Doce apuntes sobre marxismo (IV de XII)

Hace­mos la entre­ga IV de la serie de XII escri­ta para el colec­ti­vo inter­na­cio­na­lis­ta Paki­to Arria­ran. Como diji­mos, en esta entre­ga ana­li­za­re­mos el perío­do que va de 1871, con las lec­cio­nes de la Comu­na, has­ta la fun­da­ción de la Segun­da Inter­na­cio­nal en 1889. En la V tra­ta­re­mos las cons­tan­tes del refor­mis­mo, sur­gi­das en lo bási­co en esta épi­ca y que se man­tie­nen en lo esen­cial has­ta aho­ra. En esta IV entre­ga la expo­si­ción del meo­llo teó­ri­co será sucin­ta por­que en la VI expon­dre­mos el mar­xis­mo en su pri­me­ra gene­ra­ción más en deta­lle.

Una idea cons­tan­te de esta serie es que el mar­xis­mo es la raíz tron­cal y la matriz teó­ri­ca que demues­tra que todas las resis­ten­cias, luchas y eman­ci­pa­cio­nes se iden­ti­fi­can en lo más pro­fun­do de ellas, conec­tán­do­las obje­ti­va­men­te, por el anta­go­nis­mo irre­con­ci­lia­ble entre el capi­tal y el tra­ba­jo. Lo vol­ve­re­mos a ver en la Comu­na de París de 1871, que tuvo un impac­to cua­li­ta­ti­vo en el desa­rro­llo del mar­xis­mo y de las corrien­tes socia­lis­tas, en todos los sen­ti­dos.

El pue­blo tra­ba­ja­dor pari­sino se insu­rrec­cio­nó el 18 de mar­zo de 1871. Como vimos en la entre­ga III, la bur­gue­sía, impo­ten­te para diri­gir el país, se había ren­di­do al inva­sor el 29 de enero de ese año, pero la cla­se obre­ra se esta­ba orga­ni­zan­do con mucha ante­la­ción: el 9 de agos­to de 1870 una gran mani­fes­ta­ción con­vo­ca­da por la Pri­me­ra Inter­na­cio­nal había exi­gi­do la repú­bli­ca y armas para el pue­blo lo que cau­só páni­co en la bur­gue­sía pro repu­bli­ca­na que retro­ce­dió; la mani­fes­ta­ción fue disuel­ta a tiros y el gobierno implan­tó el esta­do de sitio y la total cen­su­ra de pren­sa. Un embrión de doble poder sur­gió cuan­do el 5 de sep­tiem­bre se crea­ron los Comi­tés de Vigi­lan­cia Repu­bli­ca­na. Ese 9 de sep­tiem­bre, sin­te­ti­zan­do las lec­cio­nes de la his­to­ria para ayu­dar al pro­le­ta­ria­do fran­cés, el Segun­do Mani­fies­to de la Pri­me­ra Inter­na­cio­nal redac­ta­do por Marx vol­vía a adver­tir que: «Ocu­rre con las nacio­nes lo mis­mo que con los indi­vi­duos. Para pri­var­les del poder de ata­car, hay que qui­tar­les todos los medios de defen­der­se. No bas­ta echar las manos al cue­llo; hay que ase­si­nar». La AIT reco­men­da­ba de nue­vo al pue­blo obre­ro que no acep­ta­ra el mono­po­lio bur­gués de la vio­len­cia, que se arma­se para no ser ase­si­na­do.

El 15 de sep­tiem­bre, un car­tel pega­do en un muro expo­nía una espe­cie de pro­gra­ma de la izquier­da: se exi­gía la defen­sa de la patria repu­bli­ca­na, ele­gir a todos los car­gos, supre­sión de la poli­cía sus­ti­tui­da por la Guar­dia Nacio­nal, pue­blo en armas y requi­sa de vivien­das y víve­res para ayu­dar al pro­le­ta­ria­do. La Guar­dia Nacio­nal empe­zó a divi­dir­se entre bata­llo­nes obre­ros y bata­llo­nes bur­gue­ses, apo­ya­dos por la buro­cra­cia del gobierno. El 18 de sep­tiem­bre el ejér­ci­to ale­mán cer­ca­ba París. La pasi­vi­dad del gobierno y la ren­di­ción de la vital for­ta­le­za de Metz el 27 de octu­bre fue­ron res­pon­di­das con la insu­rrec­ción popu­lar del 31 de octu­bre que vol­vió a ser aplas­ta­da, dete­nien­do a diri­gen­tes de la izquier­da mien­tras que otros se ocul­ta­ban. A la vez, ciu­da­des como Lyon, Mar­se­lla y otras meno­res se suma­ban a la lucha, pero, a dife­ren­cia de París en don­de la cla­se tra­ba­ja­do­ra ya empe­za­ba a tener el embrión de un pro­gra­ma inde­pen­dien­te de la bur­gue­sía repu­bli­ca­na, en estas ciu­da­des el pro­le­ta­ria­do orga­ni­za­do era más débil aún y más fuer­te el radi­ca­lis­mo peque­ño bur­gués. Lógi­ca­men­te, cuan­do las fuer­zas reac­cio­na­rias con­tra­ata­ca­ron, los radi­ca­les peque­ño bur­gue­ses vol­vie­ron a echar­se para atrás; y, por si fue­ra poco, la con­sig­na de varios anar­quis­mos de no «meter­se en polí­ti­ca» sino solo en la acción social, coad­yu­vó a la des­orien­ta­ción del pro­le­ta­ria­do y a la vic­to­ria bur­gue­sa.

París que­da­ba así sola, doble­men­te ais­la­da: cer­ca­da por el ejér­ci­to ale­mán y sin alia­dos exte­rio­res. Vien­do el pano­ra­ma, la cla­se domi­nan­te fran­ce­sa empe­zó a pre­pa­rar la con­tra­rre­vo­lu­ción y el pue­blo tra­ba­ja­dor enri­que­cía su pro­gra­ma: a fina­les de noviem­bre el Con­se­jo Fede­ral pro­pu­so defen­der la repú­bli­ca, depu­rar a los bona­par­tis­tas, crear una indus­tria arme­ra en manos del pue­blo, racio­na­mien­to, requi­sar com­bus­ti­ble y víve­res, repri­mir a los capi­tu­la­do­res y trai­do­res, elec­cio­nes al Con­se­jo Muni­ci­pal, supri­mir la Pre­fec­tu­ra poli­cial, sepa­rar la Igle­sia del Esta­do, rele­vo de fun­cio­na­rios, crear una Fede­ra­ción de Comu­nas, devol­ver la tie­rra a los cam­pe­si­nos, las minas a los mine­ros, las fábri­cas a los obre­ros, y cami­nar hacia un Repú­bli­ca Demo­crá­ti­ca y Social Mun­dial. El anta­go­nis­mo de cla­se se agu­di­za­ba por momen­tos, a comien­zos de enero de 1871 y en pre­vi­sión de gol­pes repre­si­vos de la bur­gue­sía se creó un comi­té secre­to de direc­ción con cin­co miem­bros, y se empe­zó a divul­gar la con­sig­na de des­ti­tu­ción del gobierno bur­gués.

La res­pues­ta del gobierno fue lan­zar un ata­que con­tra el cer­co ale­mán pla­ni­fi­ca­do de tal modo que los bata­llo­nes obre­ros de la Guar­dia Nacio­nal fue­ran des­tro­za­dos, que­dan­do indem­nes los bur­gue­ses. Des­cu­bier­ta la tram­pa, la ira popu­lar esta­lló en la ter­ce­ra insu­rrec­ción, la del 22 de enero de 1871, que tam­bién fue ame­tra­lla­da ante la pasi­vi­dad de los repu­bli­ca­nos bur­gue­ses. El 28 de enero se rin­dió la Fran­cia del capi­tal, pero no la del tra­ba­jo: la uni­dad y lucha de con­tra­rios par­tía por la mitad la nación bur­gue­sa ace­le­ran­do su cho­que a muer­te con la nación pro­le­ta­ria, con la Comu­na que, en pala­bras de Marx, «era, pues, la ver­da­de­ra repre­sen­ta­ción de todos los ele­men­tos sanos de la socie­dad fran­ce­sa y, por con­si­guien­te, el autén­ti­co gobierno nacio­nal. Pero, al mis­mo tiem­po, como gobierno obre­ro y como cam­peón intré­pi­do de la eman­ci­pa­ción del tra­ba­jo, era un gobierno inter­na­cio­nal en el pleno sen­ti­do de la pala­bra. Ante los ojos del ejér­ci­to pru­siano, que había ane­xio­na­do a Ale­ma­nia dos pro­vin­cias fran­ce­sas, la Comu­na ane­xio­nó a Fran­cia los obre­ros del mun­do ente­ro».

Mien­tras empeo­ra­ban las con­di­cio­nes de vida y la Fran­cia del capi­tal pre­pa­ra­ba con el capi­tal ale­mán el ata­que defi­ni­ti­vo a París, ter­mi­na­ba de rom­per­se en dos uno de los pila­res del orden basa­do en la pro­pie­dad pri­va­da: su mono­po­lio de la vio­len­cia. El 23 de febre­ro de 1871 comen­zó el deba­te, entre otros temas, sobre la polí­ti­ca de la Guar­dia Nacio­nal, sobre cómo ele­gir y obe­de­cer a los man­dos, sobre si entre­gar o no las armas al poder toda­vía bur­gués, deba­te que se vivía den­tro de la auto­or­ga­ni­za­ción del pue­blo tra­ba­ja­dor, que dio un sal­to cua­li­ta­ti­vo el 6 de mar­zo con la crea­ción de un man­do pro­le­ta­rio úni­co. Fal­ta­ban doce días para la revo­lu­ción, pero la bur­gue­sía tam­bién se orga­ni­za­ba rápi­da­men­te por­que sabía que, según pala­bras de Marx: «París arma­do era el úni­co obs­tácu­lo serio que se alza­ba en el camino de la cons­pi­ra­ción con­tra­rre­vo­lu­cio­na­ria. Por eso había que des­ar­mar París». Las muje­res comu­ne­ras die­ron la voz de alar­ma en la madru­ga­da del 18 de mar­zo de que el capi­tal que­ría apro­piar­se de los caño­nes del pue­blo: ellas fue­ron las pri­me­ras en prac­ti­car la vio­len­cia defen­si­va y ejer­ci­tar el dere­cho a las armas, pren­dien­do la mecha de la revo­lu­ción, lue­go darían la vida en las barri­ca­das deci­si­vas cuan­do los hom­bres fla­quea­ban.

Pero la res­pues­ta reac­cio­na­ria no fue solo la de la Fran­cia del capi­tal, sino tam­bién la del capi­tal como rela­ción de explo­ta­ción mun­dial del tra­ba­jo por­que la dia­léc­ti­ca de la uni­dad y lucha de con­tra­rios se había agu­di­za­do tan­to que, según afir­mó Marx sobre la Comu­na: «La domi­na­ción de cla­se ya no se pue­de dis­fra­zar bajo el uni­for­me nacio­nal; todos los gobier­nos nacio­na­les son uno solo con­tra el pro­le­ta­ria­do». ¿Por qué un solo gobierno inter­na­cio­nal del capi­tal con­tra el gobierno inter­na­cio­nal del pro­le­ta­ria­do, que era la Comu­na? La res­pues­ta es, de nue­vo según Marx:

La Comu­na esta­ba for­ma­da por los con­se­je­ros muni­ci­pa­les ele­gi­dos por sufra­gio uni­ver­sal en los diver­sos dis­tri­tos de la ciu­dad. Eran res­pon­sa­bles y revo­ca­bles en todo momen­to. Lo mis­mo se hizo con los fun­cio­na­rios de las demás ramas de la admi­nis­tra­ción. Des­de los miem­bros de la Comu­na para aba­jo, todos los que desem­pe­ña­ban car­gos públi­cos debían desem­pe­ñar­los con sala­rios de los obre­ros. […] Una vez supri­mi­do el ejér­ci­to per­ma­nen­te y la poli­cía, que eran los ele­men­tos del poder mate­rial del anti­guo gobierno, la Comu­na tomó medi­das inme­dia­ta­men­te para des­truir la fuer­za espi­ri­tual de la repre­sión, el «poder de los curas», decre­tan­do la sepa­ra­ción de la Igle­sia del Esta­do y la expro­pia­ción de las igle­sias como cor­po­ra­cio­nes posee­do­ras. […] Los fun­cio­na­rios judi­cia­les per­die­ron aque­lla fin­gi­da inde­pen­den­cia que solo había ser­vi­do para dis­fra­zar su abyec­ta sumi­sión a los suce­si­vos gobier­nos, ante los cua­les iban pres­tan­do y vio­lan­do, suce­si­va­men­te, el jura­men­to de fide­li­dad. Igual que los demás fun­cio­na­rios públi­cos, los magis­tra­dos y los jue­ces habían de ser fun­cio­na­rios elec­ti­vos, res­pon­sa­bles y revo­ca­bles. […] En vez de deci­dir una vez cada tres o seis años qué miem­bros de la cla­se domi­nan­te han de repre­sen­tar y aplas­tar al pue­blo en el par­la­men­to, el sufra­gio uni­ver­sal habría de ser­vir al pue­blo orga­ni­za­do en comu­nas, como el sufra­gio uni­ver­sal sir­ve a los patro­nos que bus­can obre­ros y admi­nis­tra­do­res para sus nego­cios. […] La Comu­na con­vir­tió en una reali­dad ese tópi­co de todas las revo­lu­cio­nes bur­gue­sas, que es «un gobierno bara­to», al des­truir las dos gran­des fuen­tes de gas­tos: el ejér­ci­to per­ma­nen­te y la buro­cra­cia del Esta­do.

Por estas razo­nes el gobierno inter­na­cio­nal del capi­tal tenía que ase­si­nar al gobierno inter­na­cio­nal del tra­ba­jo, la Comu­na, con la mayor bru­ta­li­dad posi­ble, y así lo hizo apro­ve­chan­do, ade­más de su abso­lu­ta supe­rio­ri­dad repre­si­va mate­rial y espi­ri­tual, tam­bién sus debi­li­da­des inter­nas. El mar­xis­mo es, antes que nada, la teo­ría de la cri­sis en su sen­ti­do total, o sea la teo­ría de la revo­lu­ción comu­nis­ta. Por esto, la crí­ti­ca del capi­ta­lis­mo y la auto­crí­ti­ca de la revo­lu­ción están dia­léc­ti­ca­men­te rela­cio­na­das: Marx y Engels aplau­die­ron la Comu­na pero mos­tra­ron las debi­li­da­des e incohe­ren­cias que le fre­na­ron a la hora de ser lo sufi­cien­te­men­te radi­cal. Toda­vía en 1891, Engels recor­da­ba que «lo más difí­cil de com­pren­der es indu­da­ble­men­te el san­to temor con que aque­llos hom­bres se detu­vie­ron res­pe­tuo­sa­men­te en los umbra­les del Ban­co de Fran­cia. Este fue ade­más un error polí­ti­co muy gra­ve».

¿Qué había suce­di­do des­de 1871 para que en 1891 Engels vie­ra la nece­si­dad de recor­dar los erro­res de la Comu­na? Veá­mos­lo rápi­da­men­te: el desa­rro­llo del mar­xis­mo vivió un enor­me sal­to teó­ri­co gra­cias a las lec­cio­nes de la Comu­na. En 1875 Engels reco­no­ció que él y Marx se habían equi­vo­ca­do al uti­li­zar el tér­mino Esta­do por­que el de Comu­na era el ade­cua­do a su con­cep­ción revo­lu­cio­na­ria. Marx seguía avan­zan­do en diver­sos estu­dios y en 1875 escri­bió Crí­ti­ca del pro­gra­ma de Got­ha, cri­ti­can­do la corrien­te de Lasa­lle en pun­tos cen­tra­les de la teo­ría revo­lu­cio­na­ria, mien­tras que man­te­nían una corres­pon­den­cia ingen­te con la AIT, auto disuel­ta en 1876, con las fuer­zas polí­ti­co-sin­di­ca­les y con infi­ni­dad de per­so­nas, ade­más de entre ellos mis­mos.

La salud de Marx empeo­ró has­ta que en 1878 se le acon­se­jó aban­do­nar el tra­ba­jo, murien­do en mar­zo de 1883, no sin antes dejar des­pa­rra­ma­dos mon­to­nes de borra­do­res de ile­gi­ble letra sobre muchos temas, muchos de ellos aún sin publi­car, de entre los que que­re­mos resal­tar dos pro­ble­má­ti­cas cru­cia­les, ambas de 1881: una, la cues­tión del poten­cial revo­lu­cio­na­rio de la comu­na cam­pe­si­na rusa, de su inser­ción en la lucha de cla­ses pro­le­ta­ria, de si con ello es posi­ble «dar sal­tos en la his­to­ria» aho­rrán­do­se los pue­blos sufri­mien­tos atro­ces lle­gan­do así antes al socia­lis­mo, es decir, la impre­sio­nan­te car­ga eman­ci­pa­do­ra de su corres­pon­den­cia con Vera Zasú­lich de mar­zo de 1881; y otra, la per­ma­nen­te ade­cua­ción de la teo­ría de la vio­len­cia a las exi­gen­cias del momen­to, por ejem­plo en la res­pues­ta a Dome­la Nieu­wen­huy del 22 de febre­ro de 1881: «Un gobierno socia­lis­ta no pue­de poner­se a la cabe­za de un país si no exis­ten las con­di­cio­nes nece­sa­rias para que pue­da tomar inme­dia­ta­men­te las medi­das acer­ta­das y asus­tar a la bur­gue­sía lo bas­tan­te para con­quis­tar las pri­me­ras con­di­cio­nes de una vic­to­ria con­se­cuen­te».

Este esfuer­zo últi­mo de Marx era simul­tá­neo al de Engels, sobre todo cen­tra­do en tres gran­des obje­ti­vos: des­ci­frar y publi­car los borra­do­res sobre El Capi­tal, inter­ve­nir en la lucha de cla­ses some­ti­da a toda una serie de repre­sio­nes direc­tas o indi­rec­tas –por ejem­plo, la social­de­mo­cra­cia ale­ma­na estu­vo ile­ga­li­za­da entre 1878 y 1900, por citar un solo caso–, impul­sa­do la fun­da­ción de la Segun­da Inter­na­cio­nal en 1889, etc.; y corre­gir el inter­pre­ta­ción eco­no­mi­cis­ta del mar­xis­mo que él y Marx habían teni­do que dar en algu­nos tex­tos lle­va­dos por las urgen­cias del momen­to, como él afir­mó auto­crí­ti­ca­men­te en la car­ta a José Bloch del 21–22 de sep­tiem­bre de 1890, recu­pe­ran­do y desa­rro­llan­do la con­cep­ción dia­léc­ti­ca y mate­ria­lis­ta de la his­to­ria.

Fue en este con­tex­to cuan­do en 1891 vol­vió a recor­dar las glo­rias y erro­res de la Comu­na de dos déca­das antes: como vere­mos en la V entre­ga dedi­ca­da al refor­mis­mo, des­de la déca­da de 1870 Marx y Engels endu­re­cie­ron la lucha con­tra esta pes­te, sobre todo cuan­do Bis­marck exi­gió a la social­de­mo­cra­cia que, si que­ría vol­ver a la lega­li­dad, renun­cia­ra a la revo­lu­ción y acep­ta­ra el paci­fis­mo par­la­men­ta­ris­ta. Natu­ral­men­te, Engels se negó. Pero no nos ade­lan­te­mos. En 1881, como hemos vis­to, Marx insis­tió en que un gobierno socia­lis­ta ha de asus­tar a la bur­gue­sía para obli­gar­le a acep­tar, bajo la pre­sión obre­ra, las medi­das anti­ca­pi­ta­lis­tas impres­cin­di­bles. Marx recor­da­ba así los erro­res y debi­li­da­des de la Comu­na que faci­li­ta­ron el exter­mi­nio en un fre­ne­sí de horror y san­gre.

Este cri­te­rio era una cons­tan­te des­de sus pri­me­ros tex­tos, y en el Mani­fies­to comu­nis­ta de 1848 ya esta­ba teo­ri­za­do de for­ma bási­ca, pero la Comu­na había aña­di­do lec­cio­nes aplas­tan­tes que no debían olvi­dar­se nun­ca por­que su trá­gi­ca debi­li­dad había con­fir­ma­do lo escri­to en el libro pri­me­ro de El Capi­tal de 1867: cuan­do cho­can dos dere­chos igua­les pero anta­gó­ni­cos, el del capi­tal y el del tra­ba­jo, deci­de la fuer­za. El gobierno socia­lis­ta ha de asus­tar a la bur­gue­sía, con­ven­cer­le de que no pue­de apli­car su fuer­za con­tra­rre­vo­lu­cio­na­ria por­que per­de­rá ya que, gra­cias a las medi­das socia­lis­tas toma­das, la fuer­za pro­le­ta­ria es supe­rior.

En 1891 ya esta­ba lega­li­za­da de nue­vo la social­de­mo­cra­cia ale­ma­na y Engels cono­cía el ascen­so del refor­mis­mo en su inte­rior, sobre todo de su obe­dien­cia perru­na al lega­lis­mo. La refe­ren­cia direc­ta que hace al Ban­co de Fran­cia no es casual. Todos los Ban­cos Cen­tra­les son el «alma» de la nación bur­gue­sa, el sanc­ta san­to­rum de la civi­li­za­ción del capi­tal en esa área geo cul­tu­ral pro­duc­to­ra de plus­va­lía y bene­fi­cio, y de acu­mu­la­ción amplia­da de capi­tal, que vie­ne a ser el secre­to de la nación en su for­ma bur­gue­sa. La nacio­na­li­za­ción pro­le­ta­ria del Ban­co Cen­tral es un ata­que tan devas­ta­dor a la pro­pie­dad pri­va­da en su mis­ma raíz que el capi­tal inter­na­cio­nal nun­ca lo acep­ta­rá sin lan­zar la gue­rra de exter­mi­nio más atroz con­tra el socia­lis­mo. Pero la nacio­na­li­za­ción pro­le­ta­ria del Ban­co Cen­tral es una nece­si­dad inelu­di­ble para eman­ci­par a la huma­ni­dad. ¿Enton­ces…? Ade­lan­tán­do­se a la pre­gun­ta, Engels recu­rre a las lec­cio­nes de la Comu­na para adver­tir a la social­de­mo­cra­cia ale­ma­na y a la Segun­da Inter­na­cio­nal: el san­to temor a la pro­pie­dad pri­va­da sig­ni­fi­ca la con­de­na eter­na de la huma­ni­dad a la explo­ta­ción asa­la­ria­da.

Iña­ki Gil de San Vicen­te

Eus­kal Herria, 24 de junio de 2019

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