Directrices para el movimiento comunista femenino

I

El II Con­gre­so de la III Inter­na­cio­nal hace suya la reso­lu­ción del I Con­gre­so acer­ca de la nece­si­dad de dar cons­cien­cia de cla­se a las gran­des masas de muje­res pro­le­ta­rias, de edu­car­las en los idea­les comu­nis­tas, de con­ver­tir­las en com­pa­ñe­ras de lucha y en segu­ras y deci­di­das cola­bo­ra­do­ras hacia el comu­nis­mo. La vigo­ro­sa par­ti­ci­pa­ción de las pro­le­ta­rias en las luchas revo­lu­cio­na­rias por la supera­ción del capi­ta­lis­mo y la rea­li­za­ción del comu­nis­mo es del todo indis­pen­sa­ble. Y es nece­sa­rio para que todas las muje­res sean capa­ces de desa­rro­llar ple­na­men­te su per­so­na­li­dad, con la soli­da­ri­dad de todo el cuer­po social, median­te la edu­ca­ción, ya sea en la acti­vi­dad pro­fe­sio­nal o en la de madre, de for­ma que les sean ase­gu­ra­dos todos sus dere­chos socia­les. Y es nece­sa­rio, para que el pro­le­ta­ria­do sea cada vez más com­pac­to y fuer­te en la lucha revo­lu­cio­na­ria con­tra el sis­te­ma bur­gués y en la cons­truc­ción revo­lu­cio­na­ria del nue­vo sis­te­ma, que sean crea­das las con­di­cio­nes socia­les para la con­se­cu­ción de este obje­ti­vo.

II

La his­to­ria del pasa­do y del pre­sen­te nos ense­ña que la pro­pie­dad pri­va­da es la últi­ma y más pro­fun­da cau­sa de la situa­ción de pri­vi­le­gio del hom­bre fren­te a la mujer. La apa­ri­ción y con­so­li­da­ción de la pro­pie­dad pri­va­da son las cau­san­tes de que la mujer y el niño, al igual que los escla­vos, pudie­sen con­ver­tir­se en pro­pie­dad del hom­bre. Por esta cau­sa ha apa­re­ci­do la domi­na­ción del hom­bre por el hom­bre, la con­tra­dic­ción de cla­se entre ricos y pobres, entre explo­ta­do­res y explo­ta­dos; debi­do a ello pudo pro­du­cir­se la rela­ción de depen­den­cia de la mujer en cuan­to espo­sa y madre del hom­bre, su subor­di­na­ción al hom­bre, su infe­rio­ri­dad en la fami­lia y en la vida públi­ca. Esta rela­ción toda­vía sigue exis­tien­do en nues­tros días entre los lla­ma­dos pue­blos avan­za­dos; se mani­fies­ta en las cos­tum­bres, en las leyes con la pri­va­ción de dere­chos, o como míni­mo en la infe­rio­ri­dad del sexo feme­nino ante la ley, en su posi­ción subor­di­na­da en el seno de la fami­lia, en el Esta­do y en la socie­dad, en su con­di­ción de tute­la­da y en su menor desa­rro­llo espi­ri­tual, en la insu­fi­cien­te valo­ra­ción de sus pres­ta­cio­nes mater­nas y de su sig­ni­fi­ca­do para la socie­dad. En los pue­blos de cul­tu­ra euro­pea, este esta­do de cosas ha sido con­so­li­da­do y pro­mo­vi­do por el hecho de que, con el desa­rro­llo del arte­sa­na­do cor­po­ra­ti­vo, la mujer que­da des­pla­za­da de los sec­to­res de pro­duc­ción de bie­nes indus­tria­les en la socie­dad y rele­ga­da a desem­pe­ñar su acti­vi­dad en la eco­no­mía fami­liar, sólo para su pro­pia fami­lia.

Para que la mujer lle­gue a obte­ner la ple­na equi­pa­ra­ción social con el hom­bre -de hecho y no sólo en los tex­tos de leyes y sobre el papel- para que pue­da con­quis­tar como el hom­bre la liber­tad de movi­mien­to y de acción para todo el géne­ro humano, exis­ten dos con­di­cio­nes indis­pen­sa­bles: la abo­li­ción de la pro­pie­dad pri­va­da de los medios de pro­duc­ción y su sus­ti­tu­ción por la pro­pie­dad social, y la inser­ción de la acti­vi­dad de la mujer en la pro­duc­ción de bie­nes socia­les den­tro de un sis­te­ma en el que no exis­tan ni la explo­ta­ción ni la opre­sión. Sola­men­te la rea­li­za­ción de estas dos con­di­cio­nes hace que sea impo­si­ble que la mujer, como espo­sa y como madre, que­de subor­di­na­da eco­nó­mi­ca­men­te al hom­bre en la fami­lia, o que por la con­tra­dic­ción de cla­se exis­ten­te entre explo­ta­do­res y explo­ta­dos cai­ga, en tan­to que pro­le­ta­ria y obre­ra de la indus­tria, bajo el domi­nio y la explo­ta­ción eco­nó­mi­ca del capi­ta­lis­ta. De hecho, estos supues­tos, exce­si­vos y uni­la­te­ra­les, tan­to en la eco­no­mía domés­ti­ca y en la mater­ni­dad como en la acti­vi­dad pro­fe­sio­nal, para­li­zan cua­li­da­des y ener­gías pre­cio­sas de la mujer y hacen impo­si­ble que se armo­ni­ce, los dos ámbi­tos de sus debe­res. Sólo la actua­ción de estas dos pre­mi­sas garan­ti­za a la mujer el desa­rro­llo mul­ti­for­me de su capa­ci­da­des y de sus ener­gías, y le per­mi­te actuar con igua­les dere­chos e igua­les debe­res como tra­ba­ja­do­ra y crea­do­ra en una comu­ni­dad de tra­ba­ja­do­res y crea­do­res, equi­pa­ra­dos a su vez en dere­chos y debe­res, y vivir ple­na­men­te su acti­vi­dad de obre­ra y de madre de for­ma armo­nio­sa.

III

Las reivin­di­ca­cio­nes del movi­mien­to feme­nino bur­gués han demos­tra­do ser impo­ten­tes para garan­ti­zar los ple­nos dere­chos de todas las muje­res. Natu­ral­men­te, el afian­za­mien­to de estas reivin­di­ca­cio­nes revis­te un sig­ni­fi­ca­do que no debe ser sub­va­lo­ra­do, ya que, por una par­te, la socie­dad bur­gue­sa y su Esta­do aban­do­nan ofi­cial­men­te el vie­jo pre­jui­cio de la infe­rio­ri­dad del sexo feme­nino y, por otra, con la equi­pa­ra­ción de la mujer reco­no­cen su igual­dad social. Sin embar­go, en la pra­xis, la rea­li­za­ción de las reivin­di­ca­cio­nes femi­nis­tas con­du­ce esen­cial­men­te a una modi­fi­ca­ción del sis­te­ma capi­ta­lis­ta en favor de las muje­res y las ado­les­cen­tes de las cla­ses posee­do­ras, mien­tras la abru­ma­do­ra mayo­ría de pro­le­ta­rias, de las muje­res del pue­blo tra­ba­ja­dor, se ven tan expues­tas como antes, en su cali­dad de opri­mi­das y explo­ta­das, a que se mani­pu­le su per­so­na­li­dad y a que se menos­pre­cien sus dere­chos y de sus intere­ses.

Mien­tras el capi­ta­lis­mo exis­ta, el dere­cho de la mujer a dis­po­ner libre­men­te de su patri­mo­nio y de su per­so­na repre­sen­ta sola­men­te el últi­mo esta­dio de eman­ci­pa­ción de la pro­pie­dad y de las posi­bi­li­da­des de explo­ta­ción de las pro­le­ta­rias por par­te de los capi­ta­lis­tas. El dere­cho de la mujer a la mis­ma for­ma­ción y pro­fe­sión que el hom­bre pue­de alcan­zar, abre a las muje­res de los posee­do­res los lla­ma­dos sec­to­res pro­fe­sio­na­les supe­rio­res, ponien­do con ello en acción el prin­ci­pio de la con­cu­rren­cia capi­ta­lis­ta, con la que se agu­di­za el con­tras­te eco­nó­mi­co y social entre los sexos. Final­men­te, la más impor­tan­te y gran­dio­sa de las reivin­di­ca­cio­nes femi­nis­tas -la que pro­cla­ma la ple­na equi­pa­ra­ción polí­ti­ca de los dos sexos, y en par­ti­cu­lar el reco­no­ci­mien­to del dere­cho de voto tan­to para ele­gir como para ser ele­gi­da- es deci­di­da­men­te insu­fi­cien­te para ase­gu­rar dere­chos y liber­tad a las muje­res pobres o de pocos posi­bles.

Con la per­du­ra­ción del capi­ta­lis­mo, el dere­cho de voto repre­sen­ta sola­men­te la con­se­cu­ción de una demo­cra­cia polí­ti­ca pura­men­te for­mal, bur­gue­sa, y no de una demo­cra­cia real, eco­nó­mi­ca, social, pro­le­ta­ria. El dere­cho de voto gene­ral, igual, secre­to, direc­to, acti­vo y pasi­vo para todos los adul­tos sig­ni­fi­ca sola­men­te que la demo­cra­cia bur­gue­sa ha lle­ga­do a su últi­mo gra­do de desa­rro­llo y que este voto se con­vier­te por tan­to en el fun­da­men­to y la cober­tu­ra de la for­ma polí­ti­ca más com­ple­ta de domi­nio de cla­se por par­te de los posee­do­res y explo­ta­do­res. Este domi­nio de cla­se se inten­si­fi­ca en el actual perío­do de impe­ria­lis­mo, de desa­rro­llo social revo­lu­cio­na­rio -a pesar del dere­cho de voto demo­crá­ti­co- has­ta con­ver­tir­se en la dic­ta­du­ra de cla­se más vio­len­ta y bru­tal con­tra los pro­le­ta­rios y los explo­ta­dos. Este dere­cho de voto no eli­mi­na la pro­pie­dad pri­va­da de los medios de pro­duc­ción, y por tan­to no eli­mi­na tam­po­co la con­tra­dic­ción de cla­se entre bur­gue­sía y pro­le­ta­ria­do; y no supri­me la cau­sa de subor­di­na­ción eco­nó­mi­ca y explo­ta­ción de la gran mayo­ría de muje­res y hom­bres ante una mino­ría de muje­res y hom­bres posee­do­res. El dere­cho de voto sola­men­te escon­de esta depen­den­cia y esta explo­ta­ción con el enga­ño­so velo de la equi­pa­ra­ción polí­ti­ca. Tam­po­co la ple­na equi­pa­ra­ción polí­ti­ca pue­de ser el obje­ti­vo final del movi­mien­to y de la lucha de las muje­res pro­le­ta­rias. Para ellas la con­se­cu­ción del dere­cho de voto y de ele­gi­bi­li­dad sólo es uno más entre los dis­tin­tos ins­tru­men­tos que les posi­bi­li­tan poder­se reunir, pre­pa­rar­se para el tra­ba­jo y la lucha con vis­tas a la cons­truc­ción de un orden social eman­ci­pa­do del domi­nio de la pro­pie­dad pri­va­da sobre los hom­bres que sea, des­pués de la abo­li­ción de la con­tra­dic­ción de cla­se entre explo­ta­do­res y explo­ta­dos, una orde­na­ción social de tra­ba­ja­do­res libres, con igua­les dere­chos y debe­res.

IV

El comu­nis­mo es el úni­co sis­te­ma social que reúne estas exi­gen­cias y, con ello, garan­ti­za ple­na liber­tad y jus­ti­cia a todo el sexo feme­nino. El fun­da­men­to del comu­nis­mo es la pro­pie­dad social de los gran­des medios que domi­nan la eco­no­mía social, de la pro­duc­ción y dis­tri­bu­ción de bie­nes, del inter­cam­bio. El comu­nis­mo, abo­lien­do la pro­pie­dad pri­va­da de estos medios, eli­mi­na la cau­sa de la opre­sión y explo­ta­ción del hom­bre por el hom­bre, el con­tras­te social entre ricos y pobres, explo­ta­do­res y explo­ta­dos, domi­na­do­res y opri­mi­dos, y por tan­to tam­bién el con­tras­te eco­nó­mi­co y social entre hom­bre y mujer. La mujer, en cuan­to miem­bro de la socie­dad, de la admi­nis­tra­ción y de la explo­ta­ción de los medios de pro­duc­ción y dis­tri­bu­ción de la socie­dad, dis­fru­ta al lado del hom­bre de los pro­duc­tos mate­ria­les y cul­tu­ra­les, de su empleo y uti­li­za­ción y que­da sola­men­te some­ti­da en su desa­rro­llo y en su acti­vi­dad al víncu­lo de soli­da­ri­dad colec­ti­va, pero no, por­que es mujer, a la per­so­na de un solo hom­bre o a la peque­ña uni­dad moral que es la fami­lia; y mucho menos some­ti­da a un capi­ta­lis­ta ansio­so de bene­fi­cios y a una cla­se domi­nan­te de explo­ta­do­res.

La ley más impor­tan­te de la eco­no­mía comu­nis­ta es la satis­fac­ción de la nece­si­dad de bie­nes mate­ria­les y cul­tu­ra­les de cada miem­bro de la socie­dad, según las máxi­mas posi­bi­li­da­des que per­mi­tan el nivel de pro­duc­ción y la cul­tu­ra. Este obje­ti­vo sola­men­te pue­de ser alcan­za­do impo­nien­do la obli­ga­ción de tra­ba­jar a todos los adul­tos sanos y nor­ma­les, sin dis­cri­mi­na­cio­nes de sexo. Sola­men­te pue­de ser alcan­za­do en una orga­ni­za­ción social que reco­noz­ca la igual­dad de todo tra­ba­jo útil y social­men­te nece­sa­rio, que valo­re tam­bién la acti­vi­dad mater­na como pres­ta­ción social, una orga­ni­za­ción que pre­dis­pon­ga las con­di­cio­nes de desa­rro­llo de sus miem­bros des­de su naci­mien­to, den­tro del ámbi­to de un tra­ba­jo social libre, y pro­mue­va el máxi­mo desa­rro­llo cons­cien­te de las facul­ta­des pro­duc­ti­vas.

V

El comu­nis­mo, el gran eman­ci­pa­dor del sexo feme­nino, no pue­de ser sola­men­te el resul­ta­do de la lucha común de las muje­res de todas las cla­ses por la refor­ma del sis­te­ma bur­gués en la direc­ción indi­ca­da por las reivin­di­ca­cio­nes femi­nis­tas, no pue­de ser sola­men­te el resul­ta­do de una lucha con­tra la posi­ción social pri­vi­le­gia­da del sexo mas­cu­lino. El comu­nis­mo sólo y úni­ca­men­te pue­de ser rea­li­za­do median­te la lucha común de las muje­res y hom­bres del pro­le­ta­ria­do explo­ta­do con­tra los pri­vi­le­gios, el poder de los hom­bres y muje­res de las cla­ses posee­do­ras y explo­ta­do­ras. El obje­ti­vo de esta lucha de cla­ses es la supera­ción de la socie­dad bur­gue­sa, del capi­ta­lis­mo. En esta lucha el pro­le­ta­ria­do pue­de estar segu­ro de con­se­guir la vic­to­ria si logra des­pe­da­zar el poder de la bur­gue­sía explo­ta­do­ra median­te accio­nes revo­lu­cio­na­rias de masas, si logra des­pe­da­zar el domi­nio de cla­se de la bur­gue­sía sobre la eco­no­mía y el Esta­do median­te la con­quis­ta del poder polí­ti­co y la ins­tau­ra­ción de su dic­ta­du­ra de cla­se en el sis­te­ma de con­se­jos (soviets). El esta­dio ini­cial inevi­ta­ble de la socie­dad comu­nis­ta for­ma­da por tra­ba­ja­do­res con igua­les dere­chos e igua­les debe­res no es la demo­cra­cia bur­gue­sa, sino su supera­ción median­te el domi­nio de cla­se pro­le­ta­rio, median­te el Esta­do pro­le­ta­rio. En la lucha por la con­quis­ta del poder del Esta­do, las cla­ses domi­nan­tes y explo­ta­do­ras ponen en movi­mien­to, con­tra la van­guar­dia del pro­le­ta­ria­do, los ins­tru­men­tos más bru­ta­les de su dic­ta­du­ra de cla­se. Las accio­nes de masas de los explo­ta­dos y de los opri­mi­dos desem­bo­can en la gue­rra civil.

La vic­to­ria del pro­le­ta­ria­do gra­cias a las accio­nes de masas revo­lu­cio­na­rias y a la gue­rra civil, no pue­de con­ce­bir­se sin la par­ti­ci­pa­ción cons­cien­te, entre­ga­da y resuel­ta de las muje­res per­te­ne­cien­tes al pue­blo tra­ba­ja­dor. Estas, de hecho, repre­sen­tan la mayo­ría, o a la enor­me mayo­ría, de la pobla­ción tra­ba­ja­do­ra de casi todos los paí­ses desa­rro­lla­dos, y su papel en la eco­no­mía social y en la fami­lia es a menu­do deci­si­vo para el éxi­to de las luchas de cla­se entre explo­ta­do­res y explo­ta­dos, así como para el com­por­ta­mien­to de los mis­mos pro­le­ta­rios en esta lucha. La con­quis­ta del poder polí­ti­co por par­te del pro­le­ta­ria­do debe ser tam­bién obra de las pro­le­ta­rias comu­nis­tas. Este mis­mo prin­ci­pio sigue sien­do váli­do des­pués de la con­so­li­da­ción de la dic­ta­du­ra de la cla­se pro­le­ta­ria, para la cons­truc­ción del sis­te­ma de con­se­jos, para la cons­truc­ción del comu­nis­mo. Esta pro­fun­da y gigan­tes­ca trans­for­ma­ción de la socie­dad, de su base eco­nó­mi­ca, de todas sus ins­ti­tu­cio­nes, de toda la vida moral y cul­tu­ral, no pue­de ser posi­ble sin la acti­va e ilu­mi­na­da par­ti­ci­pa­ción de las masas de muje­res comu­nis­tas. La cola­bo­ra­ción de estas masas repre­sen­ta no sólo una impor­tan­te con­tri­bu­ción a la rea­li­za­ción del comu­nis­mo, sino tam­bién una rica apor­ta­ción de mul­ti­for­mes ser­vi­cios. Este tra­ba­jo es una pre­mi­sa para el nece­sa­rio incre­men­to de la rique­za social de la socie­dad y para el aumen­to, mejo­ra y pro­fun­di­za­ción de su cul­tu­ra.

Del mis­mo modo como la lucha de cla­se revo­lu­cio­na­ria del pro­le­ta­ria­do en cada país es una lucha inter­na­cio­nal y alcan­za su cima en la revo­lu­ción mun­dial, tam­bién la lucha revo­lu­cio­na­ria de las muje­res con­tra el capi­ta­lis­mo y con­tra su esta­dio supe­rior de desa­rro­llo, el impe­ria­lis­mo, la lucha por la dic­ta­du­ra del pro­le­ta­ria­do y la con­so­li­da­ción de la dic­ta­du­ra de cla­se y del sis­te­ma de con­se­jos, deben ser enten­di­das a nivel inter­na­cio­nal.

VI

El espan­to­so cri­men que repre­sen­ta la gue­rra mun­dial impe­ria­lis­ta de los gran­des esta­dos capi­ta­lis­tas y las con­di­cio­nes que ha crea­do, han agu­di­za­do al máxi­mo las con­tra­dic­cio­nes socia­les y las pena­li­da­des de la mayo­ría de las muje­res. Estas son las inevi­ta­bles con­se­cuen­cias del capi­ta­lis­mo, y sólo pue­den des­apa­re­cer con su des­truc­ción. Esta situa­ción no es sola­men­te la de los paí­ses beli­ge­ran­tes, sino tam­bién la de los Esta­dos neu­tra­les, que en su con­jun­to se han vis­to más o menos afec­ta­dos por el san­grien­to carru­sel de la gue­rra mun­dial y sus efec­tos. La inmen­sa ten­sión y el con­ti­nuo aumen­to de los pre­cios impo­si­bles de los ali­men­tos de pri­me­ra nece­si­dad y los alqui­le­res, de los medios de sub­sis­ten­cia de muchos millo­nes de muje­res, hace que sus preo­cu­pa­cio­nes, sus pri­va­cio­nes, sus penas y dolo­res en su vida de obre­ras, amas de casa y madres lle­guen a ser inso­por­ta­bles. La esca­sez de casas se ha con­ver­ti­do en una terri­ble pla­ga. El esta­do de salud de las muje­res en con­cre­to con­ti­núa empeo­ran­do cada vez más, tan­to por la subali­men­ta­ción cró­ni­ca que pade­cen, como por la fati­ga del tra­ba­jo en la fábri­ca y en la eco­no­mía domés­ti­ca. El núme­ro de madres que dan a luz niños sanos y vigo­ro­sos está dis­mi­nu­yen­do cada vez más. La mor­ta­li­dad infan­til sube de for­ma inquie­tan­te; males y enfer­me­da­des, con­se­cuen­cias de la insu­fi­cien­te nutri­ción y de las míse­ras con­di­cio­nes de vida en gene­ral, son el des­tino de cen­te­na­res de miles, inclu­so millo­nes de niños pro­le­ta­rios, y la deses­pe­ra­ción de sus madres.

Un pecu­liar fenó­meno está agu­di­zan­do las pena­li­da­des de las muje­res en todos los paí­ses en los que el capi­ta­lis­mo man­tie­ne su domi­nio. Duran­te la gue­rra, el tra­ba­jo pro­fe­sio­nal de las muje­res había regis­tra­do un aumen­to extra­or­di­na­rio. En los paí­ses beli­ge­ran­tes esta­ba enton­ces vigen­te el slo­gan: las muje­res en los pri­me­ros pues­tos de la eco­no­mía, de la admi­nis­tra­ción y de todas las acti­vi­da­des cul­tu­ra­les. El pre­jui­cio con­tra el «sexo débil, poco dota­do y atra­sa­do» que­da­ba sofo­ca­do por el soni­do de las trom­pe­tas triun­fa­les y del rugi­do del poder y de la explo­ta­ción del impe­ria­lis­mo, esta­dio máxi­mo del capi­ta­lis­mo inter­na­cio­nal. La nece­si­dad de ganar dine­ro, la men­ti­ra de la defen­sa de la patria jun­to con la ansie­dad de la ganan­cia capi­ta­lis­ta, empu­ja­ron a masas de muje­res a emplear­se en la indus­tria y en la agri­cul­tu­ra, en el comer­cio y en los nego­cios. En todos los sec­to­res de la admi­nis­tra­ción local y esta­tal, en los lla­ma­dos ser­vi­cios públi­cos y en las pro­fe­sio­nes libe­ra­les, el tra­ba­jo de las muje­res aumen­ta­ba día a día.

Aho­ra, cuan­do la indus­tria capi­ta­lis­ta se ha vis­to dis­gre­ga­da por la gue­rra mun­dial, cuan­do el capi­ta­lis­mo toda­vía domi­nan­te se mues­tra impo­ten­te para recons­truir la eco­no­mía según las nece­si­da­des mate­ria­les y cul­tu­ra­les de las gran­des masas tra­ba­ja­do­ras, cuan­do la caí­da de la eco­no­mía y su sabo­ta­je cons­cien­te por par­te de los capi­ta­lis­tas ha pro­vo­ca­do una cri­sis de estan­ca­mien­to de la pro­duc­ción y una desocu­pa­ción como nun­ca se había vis­to; aho­ra, deci­mos, las muje­res son las pri­me­ras víc­ti­mas, y las más nume­ro­sas, de esta cri­sis. Los capi­ta­lis­tas y la admi­nis­tra­ción esta­tal y local capi­ta­lis­ta tie­nen mucho menos mie­do a la mujer en paro que al hom­bre en paro, ya que la pri­me­ra es como míni­mo polí­ti­ca­men­te igno­ran­te y está des­or­ga­ni­za­da. Tam­bién tie­nen en cuen­ta el hecho de que la mujer en paro pue­de lle­var al mer­ca­do y ven­der, como últi­ma mer­can­cía, su pro­pia femi­ni­dad. En todos los paí­ses en los que el pro­le­ta­ria­do no ha con­quis­ta­do el poder median­te su lucha revo­lu­cio­na­ria, resue­na hoy con nue­va fuer­za el slo­gan: ¡fue­ra las muje­res de los pues­tos de tra­ba­jo, que vuel­van al sitio que les corres­pon­de, que es la casa! Un slo­gan que resue­na inclu­so den­tro de los sin­di­ca­tos, que obs­ta­cu­li­za y hace más ardua la lucha por la pari­dad del sala­rio y la pari­dad de pres­ta­cio­nes para ambos sexos, al tiem­po que a su lado rena­ce la ideo­lo­gía peque­ño-bur­gue­sa-reac­cio­na­ria de la «úni­ca pro­fe­sión autén­ti­ca­men­te natu­ral» y la infe­rio­ri­dad de la mujer. Como fenó­meno para­le­lo a la cre­cien­te desocu­pa­ción y a la mise­ria de innu­me­ra­bles muje­res, se regis­tra una inten­si­fi­ca­ción de la pros­ti­tu­ción en sus for­mas más varia­das, des­de el matri­mo­nio por con­ve­nien­cia has­ta la cru­da ven­ta del cuer­po feme­nino bajo la for­ma de «tra­ba­jo a des­ta­jo» sexual.

La ten­den­cia a echar cada vez más a la mujer del cam­po de tra­ba­jo social está en estri­den­te con­tra­dic­ción con la cre­cien­te nece­si­dad de amplias masas feme­ni­nas de una acti­vi­dad autó­no­ma, lucra­ti­va y satis­fac­to­ria. La gue­rra mun­dial ha mata­do a millo­nes de hom­bres y ha con­ver­ti­do a otros tan­tos en invá­li­dos par­cia­les o tota­les, nece­si­ta­dos de cui­da­dos y de asis­ten­cia; la dis­gre­ga­ción de la eco­no­mía capi­ta­lis­ta no con­sien­te que millo­nes de hom­bres pue­dan cubrir las nece­si­da­des de la fami­lia con lo que les pro­du­ce su pro­pio tra­ba­jo. La ten­den­cia men­cio­na­da está en abier­ta con­tra­dic­ción con los intere­ses de la abru­ma­do­ra mayo­ría de los miem­bros de la socie­dad. Sólo uti­li­zan­do en los más dis­tin­tos sec­to­res de acti­vi­dad todas las ener­gías y capa­ci­da­des de las muje­res, la socie­dad con­se­gui­rá com­pen­sar la inmen­sa des­truc­ción de bie­nes mate­ria­les y cul­tu­ra­les pro­vo­ca­da por la gue­rra, y aumen­tar en la jus­ta medi­da su rique­za y su cul­tu­ra.

Esta fuer­te ten­den­cia a echar a la mujer de la pro­duc­ción de los bie­nes socia­les y de la cul­tu­ra encuen­tra su últi­ma razón en el ansia de bene­fi­cio del capi­tal, que quie­re per­pe­tuar su poder de explo­ta­ción. Demues­tra la irre­con­ci­lia­bi­li­dad de la eco­no­mía capi­ta­lis­ta, del orden bur­gués, con los intere­ses más pro­fun­dos de la abru­ma­do­ra mayo­ría de las muje­res y de los miem­bros de la socie­dad en gene­ral.

Para hacer fren­te a todas las nece­si­da­des más urgen­tes de las muje­res -que son el inevi­ta­ble resul­ta­do de la natu­ra­le­za explo­ta­do­ra y opre­si­va del capi­ta­lis­mo- exis­te una sola vía. La gue­rra ha agu­di­za­do al máxi­mo estas nece­si­da­des, con­vir­tien­do a inmen­sas masas feme­ni­nas en sus des­ven­tu­ra­das víc­ti­mas. Pero no son fenó­me­nos tran­si­to­rios que des­apa­re­ce­rán con la paz, sino que no debe olvi­dar­se que la super­vi­ven­cia del capi­ta­lis­mo ame­na­za cons­tan­te­men­te a la huma­ni­dad con nue­vas gue­rras de con­quis­ta impe­ria­lis­tas, cuyas seña­les son ya hoy evi­den­tes. Los millo­nes de pro­le­ta­rias, muje­res del pue­blo tra­ba­ja­dor, sien­ten del modo más opri­men­te el males­tar social, pues­to que en ellas coin­ci­de su situa­ción de cla­se en cuan­to explo­ta­das y la situa­ción de infe­rio­ri­dad intrín­se­ca de su sexo, lo que las con­vier­te en las víc­ti­mas más dura­men­te gol­pea­das por el orden capi­ta­lis­ta. Sin embar­go, sus afa­nes y sus pena­li­da­des sólo son fenó­me­nos con­cre­tos del des­tino gene­ral de la cla­se pro­le­ta­ria explo­ta­da y opri­mi­da, y ello suce­de en todos los paí­ses que siguen estan­do some­ti­dos al régi­men capi­ta­lis­ta. Esta situa­ción no podrá ser cam­bia­da nun­ca por una refor­ma de la orde­na­ción bur­gue­sa, por una pre­sun­ta «lucha con­tra el esta­do de mise­ria pos­bé­li­co». Los afa­nes y las pena­li­da­des sola­men­te podrán des­apa­re­cer con la des­apa­ri­ción de este sis­te­ma, con la lucha revo­lu­cio­na­ria de los hom­bres y muje­res explo­ta­dos y des­he­re­da­dos de todos los paí­ses, con la acción revo­lu­cio­na­ria del pro­le­ta­ria­do mun­dial. Sólo y úni­ca­men­te la revo­lu­ción mun­dial podrá resol­ver, como un tri­bu­nal mun­dial de la his­to­ria, las con­se­cuen­cias de la gue­rra en cada país en con­cre­to, des­de la mise­ria has­ta la deca­den­cia moral y espi­ri­tual, has­ta los san­grien­tos sufri­mien­tos de las masas, y deter­mi­nar la defi­ni­ti­va caí­da del capi­ta­lis­mo.

VII

Ante las situa­cio­nes socia­les que hemos esbo­za­do, el Segun­do Con­gre­so de la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta cele­bra­do en Mos­cú deci­de lan­zar un lla­ma­mien­to a todas las muje­res del pue­blo tra­ba­ja­dor que piden liber­tad y huma­ni­dad, a fin de que se unan a las filas de los par­ti­dos comu­nis­tas de sus res­pec­ti­vos paí­ses y, con ello, a las filas de la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta, la cual uni­fi­ca las accio­nes de estos par­ti­dos, su fuer­za y su fir­me­za. La Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta, en su lucha por la con­se­cu­ción de obje­ti­vos cla­ros, segu­ros y con­cre­tos, la supera­ción del capi­ta­lis­mo y la cons­truc­ción del comu­nis­mo, ha demos­tra­do ser la repre­sen­tan­te más cons­cien­te y segu­ra del dere­cho de las muje­res. En inte­rés del sexo feme­nino, con­ti­núa a un nivel his­tó­ri­co supe­rior la obra que la II Inter­na­cio­nal había ini­cia­do, pero que no había sabi­do desa­rro­llar cohe­ren­te­men­te al dejar­se influir cada vez más por el refor­mis­mo opor­tu­nis­ta en el movi­mien­to obre­ro, lo que le impi­dió pasar de una comu­ni­dad de ideas a una comu­ni­dad de hechos; aque­lla obra que ella mis­ma trai­cio­nó igno­mi­nio­sa­men­te en agos­to de 1914. En reali­dad, la Segun­da Inter­na­cio­nal lle­gó inclu­so a sacri­fi­car el dere­cho y los intere­ses de las muje­res cuan­do renun­ció a movi­li­zar los pro­le­ta­rios de todos los paí­ses en la lucha revo­lu­cio­na­ria inter­na­cio­nal con­tra el impe­ria­lis­mo capi­ta­lis­ta, con­tra el sis­te­ma capi­ta­lis­ta, ben­di­cien­do en cam­bio la con­ci­lia­ción entre explo­ta­do­res y explo­ta­dos en los ejér­ci­tos nacio­na­les que el impe­ria­lis­mo lan­zó uno con­tra otro -en una gue­rra fra­tri­ci­da y sui­ci­da para la cla­se obre­ra- para satis­fa­cer su sed de ganan­cia y el ansia de poder mun­dial del capi­ta­lis­mo.

En el momen­to de su fun­da­ción, la Segun­da Inter­na­cio­nal enume­ró entre sus obje­ti­vos el de la lucha por la ple­na equi­pa­ra­ción y eman­ci­pa­ción social del sexo feme­nino. Su acción fue, sin lugar a dudas, impor­tan­te y pro­gre­si­va al difun­dir estas reivin­di­ca­cio­nes en amplios estra­tos de la pobla­ción, con la con­vic­ción de que su vic­to­ria pre­su­pon­dría la des­truc­ción del capi­ta­lis­mo y la lle­ga­da del socia­lis­mo, con­vic­ción apo­ya­da por el incon­ci­lia­ble anta­go­nis­mo de cla­se entre las muje­res de la mino­ría explo­ta­do­ra y las muje­res de la mayo­ría explo­ta­da, y la soli­da­ri­dad inter­na­cio­nal y nacio­nal entre los escla­vos asa­la­ria­dos sin dis­cri­mi­na­ción de sexo. La Segun­da Inter­na­cio­nal obli­gó a las orga­ni­za­cio­nes sin­di­ca­les y a los par­ti­dos socia­lis­tas a admi­tir a las muje­res en sus filas como miem­bros equi­pa­ra­dos y corres­pon­sa­bles en las luchas eco­nó­mi­cas y polí­ti­cas del pro­le­ta­ria­do. Con­si­guió tam­bién que se incre­men­ta­ra la capa­ci­dad de lucha y de defen­sa de las pro­le­ta­rias en su lucha de cla­se gra­cias a las reduc­cio­nes lega­les del poder de explo­ta­ción capi­ta­lis­ta median­te ins­ti­tu­cio­nes socia­les para la asis­ten­cia a las amas de casa y a las madres, y el reco­no­ci­mien­to de la equi­pa­ra­ción polí­ti­ca. Reivin­di­có la neta sepa­ra­ción del movi­mien­to feme­nino socia­lis­ta del bur­gués. Sin embar­go, el que estas aspi­ra­cio­nes encon­tra­ran apli­ca­ción y se con­vir­tie­ran en obje­ti­vos de lucha, fue una cues­tión que la Segun­da Inter­na­cio­nal dejó en manos de las orga­ni­za­cio­nes sin­di­ca­les y de los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas de los dis­tin­tos paí­ses. En gene­ral, las rea­li­za­cio­nes en el cam­po de los intere­ses feme­ni­nos y de los dere­chos de las muje­res se fue­ron con­si­guien­do según la influen­cia que la social­de­mo­cra­cia orga­ni­za­da en los dis­tin­tos paí­ses logró ejer­cer sobre las orga­ni­za­cio­nes de pro­le­ta­rios.

El abis­mo entre teo­ría y prác­ti­ca, entre deci­sio­nes y hechos, apa­re­ce en con­cre­to en el plan­tea­mien­to de las reivin­di­ca­cio­nes de los dere­chos de las muje­res. La Segun­da Inter­na­cio­nal tole­ró que las orga­ni­za­cio­nes ingle­sas afi­lia­das lucha­ran duran­te años por la intro­duc­ción de un dere­cho de voto feme­nino res­trin­gi­do lo cual, de haber sido con­se­gui­do, sólo hubie­ra aumen­ta­do el poder polí­ti­co de los posee­do­res y refor­za­do su resis­ten­cia con­tra el sufra­gio uni­ver­sal para todos los adul­tos. Per­mi­tió tam­bién que el par­ti­do social­de­mó­cra­ta bel­ga y, más tar­de, el aus­tría­co, se nega­sen a incluir, en sus gran­des luchas por el dere­cho de voto, la reivin­di­ca­ción del sufra­gio uni­ver­sal feme­nino. De hecho, el Con­gre­so de la Segun­da Inter­na­cio­nal cele­bra­do en Stutt­gart com­pro­me­tió a los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas de todos los paí­ses a ini­ciar la lucha por el sufra­gio uni­ver­sal feme­nino como par­te esen­cial e irre­nun­cia­ble de la lucha gene­ral del pro­le­ta­ria­do por el dere­cho de voto y por el poder, en neta con­tra­po­si­ción con las aspi­ra­cio­nes femi­nis­tas y demó­cra­ta-bur­gue­sas, recha­zan­do cual­quier polí­ti­ca opor­tu­nis­ta-refor­mis­ta. Pero tam­bién esta reso­lu­ción que­dó sólo sobre el papel en la mayo­ría de los paí­ses, y no con­si­guió impe­dir, por otra par­te, que el Par­ti­do de los socia­lis­tas uni­fi­ca­dos de Fran­cia se con­ten­ta­se con pla­tó­ni­cas pro­pues­tas par­la­men­ta­rias para la intro­duc­ción del voto de la mujer, ni que el Par­ti­do social­de­mó­cra­ta de Bél­gi­ca se vie­ra inclu­so sobre­pa­sa­do en sus pro­pues­tas para el sufra­gio feme­nino uni­ver­sal por las reivin­di­ca­cio­nes de los cle­ri­ca­les.

La acti­tud de la Segun­da Inter­na­cio­nal fue mise­ra­ble, ver­gon­zo­sa y des­hon­ro­sa cuan­do, en el seno del movi­mien­to obre­ro de todo el mun­do, las muje­res socia­lis­tas de los Esta­dos beli­ge­ran­tes y neu­tra­les fue­ron las pri­me­ras en ini­ciar un inten­to tan­gi­ble para impo­ner la soli­da­ri­dad de los explo­ta­dos con­tra los coman­dos nacio­na­les de social­pa­trio­tas trai­do­res, para obli­gar, median­te accio­nes de masa revo­lu­cio­na­rias a nivel inter­na­cio­nal a que los gobier­nos impe­ria­lis­tas decla­ra­ran la paz, y empe­za­ron a pre­pa­rar el terreno his­tó­ri­co para el desa­rro­llo de la lucha revo­lu­cio­na­ria inter­na­cio­nal de los obre­ros has­ta la con­quis­ta del poder polí­ti­co y el derro­ca­mien­to del impe­ria­lis­mo y el capi­ta­lis­mo. Lejos de apo­yar estos inten­tos, la Segun­da Inter­na­cio­nal dio su táci­to con­sen­ti­mien­to a que los par­ti­dos afi­lia­dos de los dis­tin­tos paí­ses -y el pri­me­ro de todos el «par­ti­do mode­lo» de ayer en cuan­to a orga­ni­za­ción, y en cuan­to a tac­ti­cis­mo, deca­den­cia y fra­ca­so hoy: la social­de­mo­cra­cia ale­ma­na- los cubrie­ran de insul­tos, los denun­cia­ran e impi­die­ran por todos los medios su triun­fo. La Segun­da Inter­na­cio­nal sigue actuan­do toda­vía hoy de for­ma que refuer­za el poder de explo­ta­ción del capi­ta­lis­mo y obs­ta­cu­li­za la con­quis­ta de cual­quier liber­tad para el sexo feme­nino, enga­ñan­do a las masas pro­le­ta­rias con los arti­fi­cios de la demo­cra­cia, del par­la­men­ta­ris­mo, del social- patrio­tis­mo y del social-paci­fis­mo.

Por lo demás, la Segun­da Inter­na­cio­nal no ha crea­do nun­ca un órgano que pro­mo­vie­se a nivel inter­na­cio­nal la rea­li­za­ción de los prin­ci­pios y reivin­di­ca­cio­nes a favor de la mujer. Los ini­cios de una orga­ni­za­ción inter­na­cio­nal de las muje­res pro­le­ta­rias y socia­lis­tas por una acción uni­ta­ria y deci­di­da han naci­do al mar­gen de su orga­ni­za­ción, de for­ma autó­no­ma. Las repre­sen­tan­tes de estas orga­ni­za­cio­nes feme­ni­nas han sido admi­ti­das en los con­gre­sos de la Segun­da Inter­na­cio­nal, pero sin el dere­cho for­mal de par­ti­ci­pa­ción; la Inter­na­cio­nal feme­ni­na socia­lis­ta no tuvo voz en el seno del Buró de la Segun­da Inter­na­cio­nal.

Las comu­nis­tas y las socia­lis­tas revo­lu­cio­na­rias con­se­cuen­tes deben, por tan­to, rom­per sus rela­cio­nes con la Pri­me­ra Inter­na­cio­nal y adhe­rir­se a la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta, que no se con­ver­ti­rá en la lucha por los dere­chos y la liber­tad de las muje­res en una fábri­ca de reso­lu­cio­nes, sino en una comu­ni­dad de acción. La for­ma más com­ple­ta y más ade­cua­da de adhe­sión es la entra­da en los par­ti­dos nacio­na­les que for­man par­te de la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta. Los miem­bros feme­ni­nos de par­ti­dos y orga­ni­za­cio­nes que toda­vía no hayan deci­di­do adhe­rir­se a la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta, tie­nen natu­ral­men­te el deber de uti­li­zar todas las ener­gías de que dis­pon­gan a fin de que estas orga­ni­za­cio­nes y par­ti­dos reco­noz­can las direc­tri­ces de prin­ci­pio, tác­ti­cas y orga­ni­za­ti­vas de la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta, se ade­cuen a las mis­mas en todos los aspec­tos, y actúen en con­se­cuen­cia. Las comu­nis­tas y socia­lis­tas revo­lu­cio­na­rias cohe­ren­tes, pro­le­ta­rias, deben vol­ver la espal­da a aque­llas orga­ni­za­cio­nes y aque­llos par­ti­dos que per­sis­tan en un plan­tea­mien­to de prin­ci­pio hos­til a la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta, que ame­na­zan con con­ta­mi­nar y para­li­zar la lucha de cla­se pro­le­ta­ria median­te con­sig­nas opor­tu­nis­tas y refor­mis­tas. ¡Por la acti­vi­dad revo­lu­cio­na­ria de la Ter­ce­ra Inter­na­cio­nal! -esta debe ser la con­sig­na gene­ral y uní­vo­ca de todas las muje­res del pue­blo tra­ba­ja­dor que quie­ran libe­rar­se de la escla­vi­tud de cla­se y de sexo.

VIII

El Segun­do Con­gre­so de la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta com­pro­me­te a todos los par­ti­dos afi­lia­dos a actuar según las direc­tri­ces indi­ca­das con el fin de con­se­guir las más amplias masas feme­ni­nas, orga­ni­za­rías y pre­pa­rar­las para una fuer­te lucha y para su máxi­ma entre­ga al comu­nis­mo; para demos­trar­les con pala­bras y hechos que sólo la lucha revo­lu­cio­na­ria de cla­se del pro­le­ta­ria­do y la con­se­cu­ción de sus obje­ti­vos pue­den garan­ti­zar la ple­na jus­ti­cia, la ple­na liber­tad y la ple­na huma­ni­za­ción de todo el sexo feme­nino. De acuer­do con estas direc­tri­ces, los par­ti­dos comu­nis­tas deben actuar del siguien­te modo:

    1. En los paí­ses en los cua­les el pro­le­ta­ria­do ha con­quis­ta­do el poder esta­tal y ha edi­fi­ca­do su domi­nio en el sis­te­ma de los soviets, como en Rusia:
      1. Movi­li­za­cio­nes gene­ra­les de muje­res en todas las luchas y actua­cio­nes de toda cla­se que com­ba­tan la acti­vi­dad de los con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rios inter­nos y extran­je­ros en el fren­te y en la patria, por la reafir­ma­ción y con­so­li­da­ción del sis­te­ma de los soviets: por ejem­plo, el ser­vi­cio de las mili­cias feme­ni­nas, de las Enfer­me­ras Rojas, tra­ba­jo de for­ma­ción edu­ca­ti­va en el Ejér­ci­to Rojo, etc. La cola­bo­ra­ción inter­na y cons­cien­te de las muje­res es indis­pen­sa­ble, por otra par­te, para la total supera­ción no sólo de todos los resi­duos eco­nó­mi­cos y socia­les del capi­ta­lis­mo, sino tam­bién de su egoís­ta moral.
      2. Pro­fun­da for­ma­ción de las pro­le­ta­rias, de las peque­ñas cam­pe­si­nas, de todas las muje­res tra­ba­ja­do­ras en gene­ral, con el fin de que sepan que una supera­ción más rápi­da del difí­cil perío­do de tran­si­ción que des­de los últi­mos ale­teos del capi­ta­lis­mo debe con­du­cir has­ta la for­ma supe­rior del capi­ta­lis­mo tam­bién depen­de de ellas, de su cre­cien­te com­pren­sión de los pro­ble­mas, de su volun­tad y de su abne­ga­ción; un perío­do difí­cil de tran­si­ción, duran­te el cual males, pena­li­da­des y sacri­fi­cios, se aba­ti­rán inevi­ta­ble­men­te en par­ti­cu­lar sobre las muje­res y sus hijos.
      3. Pro­fun­da for­ma­ción de las pro­le­ta­rias, de las peque­ñas cam­pe­si­nas, de todas las muje­res tra­ba­ja­do­ras en gene­ral, con el fin de que com­pren­dan que el nue­vo orden social libe­ra­dor que es el comu­nis­mo total -que está madu­ran­do bajo las luchas con­tra las fuer­zas del vie­jo mun­do bur­gués y en la con­tro­ver­sia con nue­vos pro­ble­mas- ha de ser en gran medi­da tam­bién obra de ellas mis­mas, fru­to de la cla­ri­dad de obje­ti­vos, de la inque­bran­ta­ble volun­tad, de la acción de cada una de ellas, dis­pues­tas en todo momen­to al sacri­fi­cio.
      4. Amplia par­ti­ci­pa­ción de las tra­ba­ja­do­ras en las labo­res de recons­truc­ción eco­nó­mi­ca a tra­vés de los órga­nos de los soviets, de los sin­di­ca­tos y las coope­ra­ti­vas, así como de sus diver­sas sec­cio­nes.
      5. Amplia par­ti­ci­pa­ción de las muje­res en los soviets, en sus diver­sos orga­nis­mos de con­trol, admi­nis­tra­ción y cons­truc­ción, así como en cual­quier otro cam­po, sin excluir el de la cien­cia.
      6. Orga­ni­za­ción de las con­di­cio­nes de tra­ba­jo de las muje­res tra­ba­ja­do­ras que ten­ga en cuen­ta la espe­cí­fi­ca natu­ra­le­za del orga­nis­mo feme­nino y los esfuer­zos físi­cos y psí­qui­cos de la fun­ción de madre, hacien­do posi­ble una vin­cu­la­ción armó­ni­ca de la mis­ma con la acti­vi­dad pro­fe­sio­nal, vin­cu­la­ción que per­mi­ta el pleno desa­rro­llo de las ener­gías y valo­res de la femi­ni­dad.
      7. Inser­ción de la tra­di­cio­nal eco­no­mía fami­liar – que es la for­ma más atra­sa­da, más defor­ma­da y más redu­ci­da del vie­jo arte­sa­na­do que la suce­de­rá- en la eco­no­mía gene­ral de la socie­dad para trans­for­mar al ama de casa, des­de escla­va de la peque­ña eco­no­mía ais­la­da en libre tra­ba­ja­do­ra de la gran eco­no­mía social.
      8. Crea­ción de ins­ti­tu­cio­nes socia­les-mode­lo que desa­rro­llen las tareas eco­nó­mi­cas de la mujer en la fami­lia del pasa­do, y que la ayu­den e inte­gren en sus tareas de madre.
      9. Ins­ti­tu­ción de órga­nos asis­ten­cia­les socia­les ejem­pla­res para la pro­tec­ción de la mater­ni­dad, de los niños y los ado­les­cen­tes.
      10. Pro­mo­ción de ins­ti­tu­cio­nes análo­gas para la asis­ten­cia a los enfer­mos, incu­ra­bles, ancia­nos e invá­li­dos: pre­vi­sio­nes eco­nó­mi­cas y edu­ca­ti­vas que per­mi­tan la recu­pe­ra­ción de las pros­ti­tu­tas, esa heren­cia del orden bur­gués, res­ca­tán­do­las del lum­pen­pro­le­ta­ria­do y rein­cor­po­rán­do­las a la comu­ni­dad de los tra­ba­ja­do­res.
      11. Edi­fi­ca­ción de un sis­te­ma edu­ca­ti­vo y de for­ma­ción pro­fe­sio­nal que, basa­do en una ins­truc­ción pro­fe­sio­nal y en la edu­ca­ción de gru­po (Koe­du­ka­tion), garan­ti­ce a cada indi­vi­duo el desa­rro­llo de su pro­pia per­so­na­li­dad y de su espí­ri­tu de soli­da­ri­dad, ase­gu­ran­do con ello tam­bién al sexo feme­nino las con­di­cio­nes para el desa­rro­llo de una per­so­na­li­dad mul­ti­for­me.
      12. Amplia cola­bo­ra­ción de las muje­res en la deter­mi­na­ción y la actua­ción de estas pro­vi­den­cias (en el cur­so de su crea­ción, orga­ni­za­ción y admi­nis­tra­ción de los orde­na­mien­tos), para ali­ge­rar las tareas del ama de casa y de la madre, y que ayu­den en la asis­ten­cia social, en par­ti­cu­lar a la asis­ten­cia de las muje­res, niños y ado­les­cen­tes.
    2. En todos los paí­ses en los cua­les el pro­le­ta­ria­do sigue luchan­do por la con­quis­ta del poder polí­ti­co:
      1. Encua­dra­mien­to de las muje­res como miem­bros con igua­les dere­chos e igua­les debe­res en el par­ti­do comu­nis­ta y en las orga­ni­za­cio­nes de lucha de cla­se eco­nó­mi­ca del pro­le­ta­ria­do; su cola­bo­ra­ción equi­pa­ra­da en todos los órga­nos e ins­tan­cias del par­ti­do, de los sin­di­ca­tos y de las aso­cia­cio­nes.
      2. Edu­ca­ción de las gran­des masas feme­ni­nas del pro­le­ta­ria­do y de los cam­pe­si­nos pobres en el comu­nis­mo, a fin de que conoz­can la natu­ra­le­za, obje­ti­vos, méto­dos e ins­tru­men­tos de las accio­nes y luchas revo­lu­cio­na­rias del pro­le­ta­ria­do. Par­ti­ci­pa­ción de las gran­des masas feme­ni­nas en todas estas luchas y accio­nes, como ense­ñan­za con­cre­ta y prác­ti­ca de máxi­ma efi­ca­cia; adop­ción de todos los ins­tru­men­tos, medi­das y dis­po­si­cio­nes aptos para refor­zar y cla­ri­fi­car la cons­cien­cia de cla­se de las pro­le­ta­rias e incre­men­tar su ener­gía y volun­tad revo­lu­cio­na­rias.
      3. Ple­na igual­dad de dere­chos de los dos sexos ante la ley y en la pra­xis, en todos los sec­to­res de la vida públi­ca y pri­va­da.
      4. Uti­li­za­ción revo­lu­cio­na­ria y cla­sis­ta del dere­cho de voto acti­vo y pasi­vo de la mujer en los par­la­men­tos muni­ci­pa­les y fede­ra­les, así como en todas las cor­po­ra­cio­nes públi­cas, ponien­do nece­sa­ria­men­te un fuer­te acen­to en el limi­ta­do valor del dere­cho de voto, del par­la­men­ta­ris­mo, de la demo­cra­cia bur­gue­sa en rela­ción con el pro­le­ta­ria­do y en la nece­si­dad his­tó­ri­ca de supe­rar el par­la­men­ta­ris­mo y la demo­cra­cia bur­gue­sa median­te el sis­te­ma sovié­ti­co y la dic­ta­du­ra de cla­se obre­ra.
      5. Cons­cien­te y acti­va par­ti­ci­pa­ción de las obre­ras, de las fun­cio­na­rias, de las emplea­das y de todas las tra­ba­ja­do­ras de la ciu­dad y el cam­po como elec­to­ras para la elec­ción de los con­se­jos obre­ros revo­lu­cio­na­rios, eco­nó­mi­cos y polí­ti­cos; la más fer­vien­te par­ti­ci­pa­ción de las obre­ras, fun­cio­na­rias y tra­ba­ja­do­ras en cali­dad de ele­gi­das en estos con­se­jos obre­ros y en sus órga­nos; inser­ción de las amas de casa per­te­ne­cien­tes al pro­le­ta­ria­do y a los estra­tos más pobres de la pobla­ción como elec­to­ras de los con­se­jos obre­ros revo­lu­cio­na­rios y su cola­bo­ra­ción, en cuan­to ele­gi­das en los mis­mos con­se­jos; difu­sión y actua­ción de las con­cep­cio­nes con­se­jis­tas entre las cam­pe­si­nas pobres y los estra­tos de la pobla­ción agra­ria de pare­ci­das con­di­cio­nes socia­les.
      6. Dere­cho de la mujer a una for­ma­ción pro­fe­sio­nal pari­ta­ria, libre, gra­tui­ta y gene­ral y su inser­ción, en cali­dad de tra­ba­ja­do­ra con igua­les dere­chos e igua­les debe­res, en el tra­ba­jo eco­nó­mi­co y social a todos los nive­les; reco­no­ci­mien­to y recua­li­fi­ca­ción de la fun­ción de madre como pres­ta­ción social.
      7. Pari­dad de sala­rio a pari­dad de tra­ba­jo para hom­bres y muje­res.
      8. Radi­cal y enér­gi­ca deli­mi­ta­ción del poder de explo­ta­ción capi­ta­lis­ta median­te una efi­caz pro­tec­ción legal de las obre­ras, de las fun­cio­na­rias y de las emplea­das -el lla­ma­do per­so­nal de ser­vi­cio inclu­si­ve- a todos los nive­les de la eco­no­mía y res­pe­to a las dis­po­si­cio­nes opor­tu­nas para las ado­les­cen­tes, las ges­tan­tes, las par­tu­rien­tas y las madres en el perío­do de ama­man­ta­mien­to.
      9. Amplias posi­bi­li­da­des de ins­pec­ción del tra­ba­jo median­te un cuer­po sufi­cien­te­men­te amplio de fun­cio­na­rios inde­pen­dien­tes, com­pues­to por médi­cos, téc­ni­cos, obre­ros con ple­nos pode­res, en el cual las muje­res deben estar repre­sen­ta­das en pro­por­ción a la enti­dad del tra­ba­jo feme­nino.
      10. Medi­das y regla­men­tos socia­les que ali­ge­ren las tareas de la mujer tra­ba­ja­do­ra en sus fun­cio­nes de ama de casa y madre, medi­das que per­mi­tan tras­la­dar los tra­ba­jos domés­ti­cos tra­di­cio­na­les de la fami­lia a la eco­no­mía social, hacien­do posi­ble con ello una total edu­ca­ción de los hijos median­te la edu­ca­ción social que les impar­ta una edu­ca­ción basa­da fun­da­men­tal­men­te en la soli­da­ri­dad.
      11. Crea­ción de las orde­nan­zas corres­pon­dien­tes, no sólo en las ciu­da­des y en los cen­tros indus­tria­les, sino tam­bién en las regio­nes del cam­po, en favor de las tra­ba­ja­do­ras de la tie­rra, de las cam­pe­si­nas, etc.
      12. Expli­ca­ción a las muje­res del carác­ter atra­sa­do de la anti­gua eco­no­mía fami­liar y del des­per­di­cio de tiem­po, ener­gía y medios que impli­ca; expli­ca­ción del uso que el capi­ta­lis­mo hacía de la eco­no­mía domés­ti­ca como ins­tru­men­to para man­te­ner bajos los sala­rios del hom­bre, adu­cien­do como moti­vo que el tra­ba­jo del ama de casa no se paga; y ade­más ins­tru­men­to para man­te­ner a la mujer en una situa­ción de retra­so cul­tu­ral y polí­ti­co, cerrán­do­le el acce­so a la vida social.
      13. Refor­ma radi­cal del sis­te­ma de alo­ja­mien­tos, que no ten­ga en cuen­ta el dere­cho de pro­pie­dad bur­gue­sa a resi­den­cias super­fluas y de lujo, y en cuya rea­li­za­ción debe hacer­se par­ti­ci­par a las muje­res.
      14. Amplia y orgá­ni­ca regu­la­ción de la sani­dad públi­ca que com­pren­da, entre otras cosas, la crea­ción en las ciu­da­des y en el cam­po de cen­tros médi­cos que cuen­ten tam­bién con el auxi­lio de doc­to­ras, y ten­gan a su dis­po­si­ción enfer­me­ras y nodri­zas.
      15. Adop­ción de las dis­po­si­cio­nes eco­nó­mi­cas y socia­les ade­cua­das para com­ba­tir la pros­ti­tu­ción; medi­das higié­ni­cas con­tra la difu­sión de las enfer­me­da­des vené­reas; eli­mi­na­ción del pre­jui­cio social en rela­ción a las pros­ti­tu­tas; supera­ción de la doble moral sexual, dis­tin­ta para los dos sexos.
      16. Cola­bo­ra­ción de las muje­res en la elec­ción de las dis­po­si­cio­nes y orde­nan­zas que afec­tan de modo deci­si­vo el dere­cho de la mujer a la ins­truc­ción, a la acti­vi­dad pro­fe­sio­nal, a la pro­tec­ción con­tra la explo­ta­ción capi­ta­lis­ta, etc.
    3. En los paí­ses carac­te­ri­za­dos por un desa­rro­llo pre­ca­pi­ta­lis­ta:
      1. Supera­ción de los pre­jui­cios, hábi­tos y cos­tum­bres, de los pre­cep­tos reli­gio­sos y jurí­di­cos que degra­dan a la mujer como escla­va de su casa, del tra­ba­jo y del pla­cer del hom­bre, supera­ción que pre­su­po­ne una toma de cons­cien­cia no sólo de las muje­res, sino tam­bién de los hom­bres.
      2. Ple­na igual­dad jurí­di­ca de la mujer con res­pec­to al hom­bre en la edu­ca­ción, la vida pri­va­da y la vida públi­ca.
      3. Asis­ten­cia radi­cal a las muje­res pobres y explo­ta­das con­tra la opre­sión y la explo­ta­ción por par­te de las cla­ses posee­do­ras domi­nan­tes, como suce­de espe­cial­men­te en la indus­tria a domi­ci­lio, y cuyos estra­gos más evi­den­tes pue­den ser ate­nua­dos con la crea­ción de coope­ra­ti­vas.
      4. Medi­das y regla­men­ta­cio­nes que per­mi­tan el paso de las for­mas pre­ca­pi­ta­lis­tas de la eco­no­mía y de la vida social al comu­nis­mo, espe­cial­men­te con ejem­plos de rea­li­za­cio­nes naci­das de una ins­truc­ción con­cre­ta y basa­da en los hechos, los cua­les demues­tran a las muje­res que la eco­no­mía domés­ti­ca indi­vi­dual las hace escla­vas, mien­tras que el tra­ba­jo social las hace libres.

En el tra­ba­jo de movi­li­za­ción y orga­ni­za­ción de las muje­res de los paí­ses con desa­rro­llo pre­ca­pi­ta­lis­ta, debe hacer­se valer de modo espe­cial las expe­rien­cias acu­mu­la­das por las cama­ra­das y los cama­ra­das rusos en el cur­so de su acti­vi­dad entre las muje­res de los pue­blos orien­ta­les.

IX

Con el fin de que los par­ti­dos afi­lia­dos a la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta pue­dan seguir con el máxi­mo éxi­to estas direc­tri­ces, el II Con­gre­so de la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta ha deci­di­do adop­tar las siguien­tes medi­das orga­ni­za­ti­vas:

  1. Orga­ni­za­cio­nes nacio­na­les:
    1. Las muje­res miem­bros del par­ti­do comu­nis­ta de un deter­mi­na­do país no deben reunir­se en aso­cia­cio­nes par­ti­cu­la­res, sino que deben estar ins­cri­tas como miem­bros con igual­dad de dere­chos y debe­res en las orga­ni­za­cio­nes loca­les del par­ti­do, y deben ser lla­ma­das a la cola­bo­ra­ción en todos los órga­nos y en todas las ins­tan­cias del par­ti­do.

      El par­ti­do comu­nis­ta, sin embar­go, adop­ta regu­la­cio­nes par­ti­cu­la­res y crea órga­nos espe­cia­les que se encar­guen de la agi­ta­ción, orga­ni­za­ción y edu­ca­ción de las muje­res.

      Todo ello con­si­de­ran­do la espe­ci­fi­ci­dad cul­tu­ral y moral de la mujer, su retra­so his­tó­ri­co y la par­ti­cu­lar posi­ción que a menu­do asu­me debi­do a su acti­vi­dad domés­ti­ca.

    2. En todas las orga­ni­za­cio­nes regio­na­les del par­ti­do exis­te un comi­té de agi­ta­ción feme­ni­na, al cual pue­den per­te­ne­cer tam­bién los cama­ra­das. Su tarea es:
      1. La agi­ta­ción pro­gra­ma­da y cons­tan­te entre las muje­res, toda­vía ale­ja­das del par­ti­do, median­te asam­bleas públi­cas, deba­tes y asam­bleas de fábri­ca, asam­bleas de amas de casa, con­fe­ren­cias de dele­ga­das sin par­ti­do y apo­lí­ti­cas, agi­ta­cio­nes en las casas, pren­sa y difu­sión de octa­vi­llas ade­cua­das, perió­di­cos, opúscu­los y publi­ca­cio­nes de todo tipo.
      2. Hacer ins­cri­bir a las muje­res encar­ga­das de la agi­ta­ción, como miem­bros, en el par­ti­do, sin­di­ca­tos, aso­cia­cio­nes y demás orga­ni­za­cio­nes de lucha del pro­le­ta­ria­do.
      3. Con­se­guir que tam­bién los miem­bros feme­ni­nos del par­ti­do, de los sin­di­ca­tos, de las aso­cia­cio­nes (coope­ra­ti­vas), de los con­se­jos obre­ros y de todos los órga­nos de lucha del pro­le­ta­ria­do revo­lu­cio­na­rio no asu­man una sim­ple fun­ción de las­tre, sino que, ani­ma­das por los idea­les comu­nis­tas, par­ti­ci­pen enér­gi­ca y cons­cien­te­men­te en la vida y acti­vi­da­des de las orga­ni­za­cio­nes y de los mis­mos órga­nos.
      4. Actuar de modo que los miem­bros feme­ni­nos del par­ti­do reci­ban la ins­truc­ción teó­ri­ca y prác­ti­ca nece­sa­ria, sea median­te las ins­ti­tu­cio­nes for­ma­ti­vas del par­ti­do en gene­ral, sea median­te sesio­nes espe­cia­les de lec­tu­ra y de dis­cu­sión para muje­res, etc.
      5. Pro­cu­rar el modo de que a las muje­res par­ti­cu­lar­men­te dota­das des­de un pun­to de vis­ta orga­ni­za­ti­vo y agi­ta­ti­vo se les brin­de la opor­tu­ni­dad de una for­ma­ción más a fon­do, y las más amplias posi­bi­li­da­des de acción.
      6. Des­ti­nar una redac­to­ra a una pági­na dedi­ca­da a la mujer que debe­rá incluir­se en todos los folios del par­ti­do, y esco­ger a las cola­bo­ra­do­ras de entre las filas de pro­le­ta­rias.

      El comi­té de agi­ta­ción feme­ni­na está for­ma­do por cin­co a sie­te miem­bros, pro­pues­tos por las cama­ra­das orga­ni­za­do­ras y con­fe­de­ra­das de la direc­ción regio­nal del par­ti­do. Este comi­té tra­ba­ja en estre­cha rela­ción con la direc­ción del par­ti­do y nece­si­ta su apro­ba­ción para las orien­ta­cio­nes y reso­lu­cio­nes adop­ta­das. Dicho comi­té tie­ne una repre­sen­tan­te esta­ble en la direc­ción del par­ti­do, la cual par­ti­ci­pa en todas las sesio­nes y en los tra­ba­jos, con voto con­sul­ti­vo sobre todas las cues­tio­nes gene­ra­les del par­ti­do, y con voto deli­be­ra­ti­vo en todas las cues­tio­nes del movi­mien­to feme­nino.

    3. En todas las direc­cio­nes de dis­tri­to del par­ti­do exis­te un comi­té de agi­ta­ción feme­ni­na de dis­tri­to, que tie­ne la tarea de pro­mo­ver y ayu­dar a los comi­tés de agi­ta­ción feme­ni­nos regio­na­les de todo el dis­tri­to en la asun­ción de su tareas.

      Para este fin debe:

      1. Man­te­ner­se en con­tac­to esta­ble y regu­lar con todos los comi­tés feme­ni­nos regio­na­les del dis­tri­to, así como con el comi­té de agi­ta­ción feme­nino nacio­nal, y res­pec­ti­va­men­te con el secre­ta­rio feme­nino nacio­nal.
      2. Reunir todo el mate­rial impor­tan­te acu­mu­la­do por los miem­bros de los comi­tés de agi­ta­ción feme­ni­nos regio­na­les y poner­lo a dis­po­si­ción de los miem­bros de los comi­tés que los soli­ci­ten.
      3. Obte­ner el mate­rial publi­ca­do para la agi­ta­ción y la for­ma­ción polí­ti­ca de todo el dis­tri­to.
      4. Pro­mo­ver mani­fes­ta­cio­nes de todo tipo para todo el dis­tri­to, cui­dar de su pre­pa­ra­ción y desa­rro­llo, y poner a su dis­po­si­ción las fuer­zas nece­sa­rias para la agi­ta­ción y orga­ni­za­ción.
      5. Adop­tar y poner en prác­ti­ca todas las reso­lu­cio­nes aptas para movi­li­zar a las muje­res tra­ba­ja­do­ras del dis­tri­to en impor­tan­tes tra­ba­jos y accio­nes del par­ti­do, y con­ver­tir­las de espec­ta­do­ras pasi­vas en cola­bo­ra­do­ras acti­vas.
      6. Orga­ni­zar con­fe­ren­cias feme­ni­nas de dis­tri­to en las que deben par­ti­ci­par una o dos repre­sen­tan­tes de los comi­tés de agi­ta­ción feme­ni­nos regio­na­les y las dele­ga­das ele­gi­das entre los miem­bros feme­ni­nos del par­ti­do de cada loca­li­dad, en la pro­por­ción de una dele­ga­da por cada 50 miem­bros feme­ni­nos. Las con­fe­ren­cias feme­ni­nas de dis­tri­to deben ser con­vo­ca­das por el comi­té por lo menos cada seis meses.

      El comi­té feme­nino del dis­tri­to debe ade­más con­vo­car y diri­gir una con­fe­ren­cia de dele­ga­das apar­ti­dis­tas en el dis­tri­to.

      El comi­té feme­nino del dis­tri­to está com­pues­to por cin­co a sie­te miem­bros pro­pues­tos por las cama­ra­das orga­ni­za­das del dis­tri­to en su con­fe­ren­cia y acep­ta­dos por la direc­ción del dis­tri­to del par­ti­do. Dicho comi­té tra­ba­ja en estre­cha rela­ción con la direc­ción del dis­tri­to y está vin­cu­la­do a la apro­ba­ción de ésta para todas las reso­lu­cio­nes y orien­ta­cio­nes que pre­ten­da adop­tar. Esta­rá repre­sen­ta­do en la direc­ción por una o más cama­ra­das. Su repre­sen­ta­ción par­ti­ci­pa en todas las sesio­nes de la direc­ción del par­ti­do con voto con­sul­ti­vo cuan­do se tra­te de cues­tio­nes gene­ra­les del par­ti­do, y con voto deli­be­ra­ti­vo cuan­do se tra­te de cues­tio­nes del movi­mien­to feme­nino.

    4. En la direc­ción nacio­nal de par­ti­do están pre­sen­tes un comi­té de agi­ta­ción feme­ni­na nacio­nal y res­pec­ti­va­men­te un secre­ta­rio feme­nino nacio­nal. Sus tareas son:
      1. El man­te­ni­mien­to de rela­cio­nes regu­la­res y con­ti­nuas con el comi­té de agi­ta­ción feme­ni­na de dis­tri­to y con los comi­tés regio­na­les, así como la estre­cha vin­cu­la­ción de estos últi­mos con la direc­ción nacio­nal del par­ti­do.
      2. Reunir el mate­rial pro­ce­den­te de las acti­vi­da­des de los dis­tin­tos comi­tés feme­ni­nos de dis­tri­to, y el recí­pro­co inter­cam­bio de expe­rien­cias y con­se­jos.
      3. Pro­cu­rar el mate­rial de pren­sa para la agi­ta­ción y la for­ma­ción polí­ti­ca de los comi­tés feme­ni­nos de dis­tri­to de todo el país.
      4. El desa­rro­llo del tra­ba­jo indus­trial, for­ma­ción, situa­ción jurí­di­ca de las muje­res, de las nor­mas de pro­tec­ción para las tra­ba­ja­do­ras, acon­te­ci­mien­tos y con­tro­ver­sias que afec­tan a los intere­ses eco­nó­mi­cos, polí­ti­cos y socia­les de las muje­res y que merez­can una aten­ción par­ti­cu­lar; pro­mo­ver las dis­cu­sio­nes sobre las cues­tio­nes que se están dis­cu­tien­do en los comi­tés de dis­tri­to y regio­na­les de agi­ta­ción.
      5. La publi­ca­ción de un perió­di­co que sir­va a la for­ma­ción teó­ri­ca de las cama­ra­das, las edu­que para una mejor com­pren­sión del comu­nis­mo y del par­ti­do y de sus tareas revo­lu­cio­na­rias. El comi­té nacio­nal feme­nino nom­bra a la redac­to­ra de este perió­di­co y se encar­ga de pro­cu­rar­le las con­tri­bu­cio­nes y cola­bo­ra­cio­nes de las filas de las obre­ras.
      6. La orga­ni­za­ción de mani­fes­ta­cio­nes de todo tipo por todo el país y la pre­pa­ra­ción de las fuer­zas orga­ni­za­ti­vas nece­sa­rias para tal fin.
      7. La adop­ción de todas las medi­das nece­sa­rias para la movi­li­za­ción de las masas de tra­ba­ja­do­ras de todo el país para su par­ti­ci­pa­ción en las gran­des tareas y en las gran­des luchas del par­ti­do.
      8. La con­vo­ca­to­ria de con­fe­ren­cias feme­ni­nas nacio­na­les.
  2. Orga­ni­za­ción inter­na­cio­nal.

    En el eje­cu­ti­vo de la Inter­na­cio­nal se crea un secre­ta­ria­do feme­nino inter­na­cio­nal, com­pues­to de tres a cin­co cama­ra­das pro­pues­tas por la Con­fe­ren­cia inter­na­cio­nal de las comu­nis­tas y con­fir­ma­das por el Con­gre­so de la Inter­na­cio­nal comu­nis­ta o, en su repre­sen­ta­ción, por el eje­cu­ti­vo. El secre­ta­ria­do feme­nino tra­ba­ja de común acuer­do con el eje­cu­ti­vo de la Inter­na­cio­nal, al cual está vin­cu­la­do para la apro­ba­ción de las reso­lu­cio­nes y de las dis­po­si­cio­nes que adop­ta. Una repre­sen­tan­te del secre­ta­ria­do par­ti­ci­pa en todas las sesio­nes y en los tra­ba­jos del eje­cu­ti­vo, con voto con­sul­ti­vo sobre cues­tio­nes gene­ra­les, y con voto deli­be­ra­ti­vo sobre las cues­tio­nes con­cre­tas del movi­mien­to feme­nino.

    Sus tareas son:

    1. Vin­cu­la­ción acti­va con los comi­tés feme­ni­nos nacio­na­les de los dis­tin­tos par­ti­dos comu­nis­tas y man­te­ni­mien­to de rela­cio­nes entre los dis­tin­tos comi­tés.
    2. Reco­gi­da del mate­rial de agi­ta­ción y docu­men­ta­ción rela­ti­vo a la acti­vi­dad de los dis­tin­tos comi­tés.

Cla­ra Zet­kin

Escri­to en 1920. Las direc­tri­ces fue­ron redac­ta­das por Cla­ra Zet­kin y, pre­via con­sul­ta al Comi­té Eje­cu­ti­vo de la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta, edi­ta­das por ella. El Segun­do Con­gre­so de la Inter­na­cio­nal Comu­nis­ta por fal­ta de tiem­po no pudo tra­tar la cues­tión de las muje­res según lo pre­vis­to ini­cial­men­te.

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