Notas sobre género en El capital de Marx

Introducción

Al tiem­po que se renue­va el inte­rés en el mar­xis­mo y el femi­nis­mo y la mira­da de Marx sobre «géne­ro» reci­be una nue­va aten­ción, emer­gen nue­vos con­sen­sos entre las femi­nis­tas que tam­bién mol­dean mi abor­da­je del tema Las publi­ca­cio­nes recien­tes de Heat­her A. Brown, Marx on Gen­der and the Family (2012), y de Shahr­zad Moja­bed, Mar­xism and Femi­nism (2015) –publi­ca­do jun­to con la con­fe­ren­cia sobre el tema orga­ni­za­do por la fun­da­ción Rosa Luxem­burg el mis­mo año–, son sig­nos de este nue­vo inte­rés en la teo­ría de géne­ro de Marx.. En pri­mer lugar, mien­tras que en los tra­ba­jos tem­pra­nos de Marx pue­den encon­trar­se denun­cias sobre las desigual­da­des de géne­ro y el con­trol patriar­cal en la fami­lia y en la socie­dad, es de común acuer­do que «Marx no tenía mucho para decir sobre el géne­ro y la fami­lia» (Brown, 2012:143) Estas y todas las tra­duc­cio­nes de la biblio­gra­fía en inglés per­te­ne­cen a la tra­duc­to­ra. y que, inclu­so en El capi­tal,su mira­da al res­pec­to debe recons­truir­se de obser­va­cio­nes dis­per­sas.

No obs­tan­te, el tra­ba­jo de Marx ha sido de gran con­tri­bu­ción para el desa­rro­llo de la teo­ría femi­nis­ta, aun­que no se basa en su tota­li­dad en sus pro­nun­cia­mien­tos direc­tos sobre el tema. No solo su méto­do his­tó­ri­co mate­ria­lis­ta ha ayu­da­do a demos­trar que las jerar­quías e iden­ti­da­des gené­ri­cas son cons­truc­tos (Holms­trom, 2002a), sino que su aná­li­sis de la acu­mu­la­ción capi­ta­lis­ta y la crea­ción del valor ha dota­do a las femi­nis­tas de mi gene­ra­ción con pode­ro­sas herra­mien­tas para repen­sar tan­to las for­mas espe­cí­fi­cas de explo­ta­ción a las que las muje­res han sido some­ti­das en la socie­dad capi­ta­lis­ta como la rela­ción entre sexo, raza y cla­se (James, 1975). Sin embar­go, el uso que las femi­nis­tas han hecho de Marx las ha con­du­ci­do en el mejor de los casos en una direc­ción dife­ren­te de la que él tra­zó.

Escri­bir sobre géne­ro en El Capi­tal es recon­ci­liar­se con dos Marx dife­ren­tes y, agre­go, dos pun­tos de vis­ta dife­ren­tes sobre géne­ro y la lucha de cla­ses. De acuer­do con esto, se obser­van dos par­tes a con­ti­nua­ción. En la pri­me­ra par­te, exa­mino la mira­da de Marx sobre el géne­ro tal como la arti­cu­la en el volu­men 1 en su aná­li­sis sobre el empleo de muje­res en el tra­ba­jo indus­trial. Tam­bién comen­to sus silen­cios, espe­cial­men­te en rela­ción con el tra­ba­jo domés­ti­co, ya que resul­tan elo­cuen­tes res­pec­to de las inquie­tu­des que estruc­tu­ra­ban su pen­sa­mien­to en el momen­to en que escri­bió.

Aquí, mi idea prin­ci­pal es que Marx no teo­ri­zó sobre géne­ro por­que, en par­te, la «eman­ci­pa­ción de las muje­res» tenía una impor­tan­cia peri­fé­ri­ca en su tra­ba­jo polí­ti­co; es más, él natu­ra­li­za­ba el tra­ba­jo domés­ti­co y, tal como el movi­mien­to socia­lis­ta euro­peo en su con­jun­to, idea­li­za­ba el tra­ba­jo indus­trial como la for­ma nor­ma­ti­va de pro­duc­ción social y como poten­cial nive­la­dor de las desigual­da­des socia­les. Enton­ces, con­si­de­ra­ba que, even­tual­men­te, las dis­tin­cio­nes en torno al géne­ro y a la edad se disi­pa­rían. No logró apre­ciar la impor­tan­cia estra­té­gi­ca, tan­to para el desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo como para la lucha en su con­tra, de la esfe­ra de acti­vi­da­des y rela­cio­nes por las cua­les se repro­du­cen nues­tras vidas y la fuer­za de tra­ba­jo, comen­zan­do por la sexua­li­dad, la pro­crea­ción y, pri­me­ro y prin­ci­pal, el tra­ba­jo domés­ti­co no remu­ne­ra­do de las muje­res.

Estos «des­cui­dos» sobre la impor­tan­cia del tra­ba­jo repro­duc­ti­vo de las muje­res impli­can que Marx, pese a su con­de­na de las rela­cio­nes patriar­ca­les, nos ha deja­do un aná­li­sis del capi­tal y de cla­se con­du­ci­do des­de una pers­pec­ti­va mas­cu­li­na –la del «hom­bre que tra­ba­ja», el asa­la­ria­do indus­trial en cuyo nom­bre se for­mó la Inter­na­cio­nal, con­si­de­ra­do el por­ta­dor de la aspi­ra­ción uni­ver­sal a la libe­ra­ción huma­na. Asi­mis­mo, impli­can que muchos mar­xis­tas se han vis­to jus­ti­fi­ca­dos en tra­tar el géne­ro y la raza como temá­ti­cas cul­tu­ra­les, diso­cián­do­las de la cla­se, y que el movi­mien­to femi­nis­ta ha teni­do que comen­zar con una crí­ti­ca a Marx.

Enton­ces, mien­tras este artícu­lo se enfo­ca en el tra­ta­mien­to del géne­ro en el gran tex­to de Marx, en la segun­da par­te revi­so bre­ve­men­te la recons­truc­ción de las cate­go­rías de Marx desa­rro­lla­da por las femi­nis­tas en la déca­da de 1970, espe­cial­men­te en el «Movi­mien­to a favor del Sala­rio por el Tra­ba­jo Domés­ti­co», del cual fui par­te. Sos­ten­go que estas femi­nis­tas encon­tra­ron en Marx el fun­da­men­to para una teo­ría femi­nis­ta cen­tra­da en la lucha de las muje­res en con­tra del tra­ba­jo domés­ti­co no remu­ne­ra­do por­que leí­mos su aná­li­sis del capi­ta­lis­mo de modo polí­ti­co, que pro­ve­nía de la expe­rien­cia per­so­nal direc­ta, en bus­ca res­pues­tas para nues­tro recha­zo de las rela­cio­nes domés­ti­cas. En aquel enton­ces pudi­mos lle­var la teo­ría de Marx a luga­res don­de Marx había per­ma­ne­ci­do ocul­to. A la vez, leer a Marx en cla­ve polí­ti­ca reve­ló las limi­ta­cio­nes de su mar­co teó­ri­co, lo cual demos­tró que una pers­pec­ti­va femi­nis­ta anti­ca­pi­ta­lis­ta no pue­de igno­rar su tra­ba­jo, al menos mien­tras el capi­ta­lis­mo sea el modo de pro­duc­ción domi­nan­te (Gime­nez, 2005: 11–12), pero debe ir más allá de él.

Marx y el género en el área de producción industrial

Los lími­tes del tra­ba­jo de Marx sobre­sa­len de modo cla­ro en el volu­men 1 de El capi­tal, ya que allí exa­mi­na por pri­me­ra vez la cues­tión de «géne­ro» no en rela­ción con la subor­di­na­ción de las muje­res den­tro de la fami­lia bur­gue­sa, sino res­pec­to de las con­di­cio­nes del tra­ba­jo fabril de la mujer en la revo­lu­ción indus­trial. Esta era la «que­re­lla de las muje­res» de la épo­ca Sobre el deba­te en torno a las con­se­cuen­cias del tra­ba­jo indus­trial de muje­res tales como «la que­re­llas de las muje­res» en la Ingla­te­rra del siglo XIX, ver Judy Lown, Women and Indus­tria­li­za­tion: Gen­der at Work in Nine­teenth-Cen­tury England (1990). Sobre los mis­mos deba­tes en Fran­cia, ver, espe­cial­men­te el capí­tu­lo 7 en Gen­der and the Poli­tics of His­tory, de Joan Wallach Scott (1988)., en ambos lados del canal, en con­tra de la cual eco­no­mis­tas, polí­ti­cos y filán­tro­pos cla­ma­ban por la des­truc­ción de la vida fami­liar que pro­du­cía, la nue­va inde­pen­den­cia que con­fe­ría a las muje­res, y su con­tri­bu­ción a la pro­tes­ta de los tra­ba­ja­do­res, expre­sa­da en en el ascen­so de sin­di­ca­tos y el car­tis­mo.

Por lo tan­to, para el momen­to que Marx comen­zó a escri­bir, las refor­mas ya esta­ban en mar­cha, y con­ta­ba con copio­sa lite­ra­tu­ra sobre el tema, que con­sis­tía en infor­mes de los ins­pec­to­res fabri­les que, en la déca­da de 1840, el gobierno inglés emplea­ba para que se cum­plie­ra el lími­te impues­to a las horas de tra­ba­jo de muje­res y niños Para la refor­ma sobre el tra­ba­jo de muje­res e infan­ti­le en Ingla­te­rra, ade­más del volu­men 1 de El capi­tal, ver Judy Lown (1990) y Lau­ra Levin Fra­der (1987)..

El volu­men 1 cita pági­nas ente­ras de estos infor­mes, espe­cial­men­te en los capí­tu­los sobre «La jor­na­da de tra­ba­jo» y «Maqui­na­ria y gran indus­tria», que ilus­tran las ten­den­cias estruc­tu­ra­les de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta –las ten­den­cias a exten­der las horas de tra­ba­jo has­ta el lími­te de la resis­ten­cia físi­ca de los tra­ba­ja­do­res, a deva­luar la fuer­za de tra­ba­jo, a extraer el máxi­mo de tra­ba­jo del núme­ro míni­mo de tra­ba­ja­do­res– y denun­cian los horro­res a los que muje­res y niños eran some­ti­dos en cada eta­pa del desa­rro­llo indus­trial.

Ellos nos infor­man sobre las cos­tu­re­ras que morían por exce­so de tra­ba­jo y fal­ta de aire y ali­men­to (Marx, 1995: 198), sobre mucha­chas que tra­ba­ja­ban sin ali­men­tar­se cator­ce horas por día, o que se arras­tra­ban semi­des­nu­das en las minas para lle­var el car­bón a la super­fi­cie, sobre niños a los que a media­no­che se los saca­ba de su cama «y se les obli­ga a tra­ba­jar para ganar­se un míse­ro sus­ten­to» (ibíd.: 188): «se lle­va­ba a los niños al mata­de­ro» (Ibíd.: 233) [don­de] máqui­nas vam­pí­ri­cas con­su­mían sus vidas «mien­tras que que­de un múscu­lo, un ten­dón, una gota de san­gre que chu­par» (ibíd.: 241).

Debe reco­no­cer­se que pocos escri­to­res polí­ti­cos han des­crip­to sin hacer con­ce­sio­nes, como lo ha hecho Marx, la bru­ta­li­dad del sis­te­ma capi­ta­lis­ta –por fue­ra de la escla­vi­tud. Par­ti­cu­lar­men­te impre­sio­nan­te es su denun­cia de la bar­ba­rie de la explo­ta­ción del tra­ba­jo infan­til, sin par en la lite­ra­tu­ra mar­xis­ta. Pero pese a su elo­cuen­cia, su expli­ca­ción es más des­crip­ti­va que ana­lí­ti­ca y lla­ma la aten­ción la ausen­cia de la dis­cu­sión de las pro­ble­má­ti­cas de géne­ro.

No se nos infor­ma, por ejem­plo, cómo el empleo de muje­res y niños en las fábri­cas afec­tó las luchas de los tra­ba­ja­do­res, qué deba­tes moti­vó en sus orga­ni­za­cio­nes, o cómo afec­tó las rela­cio­nes entre muje­res y hom­bres. Tene­mos, en cam­bio, varios comen­ta­rios mora­lis­tas tales como que el tra­ba­jo fabril degra­da­ba el «carác­ter moral» de las muje­res al pro­mo­ver con­duc­tas «pro­mis­cuas» y las hacía des­cui­dar sus debe­res mater­na­les. Casi nun­ca se retra­tan muje­res como acto­res capa­ces de pelear por sí mis­mas La úni­ca refe­ren­cia a la lucha de muje­res fabri­les men­cio­na que las teje­do­ras del telar mecá­ni­co rea­li­za­ron una huel­ga por el pro­ble­ma en torno al con­trol de horas tra­ba­ja­das (Marx, 1995: 352).. Gene­ral­men­te, apa­re­cen como víc­ti­mas, aun­que sus con­tem­po­rá­neos nota­ron su inde­pen­den­cia, su con­duc­ta estre­pi­to­sa y su capa­ci­dad de defen­der sus intere­ses en con­tra de los inten­tos por par­te de los due­ños de las fábri­cas de refor­mar sus cos­tum­bres Ver Lown, que habla de la opo­si­ción de las muje­res asa­la­ria­das a las leyes fabri­les de 1830 (1990: 214) y de lucha de las tra­ba­ja­do­ras de la seda «por man­te­ner con­trol sobre aque­llos aspec­tos de la vida que siem­pre habían sido cen­tra­les para la expe­rien­cia de las muje­res tra­ba­ja­do­ras: cui­da­do de los niños, higie­ne per­so­nal y ves­ti­men­ta» (ibíd.: 162). Sobre las mucha­chas fabri­les «que repre­sen­tan una inde­pen­den­cia recien­te­men­te des­cu­bier­ta y la liber­tad para las muje­res», ver Lown (Iníd.: 43 y ss.) y Sec­com­be (1986: 121)..

En la expli­ca­ción de Marx sobre el géne­ro en el área de pro­duc­ción tam­bién fal­ta un aná­li­sis de la cri­sis que la extin­ción del tra­ba­jo domés­ti­co en las comu­ni­da­des pro­le­ta­rias pro­vo­có a favor de la expan­sión de rela­cio­nes capi­ta­lis­tas, y el dile­ma que el capi­tal enfren­tó –en aquel momen­to como en la actua­li­dad– res­pec­to del lugar ópti­mo y del uso del tra­ba­jo de las muje­res. Estos silen­cios son espe­cial­men­te sig­ni­fi­ca­ti­vos ya que los capí­tu­los que men­cio­né son los úni­cos en los que las pro­ble­má­ti­cas en torno a las rela­cio­nes de géne­ro tie­nen pre­sen­cia.

Las pro­ble­má­ti­cas de géne­ro tie­nen un lugar mar­gi­nal en El capi­tal. En un tex­to de tres volú­me­nes de miles de pági­nas, solo unas cien refie­ren a la fami­lia, la sexua­li­dad, el tra­ba­jo de las muje­res, y estas son obser­va­cio­nes al pasar. Fal­tan refe­ren­cias al géne­ro inclu­so don­de más se las espe­ra, como en los capí­tu­los sobre la divi­sión social del tra­ba­jo o sobre los sala­rios.

Solo al final del capí­tu­lo «Maqui­na­ria y gran indus­tria» encon­tra­mos algu­nas pis­tas sobre polí­ti­cas de géne­ro que sabe­mos que Marx defen­día en su queha­cer polí­ti­co, como secre­ta­rio de la Pri­me­ra Inter­na­cio­nal, en cali­dad de lo cual se opu­so a los inten­tos de excluir a las muje­res del tra­ba­jo fabril Ver Brown (2012: 115).. Esto es cohe­ren­te con su creen­cia de toda la vida de que el capi­ta­lis­mo –pese a toda su vio­len­cia y bru­ta­li­dad– era un mal nece­sa­rio y una fuer­za pro­gre­si­va, dado que el ver­da­de­ro capi­ta­lis­ta obli­ga a […] desa­rro­llar las fuer­zas socia­les pro­duc­ti­vas y a crear las con­di­cio­nes mate­ria­les de pro­duc­ción que son la úni­ca base real para una for­ma supe­rior de socie­dad cuyo prin­ci­pio fun­da­men­tal es el desa­rro­llo pleno y libre de todos los indi­vi­duos (Marx, 1995: 499; cur­si­vas en el ori­gi­nal).

Apli­ca­do al géne­ro, esto sig­ni­fi­ca­ba que, al «libe­rar» el tra­ba­jo de las limi­ta­cio­nes de la espe­cia­li­za­ción y de la nece­si­dad de la fuer­za físi­ca, y al incor­po­rar a muje­res y niños en la pro­duc­ción social, el desa­rro­llo capi­ta­lis­ta y la indus­tria­li­za­ción en par­ti­cu­lar alla­na­ban el camino para rela­cio­nes de géne­ro más igua­li­ta­rias. Por un lado, libe­ra­ban a las muje­res y niños de la depen­den­cia per­so­nal y explo­ta­ción paren­tal de su tra­ba­jo –dis­tin­ti­vas de la indus­tria nacio­nal–; por otro, les per­mi­tía par­ti­ci­par en igual­dad de con­di­cio­nes con los hom­bres en la pro­duc­ción social.

Tal como él lo plan­tea al dis­cu­tir la intro­duc­ción de la edu­ca­ción bási­ca para los niños que tra­ba­ja­ban en la fábri­ca:

Y, por muy espan­to­sa y repug­nan­te que nos parez­ca la diso­lu­ción de la anti­gua fami­lia den­tro del sis­te­ma capi­ta­lis­ta, no es menos cier­to que la gran indus­tria, al asig­nar a la mujer, al joven y al niño de ambos sexos un papel en los pro­ce­sos social­men­te orga­ni­za­dos de la pro­duc­ción, arran­cán­do­los con ello [de] la órbi­ta domés­ti­ca, crea las nue­vas bases eco­nó­mi­cas para una for­ma supe­rior de fami­lia y de rela­cio­nes entre ambos sexos (ibíd.: 410).

Cómo sería esta nue­va fami­lia, cómo recon­ci­lia­ría «pro­duc­ción con repro­duc­ción» no es algo que Marx inves­ti­gue. Solo agre­gó con cau­te­la que:

la exis­ten­cia de un per­so­nal obre­ro com­bi­na­do, en el que entran indi­vi­duos de ambos sexos y de las más diver­sas eda­des –aun­que hoy, en su for­ma pri­mi­ti­va y bru­tal, en que el obre­ro exis­te para el pro­ce­so de pro­duc­ción y no este para el obre­ro, sea fuen­te apes­to­sa de corrup­ción y escla­vi­tud–, bajo las con­di­cio­nes que corres­pon­den a este régi­men se tro­ca­rá nece­sa­ria­men­te en fuen­te de pro­gre­so humano (íd.).

Para la supo­si­ción de Marx de que el des­pla­za­mien­to de lo domés­ti­co a la gran esca­la indus­trial pro­du­ci­ría una socie­dad más huma­na era cla­ve, indu­da­ble­men­te, aun­que no se arti­cu­la­ra de mane­ra explí­ci­ta, la idea (a la que él retor­na­ba en varias sec­cio­nes de El capi­tal) de que el tra­ba­jo indus­trial es más que un mul­ti­pli­ca­dor del poder de pro­duc­ción y (supues­to) garan­te de la abun­dan­cia social. Es –poten­cial­men­te– el crea­dor de un tipo dife­ren­te de aso­cia­ción coope­ra­ti­va y de un tipo dife­ren­te de ser humano, libre de la depen­den­cia per­so­nal y no «deter­mi­na­do» para un tipo par­ti­cu­lar de habi­li­da­des, capaz, por lo tan­to, de invo­lu­crar­se en un amplio ran­go de acti­vi­da­des y de asu­mir el tipo de con­duc­ta reque­ri­do por una orga­ni­za­ción «racio­nal» del pro­ce­so de tra­ba­jo.

Con­co­mi­tan­te con su con­cep­ción de comu­nis­mo como el final de la divi­sión del tra­ba­jo, y con su visión en La ideo­lo­gía ale­ma­na de una socie­dad don­de uno pes­ca­ría y caza­ría por la maña­na y escri­bi­ría poe­mas por la tar­de (Marx y Engels, 1974: 34), pue­de resul­tar seduc­to­ra la idea de una socie­dad indus­trial, coope­ra­ti­va e igua­li­ta­ria, don­de (para­fra­sean­do un pro­nun­cia­mien­to pro­vo­ca­ti­vo en el Mani­fies­to comu­nis­ta) Marx agre­ga que, en con­se­cuen­cia, «[l]os intere­ses, las con­di­cio­nes de vida del pro­le­ta­ria­do se nive­lan cada vez más a medi­da que la maqui­na­ria va borran­do las dife­ren­cias entre los tra­ba­jos» (2008: 36). las dife­ren­cias de géne­ro hayan per­di­do toda «vali­dez social» en la cla­se tra­ba­ja­do­ra. No sor­pren­de que esta idea haya ins­pi­ra­do a gene­ra­cio­nes de acti­vis­tas socia­les, inclui­das las femi­nis­tas.

No obs­tan­te, como des­cu­brie­ron las femi­nis­tas en la déca­da de 1970, esta pers­pec­ti­va tie­ne impor­tan­tes limi­ta­cio­nes. Vale la pena men­cio­nar cua­tro de ellas, todas con impli­can­cias más allá del géne­ro, rela­cio­na­das con el con­cep­to de Marx en torno a la indus­tria­li­za­ción y al desa­rro­llo capi­ta­lis­ta como fuer­zas eman­ci­pa­do­ras y con­di­cio­nes para la libe­ra­ción huma­na.

Al cele­brar la indus­tria moder­na por libe­rar a las muje­res de las cade­nas tan­to del tra­ba­jo domés­ti­co como del régi­men patriar­cal y por hacer posi­ble su par­ti­ci­pa­ción en la pro­duc­ción social, Marx supu­so que:

a) las muje­res nun­ca antes se habían invo­lu­cra­do en la pro­duc­ción social, es decir, el tra­ba­jo repro­duc­ti­vo no debe­ría con­si­de­rar­se una labor social­men­te nece­sa­ria; b) lo que ha limi­ta­do en el pasa­do su par­ti­ci­pa­ción en el tra­ba­jo ha sido la fal­ta de fuer­za físi­ca; c) el sal­to tec­no­ló­gi­co es esen­cial para la igual­dad de géne­ro; d) lo que es más impor­tan­te, en anti­ci­pa­ción de lo que los mar­xis­tas repe­ti­rían por gene­ra­cio­nes: el tra­ba­jo fabril es la for­ma para­dig­má­ti­ca de pro­duc­ción social, en con­se­cuen­cia, la fábri­ca, no la comu­ni­dad, es el sitio de la lucha anti­ca­pi­ta­lis­ta.

Deben plan­tear­se pre­gun­tas a cada uno de estos pun­tos.

Pode­mos des­ha­cer­nos rápi­da­men­te del argu­men­to de la «fuer­za físi­ca» como expli­ca­ción de la dis­cri­mi­na­ción basa­da en el géne­ro. Bas­ta con decir que la pro­pia des­crip­ción de Marx de las con­di­cio­nes de empleo fabril de muje­res y niños es un con­tra­ar­gu­men­to, y que los infor­mes fabri­les que él citó dejan en cla­ro que se emplea­ban muje­res para el tra­ba­jo indus­trial no por­que la auto­ma­ti­za­ción dis­mi­nuía la car­ga de su labor (Marx, 1995: 331), sino por­que se les paga­ría menos, se las con­si­de­ra­ba más dóci­les y con mayor ten­den­cia a dejar todas sus ener­gías en su pues­to. Tam­bién debe­mos disi­par la idea del con­fi­na­mien­to de muje­res a las tareas del hogar antes del adve­ni­mien­to de la indus­tria­li­za­ción. La indus­tria domés­ti­ca de la cual las muje­res se libe­ra­ron emplea­ba una peque­ña par­te del pro­le­ta­ria­do feme­nino, y era en sí mis­ma una inno­va­ción rela­ti­va­men­te recien­te que resul­tó del colap­so de las agru­pa­cio­nes de arte­sa­nos Sobre este tema, ver Bock y Duden (1980) y Hen­nin­ger (2014: 296- 297).. En reali­dad, antes de la revo­lu­ción indus­trial, y duran­te ella, las muje­res desem­pe­ña­ron dife­ren­tes tra­ba­jos, des­de agri­cul­tu­ra has­ta comer­cio, ser­vi­cio y tra­ba­jo domés­ti­cos. Por lo tan­to, como lo docu­men­ta­ron Bock y Duden, no hay base his­tó­ri­ca para la idea –a la que Marx y otros socia­lis­tas han sus­crip­to– de que «el desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo, con su tra­ba­jo cre­cien­te­men­te indus­trial («pro­duc­ti­vo») para las muje­res, las libe­ró y las libe­ra de la edad de los reinos feu­da­les de tra­ba­jo domés­ti­co y del tute­la­je de los hom­bres» (1980: 157).

Marx tam­bién mini­mi­zó, en su con­cep­ción de la indus­tria a gran esca­la como un igua­la­dor de dis­tin­cio­nes bio­ló­gi­cas y socia­les, el peso de las jerar­quías sexua­les here­da­das y recons­trui­das que ase­gu­ra­ban que las muje­reas expe­ri­men­ta­rían el tra­ba­jo fabril de modos espe­cí­fi­cos, dis­tin­to de los modos de los hom­bres. Él notó que los supues­tos sobre el géne­ro man­ten­drían su pro­mi­nen­cia en el tra­ba­jo indus­trial –uti­li­za­dos, por ejem­plo, para jus­ti­fi­car el menor sala­rio de las muje­res en com­pa­ra­ción con el de los hom­bres– y que las con­di­cio­nes labo­ra­les «pro­mis­cuas» podrían sig­ni­fi­car una vul­ne­ra­bi­li­dad al abu­so sexual, que con fre­cuen­cia resul­ta­ba en el emba­ra­zo a una tem­pra­na edad (Marx, 1995: 591). Pero, como hemos vis­to antes, él supu­so que esos abu­sos se supe­ra­rían cuan­do los tra­ba­ja­do­res toma­ran el poder polí­ti­co y redi­ri­gie­ran los obje­ti­vos de la indus­tria hacia su bien­es­tar. Sin embar­go, lue­go de dos siglos de indus­tria­li­za­ción, pode­mos ver que, mien­tras no se vis­lum­bra el fin del capi­ta­lis­mo por nin­gún lado, la igual­dad en el ámbi­to del tra­ba­jo ha sido un pro­duc­to de las luchas de las muje­res y no un rega­lo de las máqui­nas.

Más cru­cial resul­ta que la iden­ti­fi­ca­ción por par­te de Marx de la labor indus­trial con la for­ma nor­ma­ti­va de tra­ba­jo y el sitio pri­vi­le­gia­do para la pro­duc­ción social no deja nin­gún espa­cio para la con­si­de­ra­ción de acti­vi­da­des repro­duc­ti­vas domés­ti­cas, que, como ha seña­la­do For­tu­na­ti, Marx solo men­cio­nó para notar que el capi­tal las des­tru­ye al apro­piar­se de todo el tiem­po de las muje­res For­tu­na­ti agre­ga que Marx con­ce­bía el tra­ba­jo repro­duc­ti­vo de las muje­res «a par­tir de la lec­tu­ra de los infor­mes del gobierno, que había per­ci­bi­do mucho antes el pro­ble­ma plan­tea­do por la usur­pa­ción que el tra­ba­jo fabril hacía sobre los queha­ce­res domés­ti­cos» (1997: 169)..

Hay un con­tras­te intere­san­te con el tra­ba­jo de Alfred Mars­hall, el padre de la eco­no­mía neo­clá­si­ca, res­pec­to del abor­da­je de la rela­ción entre la fábri­ca y el hogar. La mira­da de Marx de la labor indus­trial como un tipo de tra­ba­jo más racio­nal recuer­da la «habi­li­dad gene­ral para tra­ba­jar» de Mars­hall, que des­cri­bió como una nue­va capa­ci­dad con la que [en aquel momen­to] con­ta­ban pocos tra­ba­ja­do­res en el mun­do: «no espe­cí­fi­ca de cual­quier ocu­pa­ción, pero desea­da por todos, que per­mi­te a los tra­ba­ja­do­res sos­te­ner por un lar­go perío­do de tiem­po cual­quier tipo de tra­ba­jo, tener en cuen­ta muchas cosas a la vez, aco­mo­dar­se rápi­da­men­te a los cam­bios en los deta­lles del tra­ba­jo rea­li­za­do, man­te­ner­se esta­ble y ser con­fia­ble» (Mars­hall, 1890: 206- 207).

Mars­hall, sin embar­go, en línea con los refor­mis­tas con­tem­po­rá­neos, creía que el mayor con­tri­bu­yen­te a la pro­duc­ción de esta «habi­li­dad gene­ral» era la vida hoga­re­ña y espe­cial­men­te la influen­cia de la madre (ibíd.: 207), por lo que se opo­nía fir­me­men­te al empleo exte­rior de las muje­res. Marx, por el con­tra­rio, pres­ta poca aten­ción al tra­ba­jo domés­ti­co. No hay una dis­cu­sión al res­pec­to en su aná­li­sis sobre la divi­sión social del tra­ba­jo, don­de solo afir­ma que la divi­sión del tra­ba­jo en la fami­lia tie­ne una base fisio­ló­gi­ca «Den­tro de la fami­lia, y más tar­de, al desa­rro­llar­se esta, den­tro de la tri­bu, sur­ge una divi­sión natu­ral del tra­ba­jo, basa­da en las dife­ren­cias de eda­des y de sexo, es decir, en cau­sas pura­men­te fisio­ló­gi­cas» (Marx, 1995: 285–286).. Más lla­ma­ti­vo resul­ta su silen­cio sobre el tra­ba­jo domés­ti­co de las muje­res en su aná­li­sis de la repro­duc­ción de la fuer­za de tra­ba­jo en su capí­tu­lo «Repro­duc­ción sim­ple» Ver el capí­tu­lo 23 de la par­te 7, del volu­me 1 de El capi­tal (Marx, 1995)..

Aquí ape­la a un tema cru­cial para la com­pren­sión del pro­ce­so de la crea­ción del valor en el capi­ta­lis­mo: la fuer­za de tra­ba­jo, nues­tra capa­ci­dad de tra­ba­jar, no nos es dada. Con­su­mi­da a dia­rio en el pro­ce­so de tra­ba­jo, debe (re)producirse cons­tan­te­men­te, y esta (re)producción es tan esen­cial a la valo­ri­za­ción del capi­tal como lo es «la lim­pie­za de las máqui­nas» (Marx, 1995: 481), dado que «es pro­duc­ción y repro­duc­ción del medio de pro­duc­ción indis­pen­sa­ble para el capi­ta­lis­ta, del pro­pio obre­ro» (Íd).

En otras pala­bras, como tam­bién sugi­rió en las notas lue­go publi­ca­das bajo el títu­lo de Teo­rías acer­ca de la plus­va­lía En la pri­me­ra par­te de Teo­rías acer­ca de la plus­va­lía, Marx afir­ma: «El tra­ba­jo pro­duc­ti­vo sería aquel que pro­du­ce mer­can­cías o direc­ta­men­te pro­du­ce, for­ma, desa­rro­lla la fuer­za de tra­ba­jo en sí mis­ma» (1969: 172). Como vere­mos lue­go, las femi­nis­tas toma­ron esto para indi­car que el tra­ba­jo domés­ti­co es «tra­ba­jo pro­duc­ti­vo» en el sen­ti­do mar­xiano. y en El capi­tal, Marx indi­ca que la repro­duc­ción del tra­ba­ja­dor es par­te esen­cial y con­di­ción de la acu­mu­la­ción de capi­tal. No obs­tan­te, solo la con­ci­be bajo el aspec­to de «con­su­mo» y colo­ca su rea­li­za­ción sola­men­te den­tro del cir­cui­to de pro­duc­ción de mer­can­cías. Los tra­ba­ja­do­res –según Marx– usan su sala­rio para com­prar las nece­si­da­des de la vida y, al con­su­mir­las, se repro­du­cen a sí mis­mos. Es lite­ral­men­te la pro­duc­ción de asa­la­ria­dos por medio de las mer­can­cías pro­du­ci­das por los asa­la­ria­dos La refe­ren­cia aquí es a Pie­ro Sraf­fa y su Pro­duc­tion of Com­mo­di­ties by Means of Com­mo­di­ties (1960).. Por lo tan­to, «el valor de la fuer­za de tra­ba­jo es el valor de los medios de vida nece­sa­rios para ase­gu­rar la sub­sis­ten­cia de su posee­dor» (ibíd.: 124; cur­si­vas en el ori­gi­nal), y se deter­mi­na por el tiem­po de tra­ba­jo nece­sa­rio para la pro­duc­ción de mer­can­cías que los tra­ba­ja­do­res con­su­men.

En nin­gu­na par­te de El capi­tal Marx reco­no­ce que la repro­duc­ción de fuer­za de tra­ba­jo supo­ne el tra­ba­jo no remu­ne­ra­do de las muje­res –pre­pa­rar comi­da, lavar la ropa, criar a los niños, hacer el amor–. Por el con­tra­rio, insis­te en retra­tar al asa­la­ria­do como repro­duc­tor de sí. Inclu­so al con­si­de­rar las nece­si­da­des que el tra­ba­ja­dor debe satis­fa­cer, lo retra­ta como un com­pra­dor de mer­can­cías auto­su­fi­cien­te; enu­me­ra entre otras nece­si­da­des para la vida la comi­da, vivien­da, ves­ti­men­ta, pero omi­te extra­ña­men­te el sexo, ya sea obte­ni­do den­tro de la con­fi­gu­ra­ción fami­liar o com­pra­do, lo cual sugie­re que la vida del tra­ba­ja­dor es inma­cu­la­da mien­tras que la mujer solo es moral­men­te man­ci­lla­da por la labor indus­trial (íd.). A la pros­ti­tu­ta se la nie­ga como tra­ba­ja­do­ra, y se la rele­ga a un ejem­plo de la degra­da­ción de la mujer; solo se las repre­sen­ta como per­te­ne­cien­tes a «los últi­mos des­po­jos de la super­po­bla­ción» (ibíd.: 545), ese «lum­pen­pro­le­ta­ria­do» (íd.) que en El Die­ciocho Bru­ma­rio de Louis Bona­par­te él había des­crip­to como «esco­ria de todas las cla­ses» (1972: 80).

Son los pocos pasa­jes en los que Marx se apro­xi­ma a rom­per su silen­cio y admi­tir implí­ci­ta­men­te que lo que se pre­sen­ta como «con­su­mo» al asa­la­ria­do pue­de ser tra­ba­jo repro­duc­ti­vo des­de el pun­to de vis­ta de su con­tra­par­te feme­nino. En una nota al pie a la dis­cu­sión sobre la deter­mi­na­ción del valor de la fuer­za de tra­ba­jo, en «Maqui­na­ria y gran indus­tria», escri­be: «bas­ta con lo dicho para obser­var cómo el capi­tal usur­pa en su pro­pio pro­ve­cho has­ta el tra­ba­jo fami­liar indis­pen­sa­ble para el con­su­mo» (Marx, 1995: 324). Y agre­ga:

Como en la fami­lia hay cier­tas fun­cio­nes, por ejem­plo la de aten­der y ama­man­tar los niños, que no pue­den supri­mir­se radi­cal­men­te, las madres con­fis­ca­das por el capi­tal se ven en mayor o en menor medi­da a alqui­lar obre­ras que las sus­ti­tu­yan. Los tra­ba­jos impues­tos por el con­su­mo fami­liar, tales como coser, remen­dar, etc. se suplen com­pran­do mer­can­cías con­fec­cio­na­das. Al dis­mi­nuir la inver­sión de tra­ba­jo domés­ti­co, aumen­ta, como es lógi­co, la inver­sión de dine­ro. Por tan­to, los gas­tos de pro­duc­ción de la fami­lia obre­ra cre­cen y con­tra­pe­san los ingre­sos obte­ni­dos del tra­ba­jo. A esto se aña­de el hecho de que a la fami­lia obre­ra le es impo­si­ble ate­ner­se a nor­mas de eco­no­mía y con­vi­ven­cia en el con­su­mo y pre­pa­ra­ción de sus víve­res (íd.).

No obs­tan­te, no se dice nada más de este tra­ba­jo domés­ti­co «que no pued[e] supri­mir­se» y que debe reem­pla­zar­se por bie­nes adqui­ri­dos. Y ade­más nos res­ta pre­gun­tar­nos si el cos­to de la pro­duc­ción solo aumen­ta para el tra­ba­ja­dor o tam­bién para el capi­ta­lis­ta, supues­ta­men­te a tra­vés de las luchas que los tra­ba­ja­do­res empren­de­rían para obte­ner sala­rios más altos.

Inclu­so cuan­do se refie­re a la repro­duc­ción gene­ra­cio­nal de la fuer­za de tra­ba­jo, Marx no men­cio­na la con­tri­bu­ción de las muje­res, y des­car­ta la posi­bi­li­dad de tomas de deci­sio­nes autó­no­mas por su par­te en lo que res­pec­ta a la pro­crea­ción, a la que se refie­re como «el cre­ci­mien­to natu­ral de la pobla­ción» (ibíd.: 537). Comen­ta que «el capi­ta­lis­ta pue­de dejar tran­qui­la­men­te el cum­pli­mien­to de esta con­di­ción al ins­tin­to de pro­pia con­ser­va­ción y al ins­tin­to de per­pe­tua­ción de los obre­ros» (ibíd.: 481–482) –una con­tra­dic­ción con el comen­ta­rio ante­rior­men­te cita­do sobre el des­cui­do de los debe­res mater­na­les por par­te de las muje­res tra­ba­ja­do­ras fabri­les, que equi­va­le prác­ti­ca­men­te al infan­ti­ci­dio. Tam­bién sugi­rió que el capi­ta­lis­mo no depen­de de la capa­ci­dad repro­duc­ti­va de las muje­res para su pro­pia expan­sión, dada la crea­ción cons­tan­te de pobla­ción exce­den­te a par­tir de las revo­lu­cio­nes tec­no­ló­gi­cas.

En el inten­to de dar cuen­ta de la cegue­ra de Marx sobre la ubi­cui­dad del tra­ba­jo repro­duc­ti­vo, que debió haber­se des­ple­ga­do a dia­rio bajo sus ojos en su pro­pia casa, he enfa­ti­za­do en ensa­yos ante­rio­res su ausen­cia en los hoga­res pro­le­ta­rios en la épo­ca en la que escri­be, dado que la fábri­ca emplea­ba a la fami­lia ente­ra de sol a sol (Fede­ri­ci, 2012: 94). El mis­mo Marx sugie­re esta con­clu­sión cuan­do, al citar a un médi­co envia­do por el gobierno inglés para eva­luar el esta­do de salud de los dis­tri­tos indus­tria­les, notó que la clau­su­ra de los moli­nos de algo­dón cau­sa­da por la Gue­rra de Sece­sión esta­dou­ni­den­se había teni­do al menos un bene­fi­cio. Las muje­res dis­po­nen aho­ra del tiem­po nece­sa­rio para dar el pecho a sus niños, en vez de enve­ne­nar­los con Godfrey’s Cor­dial (una espe­cie de nar­có­ti­co). Dis­po­nen de tiem­po para apren­der a coci­nar. Des­gra­cia­da­men­te, el tiem­po para dedi­car­se a las fae­nas de la coci­na coin­ci­día con unos momen­tos en que no tenían que comer […] La cri­sis a la que nos refe­ri­mos se apro­ve­chó tam­bién para ense­ñar a las hijas de los obre­ros a coser en las escue­las. ¡Fue nece­sa­rio que esta­lla­se en Nor­te­amé­ri­ca una revo­lu­ción y se des­en­ca­de­na­se una cri­sis mun­dial para que apren­die­sen a coser unas mucha­chas obre­ras, cuyo ofi­cio con­sis­tía en hilar para el mun­do ente­ro! (1995: 324)

Pero la reduc­ción abis­mal del tiem­po y recur­sos nece­sa­rios para la repro­duc­ción de los tra­ba­ja­do­res que Marx docu­men­tó no era una con­di­ción uni­ver­sal. Los emplea­dos fabri­les eran solo el 20% -30% de la pobla­ción de muje­res tra­ba­ja­do­ras. Inclu­so entre ellas, muchas muje­res aban­do­na­ban el tra­ba­jo fabril una vez que tenían hijos. Ade­más, como hemos vis­to, el con­flic­to entre el tra­ba­jo fabril y los «debe­res repro­duc­ti­vos» de las muje­res era un pro­ble­ma cla­ve en la épo­ca de Marx, como demues­tran los infor­mes fabri­les que citó y las refor­mas que pro­du­je­ron.

¿Por qué, enton­ces, esta exclu­sión sis­te­má­ti­ca? ¿Y por qué Marx no podría dar­se cuen­ta de que la ten­den­cia par­la­men­ta­ria de redu­cir el tra­ba­jo fabril en muje­res y niños per­ge­ña­ba una nue­va estra­te­gia de cla­se que cam­bia­ría el rum­bo de la lucha de cla­ses?

Sin dudas, par­te de la res­pues­ta es que, como los eco­no­mis­tas polí­ti­cos clá­si­cos, Marx no con­si­de­ra­ba las tareas del hogar como un tipo de tra­ba­jo his­tó­ri­ca­men­te deter­mi­na­do con una his­to­ria social espe­cí­fi­ca, sino como una fuer­za natu­ral y una voca­ción feme­ni­na, uno de esos pro­duc­tos de esa gran ala­ce­na que la tie­rra, argu­yó, es para noso­tras. Cuan­do, por ejem­plo, comen­tó que el tra­ba­jo en exce­so y la fati­ga pro­du­cían un «abo­rre­ci­mien­to» (ibíd.: 327) entre las muje­res tra­ba­ja­do­ras fabri­les y sus hijos, ape­ló a una ima­gen de mater­ni­dad que con­de­cía con una con­cep­ción natu­ra­li­za­da de los roles de géne­ro. Posi­ble­men­te con­tri­bu­yó a ello que en la pri­me­ra fase del desa­rro­llo capi­ta­lis­ta el tra­ba­jo repro­duc­ti­vo de la mujer esta­ba, según su ter­mi­no­lo­gía, «for­mal­men­te sub­su­mi­do» en la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta Marx emplea el con­cep­to de sub­sun­ción for­mal ver­sus sub­sun­ción real para des­cri­bir el pro­ce­so por el cual en la pri­me­ra fase de acu­mu­la­ción capi­ta­lis­ta el capi­tal se apro­pia del tra­ba­jo «tal como lo encuen­tra», «sin nin­gu­na modi­fi­ca­ción de la natu­ra­le­za real del pro­ce­so de tra­ba­jo» (1021). Por el con­tra­rio, exis­te sub­sun­ción real cuan­do el capi­tal mol­dea el trabajo/​producción para sus pro­pios fines., es decir, no se había mol­dea­do para ade­cuar­se a las nece­si­da­des espe­cí­fi­cas del mer­ca­do de tra­ba­jo. Sí, un teó­ri­co tan pode­ro­so y orien­ta­do a la his­to­ria como Marx debe­ría haber­se dado cuen­ta de que el tra­ba­jo domés­ti­co, aun­que apa­re­cía como una acti­vi­dad de anta­ño, que satis­fa­cía pura­men­te «nece­si­da­des natu­ra­les», su for­ma era en reali­dad una for­ma de tra­ba­jo his­tó­ri­ca­men­te espe­cí­fi­ca, pro­duc­to de la sepa­ra­ción entre pro­duc­ción y repro­duc­ción, tra­ba­jo remu­ne­ra­do y no remu­ne­ra­do, que nun­ca había exis­ti­do en socie­da­des pre­ca­pi­ta­lis­tas o socie­da­des no regu­la­das por la ley de valor de cam­bio. Lue­go de haber­nos adver­ti­do en con­tra de la mis­ti­fi­ca­ción pro­du­ci­da por la rela­ción sala­rial, debe­ría haber vis­to que, des­de su ori­gen, el capi­ta­lis­mo ha subor­di­na­do las acti­vi­da­des repro­duc­ti­vas –en la for­ma de tra­ba­jo de muje­res no remu­ne­ra­do– a la pro­duc­ción de fuer­za de tra­ba­jo y, en con­se­cuen­cia, el tra­ba­jo no remu­ne­ra­do que los capi­ta­lis­tas extraen de los tra­ba­ja­do­res es mucho más cons­pi­cuo que el extraí­do duran­te la jor­na­da de tra­ba­jo remu­ne­ra­do, dado que inclu­ye los queha­ce­res domés­ti­cos no remu­ne­ra­dos de muje­res, inclu­so redu­ci­dos a un míni­mo.

¿El silen­cio de Marx sobre el tra­ba­jo domés­ti­co era a cau­sa de que, como ya se ha suge­ri­do, «no con­si­de­ra­ba que las fuer­zas socia­les eran capa­ces de con­du­cir el tra­ba­jo domés­ti­co en una direc­ción revo­lu­cio­na­ria»? Esta es una pre­gun­ta legí­ti­ma si «lee­mos a Marx de modo polí­ti­co» Aquí me refie­ro al tra­ba­jo de Harry Clea­ver, Reading Capi­tal Poli­ti­cally (2000). y con­si­de­ra­mos que sus teo­ri­za­cio­nes siem­pre se ocu­pa­ban de sus impli­can­cias orga­ni­za­cio­na­les y su poten­cial Sobre esto insis­te Negri en Marx Beyond Marx (1991).. Se abre la posi­bi­li­dad de que man­tu­vo reser­va en torno a la cues­tión de los queha­ce­res domés­ti­cos por­que temía que la aten­ción a su tra­ba­jo le hicie­ra el jue­go a las orga­ni­za­cio­nes de tra­ba­ja­do­res y a los refor­mis­tas bur­gue­ses que glo­ri­fi­ca­ban el tra­ba­jo domés­ti­co para excluir a las muje­res del tra­ba­jo fabril. Pero para las déca­das de 1850 y 1860 los queha­ce­res domés­ti­cos y la fami­lia habían esta­do por años en el cen­tro de una aca­lo­ra­da dis­cu­sión entre socia­lis­tas, anar­quis­tas y un emer­gen­te movi­mien­to femi­nis­ta, y se expe­ri­men­ta­ban refor­mas en el hogar y los queha­ce­res domés­ti­cos Al res­pec­to, ver el tra­ba­jo de Dolo­res Hay­den, The Grand Domes­tic Revo­lu­tion (1985)..

Debe­mos con­cluir que su desin­te­rés en el tra­ba­jo domés­ti­co tie­ne raí­ces más pro­fun­das, que nacen tan­to de su natu­ra­li­za­ción como de su deva­lua­ción, que la hicie­ron en apa­rien­cia –en com­pa­ra­ción con el tra­ba­jo fabril– una for­ma arcai­ca que pron­to sería supe­ra­da por el pro­gre­so de la civi­li­za­ción. Sea como fue­re, la con­se­cuen­cia de la fal­ta de teo­ri­za­ción de Marx del tra­ba­jo domés­ti­co es que su expli­ca­ción de la explo­ta­ción capi­ta­lis­ta y su con­cep­ción de comu­nis­mo igno­ran la acti­vi­dad más exten­di­da del pla­ne­ta y una cau­sa mayor de las divi­sio­nes den­tro de la cla­se tra­ba­ja­do­ra.

Hay un para­le­lo aquí con el lugar de la «raza» en la obra de Marx. Aun­que reco­no­cía que «el tra­ba­jo de los blan­cos no pue­de eman­ci­par­se allí don­de está escla­vi­za­do el tra­ba­jo de los negros» (ibíd.: 239), no dedi­có dema­sia­do aná­li­sis al tra­ba­jo escla­vo y al uso del racis­mo para eje­cu­tar y natu­ra­li­zar una for­ma de explo­ta­ción más inten­sa. Su tra­ba­jo, por lo tan­to, no pudo desafiar la ilu­sión –domi­nan­te en el movi­mien­to socia­lis­ta– de que el hom­bre blan­co asa­la­ria­do repre­sen­ta­ba los intere­ses de la tota­li­dad de la cla­se obre­ra –una mis­ti­fi­ca­ción que en el siglo XX con­du­jo a lucha­do­res anti­co­lo­nia­les a con­cluir que el mar­xis­mo era irre­le­van­te en su lucha.

Más cer­ca de casa, Marx no anti­ci­pó que las for­mas bru­ta­les de explo­ta­ción que con tan­ta fuer­za des­cri­bió serían en bre­ve par­te del pasa­do, al menos en gran par­te de Euro­pa. Ame­na­za­da por un con­flic­to arma­do entre cla­ses y la posi­ble extin­ción de la fuer­za de tra­ba­jo, la cla­se capi­ta­lis­ta, en com­plot con algu­nas orga­ni­za­cio­nes de tra­ba­ja­do­res, se embar­ca­ría en un nue­vo rum­bo estra­té­gi­co, incre­men­tan­do la inver­sión en la repro­duc­ción de la fuer­za de tra­ba­jo y el sala­rio de los asa­la­ria­dos hom­bres, envian­do a las muje­res de regre­so al hogar para hacer tareas domés­ti­cas y, en este pro­ce­so, cam­bian­do el cur­so de la lucha de cla­ses.

Aun­que Marx era cons­cien­te del gran des­per­di­cio de vida que el sis­te­ma capi­ta­lis­ta pro­du­cía y esta­ba con­ven­ci­do de que el movi­mien­to de refor­ma fabril no pro­ce­día de incli­na­cio­nes huma­ni­ta­rias, no se per­ca­tó de que lo que esta­ba en jue­go en la «legis­la­ción pro­tec­to­ra» era más que una refor­ma del tra­ba­jo fabril. Redu­cir las horas de tra­ba­jo de muje­res era el camino para una nue­va estra­te­gia de cla­se que reasig­na­ba a las muje­res pro­le­ta­rias al hogar para pro­du­cir no mer­can­cías físi­cas sino tra­ba­ja­do­res.

Median­te esta estra­te­gia, el capi­tal logró disi­par la ame­na­za de la insur­gen­cia de la cla­se tra­ba­ja­do­ra y crear un nue­vo tipo de tra­ba­ja­dor: más fuer­te, más dis­ci­pli­na­do, más resi­lien­te, más apto para hacer suyos los obje­ti­vos del sis­te­ma; el tipo de tra­ba­ja­dor, de hecho, que con­si­de­ra los requi­si­tos de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta como «las más lógi­cas leyes natu­ra­les» (ibíd.: 627). Este era el tipo de tra­ba­ja­dor que per­mi­tió que el capi­ta­lis­mo bri­tá­ni­co y nor­te­ame­ri­cano de fin de siglo pasa­ra de la indus­tria livia­na a la pesa­da, de la indus­tria tex­til a la side­rúr­gi­ca, de la explo­ta­ción basa­da en exten­sión de la jor­na­da labo­ral a una basa­da en la inten­si­fi­ca­ción de la explo­ta­ción. Esto impli­ca que la crea­ción de la fami­lia tra­ba­ja­do­ra y el ama de casa pro­le­ta­ria de tiem­po com­ple­to fue­ron una par­te esen­cial y una con­di­ción de la tran­si­ción des­de un exce­den­te abso­lu­to a uno rela­ti­vo. En este pro­ce­so, los queha­ce­res domés­ti­cos atra­ve­sa­ron un pro­ce­so de «sub­sun­ción real», con­vir­tién­do­se por pri­me­ra vez en obje­to de una ini­cia­ti­va esta­tal espe­cí­fi­ca que los ligó más fuer­te a la nece­si­dad del mer­ca­do de tra­ba­jo y la dis­ci­pli­na de tra­ba­jo capi­ta­lis­ta.

En con­so­nan­cia con el apo­geo de la expan­sión impe­rial bri­tá­ni­ca (que tra­jo nume­ro­sas rique­zas al país, aumen­tan­do el suel­do de los tra­ba­ja­do­res), a esta inno­va­ción no pue­de atri­buír­se­le solo la paci­fi­ca­ción de la fuer­za de tra­ba­jo. Pero fue un acon­te­ci­mien­to de épo­ca, que inau­gu­ró la estra­te­gia que más tar­de cul­mi­nó con el for­dis­mo y el New Deal, por los que la cla­se capi­ta­lis­ta inver­ti­ría en la repro­duc­ción de tra­ba­ja­do­res para adqui­rir una fuer­za de tra­ba­jo más dis­ci­pli­na­da y pro­duc­ti­va. Este fue el deal que se exten­dió has­ta la déca­da de 1970 cuan­do el sur­gi­mien­to inter­na­cio­nal de la lucha de muje­res y el movi­mien­to femi­nis­ta le die­ron un pun­to final.

Feminismo, marxismo y la cuestión de la «reproducción»

Mien­tras Marx, como pro­pul­sor de «la eman­ci­pa­ción de la mujer» median­te su par­ti­ci­pa­ción en la pro­duc­ción social enten­di­da como tra­ba­jo indus­trial, ins­pi­ró a gene­ra­cio­nes de socia­lis­tas, las femi­nis­tas des­cu­brie­ron en la déca­da de 1970 un nue­vo Marx: en con­tra de los queha­ce­res domés­ti­cos, la domes­ti­ci­dad, la depen­den­cia eco­nó­mi­ca de los hom­bres, ape­la­ron a su tra­ba­jo en bus­ca de una teo­ría capaz de expli­car las raí­ces de la opre­sión de la mujer des­de una pers­pec­ti­va de cla­se. El resul­ta­do fue una revo­lu­ción teó­ri­ca que cam­bió tan­to al mar­xis­mo como al femi­nis­mo.

El aná­li­sis de Maria­ro­sa Dalla Cos­ta sobre el tra­ba­jo domés­ti­co como un ele­men­to cla­ve en la pro­duc­ción de la fuer­za de tra­ba­jo Ver «Women and the Sub­ver­sion of the Com­mu­nity» en The Power of Women and the Sub­ver­sion of the Com­mu­nity (1975)., la loca­li­za­ción por par­te de Sel­ma James de la ama de casa en un con­ti­nuum con los no asa­la­ria­dos del mun­do Ver Sex, Race, and Class (James, 1975). –quie­nes, aun así, han sido cen­tra­les en el pro­ce­so de acu­mu­la­ción de capi­tal–, la rede­fi­ni­ción a car­go de otros acti­vis­tas del movi­mien­to de la rela­ción sala­rial como un ins­tru­men­to de natu­ra­li­za­ción de áreas ente­ras de explo­ta­ción, y la crea­ción de nue­vas jerar­quías den­tro del pro­le­ta­ria­do: todos estos desa­rro­llos teó­ri­cos y las dis­cu­sio­nes que gene­ra­ron se han des­crip­to en oca­sio­nes como el «deba­te sobre el hogar», supues­ta­men­te cen­tra­dos en la pre­gun­ta sobre si los queha­ce­res domés­ti­cos son pro­duc­ti­vos o no. Pero esta es una gran dis­tor­sión. Lo que se rede­fi­nió al per­ci­bir­se la cen­tra­li­dad del tra­ba­jo no remu­ne­ra­do de la mujer en el hogar en lo que res­pec­ta a la pro­duc­ción de la fuer­za de tra­ba­jo no fue solo el tra­ba­jo domés­ti­co, sino la natu­ra­le­za del capi­ta­lis­mo y la lucha en su con­tra.

No sor­pren­de que la dis­cu­sión de Marx sobre la «repro­duc­ción sim­ple» fue una ilu­mi­na­ción teó­ri­ca en este pro­ce­so, tal como la con­fir­ma­ción de nues­tra sos­pe­cha de que la cla­se capi­ta­lis­ta nun­ca hubie­se per­mi­ti­do que tan­to tra­ba­jo domés­ti­co sobre­vi­va si no hubie­se vis­to la posi­bi­li­dad de explo­tar­lo. Leer que las acti­vi­da­des que repro­du­cen la fuer­za de tra­ba­jo son esen­cia­les para la acu­mu­la­ción capi­ta­lis­ta sacó a la luz la dimen­sión de cla­se de nues­tro recha­zo. Mos­tró que este tra­ba­jo tan des­pre­cia­do, siem­pre natu­ra­li­za­do, siem­pre des­de­ña­do por par­te de los socia­lis­tas por retró­gra­do, ha sido en reali­dad el pilar de la orga­ni­za­ción capi­ta­lis­ta del tra­ba­jo. Esto resol­vió la polé­mi­ca cues­tión de la rela­ción entre géne­ro y cla­se, y nos dio herra­mien­tas para con­cep­tua­li­zar no solo la fun­ción de la fami­lia, sino la pro­fun­di­dad del anta­go­nis­mo de cla­se en las raí­ces del capi­ta­lis­mo. Des­de un pun­to de vis­ta prác­ti­co, con­fir­mó que, como muje­res, no tenía­mos que unir­nos a los hom­bres en la fábri­ca para ser par­te de la cla­se tra­ba­ja­do­ra y librar una lucha anti­ca­pi­ta­lis­ta. Podía­mos luchar de mane­ra autó­no­ma, comen­zan­do por nues­tro pro­pio tra­ba­jo en el hogar, como el «cen­tro ner­vio­so» de la pro­duc­ción de la fuer­za de tra­ba­jo Ver For­tu­na­ti (1997).. Y nues­tra lucha tenía que librar­se pri­me­ro en con­tra de los hom­bres de nues­tras fami­lias, dado que por medio del sala­rio de los hom­bres, el matri­mo­nio y la ideo­lo­gía del amor, el capi­ta­lis­mo ha per­mi­ti­do que los hom­bres diri­gie­ran nues­tro tra­ba­jo no remu­ne­ra­do y dis­ci­pli­na­ran nues­tro tiem­po y espa­cio.

Iró­ni­ca­men­te, enton­ces, nues­tro encuen­tro con Marx y nues­tra apro­pia­ción de su teo­ría sobre la repro­duc­ción de la fuer­za de tra­ba­jo, de algún modo con­sa­gran­do la impor­tan­cia de Marx para el femi­nis­mo, tam­bién nos ofre­ció la evi­den­cia con­clu­yen­te de que debía­mos poner a Marx patas para arri­ba y comen­zar nues­tro aná­li­sis y nues­tra lucha pre­ci­sa­men­te a par­tir de la par­te de la «fábri­ca social» que él había exclui­do de su tra­ba­jo.

Des­cu­brir la cen­tra­li­dad del tra­ba­jo repro­duc­ti­vo para la acu­mu­la­ción de capi­tal tam­bién con­du­jo a la pre­gun­ta de cómo sería la his­to­ria del desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo si no se vie­ra des­de el pun­to de vis­ta de la for­ma­ción del hom­bre pro­le­ta­rio asa­la­ria­do, sino des­de el pun­to de vis­ta de las coci­nas y los dor­mi­to­rios don­de la fuer­za de tra­ba­jo se pro­du­ce a dia­rio, gene­ra­ción tras gene­ra­ción.

La nece­si­dad de una pers­pec­ti­va de géne­ro para la his­to­ria del capi­ta­lis­mo –más allá de la «his­to­ria de muje­res» o la his­to­ria del tra­ba­jo asa­la­ria­do- es lo que me con­du­jo, entre otras cosas, a repen­sar la expli­ca­ción de Marx sobre la acu­mu­la­ción ori­gi­na­ria y des­cu­brir la caza de bru­jas en los siglos XVI y XVII como momen­to fun­da­cio­nal en la deva­lua­ción del tra­ba­jo de la mujer y el sur­gi­mien­to de una divi­sión del tra­ba­jo sexual espe­cí­fi­ca­men­te capi­ta­lis­ta Ver Cali­ban and the Witch. Women, the Body and Pri­mi­ti­ve Accu­mu­la­tion (2004)..

La per­cep­ción, en simul­tá­neo, de que, al con­tra­rio de la anti­ci­pa­ción de Marx, la acu­mu­la­ción ori­gi­na­ria se ha tor­na­do un pro­ce­so per­ma­nen­te tam­bién pone en tela de jui­cio su con­cep­ción sobre la rela­ción nece­sa­ria entre el capi­ta­lis­mo y el comu­nis­mo. Inva­li­dó la mira­da de Marx sobre la his­to­ria en tér­mi­nos de esta­dios, en la que el capi­ta­lis­mo se retra­ta como el pur­ga­to­rio que nece­si­ta­mos habi­tar de cara al mun­do de la liber­tad y el rol libe­ra­dor de la indus­tria­li­za­ción.

El sur­gi­mien­to del eco­fe­mi­nis­mo, que conec­tó la deva­lua­ción por par­te de Marx de las muje­res y la repro­duc­ción con su mira­da de que la misión his­tó­ri­ca de la huma­ni­dad es la domi­na­ción de la natu­ra­le­za, for­ta­le­ció nues­tra posi­ción. Espe­cial­men­te impor­tan­tes han sido los tra­ba­jos de Maria Mies y Ariel Salleh, que han demos­tra­do que el acto por par­te de Marx de borrar las acti­vi­da­des repro­duc­ti­vas no es acci­den­tal, con­tin­gen­te a las tareas que él asig­nó a El capi­tal, sino sis­te­má­ti­ca. Como lo seña­la Salleh, todo en Marx esta­ble­ce que lo que es crea­do por el hom­bre y la tec­no­lo­gía tie­ne un mayor valor: la his­to­ria comien­za con el pri­mer acto de pro­duc­ción, los seres huma­nos se rea­li­zan a sí mis­mos a tra­vés de su tra­ba­jo. Una medi­da de la rea­li­za­ción de sí es su capa­ci­dad de domi­nar la natu­ra­le­za y adap­tar­la a las nece­si­da­des huma­nas. Y todas las acti­vi­da­des trans­for­ma­ti­vas posi­ti­vas se con­ci­ben en mas­cu­lino: el tra­ba­jo se des­cri­be como el padre, la natu­ra­le­za como la madre, la tie­rra tam­bién se con­ci­be como feme­ni­na (Salleh, 1997: 72–76). Mada­me la Terre, la lla­ma Marx, en opo­si­ción al Mon­sieur le Capi­tal.

Las eco­fe­mi­nis­tas han demos­tra­do que exis­te una pro­fun­da cone­xión entre el des­dén de los queha­ce­res domés­ti­cos, la deva­lua­ción de la natu­ra­le­za y la idea­li­za­ción de lo que la indus­tria huma­na y la tec­no­lo­gía pro­du­cen.

Este no es el espa­cio para refle­xio­nar sobre las raí­ces de la mira­da antro­po­cén­tri­ca. Bas­ta con decir que el gran error de cálcu­lo que Marx y las gene­ra­cio­nes de mar­xis­tas socia­lis­tas han come­ti­do en rela­ción con los efec­tos libe­ra­do­res de la indus­tria­li­za­ción hoy son muy obvios. En la actua­li­dad nadie se ani­ma­ría a soñar, como hizo August Bebel en Woman Under Socia­lism, en el día en que la comi­da sería pro­du­ci­da quí­mi­ca­men­te y en el que «todos lle­va­rían una peque­ña caja de quí­mi­cos en su bol­si­llo con la que satis­fa­cer su nece­si­dad de nutrien­tes pro­ve­nien­tes de la cla­ra, la gra­sa y los hidra­tos de car­bono, sin impor­tar la épo­ca del año ni la esta­ción de llu­via, sequía, escar­cha, gra­ni­zo e insec­tos des­truc­ti­vos» (1910: 391).

Mien­tras la indus­tria­li­za­ción avan­za sobre la tie­rra y los cien­tí­fi­cos al ser­vi­cio del desa­rro­llo del capi­ta­lis­mo están jugan­do con la pro­duc­ción de vida por fue­ra de los cuer­pos de las muje­res, la idea de exten­der la industrializaci��n a todas nues­tras acti­vi­da­des repro­duc­ti­vas es una pesa­di­lla peor de la que esta­mos expe­ri­men­tan­do con la indus­tria­li­za­ción de la agri­cul­tu­ra.

No es sor­pren­den­te que en círcu­los radi­ca­les hemos sido tes­ti­gos de un «cam­bio de para­dig­ma», mien­tras que la espe­ran­za pues­ta en la máqui­na como una fuer­za para el «pro­gre­so his­tó­ri­co» se reem­pla­za por una refo­ca­li­za­ción del tra­ba­jo polí­ti­co en pro­ble­má­ti­cas, valo­res y rela­cio­nes vin­cu­la­dos con la repro­duc­ción de nues­tras vidas y la vida de los eco­sis­te­mas en los que vivi­mos.

Nos han dicho que Marx en los últi­mos años de su vida recon­si­de­ró su pers­pec­ti­va his­tó­ri­ca y, al leer sobre las comu­ni­da­des igua­li­ta­rias y matri­li­nea­les del nores­te de Amé­ri­ca, comen­zó a recon­si­de­rar su idea­li­za­ción del desa­rro­llo indus­trial y capi­ta­lis­ta y a valo­rar la fuer­za de la mujer Ver la dis­cu­sión de Heat­her Brown sobre The Eth­no­lo­gi­cal Note­books of Karl Marx (Kra­der, 1974) en sus capí­tu­los 6 y 7 (2012)..

No obs­tan­te, la mira­da pro­me­tei­ca sobre el desa­rro­llo tec­no­ló­gi­co pro­mo­vi­do por Marx y toda una tra­di­ción mar­xis­ta, lejos de per­der su atrac­ti­vo, está de regre­so. En él, la tec­no­lo­gía digi­tal jue­ga para algu­nos el mis­mo rol eman­ci­pa­dor que Marx le asig­nó a la auto­ma­ti­za­ción, por lo que el mun­do de la repro­duc­ción y tra­ba­jos de cui­da­do, que las femi­nis­tas han valo­ri­za­do como un terreno de trans­for­ma­ción y lucha, se encuen­tra nue­va­men­te en ries­go de que se le res­te impor­tan­cia.

Esta es la razón por la que, aun­que Marx dedi­có poco espa­cio a las teo­rías de géne­ro en su tra­ba­jo, y supues­ta­men­te cam­bió par­te de su mira­da en sus últi­mos años, es toda­vía impor­tan­te dis­cu­tir­las y enfa­ti­zar, como he inten­ta­do hacer­lo en este tra­ba­jo, que sus silen­cios al res­pec­to no son des­cui­dos, sino el signo del lími­te que su tra­ba­jo teó­ri­co y polí­ti­co no pudo supe­rar, pero que noso­tros debe­mos hacer­lo.

Sil­via Fede­ri­ci

27 de agos­to de 2017

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