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Groen­lan­dia: cuan­do el garan­te se con­vier­te en amenaza

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La cri­sis trans­atlán­ti­ca, inau­gu­ra­da bajo estos tér­mi­nos al comien­zo de la segun­da admi­nis­tra­ción de Trump, se fue pro­fun­di­zan­do cada vez más mien­tras los líde­res euro­peos inten­ta­ban sor­tear­la vía «diplo­má­ti­ca», bus­can­do no esca­lar, pero solo tuvo como resul­ta­do una mayor subor­di­na­ción a Washington.

Groen­lan­dia no es solo un capí­tu­lo más de la cri­sis trans­atlán­ti­ca, sino un even­to reve­la­dor que deja expues­ta la impo­ten­cia geo­po­lí­ti­ca euro­pea: la inca­pa­ci­dad de ofre­cer una res­pues­ta con­tun­den­te y cohe­ren­te, de garan­ti­zar la segu­ri­dad en su pro­pio terri­to­rio y de deci­dir sobe­ra­na­men­te sobre su futu­ro. Se tra­ta de una encru­ci­ja­da estra­té­gi­ca que obli­ga a repen­sar alian­zas des­de un prag­ma­tis­mo geo­po­lí­ti­co que prio­ri­ce los intere­ses comu­ni­ta­rios fren­te al pro­yec­to trans­atlán­ti­co; una prue­ba de fue­go para las eli­tes y los líde­res euro­peos, y, al mis­mo tiem­po, una posi­ble opor­tu­ni­dad de cam­bio de rum­bo para el continente.

Por estas mis­mas fechas, el año pasa­do ana­li­za­mos el comien­zo del res­que­bra­ja­mien­to de los víncu­los trans­atlán­ti­cos, el nin­gu­neo a las cúpu­las euro­peas, la humi­lla­ción tele­vi­sa­da de sus líde­res y prin­ci­pa­les acto­res, la cri­sis polí­ti­ca, el cues­tio­na­mien­to de los valo­res demo­crá­ti­cos y la incer­ti­dum­bre. Las eli­tes euro­peas veían derrum­bar­se los pila­res que sos­te­nían su accio­nar beli­cis­ta enmar­ca­do en el pro­yec­to del glo­ba­lis­mo atlan­tis­ta mien­tras que­da­ba en evi­den­cia el inte­rés por per­pe­tuar la gue­rra, la depen­den­cia y sumi­sión a Esta­dos Uni­dos, el rol títe­re de Zelensky y Ucra­nia, la cons­truc­ción dis­cur­si­va y el doble rase­ro alre­de­dor de la retó­ri­ca de los valo­res del orden basa­do en nor­mas y la pér­di­da de impor­tan­cia como actor geo­po­lí­ti­co de rele­van­cia en la are­na inter­na­cio­nal, inclu­so en su pro­pio territorio.

Cerra­mos el año con­fir­man­do que la eli­te glo­ba­lis­ta de la UE libra­ba una doble gue­rra híbri­da: una, cons­trui­da y pro­mo­vi­da acti­va­men­te con­tra Rusia, y, otra, la que hoy comien­za a pade­cer fren­te a Esta­dos Uni­dos bajo la pre­si­den­cia de Trump. La pri­me­ra no fue una gue­rra impues­ta des­de Mos­cú ni un con­flic­to que Euro­pa sufrie­ra de mane­ra pasi­va, sino una con­fron­ta­ción impul­sa­da por el beli­cis­mo euro­peo y la OTAN como par­te de una estra­te­gia orien­ta­da a sos­te­ner la repro­duc­ción del pro­yec­to glo­ba­lis­ta atlan­tis­ta, inclu­so a cos­ta de los pro­pios intere­ses eco­nó­mi­cos, ener­gé­ti­cos y socia­les del continente.

En ese mar­co, fue­ron las mis­mas eli­tes euro­peas las que sabo­tea­ron sis­te­má­ti­ca­men­te cual­quier inten­to de nor­ma­li­za­ción de la gue­rra proxy en Ucra­nia, apos­tan­do a una esca­la­da per­ma­nen­te que bus­ca­ba arras­trar a Washing­ton a una con­fron­ta­ción total con Rusia, bajo la ilu­sión de que esa estra­te­gia no ten­dría cos­tos para Euro­pa. La dife­ren­cia es sus­tan­cial: mien­tras la gue­rra híbri­da con­tra Rusia fue una cons­truc­ción deli­be­ra­da del blo­que glo­ba­lis­ta euro­peo, la que hoy emer­ge des­de Esta­dos Uni­dos es real, direc­ta y coer­ci­ti­va, con un Trump que ame­na­za, pre­sio­na y expo­ne sin eufe­mis­mos la subor­di­na­ción estra­té­gi­ca europea.

Aun­que las eli­tes euro­peas des­can­sa­ron duran­te déca­das bajo el ala del águi­la, con el rela­to del alia­do y del socio estra­té­gi­co, lo cier­to es que esa rela­ción impli­có una subor­di­na­ción pro­gre­si­va del con­ti­nen­te a los intere­ses de Washington.

No se tra­ta de un des­vío coyun­tu­ral, sino de una polí­ti­ca de Esta­do esta­dou­ni­den­se sos­te­ni­da his­tó­ri­ca­men­te para man­te­ner a Euro­pa estra­té­gi­ca­men­te subor­di­na­da. Sin embar­go, el esce­na­rio actual com­bi­na esa lógi­ca estruc­tu­ral con una cri­sis auto­in­fli­gi­da por las pro­pias eli­tes glo­ba­lis­tas euro­peas, que duran­te la admi­nis­tra­ción Biden pro­fun­di­za­ron la depen­den­cia ener­gé­ti­ca, indus­trial y estra­té­gi­ca del con­ti­nen­te en nom­bre del pro­yec­to glo­ba­lis­ta atlan­tis­ta. El sabo­ta­je al Nord Stream, el régi­men de san­cio­nes y la ges­tión beli­cis­ta del con­flic­to en Ucra­nia no solo fue­ron impo­si­cio­nes exter­nas, sino deci­sio­nes polí­ti­cas asu­mi­das dis­ci­pli­na­da­men­te por Bru­se­las. Lo que irrum­pe aho­ra con Trump es dis­tin­to, una ofen­si­va direc­ta con­tra ese mis­mo pro­yec­to glo­ba­lis­ta, cuya implo­sión que­dó trans­pa­ren­ta­da en Davos, una cum­bre que ade­más mar­có el acta de defun­ción del orden basa­do en nor­mas. Allí no solo Esta­dos Uni­dos aban­do­na esa narra­ti­va, sino que expo­ne la frac­tu­ra de Occi­den­te como pro­yec­to y dejan­do a las eli­tes euro­peas sin rela­to, sin pro­tec­ción y sin mar­gen de maniobra.

Groen­lan­dia exhi­be así que la UE y la OTAN care­ce de con­trol efec­ti­vo y capa­ci­dad de deci­sión sobre el rum­bo geo­po­lí­ti­co de su polí­ti­ca. Trump solo ha deve­la­do, con total humi­lla­ción para los euro­peos, lo que antes esta­ba encu­bier­to bajo retó­ri­cas de uni­dad trans­atlán­ti­ca y orden basa­do en nor­mas y valores.

Groen­lan­dia tam­po­co inau­gu­ra la cri­sis inter­na que vive Euro­pa, la exhi­be. Y Trump es cons­cien­te de esto.

El ACI y la ilu­sión de la disua­sión europea

Una de las pri­me­ras reac­cio­nes euro­peas ante la ame­na­za de Trump, ade­más de la con­de­na y el inten­to de envío de un puña­do de mili­ta­res a Groen­lan­dia, fue deba­tir sobre la posi­bi­li­dad de acti­var el ins­tru­men­to anti­coer­ción (ACI), un meca­nis­mo que tie­ne como prin­ci­pal obje­ti­vo la disua­sión de paí­ses ter­ce­ros de coac­cio­nar a la UE, más que la apli­ca­ción en sí. De hecho, el ACI fue dise­ña­do para uti­li­zar­se fren­te a Rusia y China.

Tam­bién ame­na­za­ron con acti­var y apli­car la lis­ta de aran­ce­les con­tra pro­duc­tos esta­dou­ni­den­ses por un valor de 93.000 millo­nes de euros que ya había esta­do sobre la mesa en las ten­sio­nes de la gue­rra aran­ce­la­ria de mitad del año pasa­do. Dicho sea de paso vale recor­dar que esa gue­rra de aran­ce­les duró poco dado que von der Leyen ter­mi­nó acep­tan­do no solo un acuer­do aran­ce­la­rio sino tam­bién el com­pro­mi­so de com­prar arma­men­to y ener­gía a Esta­dos Uni­dos por un núme­ro exorbitante.

Sin embar­go, el ACI que no fue dise­ña­do para ser una herra­mien­ta de con­fron­ta­ción sos­te­ni­da, en espe­cial con­tra Esta­dos Uni­dos, su efi­ca­cia disua­so­ria depen­de de la cre­di­bi­li­dad polí­ti­ca de quien lo empu­ña. El hecho de que su posi­ble acti­va­ción se dis­cu­ta mien­tras Groen­lan­dia está sien­do acor­da­da en una nego­cia­ción direc­ta entre Washing­ton y la OTAN expo­ne el lími­te estruc­tu­ral de esta estrategia.

Aún así, la creen­cia de que la UE pue­da disua­dir a Esta­dos Uni­dos a par­tir del plano comer­cial es ilu­so­ria. No por­que lo comer­cial no ten­ga peso sino por­que el con­flic­to real no se jue­ga en ese terreno.

Inclu­so si la Unión Euro­pea deci­die­ra avan­zar por ese camino, el deba­te sobre las con­se­cuen­cias comer­cia­les y eco­nó­mi­cas resul­ta secun­da­rio fren­te a su impac­to polí­ti­co inme­dia­to. No es nece­sa­rio que la eco­no­mía colap­se para que el sis­te­ma entre en cri­sis, alcan­za con que algu­nos sec­to­res cla­ve se vean afec­ta­dos para acti­var una cade­na de efec­tos en una Euro­pa que ya se encuen­tra en la cuer­da floja.

Así, se reve­la­rían dos situa­cio­nes, si la UE no acti­va el ACI, admi­te que care­ce de capa­ci­dad para defen­der inclu­so la sobe­ra­nía de sus Esta­dos miem­bros; si lo acti­va, que­dan expues­tas todas sus depen­den­cias estra­té­gi­cas fren­te a Esta­dos Uni­dos. Con la acti­va­ción del ACI se tras­la­da­ría el con­flic­to del plano comer­cial al estra­té­gi­co, lo que evi­den­cia­ría las múl­ti­ples depen­den­cias euro­peas en mate­ria de segu­ri­dad, ener­gía, arma­men­to y finan­cia­mien­to, ámbi­tos en los que Esta­dos Uni­dos con­ser­va una capa­ci­dad de coer­ción muy supe­rior. De esta mane­ra, el ACI se con­vier­te en una herra­mien­ta de disua­sión para un actor que no pue­de sos­te­ner la disuasión.

Por lo tan­to, que­da cla­ro que el deba­te ni siquie­ra redun­da en si una gue­rra de aran­ce­les sería eco­nó­mi­ca­men­te sopor­ta­ble para la Unión Euro­pea o para Esta­dos Uni­dos. Inclu­so acep­tan­do los datos que mues­tran una inter­de­pen­den­cia pro­fun­da entre ambas eco­no­mías, ese enfo­que resul­ta insu­fi­cien­te. La inter­de­pen­den­cia no eli­mi­na las jerar­quías, no neu­tra­li­za la coer­ción ni garan­ti­za igual­dad de capa­ci­da­des estratégicas.

De hecho, la cri­sis en torno a Groen­lan­dia no se está resol­vien­do en Bru­se­las, no pasó por la Comi­sión ni el Par­la­men­to Euro­peo, ni tam­po­co se lle­gó a una deci­sión euro­pea común. El posi­ble acuer­do se dis­cu­tió entre Washing­ton y la OTAN, con­fir­man­do que, en los asun­tos estra­té­gi­cos, la UE no actúa como un actor sobe­rano uni­fi­ca­do ni posee rele­van­cia geo­po­lí­ti­ca con poder disua­so­rio, ni siquie­ra para su supues­to «alia­do».

En este sen­ti­do, la UE, con múl­ti­ples Esta­dos, intere­ses nacio­na­les con­tra­dic­to­rios, con con­sen­so frá­gil, sumi­da en múl­ti­ples cri­sis, subor­di­na­da estra­té­gi­ca­men­te a quien hoy es su prin­ci­pal ame­na­za, con la crea­ti­vi­dad por el sue­lo y un rol geo­po­lí­ti­co nulo, se frag­men­ta aún más a par­tir de la pre­sión exter­na. Se des­le­gi­ti­ma la Comi­sión Euro­pea, se vuel­ve inca­paz de tener poder de disua­sión y nego­cia­ción comu­ni­ta­ria y se pro­fun­di­zan las frac­tu­ras internas.

En este con­tex­to, Groen­lan­dia vuel­ve a exhi­bir con cru­de­za la impo­ten­cia geo­po­lí­ti­ca de una Unión Euro­pea subor­di­na­da a Washing­ton y sin mar­gen real de manio­bra. La UE no posee capa­ci­dad de deter­mi­na­ción sobre terri­to­rios estra­té­gi­cos de sus pro­pios Esta­dos miem­bros, care­ce de poder de res­pues­ta autó­no­mo y no tie­ne peso para sos­te­ner una con­fron­ta­ción direc­ta con Esta­dos Unidos.

Esta situa­ción no es coyun­tu­ral, sino el resul­ta­do de una subor­di­na­ción estruc­tu­ral que vació de con­te­ni­do la narra­ti­va del «alia­do», del «socio estra­té­gi­co» y del «orden basa­do en nor­mas». Trump rom­pe abier­ta­men­te con esa retó­ri­ca, no le impor­tan los cos­tos polí­ti­cos para Euro­pa ni lo que los euro­peos pue­dan «hacer­le» en repre­sa­lia. La decla­ra­ción de Ursu­la von der Leyen en Davos, cuan­do men­cio­nó la nece­si­dad de ace­le­rar la inde­pen­den­cia euro­pea en segu­ri­dad, defen­sa y eco­no­mía, evi­den­cia un cla­ro reco­no­ci­mien­to de esa depen­den­cia, aun­que sin asu­mir explí­ci­ta­men­te de quién depen­de Europa.

La UE no es hoy un suje­to geo­po­lí­ti­co, no con­tro­la su segu­ri­dad, no con­tro­la su ener­gía y no pue­de impe­dir la inter­ven­ción esta­dou­ni­den­se en terri­to­rios cla­ve de sus pro­pios Esta­dos miem­bros. Cuan­do el garan­te se con­vier­te en ame­na­za, Euro­pa «des­cu­bre» que ya no tie­ne poder, ni alia­dos, ni mar­gen de maniobra.

¿Por qué Trump ame­na­za a sus pro­pios socios?

Si enten­de­mos a la UE y a la OTAN como dis­po­si­ti­vos de domi­na­ción que Washing­ton ha crea­do para man­te­ner a sus socios euro­peos subor­di­na­dos, cabe pre­gun­tar­se por qué Trump pre­sio­na con ame­na­zas que ero­sio­nan a dichas ins­ti­tu­cio­nes. Resul­ta impor­tan­te com­pren­der que no exis­te inte­rés por hun­dir a la UE o a la OTAN, sino de dis­ci­pli­nar­la. El mis­mo man­da­ta­rio esta­dou­ni­den­se lo vie­ne dicien­do des­de la cam­pa­ña y lo reite­ró esta sema­na en Davos, no está de acuer­do con el rum­bo al que están empu­jan­do las eli­tes euro­peas al blo­que. Inclu­so en la mis­ma Estra­te­gia de Segu­ri­dad Nacio­nal de Esta­dos Uni­dos pre­sen­ta­da a fines del 2025, se cali­fi­ca a la UE como un ente que «soca­va la liber­tad polí­ti­ca y la sobe­ra­nía», qui­tán­do­le legi­ti­mi­dad estra­té­gi­ca al pro­yec­to inte­gra­dor de Bru­se­las, bas­tión del glo­ba­lis­mo euro­peo que ha ser­vi­do para impo­ner la polí­ti­ca exte­rior del continente.

Washing­ton no bus­ca una Euro­pa cohe­sio­na­da, autó­no­ma, con capa­ci­dad de deci­sión estra­té­gi­ca pro­pia, mucho menos diri­gi­da por glo­ba­lis­tas, sino una Euro­pa frag­men­ta­da pero ali­nea­da. Así, la ofen­si­va polí­ti­ca de Trump apun­ta a des­le­gi­ti­mar, frag­men­tar y dis­ci­pli­nar a las eli­tes comunitarias.

En esta nue­va estra­te­gia, Washing­ton ha ente­rra­do defi­ni­ti­va­men­te el man­tra de la «defen­sa del orden basa­do en nor­mas y valo­res», retó­ri­ca glo­ba­lis­ta de uni­dad occi­den­tal, para sus­ti­tuir­lo por un rea­lis­mo cru­do don­de Euro­pa ya no es el socio con el que se lucha codo a codo, sino un recur­so logís­ti­co y un mer­ca­do cau­ti­vo suje­to a los intere­ses estadounidenses.

La Comi­sión Euro­pea y las estruc­tu­ras supra­na­cio­na­les de Bru­se­las son per­ci­bi­das como un obs­tácu­lo. Trump cri­ti­ca a las polí­ti­cas cen­tra­li­za­das y auto­ri­ta­rias que tie­ne la UE y la CE que se han impues­to sobre los intere­ses nacio­na­les: «que­re­mos que Euro­pa siga sien­do euro­pea, que recu­pe­re su con­fian­za civi­li­za­to­ria y que aban­do­ne su enfo­que falli­do en la asfi­xia regu­la­to­ria». Seña­la con­tun­den­te­men­te que «la Admi­nis­tra­ción Trump se encuen­tra en des­acuer­do con los fun­cio­na­rios euro­peos que man­tie­nen expec­ta­ti­vas poco rea­lis­tas sobre la gue­rra, apos­ta­dos en gobier­nos mino­ri­ta­rios ines­ta­bles, muchos de los cua­les piso­tean los prin­ci­pios bási­cos de la demo­cra­cia para supri­mir a la opo­si­ción»; mien­tras que anun­cia explí­ci­ta­men­te que «Esta­dos Uni­dos alien­ta a sus alia­dos polí­ti­cos en Euro­pa a pro­mo­ver este rena­ci­mien­to del espí­ri­tu y la cre­cien­te influen­cia de los par­ti­dos patrió­ti­cos euro­peos da, de hecho, moti­vos para un gran optimismo».

Así, Trump esta­ble­ce la pre­fe­ren­cia de una Euro­pa de nacio­nes pro­tec­cio­nis­tas con las que pue­da nego­ciar bila­te­ral­men­te fijan­do las con­di­cio­nes sin la media­ción de la buro­cra­cia comu­ni­ta­ria. «For­ta­le­cer las nacio­nes sanas de Euro­pa Cen­tral, Orien­tal y del Sur a tra­vés de víncu­los comer­cia­les, ven­ta de armas, cola­bo­ra­ción polí­ti­ca e inter­cam­bios cul­tu­ra­les y edu­ca­ti­vos» seña­la sin tapu­jos la Estra­te­gia de Washing­ton ali­men­tan­do a las «fuer­zas patrió­ti­cas» ope­ran­do sobre el res­que­bra­ja­mien­to de la estruc­tu­ra de poder glo­ba­lis­ta con­tro­la­do por Ale­ma­nia, Fran­cia y la CE.

Des­de esta pers­pec­ti­va, Esta­dos Uni­dos per­mi­te a la Unión Euro­pea mien­tras no desa­rro­lle una polí­ti­ca exte­rior pro­pia, no cons­tru­ya una defen­sa autó­no­ma y no alcan­ce sobe­ra­nía ener­gé­ti­ca. Euro­pa se esta­ble­ce como un espa­cio tute­la­do con la UE como apa­ra­to nor­ma­ti­vo y esto es estra­te­gia esta­dou­ni­den­se que atra­vie­sa las dis­tin­tas administraciones.

Mien­tras este artícu­lo se escri­bía, el pre­si­den­te ruso Vla­di­mir Putin decla­ró que la dispu­ta por Groen­lan­dia «no le con­cier­ne» a Rusia y, alu­dien­do a la his­tó­ri­ca ven­ta de Alas­ka, esti­mó un valor hipo­té­ti­co de entre 200 y 1.000 millo­nes de dóla­res. La afir­ma­ción no solo bana­li­za la sobe­ra­nía terri­to­rial, al redu­cir­la a un pre­cio de mer­ca­do, sino que evi­den­cia una manio­bra dis­cur­si­va que pivo­tea sobre las frac­tu­ras abier­tas en Occi­den­te, den­tro de la OTAN y entre Esta­dos Uni­dos y Europa.

Micae­la Cons­tan­ti­ni, licen­cia­da en Comu­ni­ca­ción Social, perio­dis­ta y par­te del equi­po de PIA Global.

23 de enero de 2026

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