La experiencia de la Proletkult en el fragor de la revolución rusa

Introducción

Hace cien años Rusia ardía sumi­da en las lla­mas de la rebel­día y la crea­ti­vi­dad a cie­lo abier­to. Mul­ti­tu­des se movi­li­za­ban por las calles, recu­pe­ra­ban tie­rras, ocu­pa­ban fábri­cas y asal­ta­ban cuar­te­les; con­fra­ter­ni­za­ban en pla­zas y espa­cios públi­cos muje­res, hom­bres, niños/​as y ancianos/​as. Toma­ban el des­tino en sus manos cam­pe­si­nas, obre­ros, sol­da­dos, estu­dian­tes, maes­tras, artis­tas, emplea­dos, desocu­pa­das y un sin­fín más de per­so­na­jes, des­na­tu­ra­li­zan­do jerar­quías y luga­res comu­nes. Las iden­ti­da­des se entre­la­za­ban y fun­dían al com­pás de luchas y pro­yec­tos iné­di­tos. En ese mar­co, ejer­ci­ta­ban la demo­cra­cia direc­ta y deba­tían colec­ti­va­men­te toda cla­se de pro­ble­mas. No sólo bus­ca­ban rom­per de cua­jo con la explo­ta­ción capi­ta­lis­ta, sino tam­bién con­cre­tar sue­ños y uto­pías en todos los pla­nos de la vida que, has­ta hacía poco tiem­po atrás, pare­cían elu­cu­bra­cio­nes anto­ja­di­zas o año­ran­zas impo­si­bles siquie­ra de pen­sar.

La enor­me poli­ti­za­ción vivi­da por esos días —don­de lo extra­or­di­na­rio devino algo coti­diano— tuvo encar­na­du­ra en una plé­ya­de de expe­rien­cias e ini­cia­ti­vas de lo más varia­das, entre ellas a una red orga­ni­za­ti­va que supo cobrar cada vez más fuer­za al calor del cli­ma revo­lu­cio­na­rio que sig­nó a 1917: la Pro­let­kult (acró­ni­mo de Cul­tu­ra Pro­le­ta­ria).

Resul­tó ser una de las apues­tas mili­tan­tes más intré­pi­das y radi­ca­les ges­ta­das en aquel con­tex­to de enor­me ebu­lli­ción, que hoy ame­ri­ta ser res­ca­ta­da del olvi­do para repen­sar las deri­vas y vai­ve­nes de la revo­lu­ción rusa en sus pri­me­ros años de exis­ten­cia, así como sus posi­bles ense­ñan­zas para nues­tro pre­sen­te de lucha. Por­que a pesar del tiem­po trans­cu­rri­do, este tizón que supo aunar cul­tu­ra y revo­lu­ción aún se man­tie­ne encen­di­do.

Los orígenes olvidados de la cultura proletaria

Si bien en sen­ti­do estric­to la Pro­let­kult sur­ge pocos días antes de la insu­rrec­ción de octu­bre de 1917, es pre­ci­so remon­tar­nos a la derro­ta de la revo­lu­ción de 1905 para enten­der la con­cep­ción de cul­tu­ra eman­ci­pa­to­ria y la pro­pues­ta orga­ni­za­ti­va que ella encar­na. Los años que le suce­den al pro­ce­so trun­ca­do en 1905 son de pro­fun­do deba­te y balan­ce auto­crí­ti­co al inte­rior de la mili­tan­cia revo­lu­cio­na­ria exi­lia­da, en par­ti­cu­lar la bol­che­vi­que. En un con­tex­to de con­tra­ofen­si­va auto­ri­ta­ria en Rusia, al inte­rior de sus filas se deli­nean dos tác­ti­cas diver­gen­tes entre sí: una enca­be­za­da por Lenin, que abo­ga por dar una pelea tam­bién en el terreno legal y par­ti­ci­par de las elec­cio­nes par­la­men­ta­rias; la otra, lide­ra­da por Ale­xan­der Bog­da­nov (prin­ci­pal diri­gen­te del par­ti­do duran­te la revo­lu­ción de 1905 en Rusia y cuyo ver­da­de­ro ape­lli­do era Mali­novs­ki) y por otros refe­ren­tes inte­lec­tua­les como Anato­li Luna­charsky, Pavel Lebe­dev-Poli­ans­kii y Máxi­mo Gor­ki, que con­si­de­ran como prio­ri­ta­ria la reti­ra­da de la Duma (de ahí que fue­ran deno­mi­na­dos «otzo­vis­tas», pala­bra que en ruso alu­de a esta acción de boi­cot).

Las dis­cre­pan­cias no se redu­cían a este pun­to, sino que invo­lu­cra­ban, en el caso de los otzo­vis­tas (tam­bién cono­ci­dos como «bol­che­vi­ques de izquier­da») un replan­teo en torno al sen­ti­do de la mili­tan­cia por el socia­lis­mo y a las posi­bi­li­da­des de inter­ven­ción acti­va en la reali­dad his­tó­ri­ca. Es a par­tir de estas dis­yun­ti­vas —y en un cli­ma de reflu­jo del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio— que debe enten­der­se, por ejem­plo, la escri­tu­ra en 1908 por par­te de Lenin de Mate­ria­lis­mo y empi­rio­cri­ti­cis­mo, como res­pues­ta dog­má­ti­ca y ple­ja­no­vis­ta que reivin­di­ca la «teo­ría del refle­jo» y con­ci­be a la mate­ria en tér­mi­nos pura­men­te físi­cos y por fue­ra de la sub­je­ti­vi­dad huma­na, fren­te a los inten­tos de reno­va­ción filo­só­fi­ca del mar­xis­mo enca­ra­dos, entre otros, por Bog­da­nov des­de su «empi­rio­mo­nis­mo», para quien no es posi­ble diso­ciar, de mane­ra total, la obje­ti­vi­dad de la expe­rien­cia huma­na social­men­te orga­ni­za­da (lec­tu­ra anti-posi­ti­vis­ta ésta que, por cier­to, se empa­ren­ta con la que rea­li­za­rá más tar­de Grams­ci en sus Cua­der­nos de la Cár­cel). La que­re­lla cul­mi­na con la expul­sión en julio de 1909 de Bog­da­nov de la frac­ción bol­che­vi­que, bajo la acu­sa­ción de inte­grar un «gru­púscu­lo izquier­dis­ta» ajeno a la social­de­mo­cra­cia (a pesar de que, en rigor, su corrien­te tenía gran peso den­tro de Rusia, sien­do mayo­ría en diver­sos luga­res, entre ellos San Peters­gur­go).

Por detrás de esta acción, Lenin bus­ca refor­zar la orga­ni­za­ción en una cla­ve mono­lí­ti­ca. Recién varios años más tar­de, lue­go del quie­bre filo­só­fi­co y polí­ti­co que le gene­re el hecho de que la social­de­mo­cra­cia ale­ma­na vote a favor de los cré­di­tos de gue­rra, revi­sa­rá su con­cep­ción de la dia­léc­ti­ca y del pro­pio mar­xis­mo, hecho que le per­mi­te inter­pre­tar a —e inter­ve­nir en una cla­ve menos esque­má­ti­ca en— la cam­bian­te y anó­ma­la coyun­tu­ra que se vive en Rusia duran­te 1917. Lo cier­to es que, tras su expul­sión, Bog­da­nov no rein­gre­sa jamás al par­ti­do, ni siquie­ra lue­go del triun­fo de la revo­lu­ción. A pesar de eso, con­ti­núa mili­tan­do y crean­do pro­yec­tos vin­cu­la­dos con la lucha socia­lis­ta. Así, jun­to con Luna­charsky y una serie de acti­vis­tas bol­che­vi­ques fun­da dos escue­las de par­ti­do en Ita­lia (en Capri en 1909 y duran­te 1910–1911 en Bolog­na) y da ori­gen al perió­di­co Vpe­red (Ade­lan­te), en torno al cual se agru­pan un con­jun­to de mili­tan­tes coin­ci­den­tes en dotar de cen­tra­li­dad a la dispu­ta cul­tu­ral y a la for­ma­ción polí­ti­ca de la cla­se tra­ba­ja­do­ra en el reim­pul­so de la lucha revo­lu­cio­na­ria.

De hecho, la auto­crí­ti­ca que for­mu­la Bog­da­nov res­pec­to de la cri­sis de 1905 pone el foco en la ads­crip­ción y depen­den­cia del pro­le­ta­ria­do res­pec­to de la cul­tu­ra bur­gue­sa, y en el lide­raz­go de inte­lec­tua­les aje­nos a la cla­se obre­ra duran­te el pro­ce­so de inten­si­fi­ca­ción de la lucha de cla­ses en terri­to­rio ruso. Por ello, pro­po­ne crear y sis­te­ma­ti­zar «ele­men­tos del socia­lis­mo en el pre­sen­te» a tra­vés de ini­cia­ti­vas ten­dien­tes a fomen­tar la auto­eman­ci­pa­ción inte­lec­tual y polí­ti­ca de las y los tra­ba­ja­do­res, sin espe­rar para ello a la con­quis­ta del poder. De acuer­do a Bog­da­nov, el pro­le­ta­ria­do, en tan­to suje­to anta­gó­ni­co a la bur­gue­sía, requie­re ges­tar su pro­pia cul­tu­ra, autó­no­ma y opues­ta a la de las cla­ses domi­nan­tes, por lo que la revo­lu­ción, lejos de aco­tar­se a una rup­tu­ra en la esfe­ra eco­nó­mi­ca, invo­lu­cra a todos los pla­nos de la vida coti­dia­na y pre­su­po­ne un enor­me esfuer­zo de crea­ti­vi­dad a nivel peda­gó­gi­co-cul­tu­ral.

Ade­más de las escue­las de par­ti­do ges­ta­das en Ita­lia, a media­dos de 1915 da impul­so a un nue­vo espa­cio de reagru­pa­mien­to inter­na­cio­na­lis­ta en Gine­bra, que hace resur­gir a Vpe­red como voce­ro colec­ti­vo de los deba­tes estra­té­gi­cos en torno a la cons­truc­ción del socia­lis­mo y per­du­ra­rá como núcleo en el seno del par­ti­do has­ta 1917.

La gue­rra mun­dial encuen­tra a muchos de sus miem­bros apun­ta­lan­do círcu­los de cul­tu­ra pro­le­ta­ria en el exi­lio, o bien como ani­ma­do­res de pro­yec­tos simi­la­res de expe­ri­men­ta­ción (escue­las noc­tur­nas o domi­ni­ca­les, perió­di­cos y revis­tas, uni­ver­si­da­des, tea­tros, biblio­te­cas y con­ser­va­to­rios popu­la­res, clu­bes y colec­ti­vos artís­ti­cos) al inte­rior del terri­to­rio ruso, que en muchas oca­sio­nes resul­tan ámbi­tos pro­pi­cios para la mili­tan­cia clan­des­ti­na y la pre­fi­gu­ra­ción de nue­vas prác­ti­cas polí­ti­cas. No obs­tan­te, será el derrum­be del zaris­mo y la irrup­ción de las masas en las calles, lo que tor­ne acu­cian­te su reor­ga­ni­za­ción en una cla­ve más amplia y deci­di­da.

La revolución de 1917 y el nacimiento de la Proletkult

La revo­lu­ción de febre­ro —ini­cia­da un 8 de mar­zo en las barria­das obre­ras de Petro­gra­do por tra­ba­ja­do­ras que salie­ron a las calles a pro­tes­tar en con­tra del abso­lu­tis­mo y por la ham­bru­na que pade­cían en sus hoga­res— hizo resur­gir a los soviets como ins­tan­cias de auto-orga­ni­za­ción popu­lar, en una esca­la mucho mayor a la de 1905. Pero la acti­va­ción no se redu­jo a estos espa­cios, sino que supo invo­lu­crar a un cri­sol de apues­tas y pro­yec­tos de lo más varia­dos. Entre ellos, los des­ti­na­dos a for­jar una nue­va edu­ca­ción y una cul­tu­ra radi­cal­men­te dife­ren­te a la tra­di­cio­nal. De ahí que más que un poder dual y alter­na­ti­vo al del Esta­do, duran­te los meses siguien­tes lo que pro­li­fe­ran y se expan­den son infi­ni­dad de con­tra­po­de­res com­ple­men­ta­rios y con cre­cien­te arti­cu­la­ción entre sí. Se des­ta­can, por cier­to, las comi­sio­nes de cul­tu­ra crea­das por los comi­tés de fábri­ca, que son ani­ma­das por el acti­vis­mo obre­ro y de izquier­da que inclu­ye a mili­tan­tes del gru­po Vpe­red vuel­tos del exi­lio. En simul­tá­neo, figu­ras de la talla de Luna­charsky cola­bo­ran en perió­di­cos como Vida Nue­va (diri­gi­do por Máxi­mo Gor­ki), sien­do tam­bién ora­do­res en los míti­nes y asam­bleas rea­li­za­das en fábri­cas y cuar­te­les, don­de difun­den y ampli­fi­can sus ideas en torno a la cul­tu­ra pro­le­ta­ria.

Entre el 16 y el 19 de octu­bre de 1917, bajo el impul­so de Luna­charsky (en ese enton­ces pre­si­den­te de la Comi­sión Cul­tu­ral y Edu­ca­ti­va del Comi­té del Par­ti­do Bol­che­vi­que) y con la cola­bo­ra­ción de orga­nis­mos como la recién crea­da Socie­dad de Escri­to­res Pro­le­ta­rios, se rea­li­za en Petro­gra­do una con­fe­ren­cia a la que asis­ten más de 200 delegados/​as de toda Rusia, con el obje­ti­vo de aglu­ti­nar a la mili­tan­cia dedi­ca­da a la lucha artís­ti­co-cul­tu­ral. El plan­teo común que sobre­vue­la al even­to es la nece­si­dad estra­té­gi­ca de dar bata­lla en un «ter­cer fren­te», simul­tá­neo e igual­men­te impor­tan­te que el sin­di­cal y par­ti­da­rio, ya que ade­más del poder eco­nó­mi­co y polí­ti­co, es impres­cin­di­ble con­quis­tar el poder inte­lec­tual.

Lue­go de exten­sos y aca­lo­ra­dos deba­tes, con lec­tu­ras con­tra­pues­tas acer­ca de la rela­ción que debía esta­ble­cer­se entre la cul­tu­ra bur­gue­sa y la nue­va cul­tu­ra por fun­dar, se aprue­ba una reso­lu­ción final don­de se inten­ta acer­car posi­cio­nes en torno a estas que­re­llas teó­ri­co-polí­ti­cas que, de mane­ra cada vez más agu­da, van a con­ti­nuar sig­nan­do el derro­te­ro de la Pro­let­kult tras el ascen­so del bol­che­vis­mo al poder. En este docu­men­to fun­da­men­tal de la fla­man­te orga­ni­za­ción, se expre­sa que «tan­to en la cien­cia como en el arte, el pro­le­ta­ria­do desa­rro­lla­rá sus pro­pias for­mas inde­pen­dien­tes, pero tam­bién debe hacer uso de todos los logros cul­tu­ra­les del pasa­do y del pre­sen­te en esta tarea (…) No obs­tan­te, el pro­le­ta­ria­do debe tener un enfo­que crí­ti­co de los fru­tos de la vie­ja cul­tu­ra. Los acep­ta no como un estu­dian­te, sino como un cons­truc­tor que está lla­ma­do a edi­fi­car nue­vas estruc­tu­ras bri­llan­tes, usan­do los ladri­llos anti­guos».

Como vere­mos en la segun­da par­te de este artícu­lo, esta ten­sión crea­ti­va, así como la vin­cu­la­da con la reivin­di­ca­ción del carác­ter autó­no­mo e inde­pen­dien­te de la Pro­let­kult res­pec­to de toda estruc­tu­ra par­ti­da­ria o guber­na­men­tal (inclui­da la sovié­ti­ca), serán dos sellos inde­le­bles que mar­quen a fue­go los con­vul­sio­na­dos pri­me­ros años por los que tran­si­te la revo­lu­ción rusa.

La apuesta por crear una nueva cultura

A los pocos días de la insu­rrec­ción de octu­bre de 1917, Anato­li Luna­charsky es nom­bra­do a car­go del Comi­sa­ria­do del Pue­blo para la Edu­ca­ción y las Artes del fla­man­te gobierno (cono­ci­do como Nar­kom­pros, por sus siglas), y des­de allí da impul­so y sol­ven­ta a las más diver­sas ini­cia­ti­vas de expe­ri­men­ta­ción artís­ti­ca y peda­gó­gi­ca. El pri­mer decre­to sobre la edu­ca­ción popu­lar, ela­bo­ra­do y difun­di­do des­de esta nue­va ins­ti­tu­cio­nal sovié­ti­ca, no deja lugar a dudas del espí­ri­tu dis­rup­ti­vo que ani­ma al ciclo his­tó­ri­co inau­gu­ra­do por el triun­fo de la revo­lu­ción:

Las masas popu­la­res tra­ba­ja­do­ras —obre­ros, sol­da­dos, cam­pe­si­nos— arden en deseos de apren­der a leer y escri­bir, de ini­ciar­se en todas las cien­cias. Pero aspi­ran igual­men­te a la edu­ca­ción, que no les pue­de ser dada ni por el Esta­do, ni por los inte­lec­tua­les, por nadie ni con nadie más que por ellos mis­mos. A este res­pec­to, la escue­la, el libro, el tea­tro, el museo, etc., sólo pue­den ser una ayu­da. Las masas popu­la­res han de fijar por sí mis­mas su cul­tu­ra, cons­cien­te o incons­cien­te­men­te. Ellas tie­nen sus ideas, sus sen­ti­mien­tos, su mane­ra de abor­dar todas las tareas del indi­vi­duo y la socie­dad, fru­to de su situa­ción social, muy dife­ren­te de la que dis­fru­tan las cla­ses domi­nan­tes y los inte­lec­tua­les que has­ta aho­ra han sido los crea­do­res de la cul­tu­ra.

Cada uno a su mane­ra, el obre­ro de la ciu­dad y el tra­ba­ja­dor del cam­po edi­fi­ca­rán su pro­pia con­cep­ción lumi­no­sa del mun­do, impreg­na­da del pen­sa­mien­to de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Será éste el fenó­meno más gran­dio­so y más bello que ten­drá por tes­ti­gos y por acto­res a las gene­ra­cio­nes veni­de­ras: el de la edi­fi­ca­ción, por las colec­ti­vi­da­des de tra­ba­ja­do­res, de su alma colec­ti­va, rica y libre.

En igual tóni­ca, des­de el comi­té edi­tor de una de las prin­ci­pa­les revis­tas de la Pro­let­kult, exi­gen «que el pro­le­ta­ria­do empie­ce, aho­ra mis­mo, a crear sus pro­pias for­mas socia­lis­tas de pen­sa­mien­to, sen­ti­mien­to y vida coti­dia­na.

Es impor­tan­te reco­no­cer que, si bien Lenin tole­ra las polí­ti­cas impul­sa­das por Luna­charsky en mate­ria cul­tu­ral, e inclu­so acep­ta —al menos duran­te los pri­me­ros años— que des­de la ins­ti­tu­ción que lide­ra se finan­cie las pro­pues­tas de la Pro­let­kult, osten­ta sin embar­go una visión bas­tan­te con­ser­va­do­ra del arte, más liga­da a los clá­si­cos de la lite­ra­tu­ra rusa del siglo XIX y a las corrien­tes bur­gue­sas hege­mó­ni­cas en occi­den­te, ya que como supo seña­lar Giu­lio Girar­di, mien­tras que «para el Pro­let­kult la revo­lu­ción cul­tu­ral impli­ca­ba esen­cial­men­te una trans­for­ma­ción de la cul­tu­ra, para Lenin sig­ni­fi­ca­ba ante todo la adqui­si­ción de la cul­tu­ra de par­te de las masas:

…el pro­ble­ma cul­tu­ral de fon­do, el «pun­to cru­cial de la hora» no es a su enten­der la sumi­sión de las masas a la cul­tu­ra domi­nan­te, sino la caren­te asi­mi­la­ción de aque­lla cul­tu­ra, es decir, su igno­ran­cia (…) La «cul­tu­ra» a la que Lenin hace refe­ren­cia es, por tan­to, «la úni­ca cul­tu­ra exis­ten­te», aque­lla que ha sido con­quis­ta­da por la bur­gue­sía indus­trial euro­pea, y tan ausen­te de la Rusia de su tiem­po.

Duran­te los años de la gue­rra civil, y a pesar de un con­tex­to por demás adver­so (bajas tem­pe­ra­tu­ras, fal­ta de com­bus­ti­ble y de papel, des­truc­ción de la indus­tria, ham­bru­nas masi­vas y un ase­dio cons­tan­te de los paí­ses capi­ta­lis­tas) la Pro­let­kult lle­ga a con­tar con dece­nas de miles de acti­vis­tas en sus filas, más de 1400 comi­tés, círcu­los y célu­las loca­les (muchas de ellas enrai­za­das en fábri­cas y ámbi­tos pro­duc­ti­vos), entre 15 y 20 perió­di­cos simul­tá­neos de cir­cu­la­ción masi­va, nume­ro­sos talle­res y escue­las, una Uni­ver­si­dad Pro­le­ta­ria y alre­de­dor de medio millón de adhe­ren­tes en toda Rusia. En el plano tea­tral, ade­más de ape­lar a la impro­vi­sa­ción y recrear obras clá­si­cas, don­de al decir de Luna­chars­ki «el espec­ta­dor y el actor se mez­clen en una sola fies­ta», las y los pro­let­kul­tis­tas dina­mi­zan la expe­rien­cia del lla­ma­do tea­tro auto­ac­ti­vo, que fomen­ta la ela­bo­ra­ción colec­ti­va de obras ambu­lan­tes —rea­li­za­das en muchos casos al aire libre en pla­zas, hos­pi­ta­les, escue­las, fábri­cas, comu­ni­da­des o cuar­te­les— y rom­pe con el papel pasi­vo del públi­co.

Como res­pues­ta fren­te a la caren­cia del papel y para poten­ciar la cul­tu­ra oral y la expre­sión cor­po­ral tan­to en ámbi­tos urba­nos como rura­les, tam­bién se mul­ti­pli­can los perió­di­cos bajo for­ma­tos no con­ven­cio­na­les: perió­di­cos-mura­les (pin­ta­dos sobre pare­des o dise­ña­dos en gigan­to­gra­fías), perió­di­cos-ora­les (de lec­tu­ras colec­ti­vas y en espa­cios públi­cos) y perió­di­cos-vivos (cen­tra­dos en noti­cias y even­tos esce­ni­fi­ca­dos, en par­ti­cu­lar entre las tro­pas del fren­te en medio de la gue­rra civil). Los gru­pos de agi­ta­ción y pro­pa­gan­da (cono­ci­dos bajo el acró­ni­mo de Agit­Prop) fue­ron cla­ves en la rea­li­za­ción de inter­ven­cio­nes polí­ti­co-cul­tu­ra­les y artís­ti­cas que aspi­ra­ban a crear una nue­va sen­si­bi­li­dad esté­ti­ca y a for­jar la auto­con­cien­cia de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Si en mate­ria lite­ra­ria se ges­tan círcu­los de escri­tu­ra colec­ti­va y se bus­ca resal­tar el papel de las y los nove­lis­tas o poe­tas-pro­le­ta­rios (refrac­ta­rios al indi­vi­dua­lis­mo), en el de la músi­ca se aspi­ra a demo­cra­ti­zar las orques­tas y coros, desechan­do en muchos casos a la figu­ra del direc­tor, y has­ta a crear soni­dos e ins­tru­men­tos vin­cu­la­dos con la coti­dia­nei­dad de las y los obre­ros en fábri­cas y talle­res.

La des­pro­fe­sio­na­li­za­ción del arte y la impug­na­ción de los «espe­cia­lis­tas» atra­vie­sa los más diver­sos ámbi­tos de expe­ri­men­ta­ción, al tiem­po que cele­bra­cio­nes de fechas emble­má­ti­cas como el 1 de mayo devie­nen momen­tos pro­pi­cios para cons­truir fies­tas a cie­lo abier­to en las gran­des ciu­da­des, median­te la ape­la­ción a prác­ti­cas car­na­va­les­cas y esce­ni­fi­ca­cio­nes ico­no­clas­tas en los espa­cios públi­cos: car­te­les, mura­les, bri­ga­das de agi­ta­ción, títe­res, artis­tas calle­je­ros y per­so­na­jes cir­cen­ses, se mez­clan entre la muche­dum­bre para dar vida a una cul­tu­ra y a una esté­ti­ca popu­lar par­ti­ci­pa­ti­va y en movi­mien­to.

En su momen­to de mayor esplen­dor, la irra­dia­ción de la Pro­let­kult logra inclu­so pro­yec­tar­se a nivel mun­dial: apro­ve­chan­do la pre­sen­cia en sue­lo ruso de refe­ren­tes de varios paí­ses que habían asis­ti­do al Segun­do Con­gre­so de la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta en 1920, se con­for­ma una ins­tan­cia pro­vi­sio­nal de arti­cu­la­ción glo­bal, a par­tir de la cual se poten­cian círcu­los, ins­ti­tu­tos, gru­pos y comi­tés que, en cada país, con­fi­gu­ran sec­cio­nes nacio­na­les de la Pro­let­kult (des­de Ita­lia, con el joven Anto­nio Grams­ci y el perió­di­co L’Ordine Nuo­vo como impul­so­res en Turín, pasan­do por Fran­cia y el gru­po Clar­té lide­ra­do por Henry Bar­bus­se, has­ta Esta­dos Uni­dos, con el apo­yo entu­sias­ta de John Reed).

Eclipse de una experiencia vital

Por su carác­ter hete­ro­gé­neo, radi­cal e ico­no­clas­ta, la Pro­let­kult no esta­ba bajo el con­trol direc­to del par­ti­do. Su cre­ci­mien­to y expan­sión fue vis­to como una ame­na­za cada vez mayor por par­te de cier­tos diri­gen­tes bol­che­vi­ques, entre ellos el pro­pio Lenin. Esto lle­vó a que inter­vi­nie­se en for­ma direc­ta en dos Con­gre­sos cla­ves, don­de se debía deba­tir la orien­ta­ción de la Pro­let­kult y su víncu­lo con el Comi­sa­ria­do del Pue­blo para la Edu­ca­ción y las Artes. El pro­pio Luna­chars­ki reco­no­ce, en un artícu­lo escri­to con pos­te­rio­ri­dad a los hechos, que «Vla­di­mir Ilich temía por lo vis­to que el Pro­let­kult se con­vir­tie­ra en el nido de algu­na here­jía polí­ti­ca». Así, pri­me­ro en el Con­gre­so Pan­ru­so de la Edu­ca­ción para Adul­tos rea­li­za­do en mayo de 1919 y más tar­de en oca­sión del Con­gre­so Pan­ru­so de Pro­let­kuls, duran­te octu­bre de 1920, el líder bol­che­vi­que sale al cru­ce de las y los pro­let­kul­tis­tas, adu­cien­do que lo que pro­po­nen en tér­mi­nos cul­tu­ra­les es un pro­yec­to de «inver­na­de­ro». A con­tra­pe­lo, no se tra­ta, según él, de crear algo nove­do­so pero arti­fi­cial, sino de tomar como pun­ta de par­ti­da la cul­tu­ra ya exis­ten­te, y lograr que las masas acce­dan a lo mejor de este cono­ci­mien­to y acer­bo bur­gués acu­mu­la­do por la huma­ni­dad. A su vez, insis­te en la nece­si­dad de que la Pro­let­kult se supe­di­te a las direc­tri­ces del par­ti­do. Tras fuer­tes polé­mi­cas, una comi­sión del Comi­té Cen­tral deli­be­ra en torno al asun­to y, final­men­te, el 1 de diciem­bre de 1920 se publi­ca en el perió­di­co ofi­cial Prad­va una car­ta ela­bo­ra­da por esta ins­tan­cia máxi­ma bol­che­vi­que, don­de ade­más de denun­ciar los «gus­tos absur­dos y per­ver­ti­dos» y los «ele­men­tos social­men­te aje­nos» y «hos­ti­les al mar­xis­mo» que com­po­nen la Pro­let­kult, hacen públi­ca la deci­sión de subor­di­nar todas sus acti­vi­da­des a la línea del par­ti­do e inte­grar­lo, como una sec­ción más, den­tro del Comi­sa­ria­do de Edu­ca­ción.

Sema­nas más tar­de, duran­te los pri­me­ros meses de 1921, Petro­gra­do vivi­rá una olea­da de huel­gas obre­ras y for­mas de pro­tes­ta iné­di­tas has­ta ese enton­ces, a las que le suce­de­rá la rebe­lión de Krons­tadt (terri­to­rio de gran sim­bo­lo­gía revo­lu­cio­na­ria), que hace un lla­ma­do a la «crea­ti­vi­dad socia­lis­ta» y deman­da una mayor demo­cra­ti­za­ción, la revi­ta­li­za­ción de los soviets y el fin del mono­po­lio deci­sio­nal bol­che­vi­que. La res­pues­ta de Lenin y Trotsky fue repri­mir a los insu­rrec­tos de for­ma cruen­ta. En medio de la arre­me­ti­da con­tra los mari­ne­ros alza­dos, el X Con­gre­so del par­ti­do deci­de no sólo rati­fi­car la exis­ten­cia de un par­ti­do úni­co en la vida públi­ca del país, sino ade­más vetar la con­for­ma­ción de ten­den­cias o frac­cio­nes den­tro de él, hacien­do caso omi­so a los plan­teos de gru­pos como el deno­mi­na­do «Cen­tra­lis­mo Demo­crá­ti­co» y la lla­ma­da «Opo­si­ción Obre­ra» (enca­be­za­da por la femi­nis­ta Ale­xan­dra Kollon­tai), que exi­gían un mayor pro­ta­go­nis­mo de la cla­se tra­ba­ja­do­ra tan­to al inte­rior del par­ti­do como en las tareas de gobierno, y una aper­tu­ra al deba­te públi­co en torno al papel de los soviet y las orga­ni­za­cio­nes sin­di­ca­les en la coyun­tu­ra vivi­da en Rusia.

De mane­ra pre­mo­ni­to­ria, Kollon­tai expre­sa­rá en cla­ve iró­ni­ca lo que se vivía como cli­ma de épo­ca por esos momen­tos:

Es cier­to que en cada mitin deci­mos a los obre­ros y obre­ras: «¡Cread la vida nue­va! ¡Cons­truid! ¡Ayu­dad al poder los soviets!». Pero tan pron­to como la masa, tan pron­to como un gru­po de obre­ros y obre­ras asu­me nues­tro lla­ma­mien­to e inten­ta lle­var­lo a la prác­ti­ca, alguno de nues­tros órga­nos buro­crá­ti­cos, que se con­si­de­ra afec­ta­do, gol­pea en los dedos a esos ini­cia­do­res dema­sia­do fogo­sos.

A pesar de estas sabias e incó­mo­das pala­bras, la direc­ción bol­che­vi­que opta por hacer huel­ga de oídos y reafir­mar la prohi­bi­ción de toda disi­den­cia orga­ni­za­da.

Al desen­la­ce de Krons­tadt y las mocio­nes vota­das en este Con­gre­so, se le suman una casi com­ple­ta míme­sis entre par­ti­do y Esta­do, la reins­ta­la­ción de rela­cio­nes capi­ta­lis­tas y prác­ti­cas mer­can­ti­les a tra­vés de la Nue­va Eco­no­mía Polí­ti­ca (NEP), así como la férrea ape­la­ción a la dis­ci­pli­na no sólo al inte­rior del par­ti­do, sino tam­bién en fábri­cas e ins­ti­tu­cio­nes edu­ca­ti­vas, median­te el refor­za­mien­to de moda­li­da­des de direc­ción uni­per­so­nal, todas ellas exter­nas y desig­na­das des­de arri­ba. La sub­je­ti­vi­dad mili­ta­ris­ta, basa­da en lógi­cas jerár­qui­cas de man­do-obe­dien­cia y cul­ti­va­da al calor de la gue­rra civil, per­mean, en gra­do cada vez mayor, a gran par­te de los ámbi­tos de la vida coti­dia­na rusa. Este com­bo explo­si­vo gene­ra un cli­ma más hos­til aún para las apues­tas polí­ti­co-cul­tu­ra­les de la Pro­let­kult, que por su carác­ter expe­ri­men­tal y sub­ver­si­vo van a con­tra­mano del lla­ma­do al orden pro­pues­to por la diri­gen­cia bol­che­vi­que.

A su vez, la imple­men­ta­ción de la NEP trae apa­re­ja­da una qui­ta de sub­si­dios y fon­dos para este tipo de pro­yec­tos y reins­ta­la el pago de entra­das en muchas obras, mues­tras y pre­sen­ta­cio­nes, lo que resien­te su sos­te­ni­bi­li­dad y lle­va al cie­rre de nume­ro­sos talle­res, tea­tros y ámbi­tos artís­ti­cos crea­dos a su ampa­ro.

El eclip­sa­mien­to de la Pro­let­kult acom­pa­ña así al con­tex­to de nor­ma­li­za­ción en el que se sume tris­te­men­te la reali­dad del país. Bog­da­nov se des­vin­cu­la del movi­mien­to y reto­ma su voca­ción por la medi­ci­na, prac­ti­can­do en su pro­pio cuer­po los pri­me­ros inten­tos de trans­fu­sión de san­gre, que lo lle­van a la muer­te (¿o tal vez sui­ci­dio?) en 1928. Luna­charsky con­ti­nua en su car­go tam­bién has­ta fina­les de la déca­da de los año 20, pero el rum­bo de la edu­ca­ción y la cul­tu­ra cobran otra orien­ta­ción gene­ral, cada vez más sig­na­da por el buro­cra­tis­mo esta­tal y los reque­ri­mien­tos uti­li­ta­rios en el que se sumer­ge la eco­no­mía rusa. Poco a poco, se comien­za a escu­char el réquiem de la revo­lu­ción en las calles. Sin embar­go, la este­la de esta red orga­ni­za­ti­va de colec­ti­vos y gru­pos artís­ti­cos-cul­tu­ra­les segui­rá mos­tran­do algu­nos des­te­llos en los años veni­de­ros, antes de apa­gar­se de for­ma defi­ni­ti­va.

A la vuel­ta de la his­to­ria, y un siglo más tar­de de aque­llas jor­na­das insu­rrec­cio­na­les don­de las masas rusas osa­ron tomar el cie­lo por asal­to, de noso­tros y noso­tras depen­de que esa estre­lla roja, y otras tan­tas de varia­dos con­tor­nos y colo­res, se encien­dan nue­va­men­te e ilu­mi­nen fron­do­sos sen­de­ros por los que tran­si­tar hacia un socia­lis­mo en el que que­pan muchos socia­lis­mos. Des­de ya, siem­pre tenien­do en cla­ro que —tal como supo arries­gar Rosa Luxem­burg— ara­mos sobre un terri­to­rio vir­gen y «sólo la expe­rien­cia pue­de corre­gir y abrir nue­vos cami­nos. Sólo la vida sin obs­tácu­los, efer­ves­cen­te, lle­va a miles de for­mas nue­vas e impro­vi­sa­cio­nes, saca a luz la fuer­za crea­do­ra, corri­ge por su cuen­ta todos los inten­tos equi­vo­ca­dos».

Her­nán Ouvi­ña

17 de noviem­bre de 2017

Fuen­te: http://​www​.resu​men​la​ti​noa​me​ri​cano​.org/​2​0​1​8​/​0​4​/​1​8​/​l​a​-​e​x​p​e​r​i​e​n​c​i​a​-​d​e​-​l​a​-​p​r​o​l​e​t​k​u​l​t​-​e​n​-​e​l​-​f​r​a​g​o​r​-​d​e​-​l​a​-​r​e​v​o​l​u​c​i​o​n​-​r​u​sa/

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Leave a comment

Iruzkina idatzi / Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: