La narrativa oficial de la «Guerra contra las Drogas», declarada por Richard Nixon en 1971, se presenta como un esfuerzo moral y sanitario global para erradicar el flagelo de las sustancias ilícitas. Sin embargo, un examen histórico y contemporáneo revela una paradoja profunda y cínica, mientras el aparato militar y diplomático estadounidense libra esta «guerra» en el extranjero —especialmente en América Latina — , sus propias fuerzas armadas han dependido y dependen del uso sistemático y a menudo indiscriminado de drogas sintéticas para mantener su capacidad operativa. Esta contradicción no es un fallo del sistema, sino un síntoma de su verdadera naturaleza, la «Guerra contra las Drogas» es, ante todo, un instrumento de proyección de poder geopolítico y control regional.
El vínculo entre ejércitos modernos y estimulantes sintéticos no es nuevo. Como documenta Norman Ohler en En la vorágine total, la Alemania nazi industrializó el uso de la metanfetamina (Pervitín) a partir de 1937. Distribuida masivamente entre sus tropas, esta droga suprimía el miedo, el sueño y la fatiga, creando una ilusión de invencibilidad que alimentó las ofensivas relámpago. Incluso el propio Hitler, a pesar de su fachada de pureza, terminó siendo un adicto a un cóctel de opiáceos y esteroides administrado por su médico personal.
Este know-how farmacológico de guerra no se perdió. Las fuerzas aliadas capturaron y replicaron estos estimulantes. Así comenzó un legado que Estados Unidos heredó y perfeccionó, la farmacologización del soldado como herramienta bélica.
La cronología del uso de drogas sintéticas en las fuerzas armadas estadounidenses es elocuente:
- Segunda Guerra Mundial y Guerra Fría: Adopción y uso de anfetaminas («sal de piloto») por pilotos de la RAF y luego de la USAF para misiones de larga duración.
- Guerra del Golfo (1990−1991): La dextroanfetamina fue consumida por la mayoría de los pilotos de caza durante los bombardeos iniciales.
- Era Contemporánea: El consumo continúa. Se utilizan fármacos como el modafinilo y, de manera masiva y a menudo fuera de control, el Adderall (anfetaminas recetadas para el TDAH) y su pariente químico más potente, la metanfetamina farmacéutica (Desoxyn). Neurocientíficos como Carl Hart de la Universidad de Columbia señalan que el Adderall y la metanfetamina son «prácticamente la misma droga». El ejército los emplea oficialmente para combatir la fatiga en misiones largas, pero su uso se extiende como una herramienta para maximizar el rendimiento y la agresividad, creando una cultura de dependencia química institucionalizada.
La paradoja alcanza su punto más crítico con la crisis del fentanilo dentro de las propias filas. Según datos del Pentágono, al menos 174 militares estadounidenses murieron por sobredosis de esta droga sintética entre 2017 y 2021. El epicentro de esta tragedia es emblemático, Fort Liberty (antes Fort Bragg) en Carolina del Norte, sede de las fuerzas de elite Green Berets y del Comando de Operaciones Especiales. Allí murieron al menos 31 soldados, la cifra más alta en cualquier instalación militar.
Esto revela una realidad, el ejército más poderoso del mundo es incapaz de proteger a sus propios soldados de una sustancia que fluye sin control dentro de sus bases. La «guerra» contra el fentanilo se pierde en casa, mientras se declara en el extranjero.
Entonces, si el consumo no se detiene —ni en la sociedad civil estadounidense ni dentro de su propio ejército — , y la producción se mantiene, ¿cuál es el objetivo real de esta guerra de cincuenta años?
La respuesta, como señala el análisis del Instituto Tricontinental y el Observatorio Lawfare, es geopolítica. La «Guerra contra las Drogas» es la heredera moderna de las Guerras del Opio del siglo XIX, donde el Imperio Británico forzó a China a aceptar el opio para desestabilizarla y controlar su comercio.
Hoy, el monroísmo actualizado utiliza el narcotráfico como justificación para nilitarizar la seguridad interior de países soberanos en América Latina; implementar doctrinas de «nuevas amenazas» que fusionan narcotráfico y terrorismo, permitiendo una intervención ampliada; consolidar un «neoliberalismo de guerra» (como lo llamó Pablo González Casanova) que justifica la represión social, el despojo de recursos y la contención de movimientos populares bajo un «pacto de seguridad». Y atacar la soberanía de gobiernos alternativos y mantener la hegemonía en su patio trasero, como muestran los casos del plan Colombia, las constantes amenazas contra México y la agresión contra el pueblo venezolano en el Caribe.
La coexistencia de un ejército drogado hasta los dientes (legal e ilegalmente) con una guerra exterior infinitamente fallida contra el suministro de esas mismas drogas no es una casualidad. Es la expresión de un sistema imperialista que instrumentaliza las sustancias según su conveniencia, como arma farmacológica para sus tropas, como chivo expiatorio para criminalizar poblaciones marginadas internamente, y como pretexto geopolítico para la intervención y el control permanente sobre América Latina.
La lucha no es contra las drogas; es una guerra por la dominación, donde las drogas sintéticas son tanto la munición de los soldados como la excusa para desplegarlos. Mientras los Green Berets mueren por fentanilo en Carolina del Norte, el Comando Sur justifica su presencia en la región para «aplastar esta actividad criminal». El círculo es perfecto y la hipocresía, estructural. La verdadera adicción que sostiene este sistema es la adicción al poder y al control imperial.
Equipo editorial de puebloenarmas
21 de diciembre de 2025
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