 1867. Sal­vo para los habi­tan­tes de Ingla­te­rra, esa afir­ma­ción era enig­má­ti­ca y has­ta exa­ge­ra­da, pues­to que el capi­ta­lis­mo pro­pia­men­te hablan­do –es decir, que se hubie­ra apo­de­ra­do de la pro­duc­ción– solo exis­tía en ese país, pero en nin­gún otro lugar había alcan­za­do ese nivel de desa­rro­llo, en unos cuan­tos paí­ses se esta­ban ges­tan­do y peor aún en muchos luga­res del mun­do ni siquie­ra había sur­gi­do. En este sen­ti­do, los lec­to­res con­tem­po­rá­neos de Marx podían pen­sar que su pun­to de par­ti­da, el aná­li­sis de la mer­can­cía, no era muy con­vin­cen­te y dudo­so que la mer­can­cía se hubie­ra gene­ra­li­za­do.

Hoy, un siglo y medio des­pués, las pala­bras de Marx son de una impre­sio­nan­te actua­li­dad, casi una tri­via­li­dad, pues­to que la for­ma mer­can­cía rei­na a lo lar­go y ancho del pla­ne­ta. En efec­to, la expan­sión mun­dial del capi­ta­lis­mo lle­va apa­re­ja­da la uni­ver­sa­li­za­ción de las mer­can­cías, lo cual debe ser enten­di­do en un doble sen­ti­do. De un lado, en el ámbi­to geo­grá­fi­co, el domi­nio del capi­ta­lis­mo en los cin­co con­ti­nen­tes supo­ne, de mane­ra auto­má­ti­ca, la gene­ra­li­za­ción del reino mer­can­til. Y de otro lado, la for­ma mer­can­cía ha colo­ni­za­do todas las esfe­ras de la socie­dad, la vida y la natu­ra­le­za, inclu­so en nive­les que se supo­nían impen­sa­bles hace unas cuan­tas déca­das, como suce­de con los óvu­los y los esper­ma­to­zoi­des. Por pri­me­ra vez en la his­to­ria huma­na todo ha sido con­ver­ti­do en mer­can­cías, des­de ele­men­tos micros­có­pi­cos (como los genes) has­ta gigan­tes­cas estruc­tu­ras (como los saté­li­tes arti­fi­cia­les). El mun­do ha sido trans­for­ma­do en un inmen­so bazar pla­ne­ta­rio don­de se com­pran y se ven­den las cosas más inve­ro­sí­mi­les: órga­nos del cuer­po humano, genes, bebes, fut­bo­lis­tas, mode­los y vedet­tes de la farán­du­la, jun­to con los sen­ti­mien­tos más abs­trac­tos y subli­mes (empe­zan­do por el amor). Cual­qu «libre mer­ca­do», como acon­te­ce con los ali­men­tos, la salud, la edu­ca­ción, la recrea­ción y la cul­tu­ra.

La mercancía y las necesidades

En prin­ci­pio, pue­de pen­sar­se, como lo hacen los capi­ta­lis­tas y sus ideó­lo­gos, que pro­du­cir mer­can­cías es indis­pen­sa­ble para satis­fa­cer nece­si­da­des huma­nas y, en con­se­cuen­cia, está más que jus­ti­fi­ca­da su pro­duc­ción pues­to que la mis­ma bene­fi­cia a los seres huma­nos y ello haría no solo inevi­ta­ble la pro­duc­ción de mer­can­cías sino que con­ver­ti­ría en bene­fac­to­res a los capi­ta­lis­tas.

Este supues­to debe dis­cu­tir­se, y Marx lo hace, a par­tir no solo de la dife­ren­cia­ción entre valor de uso y valor de cam­bio, el doble carác­ter de la mer­can­cía, en el que pre­do­mi­na el segun­do aspec­to, sino con­si­de­ran­do las nece­si­da­des huma­nas. Al res­pec­to, pue­de dife­ren­ciar­se entre nece­si­da­des bási­cas, vita­les, y nece­si­da­des super­fluas o ins­tru­men­ta­les. Las pri­me­ras hacen refe­ren­cia a la satis­fac­ción de los reque­ri­mien­tos bio­ló­gi­cos y ani­ma­les que tene­mos los seres huma­nos (tales como comer, ves­tir­nos, tener un techo que nos cobi­je, man­te­ner rela­cio­nes sexua­les y repro­duc­ti­vas), como a algu­nas nece­si­da­des his­tó­ri­cas y cul­tu­ra­les, que se van cons­tru­yen­do en el pro­ce­so de evo­lu­ción social. En ese sen­ti­do, Marx indi­ca que se pue­de hablar de «medios de con­su­mo nece­sa­rios», «sien­do indi­fe­ren­te que tal o cual pro­duc­to, como por ejem­plo el taba­co, sea o no un medio de con­su­mo nece­sa­rio des­de el pun­to de vis­ta fisio­ló­gi­co; bas­ta­rá con que lo sea por la fuer­za de la cos­tum­bre» (Marx, 1984: 493).

Pero Marx ano­ta en otra de sus escri­tos que exis­te una rela­ción direc­ta entre la pro­duc­ción y el con­su­mo, ya que «la pro­duc­ción es media­do­ra del con­su­mo, cuyos mate­ria­les crea y sin los cua­les a este le fal­ta­ría el obje­to». Pero

[…] el con­su­mo es tam­bién media­dor de la pro­duc­ción, en cuan­to crea para los pro­duc­tos el suje­to para el cual ellos son pro­duc­tos. El pro­duc­to alcan­za su final solo en el con­su­mo. […] Sin pro­duc­ción no hay con­su­mo pero sin con­su­mo tam­po­co hay pro­duc­ción ya que en ese caso la pro­duc­ción no ten­dría obje­to. El con­su­mo pro­du­ce la pro­duc­ción de dos mane­ras: 1). En cuan­to el pro­duc­to se hace pro­duc­to solo en el con­su­mo […]; 2) en cuan­to el con­su­mo crea la nece­si­dad de una nue­va pro­duc­ción, y por lo tan­to el móvil ideal de la pro­duc­ción, su impul­so interno, que es su supues­to. El con­su­mo crea el impul­so de la pro­duc­ción y crea igual­men­te el obje­to que actúa en la pro­duc­ción como deter­mi­nan­te de la fina­li­dad de ésta. Si resul­ta cla­ro que la pro­duc­ción ofre­ce el obje­to del con­su­mo en su aspec­to mani­fies­to, no es menos cier­to que el con­su­mo pone ideal­men­te el obje­to de la pro­duc­ción, como ima­gen inte­rior, como nece­si­dad, como impul­so y como fina­li­dad. Ella crea los obje­tos de la pro­duc­ción bajo una for­ma que es toda­vía sub­je­ti­va. Sin nece­si­da­des no hay pro­duc­ción. Pero el con­su­mo repro­du­ce las nece­si­da­des (Marx, 1971b: 11 y s.).

Dicho en for­ma resu­mi­da: sal­vo las nece­si­da­des bio­ló­gi­cas, las demás son his­tó­ri­cas y cul­tu­ra­les y, algo acen­tua­do en el capi­ta­lis­mo, la pro­duc­ción gene­ra el obje­to del con­su­mo, el modo de con­su­mo, el impul­so del con­su­mo y, por supues­to, al pro­pio con­su­mi­dor. En ese aná­li­sis ya se insi­núa lo que hoy es domi­nan­te a nivel mun­dial, que el con­su­mo «repro­du­ce las nece­si­da­des», lo que con­du­ce a plan­tear el con­su­mo de lujo o con­su­mo sun­tua­rio. En prin­ci­pio, duran­te las pri­me­ras fases del capi­ta­lis­mo en un terri­to­rio deter­mi­na­do, ese con­su­mo sun­tua­rio se limi­ta­ba a las cla­ses domi­nan­tes, pero lue­go a medi­da que se aba­ra­ta­ba la pro­duc­ción de mer­can­cías y aumen­ta­ba el poder adqui­si­ti­vo de los tra­ba­ja­do­res ese con­su­mo sun­tua­rio ten­dió a incre­men­tar­se. Marx eso lo vio aso­cia­do a los momen­tos de pros­pe­ri­dad en el ciclo capi­ta­lis­ta, cuan­do flo­re­ce la espe­cu­la­ción, ins­tan­te en el que

no solo aumen­ta el con­su­mo de medios de sub­sis­ten­cia nece­sa­rios; la cla­se obre­ra (a la que aho­ra se incor­po­ra, de mane­ra acti­va, su ejér­ci­to de reser­va en pleno) par­ti­ci­pa momen­tá­nea­men­te tam­bién en el con­su­mo de artícu­los sun­tua­rios, que en otras cir­cuns­tan­cias le son inac­ce­si­bles, y ade­más, asi­mis­mo, en la cla­se de artícu­los de con­su­mo nece­sa­rios que en la mayor par­te son, de ordi­na­rio, medios de con­su­mo «nece­sa­rios» sólo para la cla­se de los capi­ta­lis­ta, lo cual pro­vo­ca a su vez un aumen­to de los pre­cios (Marx, 1984: 501 y s.).

Des­pués del fin de la Segun­da Gue­rra Mun­dial se pro­du­ce una «explo­sión del con­su­mo» –lo que lle­vo a que algu­nos auto­res acu­ña­ran la vapo­ro­sa deno­mi­na­ción de «socie­dad de con­su­mo»– que está aso­cia­da a los incre­men­tos en la pro­duc­ción de mer­can­cías, que a su vez son el resul­ta­do, des­de el pun­to de vis­ta mate­rial, de la exis­ten­cia de fuen­tes abun­dan­tes de ener­gías fósi­les, prin­ci­pal­men­te petró­leo, y de los nota­bles desa­rro­llos de la tec­no­cien­cia apli­ca­da a la indus­tria y a la agri­cul­tu­ra. Y des­de el pun­to de vis­ta social, eso solo es posi­ble con la explo­ta­ción de impor­tan­tes con­tin­gen­tes de fuer­za de tra­ba­jo en el mun­do. Con petró­leo y mate­ria­les se pro­du­ce una gran can­ti­dad de mer­can­cías, muchas de las cua­les en la épo­ca de Marx podían con­si­de­rar­se como pro­pias de un con­su­mo sun­tua­rio (como los medios de trans­por­te pri­va­dos, v.g. el auto­mó­vil) o que inclu­so no exis­tían (como los elec­tro­do­més­ti­cos), pero que en algu­nos luga­res, como en Euro­pa cen­tral y nór­di­ca, así como en los Esta­dos Uni­dos se extien­den al con­su­mo coti­diano de impor­tan­tes sec­to­res de la pobla­ción, inclu­yen­do a los tra­ba­ja­do­res. Ese pro­ce­so se ha exten­di­do en las últi­mas déca­das a otros paí­ses, Chi­na por ejem­plo, don­de se impo­ne el mis­mo mode­lo de pro­duc­ción-con­su­mo derro­cha­dor de ener­gía y mate­ria­les, y se ori­gi­na en la explo­ta­ción inten­si­va del tra­ba­jo humano.

Así las cosas, ¿qué que­da de lo nece­sa­rio e indis­pen­sa­ble y a don­de lle­ga lo super­fluo o inne­ce­sa­rio? Por nece­sa­rio debe­ría­mos defi­nir a aque­llo que es indis­pen­sa­ble para man­te­ner el orga­nis­mo humano y desa­rro­llar una vida social­men­te acep­ta­ble. Nece­sa­rio es el con­su­mo dia­rio de 3000 calo­rías que requie­re el orga­nis­mo humano para repo­ner las ener­gías gas­ta­das, más allá de ese pun­to pue­de con­si­de­rar­se el con­su­mo de calo­rías como inne­ce­sa­rio, lujo­so e inclu­so per­ju­di­cial, lo que se evi­den­cia, para seña­lar un caso, en el con­su­mo de calo­rías, en for­ma de ali­men­tos, de un esta­dou­ni­den­se pro­me­dio, con res­pec­to a un hai­tiano. Mien­tras el pri­me­ro con­su­me 3.620 kilo­ca­rías, el segun­do con­su­me 1.830. Es decir, que uno está sobre­ali­men­ta­do y el otro se encuen­tra subali­men­ta­do y des­nu­tri­do. Pero si tene­mos en cuen­ta el con­su­mo de ener­gía per cápi­ta (en la que se inclu­ye el uso de cual­quier fuen­te ener­gé­ti­ca y su con­ver­sión final en elec­tri­ci­dad) las dife­ren­cias son más apa­bu­llan­tes: en el 2003, un hai­tiano tenía un con­su­mo de 270 kilo­ca­lo­rías, mien­tras que un esta­dou­ni­den­se con­su­mía 7.7951. Nece­sa­rio que una per­so­na cuen­te con un techo ade­cua­do y con la ropa indis­pen­sa­ble para pre­ser­var su salud y su auto­es­ti­ma, super­fluo que como, David Beck­ham, estre­ne cal­zon­ci­llos todos los días y al otro día los bote a la basu­ra (es decir, bota al año 365 cal­zon­ci­llos) o como el caso de Imel­da Mar­cos de Fili­pi­nas, la espo­sa de un dic­ta­dor de ese país, que tenía una colec­ción de 3000 pares de zapa­tos.

Para aumen­tar la pro­duc­ción de cosas inne­ce­sa­rias se fomen­ta el con­su­mo y se crean nece­si­da­des arti­fi­cia­les, sin las cua­les se pue­de vivir y de las cua­les se pue­de pres­cin­dir, pero que en muchos casos apa­re­cen como sig­nos de esta­tus, de supe­rio­ri­dad de cla­se, de géne­ro o de raza. José Sara­ma­go en su crí­ti­ca al cen­tro comer­cial alu­de en for­ma sar­cás­ti­ca a la pro­pa­gan­da mer­can­til enca­mi­na­da a crear nece­si­da­des arti­fi­cia­les: «En la facha­da del Cen­tro, sobre sus cabe­zas, un nue­vo y gigan­tes­co car­tel pro­cla­ma­ba, VENDERÍAMOS TODO CUANTO USTED NECESITARA SI NO PREFIRIÉSEMOS QUE USTED NECESITASE LO QUE TENEMOS PARA VENDERLE» (Sara­ma­go, 2001: 365). Algu­nos voce­ros capi­ta­lis­tas, como un direc­ti­vo de la Gene­ral Motors, reco­no­ció en una oca­sión que «la cla­ve para la pros­pe­ri­dad eco­nó­mi­ca con­sis­te en la crea­ción orga­ni­za­da de un sen­ti­mien­to de insa­tis­fac­ción» (Char­les Ket­te­ring, cita­do en Sem­pe­re, 2009: 57), lo cual con­fir­ma lo dicho por Sara­ma­go.

De la mis­ma for­ma, se redu­ce el tiem­po de dura­ción de las mer­can­cías (la obso­les­cen­cia pro­gra­ma­da) para que el con­su­mi­dor se vea obli­ga­do a com­prar nue­vos pro­duc­tos que sus­ti­tu­yan a los que han fene­ci­do en for­ma rápi­da. El col­mo de ese pro­ce­so es el de los pro­duc­tos desecha­bles, que des­apa­re­cen en el acto mis­mo del con­su­mo, como suce­de con arte­fac­tos plás­ti­cos (pla­tos, vasos, cubier­tos…)

Así, la vida media de los arte­fac­tos micro­elec­tró­ni­cos cada vez es más bre­ve, lle­gan­do a ser en el mejor de los casos de unos 18 meses. Para indu­cir al con­su­mo, y por tan­to pro­du­cir más mer­can­cías, un ins­tru­men­to indis­pen­sa­ble es la publi­ci­dad y la pro­pa­ga­da, a tra­vés de lo cual se ofre­ce lo divino y lo humano a tra­vés de la induc­ción de nece­si­da­des fic­ti­cias y arti­fi­cia­les, que aplau­den lo efí­me­ro y desecha­ble, como pre­ten­di­da carac­te­rís­ti­ca inhe­ren­te a la natu­ra­le­za huma­na. Esto tie­ne que ver con el «efec­to rebo­te», que supo­ne sim­ple­men­te que a medi­da que mejo­ra la efi­cien­cia de una mer­can­cía o dis­mi­nu­ye su cos­to aumen­ta su con­su­mo, como lo demues­tra hoy la adic­ción a apa­ra­tos micro­elec­tró­ni­cos, empe­zan­do por el celu­lar, que hace que una per­so­na, aun­que solo ten­ga dos oídos, y pue­da sola­men­te escu­char por uno solo de ellos, use dos o tres celu­la­res, con lo que ade­más se pro­du­ce una gran can­ti­dad de cha­ta­rra elec­tró­ni­ca, ade­más que se des­pil­fa­rra ener­gía a gra­nel.

Podría hablar­se en esta direc­ción de lo que Ist­ván Més­zá­ros deno­mi­na como la tasa de uti­li­za­ción decre­cien­te en el capi­ta­lis­mo, lo que quie­re decir que se impo­ne un aumen­to de la pro­duc­ción de mer­can­cías y un menos uso de las mis­mas y en menos tiem­po del que se podrían emplear, o sea que son desecha­das en for­ma pre­ma­tu­ra2. Un ejem­plo al res­pec­to es el del auto­mó­vil pri­va­do, que por lo gene­ral solo lle­va un pasa­je­ro, su con­duc­tor, cuan­do está hecho para cua­tro o cin­co per­so­nas, y a veces sue­le uti­li­zar­se solo una par­te de su vida útil o tam­bién que aun­que un coche toda­vía fun­cio­ne nor­mal­men­te sea cam­bia­do, por impe­ra­ti­vos de la moda, cada uno o dos años y ter­mi­nen en los «cemen­te­rios de autos».

La mercancía, el trabajo y las ganancias

Decir que en el capi­ta­lis­mo la for­ma mer­can­cía se gene­ra­li­za resul­ta una afir­ma­ción incom­ple­ta, si a ella no se agre­ga que se está hablan­do de una pro­duc­ción de mer­can­cías capi­ta­lis­ta, cuya fina­li­dad es obte­ner ganan­cias, y que la fuen­te de las mis­mas solo pue­de ser la explo­ta­ción de fuer­za de tra­ba­jo, tam­bién con­ver­ti­da en una mer­can­cía. De mane­ra explí­ci­ta, Marx sos­tie­ne en el lla­ma­do capí­tu­lo VI de El capi­tal, iné­di­to, tres pre­mi­sas indi­so­cia­bles:

  1. La pro­duc­ción capi­ta­lis­ta por pri­me­ra vez con­vier­te a la mer­can­cía en for­ma gene­ral de todos los pro­duc­tos.

  2. La pro­duc­ción de mer­can­cías lle­va nece­sa­ria­men­te a la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta, tan pron­to como el obre­ro ha cesa­do de ser par­te de las con­di­cio­nes de pro­duc­ción (escla­vi­tud, ser­vi­dum­bre) o la comu­na pri­mi­ti­va (India) ha deja­do de ser la base. Des­de el momen­to en que la fuer­za mis­ma de tra­ba­jo se ha con­ver­ti­do de mane­ra gene­ral en mer­can­cía.

  3. La pro­duc­ción capi­ta­lis­ta supri­me la base de la pro­duc­ción mer­can­til, la pro­duc­ción dis­per­sa e inde­pen­dien­te y el inter­cam­bio de los posee­do­res de mer­can­cías o el inter­cam­bio de equi­va­len­tes. El inter­cam­bio entre el capi­tal y la fuer­za de tra­ba­jo se vuel­ve for­mal.

Más enfá­ti­ca­men­te, y en for­ma resu­mi­da, Marx ase­gu­ra: «Como la plus­va­lía es el pro­duc­to espe­cí­fi­co del pro­ce­so de pro­duc­ción, su pro­duc­to no solo es mer­can­cía, sino capi­tal […] es un pro­ce­so en el que no sólo se pro­du­ce mer­can­cía, sino plus­va­lía y en con­se­cuen­cia capi­tal» (Marx, 1971a: 112-113 y 50-53).

Sin embar­go, cuan­do las mer­can­cías se encuen­tran en los esca­pa­ra­tes en que se ofre­cen y se ven­den da la impre­sión que no poseen ni un solo áto­mo de tra­ba­jo, es como si hubie­ran sido pro­du­ci­das de la nada y sin haber emplea­do a nin­gún tra­ba­ja­dor. Este es el ver­da­de­ro carác­ter fan­tas­ma­gó­ri­co de la mer­can­cía, cuya mera pre­sen­cia ocul­ta el tra­ba­jo que las ha pro­du­ci­do; los obje­tos mer­can­ti­les son como velos que ocul­tan los pro­ce­sos pro­duc­ti­vos e invi­tan al con­su­mi­dor a iden­ti­fi­car­las con sue­ños y fan­ta­sías sub­je­ti­vas. Como lo dijo Theo­dor Adorno: «En el obje­to de con­su­mo debe hacer­se olvi­dar la hue­lla de su pro­duc­ción. Debe tener una apa­rien­cia como si no hubie­ra sido hecho en abso­lu­to, no vaya a ser que dela­te que el que lo inter­cam­bia no es el que lo ha hecho, sino que se apro­pia el tra­ba­jo con­te­ni­do en él» (Adorno, cit. en Zamo­ra, 2017).

En tér­mi­nos prác­ti­cos, esto quie­re decir dos cosas: pri­me­ro, que la pro­duc­ción de cual­quier tipo de mer­can­cías, de las cua­les está lite­ral­men­te inun­da­do el pla­ne­ta, solo son posi­bles por la explo­ta­ción inten­si­fi­ca­da de los tra­ba­ja­do­res en los cin­co con­ti­nen­tes; y segun­do, que las extra­or­di­na­rias ganan­cias que obtie­nen unos cuan­tos super­mi­llo­na­rios en el mun­do, que hacen de la épo­ca actual la épo­ca más injus­ta y desigual en la his­to­ria de la huma­ni­dad, solo pue­den expli­car­se por esa explo­ta­ción.

Chi­na, el taller del mun­do de nues­tro tiem­po, pro­du­ce mer­can­cías a gra­nel, con las que está reple­to el glo­bo terrá­queo, y eso es resul­ta­do de la explo­ta­ción de millo­nes de hom­bres y muje­res, que han sido con­ver­ti­dos en el nue­vo pro­le­ta­ria­do indus­trial, que se arre­mo­li­na en fábri­cas de la muer­te. Las ganan­cias de esa pro­duc­ción, y de la ven­ta de mer­can­cías allí pro­du­ci­das, bene­fi­cia en for­ma direc­ta a las gran­des mul­ti­na­cio­na­les y a sus due­ños capi­ta­lis­tas.

Ya Marx había dicho que «de nin­gún modo corres­pon­de al cur­so del desa­rro­llo social que por­que un indi­vi­duo haya satis­fe­cho su nece­si­dad, cree aho­ra su exce­den­te; sino por­que se obli­ga a un indi­vi­duo o cla­se de indi­vi­duos a tra­ba­jar más allá de lo pre­ci­so para la satis­fac­ción de su nece­si­dad, por­que se pone el plus­tra­ba­jo de un lado, se ponen el no-tra­ba­jo y la plus­ri­que­za del otro lado» (Marx, 1971b: 352 y s.). Esto es lo que per­mi­te que una par­te de la socie­dad, mino­ri­ta­ria, se ale­je del tra­ba­jo mate­rial duro y ago­bian­te, mien­tras que otra par­te, mayo­ri­ta­ria, se vea obli­ga­da a tra­ba­jar para otros en las peo­res con­di­cio­nes, que en muchos casos son pro­pias del escla­vis­mo, como acon­te­ce en Ban­gla­desh y en otras paí­ses.

Cuan­do se habla de una explo­ta­ción inten­si­fi­ca­da del tra­ba­jo, lo que se está cons­ta­tan­do es que la vida labo­ral de la cla­se que vive del tra­ba­jo es más difí­cil, pre­ca­ria y pro­du­ce sufri­mien­to, si tene­mos en cuen­ta que la mer­can­cía que más se ha aba­ra­ta­do y envi­le­ci­do es la fuer­za de tra­ba­jo. Eso pue­de cons­ta­tar­se en cual­quier lugar del mun­do: en Chi­na, en la fron­te­ra nor­te de Méxi­co, en las zonas de maqui­la, en las fábri­cas de la muer­te, en las «ofi­ci­nas inte­li­gen­tes», en los call-cen­ters, en Sili­con Valley y don­de se nos ocu­rra ima­gi­nar. Al res­pec­to, Marx había indi­ca­do que «la bara­tu­ra del sudor y la san­gre huma­nas, trans­for­ma­dos en mer­can­cías, […] expan­dió cons­tan­te­men­te y expan­de día a día el mer­ca­do don­de se colo­can los pro­duc­tos» (Marx, 1988: 574).

Tam­bién Marx había seña­la­do las con­se­cuen­cias sobre la vida de los tra­ba­ja­do­res del aumen­to de la pro­duc­ción y de la extrac­ción de plus­va­lía en el siglo XIX, una des­crip­ción que es de una impre­sio­nan­te actua­li­dad:

Todos los órga­nos de los sen­ti­dos son uni­for­me­men­te agre­di­dos por la ele­va­ción arti­fi­cial de la tem­pe­ra­tu­ra, la atmos­fe­ra car­ga­da de des­per­di­cios de la mate­ria pri­ma, el rui­do ensor­de­ce­dor, etc., para no hablar del peli­gro moral que se corre entre la api­ña­da maqui­na­ria, la cual pro­du­ce sus par­tes indus­tria­les de bata­lla con la mis­ma regu­la­ri­dad que se suce­den las esta­cio­nes (ibíd.: 519 y s.).

Esto tras­la­da­do al mun­do de hoy quie­re decir, entre algu­nos ejem­plos, femi­ni­ci­dio labo­ral en las maqui­las de Méxi­co y Amé­ri­ca Cen­tral; muer­te de miles tra­ba­ja­do­res en las fábri­cas de con­fec­cio­nes de Ban­gla­desh y otros «nue­vos paí­ses indus­tria­li­za­dos»; sui­ci­dios en Tele­com Fran­ce y en las fábri­cas de elec­tro­do­més­ti­cos de Chi­na; millo­nes de acci­den­tes que dejan a miles de tra­ba­ja­do­res lisia­dos de por vida, por no tener ele­men­ta­les ins­tru­men­tos de segu­ri­dad labo­ral, y un inter­mi­na­ble etcé­te­ra. Nada de este dolor se ve, ni se apre­cia en las mer­can­cías que se exhi­ben en los esca­pa­ra­tes del bazar pla­ne­ta­rio.

El fetichismo de la mercancía

La mer­can­cía es un pro­duc­to que tie­ne como fina­li­dad ven­der­se en el mer­ca­do, sin que cuen­te la uti­li­dad del pro­duc­to (valor de uso) sino el hecho que se ven­da (valor de cam­bio) por dine­ro y este lue­go se con­vier­ta en otra mer­can­cía. Para acce­der al valor de uso que tie­ne cual­quier mer­can­cía, es nece­sa­rio com­prar­la con dine­ro, pues­to que el true­que direc­to entre mer­can­cías ha des­apa­re­ci­do. Las mer­can­cías que se ofre­cen en el mer­ca­do son pro­duc­to del tra­ba­jo, pero cuan­do nos enfren­ta­mos a cual­quier mer­can­cía en ella no encon­tra­mos de mane­ra evi­den­te ni piz­ca de acti­vi­dad huma­na, dan­do la impre­sión de que son un resul­ta­do casi mági­co de fuer­zas imper­so­na­les que nos con­tro­lan a todos. La mer­can­cía se con­vier­te en un suje­to autó­no­mo, apa­ren­te­men­te dota­do de vida pro­pia, que se rea­li­za en el mer­ca­do, de tal for­ma que «los pro­ce­sos vita­les de los hom­bres que­dan aban­do­na­dos a la ges­tión tota­li­ta­ria e inape­la­ble de un meca­nis­mo cie­go que ellos ali­men­tan pero no con­tro­lan» (Jap­pe, 2017).

En el mun­do mer­can­til capi­ta­lis­ta, el valor de uso se con­vier­te en un mero por­ta­dor del valor de cam­bio, lo que lo dife­ren­cia de todas las otras for­mas de socie­dad en don­de pri­ma­ba el valor de uso, es decir, la satis­fac­ción de las nece­si­da­des huma­nas. El valor de cam­bio no pue­de, sin embar­go, pres­cin­dir del valor de uso, lo cual se cons­ti­tu­ye en la con­tra­dic­ción supre­ma de la mer­can­cía, lo que impli­ca que el capi­ta­lis­mo tie­ne un lími­te con­tra el que se estre­lla su ten­den­cia a incre­men­tar el valor de cam­bio y el dine­ro de mane­ra inde­fi­ni­da.

La mer­can­cía es una for­ma espe­cí­fi­ca e his­tó­ri­ca de la acción huma­na, una for­ma social que no siem­pre ha exis­ti­do (aun hoy sobre­vi­ven algu­nas socie­da­des indí­ge­nas en el Ama­zo­nas y en otros luga­res de la tie­rra que no cono­cen las mer­can­cías) y sólo se ha gene­ra­li­za­do en la últi­ma par­te del siglo XX. A pesar de esa bre­ve frac­ción de tiem­po, los por­ta­vo­ces del capi­ta­lis­mo (enca­be­za­dos por los eco­no­mis­tas) nos dicen que la mer­can­cía siem­pre ha exis­ti­do, que es con­sus­tan­cial a la natu­ra­le­za huma­na y, en con­se­cuen­cia, es impo­si­ble con­ce­bir un mun­do sin mer­can­cías y, sin la prin­ci­pal de ellas, el dine­ro.

Para ado­rar las mer­can­cías han apa­re­ci­do los sacer­do­tes del cul­to, eco­no­mis­tas, teó­ri­cos de la comu­ni­ca­ción, mer­ca­chi­fles y comer­cian­tes. Ellos se han encar­ga­do de difun­dir por el mun­do la bue­na nue­va de que la exis­ten­cia de mer­can­cías es sinó­ni­mo de pro­gre­so y su con­su­mo garan­ti­za el con­fort y la liber­tad. No es de extra­ñar que hayan cobra­do fuer­za las teo­rías que exal­tan la sobe­ra­nía del con­su­mi­dor como máxi­ma expre­sión de la liber­tad huma­na y algu­nas de sus ver­sio­nes más «refi­na­das» lle­guen a afir­mar sin nin­gún des­par­pa­jo que las «mer­can­cías ayu­dan a pen­sar» y «los ciu­da­da­nos somos tam­bién con­su­mi­do­res» y «el mer­ca­do de opi­nio­nes ciu­da­da­nas inclu­ye tan­ta varie­dad y diso­nan­cia como el mer­ca­do de la ropa y los entre­te­ni­mien­tos»4.

El carácter destructivo de la forma-mercancía

Si la for­ma mer­can­cía, uni­ver­sa­li­za­da en nues­tro tiem­po, que se basa en el prin­ci­pio de la lógi­ca capi­ta­lis­ta de una pro­duc­ción ili­mi­ta­da, para obte­ner cada vez más ganan­cias e incre­men­tar la acu­mu­la­ción de capi­tal, se pro­du­je­ra en un pla­ne­ta que tuvie­ra recur­sos inago­ta­bles (mate­ria­les y ener­gía) no enfren­ta­ría nin­gún lími­te natu­ral. Pero eso mun­do no exis­te, sal­vo en la men­te ence­gue­ci­da por el afán de lucro del capi­ta­lis­mo. En ese sen­ti­do, algu­nas indi­ca­cio­nes de Marx son per­ti­nen­tes para enten­der lo que suce­de hoy con la des­truc­ción ambien­tal y de los seres huma­nos, sobre todo con los pobres y tra­ba­ja­do­res. Ya Marx había anun­cia­do que «la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta […] no desa­rro­lla la téc­ni­ca y la com­bi­na­ción del pro­ce­so social de pro­duc­ción sino soca­van­do, al mis­mo tiem­po, los dos manan­tia­les de toda rique­za: la tie­rra y el tra­ba­ja­dor» (Marx, 1988: 613).

Si eso fue anun­cia­do hace 150 años, que no decir hoy cuan­do esa des­truc­ción ha lle­ga­do a extre­mos antes impen­sa­dos. Y ese carác­ter des­truc­ti­vo se encuen­tra en la bom­ba de tiem­po que es la pro­duc­ción mer­can­til, algo que se dedu­ce de la lógi­ca indi­vi­dual, apar­te­men­te racio­nal, de cada capi­ta­lis­ta que en su rela­ción con el mun­do natu­ral se basa en el supues­to «Des­pués de mí, el dilu­vio». Esa mis­ma lógi­ca depre­da­do­ra fue expre­sa­da en varias oca­sio­nes por Marx, tan­to en El capi­tal como en otras de sus obras, con la figu­ra del vam­pi­ro. En efec­to, el capi­tal efec­túa una rela­ción vam­pi­re­sa con la natu­ra­le­za, algo así como una espe­cie de muer­to vivien­te que solo se man­tie­ne por­que chu­pa la san­gre del mun­do. «El capi­tal es tra­ba­jo muer­to que sólo se reani­ma, a la mane­ra de un vam­pi­ro, al chu­par tra­ba­jo vivo, y que vive tan­to más cuan­to más tra­ba­jo vivo chu­pa» (ibíd.: 2179 y s.). Lo que final­men­te absor­be el vam­pi­ro capi­ta­lis­ta (la san­gre) es fuer­za de tra­ba­jo de los seres huma­nos y natu­ra­le­za, y a ambos des­tru­ye y ani­qui­la. Dicho con el len­gua­je pro­pio de Marx, el capi­ta­lis­mo tie­ne una sed de plus­va­lía que nun­ca podrá ser sacia­da, siem­pre quie­re arran­car más y más tra­ba­jo exce­den­te, para aumen­tar su acu­mu­la­ción de capi­tal y de rique­za. Y, como ya se ha dicho antes, esa plus­va­lía se plas­ma en mer­can­cías, las cua­les se pro­du­cen, mate­rial­men­te hablan­do, con mate­ria­les y ener­gía, inclu­so las lla­ma­das «mer­can­cías inma­te­ria­les». Algu­nos ejem­plos ilus­tran ese carác­ter des­truc­ti­vo con res­pec­to a la natu­ra­le­za. Un con­cep­to de la eco­lo­gía nos ayu­da a enten­der lo que esta­mos dicien­do, el de mochi­la eco­ló­gi­ca, que invo­lu­cra «la suma de todos los mate­ria­les que han sido nece­sa­rios para la ela­bo­ra­ción de un deter­mi­na­do pro­duc­to, duran­te todo su ciclo de vida (extrac­ción de mate­rias pri­mas, trans­por­te, pro­duc­ción y ver­ti­do)». Algu­nos ejem­plos son ilus­tra­ti­vos de ese carác­ter des­truc­ti­vo de la pro­duc­ción mer­can­til capi­ta­lis­ta: para fabri­car un cepi­llo de dien­tes se nece­si­tan 1,5 kilos de mate­ria­les, 75 kilos para un telé­fono móvil, 1,5 tone­la­das para un compu­tador, 14 tone­la­das para un auto­mó­vil, y un chip elec­tró­ni­co «que pesa 0,09 gra­mos tan solo, requie­re 20 kilo­gra­mos, ¡más de 220.000 veces su peso!»; fabri­car un compu­tador, con una pan­ta­lla pla­na de 17 pul­ga­das, nece­si­ta de 240 kilo­gra­mos de com­bus­ti­bles, 2,2 kilo­gra­mos de pro­duc­tos quí­mi­cos y 1.500 kilo­gra­mos de agua; cuan­do un auto­mó­vil cir­cu­la expul­sa a la atmos­fe­ra más de mil sus­tan­cias dife­ren­tes, sin que ten­ga­mos ni idea de sus efec­tos sobre la salud huma­na y ani­mal5.

La mer­can­ti­li­za­ción de la vida, de la natu­ra­le­za, de la cul­tu­ra, del medio ambien­te tie­ne lími­tes eco­nó­mi­cos, eco­ló­gi­cos y polí­ti­cos que no son otra cosa que la expre­sión a bas­ta esca­la de las con­tra­dic­cio­nes de la mer­can­cía y del capi­ta­lis­mo que la ha uni­ver­sa­li­za­do, que en el fon­do con­sis­te en el inten­to impo­si­ble de hacer que las mer­can­cías se libe­ren del valor de uso y el valor de cam­bio pue­da cre­cer de mane­ra ili­mi­ta­da.

Como la mer­can­cía es la célu­la eco­nó­mi­ca y social del capi­ta­lis­mo, su aná­li­sis y com­pren­sión es esen­cial para enten­der fenó­me­nos tan diver­sos como las gue­rras con­tem­po­rá­neas (tras las cua­les aso­ma el con­trol del petró­leo, un pro­duc­to natu­ral con­ver­ti­do en mer­can­cía), las cri­sis eco­nó­mi­cas (con la sobre­pro­duc­ción y no rea­li­za­ción de las mer­can­cías), los desas­tres hidro­geo­ló­gi­cos de nues­tros días (por la mer­can­ti­li­za­ción, entre otras, de las sel­vas, bos­ques, ríos y sis­te­mas eco­ló­gi­cos del mun­do), la cri­sis de los Esta­dos nacio­na­les (obli­ga­dos a ple­gar­se al «libre comer­cio», un eufe­mis­mo para dejar entrar y salir mer­can­cías), el ham­bre en el mun­do (ya que los ali­men­tos se han trans­for­ma­do en bie­nes mer­can­ti­les, y quien no tie­ne como com­prar­los no es un «ciu­da­dano sol­ven­te» que la mejor con­tri­bu­ción que pue­de hacer­le a la «civi­li­za­ción capi­ta­lis­ta» es morir­se de ham­bre) y así suce­si­va­men­te. Como lo dice Cipriano Algor, el alfa­re­ro que pro­ta­go­ni­za La Caver­na: «Oja­lá estas figu­ri­llas de aho­ra no ten­gan la mis­ma suer­te, La ten­drán más tar­de o más pron­to, como todo en la vida, lo que ha deja­do de tener uso se tira, Inclu­yen­do a las per­so­nas, Exac­ta­men­te, inclu­yen­do a las per­so­nas, a mí tam­bién me tira­rán cuan­do ya no sir­va» (Sara­ma­go, 2001: 170).

Renán Vega Can­tor

17 de agos­to de 2017

[Artícu­lo envia­do espe­cial­men­te por el autor para su publi­ca­ción el núme­ro 60 de la revis­ta Herra­mien­ta.]

Fuen­te: http://​www​.herra​mien​ta​.com​.ar/​r​e​v​i​s​t​a​-​h​e​r​r​a​m​i​e​n​t​a​-​n​-​6​0​/​1​5​0​-​a​n​i​v​e​r​s​a​r​i​o​-​d​e​-​e​l​-​c​a​p​i​t​a​l​-​e​l​-​r​e​i​n​o​-​f​e​t​i​c​h​i​z​a​d​o​-​d​e​-​l​a​-​m​e​r​c​a​n​cia

  1. Datos de 1998 pro­por­cio­na­dos por la FAO: El nue­vo mapa de nutri­ción de la FAO reve­la un fuer­te des­equi­li­brio en la dis­po­ni­bi­li­dad de ali­men­tos entre paí­ses ricos y pobres (http://www.waternunc.com/esp/fao3sp.htm¸https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_consumo_de_energ%C3%ADa_per_c%C3%A1pita)
  2. Més­zá­ros, 2001: 635 y s.
  3. La des­afor­tu­na­da expre­sión es de Nés­tor Gar­cía Can­cli­ni en su libro Con­su­mi­do­res y ciu­da­da­nos, Con­flic­tos mul­ti­cul­tu­ra­les de la glo­ba­li­za­ción (1995), un libro que pue­de con­si­de­rar­se como una apo­lo­gía del feti­chis­mo de la mercancía.[/note.

    Los cen­tros comer­cia­les y los super­mer­ca­dos han sido eri­gi­dos como los tem­plos en los que se ado­ran de día y de noche las mer­can­cías y ante ellas, bri­llan­tes y lus­tro­sas, se incli­nan millo­nes de seres huma­nos. Las mer­can­cías son ado­ra­das como cual­quier feti­che: auto­mó­vi­les, telé­fo­nos celu­la­res, compu­tado­res, tele­vi­so­res, per­fu­mes, ves­ti­dos… apa­re­cen dota­dos de vida pro­pia, como si no fue­ran pro­duc­tos socia­les –resul­ta­do del tra­ba­jo humano– sino cosas mis­te­rio­sos que han resul­ta­do de la nada o que siem­pre han exis­ti­do por­que son pro­duc­tos natu­ra­les, sin tiem­po y sin his­to­ria, cosas embro­lla­dí­si­mas, lle­nas de «suti­le­za meta­fí­si­ca y capri­chos teo­ló­gi­cos», como decía Car­los Marx al comen­zar El capi­tal.

    En el capi­ta­lis­mo actual el cul­to a la mer­can­cía se ha con­ver­ti­do en todo un espec­tácu­lo, por ello Guy Debord seña­la­ba a fines de la déca­da de 1960 que «el espec­tácu­lo es el momen­to en que la mer­can­cía ha con­se­gui­do la ocu­pa­ción total de la vida social», y en esa socie­dad «la mer­can­cía se con­tem­pla a sí mis­ma en un mun­do por ella crea­do», en don­de «el espec­tácu­lo no can­ta a los hom­bres y sus armas, sino a las mer­can­cías y sus pasio­nes» (Debord, cit. en Jap­pe, 2017).

    El feti­chis­mo de las mer­can­cías como cual­quier otro feti­chis­mo (que dota de vida pro­pia a cual­quier obje­to inani­ma­do) le da un háli­to mis­te­rio­so a las mer­can­cías, atri­bu­yén­do­les las carac­te­rís­ti­cas del mun­do social a esos valo­res de cam­bio. Los seres huma­nos pare­ce­mos ser con­tro­la­dos por las mer­can­cías, las cua­les se han hecho inde­pen­dien­tes tan­to de sus pro­duc­to­res en los pro­ce­sos de pro­duc­ción como de quie­nes las con­su­mi­mos. Des­de este pun­to de vis­ta, el cul­to feti­chis­ta de las mer­can­cías es una mani­fes­ta­ción más alie­nan­te que el cul­to que cier­tas socie­da­des le pro­fe­sa­ban a sus tótems y dio­ses, pues­to que se ha gene­ra­li­za­do a las dife­ren­tes acti­vi­da­des de la vida coti­dia­na como resul­ta­do de la uni­ver­sa­li­za­ción del mer­ca­do capi­ta­lis­ta. De esta for­ma, nues­tras nece­si­da­des, sue­ños y deseos se expre­san en el con­su­mo de mer­can­cías, las cua­les han pasa­do a ser ado­ra­das como feti­ches pode­ro­sos. La mer­can­cía ha embru­ja­do a toda la vida social por­que «todo lo que la socie­dad hace o pue­de hacer se ha pro­yec­ta­do en las mer­can­cías» (Jap­pe, 2017).Por eso, el feti­chis­mo de la mer­can­cía es el secre­to fun­da­men­tal de la socie­dad capi­ta­lis­ta y uno de los luga­res emble­má­ti­cos don­de se le rin­de cul­to es el cen­tro comer­cial, como lo indi­có crí­ti­ca­men­te el escri­tor José Sara­ma­go en su obra La Caver­na, nom­bre ale­gó­ri­co del mer­ca­do capi­ta­lis­ta.

    Muchas déca­das antes, el pen­sa­dor ale­mán Wal­ter Ben­ja­min al estu­diar las expo­si­cio­nes uni­ver­sa­les del siglo XIX y comien­zos del siglo XX, como anti­ci­pos de los cen­tros comer­cia­les había anun­cia­do que «Las expo­si­cio­nes uni­ver­sa­les glo­ri­fi­can el valor de cam­bio de las mer­can­cías. Crean un mar­co don­de su valor de uso pasa a segun­do plano. Abren una fan­tas­ma­go­ría don­de el hom­bre ingre­sa para dis­traer­se. Y la indus­tria del entre­te­ni­mien­to le ali­via este pasa­je al ele­var­lo a la altu­ra de la mer­can­cía» (Ben­ja­min, 2012: 52).

    Recor­de­mos que fan­tas­ma­go­ría sig­ni­fi­ca repre­sen­ta­cio­nes fan­tas­ma­les. En el caso de la mer­can­cía lo había dicho el mis­mo Wal­ter Ben­ja­min:

    La mer­can­cía se ha vuel­to una abs­trac­ción. Una vez que huyó de las manos del pro­duc­tor vacián­do­se de espe­ci­fi­ci­dad real, ha cesa­do de ser pro­duc­to y de que­dar bajo el domi­nio de los hom­bres. Ha alcan­za­do una «obje­tua­li­dad fan­tas­mal» y lle­va una vida pro­pia […]. Se ins­cri­be, des­li­ga­da de la volun­tad de los hom­bres, en un orden jerár­qui­co mis­te­rio­so, desa­rro­lla o inhi­be su capa­ci­dad de inter­cam­bio, actúa según sus leyes pro­pias, como un actor sobre un esce­na­rio espec­tral. En los infor­mes de la Bol­sa, el algo­dón «sube», el cobre se «pre­ci­pi­ta», el maíz «revi­ve», el lig­ni­to se «estan­ca», el tri­go «atrae», y el petró­leo «tien­de al alza o a la baja». Las cosas se han enten­di­do a sí mis­mas, adop­tan­do ade­ma­nes huma­nos. La mer­can­cía se ha trans­for­ma­do en un ído­lo que, aun pro­duc­to de la mano del hom­bre, man­da sobre los hom­bres (Ben­ja­min, 2007: 201).

    En últi­mas, los seres huma­nos con­ver­ti­dos en con­su­mi­do­res com­pul­si­vos de mer­can­cías hemos sido trans­for­ma­dos en zom­bis, muer­tos vivien­tes, que deam­bu­la­mos por el cen­tro comer­cial y los super­mer­ca­dos, vam­pi­ri­za­dos por el capi­tal en su afán de chu­par has­ta la últi­ma gota de san­gre, expre­sa­da en dine­ro, que se aba­lan­za sobre el con­su­mi­dor como el vam­pi­ro Drá­cu­la lo hace sobre sus inde­fen­sas víc­ti­mas. Solo de esta for­ma, es posi­ble trans­for­mar la «san­gre capi­ta­li­za­da» (y el tér­mino es de Marx) de hom­bres, muje­res y niños que se encuen­tra inmer­sa en la mer­can­cía, aun­que no se vea por nin­gu­na par­te, en la ganan­cia del capi­ta­lis­ta. Si se duda de esta afir­ma­ción, no más obsér­ve­se cual­quier telé­fono celu­lar, a ver si vemos la san­gre de los millo­nes de con­go­le­ses que han muer­to en los últi­mos años extra­yen­do el col­tan, una mate­ria pri­ma sin las cua­les esos feti­chi­za­dos apa­ra­te­jos no fun­cio­na­rían3 San­gre en los telé­fo­nos móvi­les (http://​www​.con​tra​in​fo​.com/​1​5​7​5​3​/​s​a​n​g​r​e​-​e​n​-​l​o​s​-​t​e​l​e​f​o​n​o​s​-​m​o​v​i​l​es/); Noso­tras mori­mos para que uste­des pue­dan tener sus smartp­ho­nes (http://​www​.con​tra​in​fo​.com/​1​5​6​5​2​/​n​o​s​o​t​r​a​s​-​m​o​r​i​m​o​s​-​p​a​r​a​-​q​u​e​-​u​s​t​e​d​e​s​-​p​u​e​d​a​n​-​t​e​n​e​r​-​s​u​s​-​s​m​a​r​t​p​h​o​n​es/); ¿Cuán­ta muer­te y san­gre infan­til tie­nen nues­tros celu­la­res? (http://​www​.con​tra​in​fo​.com/​1​8​4​0​6​/​c​u​a​n​t​a​-​m​u​e​r​t​e​-​y​-​s​a​n​g​r​e​-​i​n​f​a​n​t​i​l​-​t​i​e​n​e​n​-​n​u​e​s​t​r​o​s​-​c​e​l​u​l​a​r​es/).

  4. Yayo Herre­ro, 2011: 72, 119 y 164.

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Iruzkina idatzi / Deja un comentario

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