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Cómo Israel está ero­sio­nan­do la vida de los pales­ti­nos en Cisjordania

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Hoy en día, una trans­for­ma­ción silen­cio­sa avanza

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en Cis­jor­da­nia. No se tra­ta de la mis­ma for­ma de vio­len­cia espec­ta­cu­lar que anta­ño domi­na­ba las noti­cias mun­dia­les en Gaza, pero es más metó­di­ca y dura­de­ra, y más difí­cil de interrumpir.

Se desa­rro­lla en tres pro­ce­sos apa­ren­te­men­te inco­ne­xos: la gue­rra finan­cie­ra con­tra la vida eco­nó­mi­ca pales­ti­na, el terro­ris­mo de colo­nos res­pal­da­do por el Esta­do y la lega­li­za­ción de la ane­xión. Lo que une a estos pro­ce­sos no es sim­ple­men­te que se pro­duz­can en el mis­mo terri­to­rio al mis­mo tiem­po, sino su arqui­tec­tu­ra com­par­ti­da: for­man par­te de un régi­men de com­pre­sión que no des­tru­ye por com­ple­to la vida pales­ti­na, sino que la res­trin­ge sistemáticamente.

Cada meca­nis­mo ope­ra a tra­vés de un regis­tro dife­ren­te —uno a tra­vés de la liqui­dez, otro a tra­vés de la vio­len­cia, otro a tra­vés de la ley— pero todos con­ver­gen en el mis­mo obje­ti­vo: redu­cir el cam­po para que la vida pales­ti­na continúe.

Todo esto ocu­rre dis­cre­ta­men­te, mien­tras el mun­do pare­ce ale­jar­se de Pales­ti­na. Des­pués de todo, los movi­mien­tos glo­ba­les fue­ron con­vo­ca­dos por el horror de las masa­cres dia­rias, pero en Cis­jor­da­nia todo pare­ce inmu­ta­ble a sim­ple vis­ta. El paso dia­rio por los pues­tos de con­trol se ha con­ver­ti­do en un ritual. Más de 42.000 refu­gia­dos palestinos

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de los cam­pa­men­tos de Yenín y Tul­ka­rem siguen des­pla­za­dos, vivien­do una ten­sión laten­te que se resis­te a resolverse.

A medi­da que las masa­cres en Gaza cam­bian de for­ma y pier­den su fuer­za más espec­ta­cu­lar, los movi­mien­tos que las pro­tes­tan fla­quean, y la soli­da­ri­dad reve­la su depen­den­cia de la san­gre y la catás­tro­fe. Cuan­do el horror se vuel­ve menos tele­vi­si­vo, la aten­ción se dis­per­sa: un som­brío refle­jo del esta­do de la eco­no­mía glo­bal de la atención.

Este movi­mien­to inter­mi­na­ble ha hecho más que ago­tar la aten­ción: está sen­tan­do las bases para que otros actos de vio­len­cia con­ti­núen sin ser detec­ta­dos en Cisjordania.

Así es como el régi­men de com­pre­sión israe­lí con­ti­núa ero­sio­nan­do las con­di­cio­nes de exis­ten­cia palestina.

Blo­queos financieros

Cis­jor­da­nia se enfren­ta a una gra­ve cri­sis ban­ca­ria y de liquidez

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impul­sa­da por las anti­guas limi­ta­cio­nes israe­líes al cam­bio de divi­sas, en vir­tud del Pro­to­co­lo de París de 1994. Duran­te casi tres déca­das, Israel ha limi­ta­do infor­mal­men­te la con­ver­sión anual de she­kels de los ban­cos pales­ti­nos a 18.000 millo­nes de NIS, una cifra que no ha segui­do el rit­mo del cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co pales­tino. Como resul­ta­do, los ban­cos pales­ti­nos han acu­mu­la­do gran­des exce­den­tes de she­kels israe­líes que no pue­den con­ver­tir a divi­sas extran­je­ras como dóla­res esta­dou­ni­den­ses o dina­res jor­da­nos. En mayo de 2024, la Auto­ri­dad Mone­ta­ria Pales­ti­na prohi­bió a los ban­cos acep­tar she­kels adi­cio­na­les, lo que ha pro­vo­ca­do per­tur­ba­cio­nes gene­ra­li­za­das: las per­so­nas han teni­do difi­cul­ta­des para depo­si­tar che­ques, las empre­sas no han podi­do depo­si­tar ingre­sos y algu­nos resi­den­tes se han vis­to obli­ga­dos a inver­tir en descubierto.

La esca­sez de mone­da con­ver­ti­ble tam­bién ha ali­men­ta­do un mer­ca­do negro don­de los she­kels se cam­bian a tipos de cam­bio sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te infe­rio­res al ofi­cial. La cri­sis se ha vis­to agra­va­da por la reduc­ción del acce­so de la mano de obra pales­ti­na a Israel des­de octu­bre de 2023, lo que ha res­trin­gi­do el flu­jo de sala­rios que antes pro­por­cio­na­ba una fuen­te cons­tan­te de divisas.

En los últi­mos meses, el minis­tro de Finan­zas israe­lí, Beza­lel Smo­trich, ha toma­do medi­das adi­cio­na­les que los pales­ti­nos con­si­de­ran inten­tos de debi­li­tar aún más la coor­di­na­ción eco­nó­mi­ca: se ha opues­to a aumen­tar el lími­te de con­ver­sión del she­kel y ha orde­na­do la can­ce­la­ción de una garan­tía ban­ca­ria del gobierno israe­lí (una espe­cie de car­ta de «indem­ni­za­ción») que pro­te­ge a los ban­cos israe­líes al cola­bo­rar con ins­ti­tu­cio­nes ban­ca­rias pales­ti­nas. Si bien esta revo­ca­ción aún no ha entra­do en vigor for­mal­men­te, refle­ja un cam­bio más amplio en la polí­ti­ca israe­lí, cuyo obje­ti­vo es limi­tar la coope­ra­ción finan­cie­ra con la Auto­ri­dad Pales­ti­na y crear las con­di­cio­nes para una cri­sis sos­te­ni­da en el sis­te­ma ban­ca­rio palestino.

Lo que la cri­sis ban­ca­ria arti­fi­cial reve­la no es una abe­rra­ción, sino una lógi­ca domi­nan­te: el blo­queo como méto­do. La ame­na­za de reti­rar las sal­va­guar­dias de la ban­ca corres­pon­sal no fue sim­ple­men­te una manio­bra finan­cie­ra; expu­so el estran­gu­la­mien­to estruc­tu­ral arrai­ga­do en la eco­no­mía pales­ti­na. Dado que los ban­cos pales­ti­nos depen­den de sus con­tra­par­tes israe­líes para la com­pen­sa­ción de she­kels y el pro­ce­sa­mien­to de las tran­sac­cio­nes trans­fron­te­ri­zas, todo el sis­te­ma mone­ta­rio per­ma­ne­ce media­do exter­na­men­te. La nega­ti­va a absor­ber los exce­den­tes de she­kels, la con­ge­la­ción o el retra­so de los meca­nis­mos de com­pen­sa­ción y la ame­na­za perió­di­ca de rom­per los víncu­los ban­ca­rios indem­ni­za­dos con­for­man un régi­men de inte­rrup­ción con­tro­la­da. Al igual que los pues­tos de con­trol físi­cos, este sis­te­ma esta­ble­ce pues­tos de con­trol financieros.

El blo­queo ope­ra res­trin­gien­do la cir­cu­la­ción de divi­sas, liqui­dez y cré­di­to, has­ta que la vida eco­nó­mi­ca se ralen­ti­za has­ta el bor­de de la asfi­xia. No se tra­ta de un colap­so en el sen­ti­do dra­má­ti­co, sino de algo más cal­cu­la­do. Los sis­te­mas finan­cie­ros depen­den de la con­fian­za: la expec­ta­ti­va de que los depó­si­tos estén segu­ros, de que haya liqui­dez dis­po­ni­ble, de que los cana­les de corres­pon­sa­lía per­ma­nez­can abier­tos. Al ame­na­zar repe­ti­da­men­te con eli­mi­nar las sal­va­guar­dias e inte­rrum­pir los pro­ce­sos de com­pen­sa­ción, Israel infun­de incer­ti­dum­bre en el flu­jo san­guí­neo de las finan­zas pales­ti­nas. Los ban­cos siguen ope­ran­do, pero bajo una pre­sión per­ma­nen­te. Los depo­si­tan­tes per­ma­ne­cen, pero con una ansie­dad cre­cien­te. La Auto­ri­dad Mone­ta­ria Pales­ti­na tran­qui­li­za, pero la pro­pia tran­qui­li­dad se con­vier­te en par­te del ciclo de ges­tión de crisis.

El blo­queo, por lo tan­to, pro­du­ce pre­ca­rie­dad cró­ni­ca en lugar de una implo­sión inme­dia­ta. Vacía las ins­ti­tu­cio­nes des­de den­tro, ero­sio­nan­do la con­fian­za, a la vez que man­tie­ne la facha­da de nor­ma­li­dad. Como estra­te­gia colo­nial, el blo­queo pre­ce­de a la demo­li­ción. Pre­pa­ra el terreno. El sec­tor ban­ca­rio pales­tino, antes pre­sen­ta­do como un pilar de rela­ti­va esta­bi­li­dad, se con­vier­te en el lugar don­de la ausen­cia de sobe­ra­nía se sien­te con mayor intensidad.

La capa­ci­dad de res­trin­gir la cir­cu­la­ción trans­for­ma la depen­den­cia eco­nó­mi­ca en influen­cia polí­ti­ca. El blo­queo es el pri­mer movi­mien­to de una secuen­cia que bus­ca des­man­te­lar el mun­do pales­tino: no solo median­te una des­truc­ción espec­ta­cu­lar, sino cerran­do silen­cio­sa­men­te los cana­les que lo sus­ten­tan. Empu­ja a los pales­ti­nos —comer­cian­tes, comer­cian­tes, empre­sa­rios y tra­ba­ja­do­res por igual— al bor­de del abis­mo, don­de la vida eco­nó­mi­ca se redu­ce a la mera super­vi­ven­cia y el bor­de se con­vier­te no en una excep­ción, sino en una condición.

Terror de los colonos

Lo que comen­zó como los pasos soli­ta­rios de un colono que des­cen­día de la gran­ja Nahal Adasha hacia Khir­bet al-Hala­wa se con­vir­tió en un espec­tácu­lo coor­di­na­do de domi­na­ción en Masa­fer Yat­ta, al sur de Cis­jor­da­nia. Tras un alter­ca­do con los resi­den­tes, el colono pidió refuer­zos; lle­ga­ron dece­nas, algu­nos arma­dos, a los que pron­to se unie­ron sol­da­dos israe­líes. Duran­te horas, según tes­ti­gos pales­ti­nos, los colo­nos gol­pea­ron a los resi­den­tes, roba­ron doce­nas de ove­jas, incen­dia­ron pro­pie­da­des y reser­vas de leña, rom­pie­ron ven­ta­nas y rocia­ron casas con gas pimien­ta. Los hom­bres fue­ron dete­ni­dos y obli­ga­dos a sen­tar­se en el sue­lo, las muje­res y los niños fue­ron agre­di­dos, y las ambu­lan­cias fue­ron obstruidas.

En la cer­ca­na Khir­bet al-Fakhit, un hom­bre de 48 años fue hos­pi­ta­li­za­do con frac­tu­ra de crá­neo y hemo­rra­gia cere­bral, mien­tras que su ancia­na madre resul­tó heri­da a su lado. Al caer la noche, las ove­jas fue­ron con­du­ci­das hacia pues­tos de avan­za­da y asen­ta­mien­tos, y la vio­len­cia se exten­dió de una aldea a otra en lo que los resi­den­tes des­cri­bie­ron como una incur­sión planificada.

Duran­te gran par­te del epi­so­dio de seis horas, las fuer­zas israe­líes estu­vie­ron pre­sen­tes. Los aldea­nos rela­tan que los sol­da­dos se que­da­ron de bra­zos cru­za­dos mien­tras se lle­va­ban el gana­do y, en algu­nos momen­tos, res­trin­gie­ron el movi­mien­to del per­so­nal médi­co que inten­ta­ba lle­gar a los heri­dos. Dos muje­res pales­ti­nas fue­ron arres­ta­das y pos­te­rior­men­te libe­ra­das sin car­gos. Lo que expe­ri­men­ta­ron los pales­ti­nos no fue sim­ple­men­te vio­len­cia mul­ti­tu­di­na­ria, sino una coreo­gra­fía de impu­ni­dad en la que la arqui­tec­tu­ra de la ocu­pa­ción —pues­tos de avan­za­da civi­les, colo­nos arma­dos y sol­da­dos uni­for­ma­dos— con­ver­gió para pro­du­cir des­po­jo en tiem­po real.

Esta esce­na no es nue­va. Es la gra­má­ti­ca de la vida en el Área C, el 60% de Cis­jor­da­nia bajo pleno con­trol israe­lí. En estas exten­sio­nes mar­gi­na­les, la cons­truc­ción pales­ti­na se redu­ce al míni­mo y la per­ma­nen­cia se con­si­de­ra una pro­vo­ca­ción. La vida sigue rit­mos esta­cio­na­les: la cose­cha de acei­tu­nas, el pas­to­reo de reba­ños, el len­to des­pla­za­mien­to por terre­nos abier­tos. Estos no son espa­cios vacíos. Son geo­gra­fías vivi­das, sus­ten­ta­das por rutas de pas­to­reo, sen­de­ros y cui­da­dos here­da­dos. Sin embar­go, su aper­tu­ra los hace vul­ne­ra­bles. Están expues­tos a la inva­sión y a la inti­mi­da­ción orquestada

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, a un régi­men que inter­pre­ta la movi­li­dad mis­ma como una reivindicación.

La vio­len­cia es mul­ti­di­rec­cio­nal. El colono imi­ta al pales­tino y que­ma la tie­rra; imi­ta el pas­to­reo inclu­so mien­tras sacri­fi­ca al reba­ño; pren­de fue­go a los oli­vos y des­ga­rra la mis­ma tie­rra de la que extraen su tenaz vida. El ata­que a Masa­fer Yat­ta no fue un esta­lli­do ais­la­do. Inci­den­tes simi­la­res se han docu­men­ta­do en Cis­jor­da­nia con una fre­cuen­cia cada vez mayor des­de octu­bre de 2023: en al-Tuwani

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, don­de los colo­nos impi­die­ron a los agri­cul­to­res acce­der a sus tie­rras duran­te la cose­cha de acei­tu­nas; en Susi­ya, don­de la expan­sión de los pues­tos de avan­za­da ha expul­sa­do a las fami­lias de las zonas de pas­to­reo que han uti­li­za­do duran­te gene­ra­cio­nes; en Jin­ba, don­de las desig­na­cio­nes mili­ta­res de «zona de tiro» se han con­ver­ti­do en armas para faci­li­tar el des­pla­za­mien­to. El patrón es con­sis­ten­te: la vio­len­cia crea hechos sobre el terreno que lue­go las medi­das admi­nis­tra­ti­vas consolidan.

Pero, más que nada, el terror de los colo­nos bus­ca con­fi­nar, demo­ler y hacer la vida invivible

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: com­pri­mir la exis­ten­cia en recin­tos cada vez más estre­chos don­de la par­ti­da empie­za a apa­re­cer como el úni­co hori­zon­te res­tan­te. Lo que dis­tin­gue el momen­to actual no es la inven­ción de estas tác­ti­cas, sino su inten­si­fi­ca­ción y coordinación.

El terro­ris­mo de los colo­nos siem­pre ha sido una carac­te­rís­ti­ca de la ocu­pa­ción, pero aho­ra ope­ra con un des­ca­ro que tam­bién impli­ca la apro­ba­ción ofi­cial. Los minis­tros israe­líes cele­bran abier­ta­men­te los ata­ques. Las inves­ti­ga­cio­nes poli­cia­les son super­fi­cia­les o inexis­ten­tes. El men­sa­je es cla­ro: la pre­sen­cia pales­ti­na es pro­vi­sio­nal, suje­ta a revo­ca­ción median­te una com­bi­na­ción de res­tric­cio­nes lega­les e inti­mi­da­ción física.

Ane­xión y legalización

Lo que se ha pro­du­ci­do no es una pro­cla­ma­ción dra­má­ti­ca de sobe­ra­nía, sino algo mucho más insi­dio­so: un sigi­lo­so endu­re­ci­mien­to del con­trol. En los últi­mos meses, el gobierno israe­lí ha impul­sa­do una serie de medidas

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que fun­cio­nan como ins­tru­men­tos de absor­ción terri­to­rial. En enero, la Kné­set apro­bó una ley que lega­li­za de hecho dece­nas de asen­ta­mien­tos avan­za­dos cons­trui­dos en tie­rras pales­ti­nas pri­va­das, otor­gán­do­les retro­ac­ti­va­men­te esta­tus ofi­cial. La ley per­mi­te a los colo­nos recla­mar la pro­pie­dad de las tie­rras que han ocu­pa­do, a menu­do duran­te años, ale­gan­do que su pre­sen­cia fue auto­ri­za­da, inclu­so cuan­do dicha auto­ri­za­ción no exis­tía. En teo­ría, los pro­pie­ta­rios pales­ti­nos tie­nen dere­cho a una indem­ni­za­ción, pero el meca­nis­mo para obte­ner­la es engo­rro­so, requie­re la inter­ven­ción de los tri­bu­na­les israe­líes y no ofre­ce garan­tías de éxito.

Simul­tá­nea­men­te, el gobierno ha toma­do medi­das para fle­xi­bi­li­zar las res­tric­cio­nes a la expan­sión de los asen­ta­mien­tos. Los comi­tés de pla­ni­fi­ca­ción, que antes reque­rían coor­di­na­ción con la Admi­nis­tra­ción Civil —el orga­nis­mo mili­tar israe­lí que gobier­na el Área C — , aho­ra pue­den apro­bar la cons­truc­ción con mayor rapi­dez. Se han agi­li­za­do los pro­ce­sos de revi­sión ambien­tal. Las eva­lua­cio­nes arqueo­ló­gi­cas, que antes retra­sa­ban algu­nos pro­yec­tos, aho­ra se agi­li­zan o se exi­men de su apli­ca­ción. El efec­to acu­mu­la­ti­vo es la eli­mi­na­ción de las tra­bas buro­crá­ti­cas que, en oca­sio­nes, habían fre­na­do el cre­ci­mien­to de los asen­ta­mien­tos. Lo que antes era gra­dual se acelera.

Estas medi­das se pre­sen­tan como ajus­tes admi­nis­tra­ti­vos, pero fun­cio­nan como ins­tru­men­tos de absor­ción terri­to­rial. La ane­xión no se decla­ra, sino que se sedi­men­ta, capa por capa, per­mi­so por per­mi­so, regis­tro por registro.

Al abrir los regis­tros de tie­rras y eli­mi­nar las sal­va­guar­dias, el Esta­do trans­for­ma el pai­sa­je en un mer­ca­do don­de con­ver­gen el poder, el capi­tal y la coer­ción. La vio­len­cia es buro­crá­ti­ca, su len­gua­je téc­ni­co, pero su efec­to ine­quí­vo­ca­men­te polí­ti­co: la supre­sión pro­gre­si­va de la pre­sen­cia espa­cial pales­ti­na en favor de una rei­vin­di­ca­ción sobe­ra­na que avan­za sin siquie­ra nombrarse.

Estas medi­das tam­bién soca­van lo que que­da de la auto­no­mía admi­nis­tra­ti­va pales­ti­na. El mar­co de Oslo, ya frac­tu­ra­do y des­igual, se basa­ba en la fic­ción de una auto­ri­dad dele­ga­da en zonas desig­na­das de Cis­jor­da­nia, las lla­ma­das Áreas A y B. Aho­ra, inclu­so esa fic­ción se está des­man­te­lan­do metódicamente.

Al exten­der los pode­res de eje­cu­ción israe­líes a ámbi­tos que antes ges­tio­na­ban las ins­ti­tu­cio­nes pales­ti­nas —pla­ni­fi­ca­ción, regu­la­ción ambien­tal, patri­mo­nio — , la arqui­tec­tu­ra de un auto­go­bierno limi­ta­do se derrum­ba hacia aden­tro. La Auto­ri­dad Pales­ti­na no se enfren­ta a una rup­tu­ra abier­ta, sino que es igno­ra­da, se vuel­ve irre­le­van­te y se ve des­pla­za­da dis­cre­ta­men­te por un régi­men de super­vi­sión direc­ta. Lo que pare­ce una refor­ma de la gober­nan­za es, de hecho, la recon­fi­gu­ra­ción de la sobe­ra­nía sobre el terreno.

La gra­ve­dad de estas medi­das no resi­de solo en su impac­to inme­dia­to, sino tam­bién en su ambi­ción tem­po­ral. No se tra­ta de una polí­ti­ca reac­ti­va, sino de una polí­ti­ca de per­ma­nen­cia. Bus­ca impe­dir el futu­ro recon­fi­gu­ran­do el pre­sen­te, arrai­gan­do el con­trol israe­lí tan pro­fun­da­men­te en el teji­do jurí­di­co y admi­nis­tra­ti­vo del terri­to­rio que cual­quier rever­sión resul­ta inimaginable.

Los defen­so­res occi­den­ta­les de Israel podrán emi­tir con­de­nas, pero la maqui­na­ria de con­so­li­da­ción avan­za con cal­ma pro­ce­sal. Cada ajus­te regu­la­to­rio, cada apro­ba­ción de pla­ni­fi­ca­ción, cada regis­tro de tie­rras trans­for­ma gra­dual­men­te el sta­tu quo en algo que el dere­cho inter­na­cio­nal ya no tie­ne el voca­bu­la­rio para cuestionar.

La lógi­ca de la compresión

El blo­queo res­trin­ge la cir­cu­la­ción eco­nó­mi­ca. El terro­ris­mo vuel­ve el espa­cio físi­co peli­gro­so e incier­to. La ley impi­de el acce­so a recur­sos lega­les y la auto­no­mía admi­nis­tra­ti­va. La cri­sis ban­ca­ria impi­de que inclu­so quie­nes poseen capi­tal acce­dan a él de for­ma segu­ra. La vio­len­cia de los colo­nos impi­de que inclu­so quie­nes poseen tie­rras pue­dan tra­ba­jar­las con segu­ri­dad. La ane­xión legal impi­de que inclu­so quie­nes poseen títu­los de pro­pie­dad pue­dan defenderlos.

Jun­tos, pro­du­cen un esta­do en el que la pro­tec­ción retro­ce­de y la expo­si­ción se vuel­ve algo común.

El obje­ti­vo no es eli­mi­nar aún a la pobla­ción pales­ti­na —tal pro­yec­to pro­vo­ca­ría la con­de­na inter­na­cio­nal y la resis­ten­cia orga­ni­za­da — , sino ges­tio­nar­la en el umbral de su via­bi­li­dad. Los pales­ti­nos per­ma­ne­cen, pero su capa­ci­dad de repro­duc­ción social, eco­nó­mi­ca y polí­ti­ca autó­no­ma con­ti­núa redu­cién­do­se. Las empre­sas ope­ran, pero en con­di­cio­nes que impi­den su expan­sión. Los agri­cul­to­res cul­ti­van, pero en par­ce­las cada vez más peque­ñas. Las ins­ti­tu­cio­nes fun­cio­nan, pero sin los recur­sos ni la auto­ri­dad para ser­vir efi­caz­men­te a su pobla­ción. La vida con­ti­núa, pero en corre­do­res estrechos.

Lo que hace a este régi­men par­ti­cu­lar­men­te efec­ti­vo es su difu­sión de res­pon­sa­bi­li­dad. Nin­gún actor es el úni­co res­pon­sa­ble. El ban­co corres­pon­sal ale­ga cum­pli­mien­to nor­ma­ti­vo. El colono ale­ga legí­ti­ma defen­sa o dere­cho bíbli­co. El comi­té de pla­ni­fi­ca­ción invo­ca regu­la­cio­nes de zoni­fi­ca­ción. El sol­da­do aca­ta órde­nes. Cada deci­sión es defen­di­ble en su pro­pio ámbi­to, jus­ti­fi­ca­da por pre­ce­den­tes, nece­si­dad o pre­sión exter­na. Sin embar­go, el patrón, invi­si­ble a nivel de accio­nes indi­vi­dua­les, se vuel­ve legi­ble en con­jun­to. Lo que pare­ce fric­ción admi­nis­tra­ti­va, impe­ra­ti­vo de segu­ri­dad o ries­go de mer­ca­do se reve­la, con el tiem­po, como una cons­tric­ción organizada.

La reali­dad expe­rien­cial para quie­nes se ven some­ti­dos a este régi­men es la de un ajus­te cró­ni­co. El comer­cian­te de Rama­llah, que antes pla­ni­fi­ca­ba con cin­co años de ante­la­ción, aho­ra cal­cu­la con tri­mes­tres, sin saber si su ban­co acep­ta­rá los reti­ros o si las nue­vas res­tric­cio­nes inte­rrum­pi­rán su cade­na de sumi­nis­tro. El pas­tor de Masa­fer Yat­ta, que antes pas­ta­ba en las lade­ras que su fami­lia ha cul­ti­va­do duran­te gene­ra­cio­nes, aho­ra con­fi­na su reba­ño en valles a la vis­ta del pue­blo; sus hijos apren­den a ser pre­ca­vi­dos antes que a con­fiar. El urba­nis­ta muni­ci­pal de Belén, que antes dise­ña­ba expan­sio­nes, aho­ra dedi­ca su tiem­po a ges­tio­nar recha­zos de per­mi­sos y a nego­ciar órde­nes de demo­li­ción, con su for­ma­ción pro­fe­sio­nal redu­ci­da a la ges­tión de cri­sis. El tiem­po se vuel­ve reac­ti­vo en lugar de pro­yec­ti­vo. La pla­ni­fi­ca­ción solo se extien­de has­ta el siguien­te permiso.

Esta lógi­ca no es exclu­si­va de Cis­jor­da­nia. En geo­gra­fías dis­pa­res, encon­tra­mos patro­nes simi­la­res: la reduc­ción de dere­chos, la dis­mi­nu­ción de bie­nes públi­cos, la con­trac­ción de las posi­bi­li­da­des polí­ti­cas, la nor­ma­li­za­ción de la emer­gen­cia como estruc­tu­ra. En Gaza, el blo­queo ha fun­cio­na­do duran­te casi dos déca­das como un labo­ra­to­rio de dis­mi­nu­ción con­tro­la­da, man­te­nien­do a una pobla­ción por enci­ma del umbral de la catás­tro­fe huma­ni­ta­ria, al tiem­po que impi­de el desa­rro­llo eco­nó­mi­co o la auto­no­mía polí­ti­ca. Y con la des­truc­ción de Gaza, la vida se redu­ce a un espa­cio más redu­ci­do y a una inges­ta caló­ri­ca controlada.

La polí­ti­ca de choque

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y el des­gas­te buro­crá­ti­co no son opues­tos; son rit­mos com­ple­men­ta­rios den­tro de un mis­mo orden. El espec­tácu­lo des­es­ta­bi­li­za la per­cep­ción, anun­cian­do trans­for­ma­ción y rup­tu­ra, mien­tras que las medi­das admi­nis­tra­ti­vas reca­li­bran dis­cre­ta­men­te lo que es habi­ta­ble. La ofen­si­va eje­cu­ti­va de la admi­nis­tra­ción Trump —órde­nes emi­ti­das en rápi­da suce­sión, polí­ti­cas rever­ti­das y res­ta­ble­ci­das, nor­mas vio­la­das y defen­di­das al mis­mo tiem­po— gene­ra des­orien­ta­ción. La aten­ción se dis­per­sa. Lo que ayer pare­cía escan­da­lo­so se con­vier­te hoy en telón de fon­do. Mien­tras tan­to, el tra­ba­jo menos visi­ble con­ti­núa: la rees­cri­tu­ra de las regu­la­cio­nes, la remo­de­la­ción de los tri­bu­na­les, la amplia­ción de la dis­cre­ción de apli­ca­ción. Lo espec­ta­cu­lar y lo pro­ce­sal cola­bo­ran: uno ago­ta la capa­ci­dad de indig­na­ción, el otro incrus­ta res­tric­cio­nes en la arqui­tec­tu­ra institucional.

Lo que se está cons­tru­yen­do, enton­ces, no es una cri­sis tem­po­ral, sino una con­di­ción dura­de­ra. El blo­queo ban­ca­rio en Cis­jor­da­nia no está dise­ña­do para resol­ver­se, sino para ges­tio­nar­se. La vio­len­cia de los colo­nos no es una abe­rra­ción que deba corre­gir­se, sino cali­brar­se. La ane­xión legal no es una des­via­ción de las nor­mas inter­na­cio­na­les, sino par­te de ella, la nue­va normalidad.

La cues­tión no es si estos pro­ce­sos se inten­si­fi­ca­rán —ya se están inten­si­fi­can­do— sino si quie­nes están suje­tos a ellos reco­no­ce­rán el patrón a tiem­po para inte­rrum­pir­lo, si la aten­ción glo­bal pue­de man­te­ner­se en ausen­cia de una vio­len­cia espec­ta­cu­lar, si la soli­da­ri­dad pue­de unir­se al len­to pro­ce­so de com­pre­sión con la mis­ma fero­ci­dad con la que anta­ño res­pon­dió al cho­que repen­tino de la masacre.

Por aho­ra, la lógi­ca de la com­pre­sión avan­za con la con­fian­za de un pro­yec­to que ha cal­cu­la­do los lími­tes de la resis­ten­cia. Apues­ta a que las pobla­cio­nes man­te­ni­das por deba­jo del umbral de rup­tu­ra se adap­ta­rán en lugar de rebe­lar­se, se ago­ta­rán en la nave­ga­ción en lugar de orga­ni­zar­se para la transformación.

Que esta apues­ta se sos­ten­ga no depen­de del inge­nio de los meca­nis­mos —que ya están en fun­cio­na­mien­to— sino de la capa­ci­dad de quie­nes están suje­tos a ella de recha­zar las con­di­cio­nes, de encon­trar en la con­di­ción mis­ma de com­pre­sión las bases para el recha­zo colectivo.

Abdal­ja­wad Omar

13 de febre­ro de 2026

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