Mientras los cancilleres de Irán y Estados Unidos afinaban los detalles de una nueva ronda de conversaciones nucleares en Ginebra, mientras los negociadores calibraban posiciones y los diplomáticos de Teherán preparaban valijas, los cazas israelíes ya estaban en el aire. En la madrugada del 28 de febrero de 2026, al menos 200 aeronaves de las autodenominadas Fuerzas de Defensa de Israel atacaron simultáneamente alrededor de 500 objetivos en 24 provincias iraníes, en lo que los propios mandos hebreos calificaron como el mayor ataque en la historia del Estado israelí.
Estados Unidos se sumó horas después con bombardeos propios sobre instalaciones nucleares y objetivos militares. Juntos bautizaron la operación con nombres diseñados para la épica imperial: Rugido del León, en hebreo; Furia Épica, en inglés.
Al cierre de esta edición, la televisión estatal iraní —la misma que los bombardeos intentaron silenciar— confirmó lo que la narrativa occidental había dado por sentado desde las primeras horas: el ayatolá Ali Jamenei, líder Supremo de la República Islámica durante treinta y siete años, ha alcanzado el martirio. «El líder supremo de Irán ha alcanzado el martirio», informó el canal IRIB. Era lo que Trump y Netanyahu necesitaban anunciar como trofeo. Es también, para la tradición shiíta y para la lógica de toda revolución que haya sobrevivido a la pérdida de sus fundadores, el comienzo de algo que Washington no ha calculado.
Una guerra para sabotear la diplomacia
No es la primera vez. En junio de 2025, Israel lanzó su ataque inicial —la llamada guerra de los Doce Días— dos jornadas antes de que Irán y Estados Unidos se reunieran en Omán para su sexta ronda de negociaciones nucleares. Aquel patrón se repitió con precisión quirúrgica este sábado: el canciller iraní Abbas Araghchi acababa de concluir la víspera una nueva ronda en Ginebra cuando las bombas empezaron a caer sobre Teherán. La cancillería iraní lo dijo con nitidez en su primer comunicado: el objetivo no era el programa nuclear, sino destruir la posibilidad misma del acuerdo.
Para entender el 28 de febrero hay que leer también el 24 del mismo mes, cuando Trump, en su discurso sobre el Estado de la Unión, acusó a Irán de reactivar su programa nuclear y calificó sus ambiciones de «siniestras». Y el 13 de febrero, cuando declaró públicamente que un cambio de régimen en Irán sería «lo mejor que podría suceder». El ataque no fue una respuesta improvisada sino la conclusión lógica de semanas de escalada verbal que disfrazaba una decisión ya tomada.
Simultáneamente, Estados Unidos había desplegado dos portaaviones —el USS Gerald R. Ford en el Mediterráneo oriental y el USS Abraham Lincoln en el Golfo Pérsico— junto a más de cien aviones de combate adicionales: F‑35, F‑15, F‑22, F‑16, destructores con misiles de crucero. Las fuentes israelíes señalaron que «la fase inicial» del ataque estaba diseñada para durar cuatro días. La trampa llevaba meses armada.
Tampoco puede ignorarse el contexto interno iraní, aunque ese contexto requiere una lectura que los medios occidentales se niegan a hacer. Desde finales de diciembre de 2025, una oleada de protestas recorrió más de cien ciudades iraníes, organizada y amplificada según el patrón que se reconoce con claridad: el de las revoluciones de colores. Washington y el Mosad llevaba meses activos en ese frente —expandiendo transpondedores Starlink dentro de Irán para evadir los cortes de comunicación del gobierno, financiando medios en la diáspora, coordinando mensajería desde centros de operaciones psicológicas.
El propio Trump lo admitió sin eufemismos el 13 de febrero. Las protestas no surgieron de la nada; surgieron en el contexto de la más intensa presión desestabilizadora que Estados Unidos había ejercido sobre Irán desde la Operación Ajax de 1953. El intento falló.
Primero Venezuela, ahora Irán: el patrón Trump
Para entender lo que ocurrió este sábado en Teherán hay que leer también lo que ocurrió el 3 de enero en Caracas. Esa madrugada, 150 aeronaves estadounidenses irrumpieron en el corazón de Venezuela en la llamada Operación Resolución Absoluta y extrajeron al presidente Nicolás Maduro de su dormitorio. Fue una operación de cambio de régimen presentada como «acción policial».
Trump la llamó un «éxito histórico» y la usó como pieza central de su discurso ante el Congreso la semana pasada. No parece casual: el patrón es idéntico. Presión máxima durante meses. Intento de revolución de colores que fracasa. Operación militar de alto impacto psicológico. Decapitación del liderazgo. Llamamiento al pueblo a «recuperar» su país. Oferta de inmunidad a las fuerzas de seguridad que se rindan.
En Venezuela funcionó —al menos en sus términos inmediatos— porque Maduro no tenía misiles hipersónicos, ni un Eje de la Resistencia regional, ni el estrecho de Ormuz. La Revolución Bolivariana, con todas sus contradicciones, no tiene las mismas cualidades de la Revolución Islámica. Maduro fue capturado. Jamenei fue martirizado. Son dos hechos cualitativamente distintos.
Y hay algo más en el patrón que merece atención. En Venezuela, Trump tuvo su salida elegante y la concreción de varios de sus objetivos como por ejemplo regular el comercio petrolero venezolano, presentó todo como victoria. La pregunta que este sábado se vuelve urgente es si Trump está buscando la misma salida en Irán. Si la muerte de Jamenei —que a Trump le convenía poder anunciar como «éxito histórico» antes de retirarse— no es exactamente el tipo de trofeo que necesita para declarar victoria y salir del pantano estratégico antes de que se confirmen las bajas americanas que son cientos en un solo día.
Los objetivos reales, más allá del pretexto nuclear
Los objetivos del ataque revelan la verdad que el pretexto nuclear intenta ocultar. Israel no se limitó a instalaciones nucleares. Bombardeó la residencia del líder supremo en el barrio norteño de Shemiran —al menos siete misiles impactaron en el complejo, confirmado por imágenes satelitales de Airbus revisadas por Reuters — , el palacio presidencial, las sedes de la Guardia Revolucionaria, la radiotelevisión estatal IRIB para apagar la voz del Estado, refinerías, infraestructura eléctrica civil y una escuela primaria de niñas en Minab, en el sur del país, cerca del estrecho de Ormuz.
El ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, denunció que la escuela fue «bombardeada a plena luz del día, cuando estaba repleta de alumnas». El balance confirmado por el poder judicial iraní: 85 niñas muertas [al final han sido más de 153] y 92 heridas. En total, la Media Luna Roja informó de 201 muertos y 747 heridos en 24 provincias.
El verdadero objetivo es la reorganización hegemónica de toda la región, comparable al acuerdo Sykes-Picot de 1916. Los hachemitas (Jordania) en ese dibujo, como entonces, están condenados a un rincón oscuro e inservible por su propia mediocridad. Ese diseño es lo que ya en época de Obama se llamó Gran Medio Oriente y que desde entonces intentan imponer con Israel, y no con un pueblo árabe como ordenador.
Israel busca establecerse como la única potencia dominante y la idea de Netanyahu no es tanto el cambio de régimen iraní como implotar la estatalidad en distintas porciones que no pueda constituir un rival militar. La historia reciente de Irak, Libia y Siria —Estados demolidos por la intervención occidental sin ningún plan para el día siguiente— ofrece el modelo y la advertencia. Destruir el liderazgo no es construir una alternativa. Nadie en Washington sabe, según reconoció el propio secretario de Estado Marco Rubio antes del ataque, quién reemplazaría a los altos líderes iraníes si fueran derrocados.
El martirio que fortalece a la Revolución Islámica
Ali Jamenei ha muerto. Y aquí es donde la narrativa imperial comete su error más grave: confundir al líder con la revolución.
La Revolución Islámica no nació con Jamenei. Nació en 1979 con el pueblo iraní que salió a las calles a derrocar al shah que Estados Unidos había reinstalado en 1953. Sobrevivió a la guerra Irán-Irak de los años ochenta. Sobrevivió al asesinato de Soleimani en 2020. Jomeini murió en 1989 y la República Islámica no se derrumbó: nombró a Jamenei. Ahora Jamenei muere y el Estado tiene sus mecanismos intactos: la Asamblea de Expertos nombrará a un nuevo líder supremo; un consejo interino —el presidente, el jefe del poder judicial y un jurista del Consejo de Guardianes— asume la transición. El Estado funciona. La Guardia Revolucionaria funciona. El Eje de la Resistencia funciona.
Más aún: el martirio en la tradición y en la cultura, en la constitución de la subjetividad shiíta no debilita. Fortalece. La historia de la República Islámica está construida sobre mártires. Jomeini construyó la revolución de 1979 sobre la sangre de quienes cayeron frente a la SAVAK. La guerra con Irak produjo quinientos mil muertos iraníes que el régimen convirtió en el cimiento moral de su legitimidad.
El asesinato de Soleimani no derrumbó a Irán: lo unificó durante meses. Jamenei muerto en los bombardeos de la Operación Furia Épica es, desde la perspectiva del Islam shiíta, exactamente el tipo de muerte que se narra como sagrada: la del líder que no huyó, que no se exilió, que fue encontrado en su tierra. Netanyahu quería decapitar a la revolución. Posiblemente acaba de darle su próximo símbolo fundacional.
La cuenta en X del propio Jamenei publicó un mensaje escueto y demoledor: «En nombre del noble Ali, que la paz sea con él». Irán levantó su bandera roja —símbolo de venganza— sobre la mezquita Jamkaran en Qom.
Lo que Irán golpeó: la cuenta que Occidente no quiere hacer
La respuesta de las fuerzas armadas de la República Islámica —bautizada Operación Verdadera Promesa IV en continuidad directa con las tres operaciones anteriores— no fue una represalia improvisada. Fue una ofensiva de saturación escalonada, organizada en al menos cuatro oleadas sucesivas que la Guardia Revolucionaria anunció con precisión quirúrgica, adelantando en cada comunicado que la siguiente sería más intensa y más precisa que la anterior. «Los futuros ataques emplearán una mayor cantidad de misiles y presentarán un nivel superior de precisión», señaló el comunicado oficial de la Guardia Revolucionaria tras la tercera y cuarta oleada. No era bravuconería: era una doctrina de escalada progresiva ejecutada en tiempo real.
El alcance geográfico fue sin precedentes para cualquier operación militar iraní en la historia de la Revolución: catorce bases militares de Estados Unidos atacadas simultáneamente en seis países, más blancos militares en territorio israelí. La Guardia Revolucionaria detalló en comunicado oficial los blancos golpeados: el cuartel general de la Quinta Flota de la Armada estadounidense en Bahrein —con imágenes de humo elevándose sobre Manama verificadas por múltiples agencias — ; la base aérea Al Udeid en Qatar, la mayor plataforma aérea de Estados Unidos en la región y coordinadora de todas las misiones de combate en el Medio Oriente; la base aérea Ali Al Salem en Kuwait, donde un dron alcanzó el aeropuerto internacional causando daños en la terminal 1 confirmados por la agencia estatal KUNA; la base Al Dhafra en los Emiratos Árabes Unidos. En Arabia Saudita, Riad y la región oriental recibieron ataques confirmados oficialmente por el gobierno saudita. En Jordania, las defensas aéreas interceptaron dos misiles balisticos. En Irak, instalaciones de apoyo logístico fueron golpeadas en coordinación con las Brigadas Hezbollah.
En territorio israelí, la Guardia Revolucionaria detalló con precisión los blancos de sus tercera y cuarta oleadas: la base naval en el puerto de Haifa, el astillero militar en esa misma ciudad, la base aérea de Ramat David, el Ministerio de Defensa israelí en Hakeryat, y los complejos militar-industriales de Beit Shams e Ishtod. Las propias Fuerzas de Defensa de Israel informaron de una sexta oleada de misiles en curso mientras operaban para neutralizar los lanzadores iraníes restantes. El Canal 12 de Israel informó de potentes explosiones en el centro del país. Tel Aviv, Haifa y Ashkelon fueron alcanzadas. Los sistemas Arrow e Iron Dome enfrentaron una saturación que no lograron interceptar completamente.
Los misiles hipersónicos Fattah —empleados por primera vez en combate real— demostraron su argumento más contundente: una velocidad de impacto que hace prácticamente imposible la intercepción con los sistemas de defensa actuales. Según fuentes iraníes, los daños causados en las pistas de aterrizaje de varias bases impidieron el retorno operativo de aeronaves de combate estadounidenses.
Fuentes navales de la República Islámica reportaron que buques de la Armada de Estados Unidos comenzaron a retirarse del golfo Pérsico y el mar de Omán hacia el sureste del Océano Índico. Informes no confirmados oficialmente señalaron el derribo de un F‑15 EX Eagle II israelí por un MiG-29 iraní —de confirmarse, sería el primer derribo iraní en combate real de una aeronave de generación superior. Los restos de un dron israelí Hermes-900 cayeron en el noroeste de Irán, evidencia concreta de que no todos los ataques israelíes completaron su misión.
En cuanto al balance de bajas: la Guardia Revolucionaria Islámica reportó inicialmente la eliminación de al menos 50 militares estadounidenses en las bases del golfo —cifra que CENTCOM calificó de «mentira» en mayúsculas en su cuenta de X, aunque sin ofrecer verificación independiente — . Fuentes iraníes citadas por Pravda elevaron ese número a más de 200. A su vez, la agencia Iran International, citando a la Agencia de Noticias de Estudiantes Iraníes, informó que miles de miembros de la Guardia Revolucionaria, incluidos varios altos funcionarios, murieron o resultaron heridos durante los ataques estadounidenses e israelíes a sus bases.
El saldo real permanece en la niebla de guerra que ambos lados tienen interés en mantener espesa. Lo que no está en disputa es que el cuartel general de la Quinta Flota fue impactado —confirmado por el propio Centro Nacional de Comunicaciones de Bahrein: «El centro de operaciones de la Quinta Flota ha sido objeto de un ataque con misiles» — , que las explosiones en Al Udeid, Ali Al Salem, Al Dhafra y Manama fueron documentadas por medios de los propios países afectados y que el alcance de la respuesta de la Revolución Islámica superó con creces lo que Washington y Tel Aviv habían proyectado como escenario de represalia. Trump lo reconoció implícitamente la madrugada del ataque cuando admitió ante las cámaras que «las vidas de valientes héroes estadounidenses pueden perderse y podríamos tener bajas. Eso suele ocurrir en la guerra».
La fractura que la guerra produce dentro de Estados Unidos
Trump lanzó esta guerra desde su residencia privada en Florida, monitoreando las operaciones por videoconferencia mientras la Casa Blanca publicaba en X fotografías del presidente al mando como si fuera una postal de poder. Lo hizo sin autorización del Congreso, en lo que varios legisladores calificaron de violación constitucional abierta. El Congreso había sido notificado antes de los ataques —como exige la ley de poderes de guerra — , pero las notificaciones mencionaban misiles bAlisticos sin indicar la escala real ni la amplitud de los objetivos: otra forma de evitar la supervisión legislativa sin violarla formalmente.
La reacción del Congreso fue inmediata y bipartidaria en su rechazo. El senador demócrata Andy Kim fue directo: «No tengo ninguna confianza en este presidente que ha violado tan flagrantemente nuestra Constitución. Deberíamos hacer que el Congreso vuelva a sesionar de inmediato para la votación sobre los poderes de guerra». La representante Ilhan Omar buscó ante un juez federal detener la operación —la capital, según Pravda, «se encontraba en un estado de conmoción absoluta» mientras la solicitud era rechazada de manera sumaria. Omar la calificó de «una guerra ilegal e injustificada sin autorización del Congreso, sin un objetivo claro, y sin ninguna amenaza inminente.» Joaquín Castro fue igualmente contundente: «Esta guerra se está librando sin autorización legal. El pueblo estadounidense no votó por ella y no la desea». El senador Mark Kelly sintetizó el desconcierto institucional: «Trump está enviando a nuestros militares al peligro sin una explicación clara ni un objetivo final».
Kamala Harris añadió la dimensión más hiriente en términos de credibilidad política: «Donald Trump prometió poner fin a las guerras en lugar de iniciarlas. Era una mentira». Y recordó que el propio Trump había declarado en 2025 haber destruido el programa nuclear iraní. Si ya estaba destruido, ¿qué justifica esta nueva guerra?
La fractura más significativa no vino de la oposición demócrata, sino del propio campo republicano. Marjorie Taylor Greene, del ala dura del partido, expresó su rechazo públicamente. El senador Mark Kelly, veterano de combate, preguntó con quién se había consultado antes de enviar al personal militar al peligro. Trump había ganado su segunda presidencia sobre la promesa explícita de no meterse en guerras del Medio Oriente. La base que lo eligió no quiere muertos americanos en Teherán. El jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, había advertido en privado durante semanas sobre los «graves riesgos de represalias» y la posibilidad de bajas significativas. Ahora, con la Guardia Revolucionaria informando de 200 soldados de Estados Unidos eliminados en las bases del golfo —cifra que el Pentágono no puede refutar con credibilidad mientras el caos informativo persiste — , esa advertencia empieza a materializarse como pesadilla política.
Las consecuencias económicas domésticas son tan preocupantes como las militares. El Estrecho de Ormuz cerrado por declaración iraní significa petróleo encarecido, gasolineras más caras, inflación amplificada —el termómetro político más sensible para cualquier presidente norteamericano. El FBI elevó a máxima alerta sus equipos antiterroristas, anticipando represalias iraníes en suelo norteamericano. El Departamento de Estado instó a los ciudadanos en el exterior a «extremar las precauciones». La máquina de guerra que Trump puso en marcha desde Mar-a-Lago comienza a cobrar facturas que él no calculó que llegarían tan rápido.
La fractura que la guerra produce dentro de Israel
Israel no inició esta guerra desde la unidad. La inició desde una sociedad profundamente fracturada después de años de acumulación: las reformas judiciales de Netanyahu que durante 2023 llevaron a reservistas de élite a negarse a servir; el trauma del 7 de octubre y los rehenes que aún permanecen en Gaza después de más de 630 días; las guerras simultáneas en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria y ahora Irán que han agotado la reserva de militares disponibles; y un primer ministro que enfrenta múltiples procesos judiciales por corrupción ante los cuales la guerra permanente funciona como escudo político.
El movimiento de protesta de reservistas había crecido de manera sostenida hasta el ataque de este sábado. Militares retirados y en actividad de la Unidad 8200 —la mayor unidad de inteligencia del ejército israelí— habían firmado cartas de protesta exigiendo el retorno de los rehenes de Gaza y cuestionando la estrategia de Netanyahu. Una encuesta reciente mostraba que casi el 70% de la población israelí apoyaba el fin de la guerra para liberar a los rehenes restantes. Netanyahu intentó neutralizar ese movimiento calificándolo de «grupo pequeño, corrupto, operado por organizaciones financiadas con dinero extranjero» —sin aportar prueba alguna — , pero reconoció implícitamente su magnitud al mencionar cartas similares provenientes de pilotos, de la Marina y de otras unidades.
La nueva guerra contra Irán impone a Israel 70.000 reservistas adicionales movilizados en un día, estado de emergencia declarado, espacio aéreo cerrado, lugares santos de Jerusalén vedados a los fieles y sirenas en toda la franja costera. Una mujer civil muerta en Tel Aviv. Veinte heridos en la misma zona. Los sistemas Arrow e Iron Dome saturados en la primera oleada sin poder interceptar completamente.
Ese es el resultado inmediato en territorio israelí de una «operación preventiva» que sus arquitectos presentaron como garantía de seguridad. El historiador Marc Volovici lo sintetizó para Reuters desde Haifa, con sirenas sonando de fondo: «Es solo una demostración de que Israel, aunque afirma controlar su propio destino, sigue dependiendo completamente del apoyo estadounidense».
La paradoja estratégica más cruel de Netanyahu es la misma de siempre: si el objetivo era crear un Irán incapaz de constituir una amenaza, el vacío de poder que generaría sería llenado por actores sin las restricciones que impone un Estado-nación funcional. Un Irán sin Estado no es un Irán inofensivo. Los modelos de Irak, Libia y Siria —Estados demolidos sin plan para el día siguiente— lo demuestran con décadas de consecuencias. Pero esta verdad no alcanza a Netanyahu porque Netanyahu no está calculando la seguridad de Israel a largo plazo. Está calculando su supervivencia política a corto plazo. Y la guerra, mientras dure, es el mejor escudo contra sus fiscales.
Arabia Saudita y la danza del equilibrista
El Reino saudita condensa todas las paradojas del conflicto. Antes del ataque, había dejado claro en comunicados privados que no permitiría el uso de su territorio ni de su espacio aéreo para operaciones militares contra Irán. El miedo a represalias, la vulnerabilidad del estrecho de Ormuz para sus exportaciones y los acuerdos de normalización con Teherán —negociados por China en 2023— hacían de Riad un aliado reticente. Pero cuando la respuesta iraní alcanzó la capital saudita y su región oriental, el cálculo cambió.
Riad emitió un comunicado condenando «ataques graves y violaciones flagrantes» de Irán. El canciller Araghchi había intentado frenar ese deslizamiento llamando personalmente para explicar que los misiles iban dirigidos a bases de Estados Unidos, no a los Estados anfitriones. Cuando cayeron en Riad, esa distinción se volvió académica. Mohammed bin Salmán llamó al presidente de los EAU para expresar solidaridad, pero también habló con Pezeshkian para explorar salidas de desescalada. Es el equilibrismo de quien sabe que está sobre una cuerda tendida sobre un volcán.
Rusia y China: el eje que sostiene la resistencia
La cooperación de Moscú y Pekín con Teherán no comenzó esta mañana. En enero de 2025, Rusia e Irán firmaron un Tratado de Asociación Estratégica Integral de veinte años. Rusia suministra inteligencia crucial e incorporó cazas Su-35 al arsenal iraní. China modernizó la defensa aérea con misiles HQ-9B y cooperó en tecnología de reconocimiento satelital para rastrear movimientos israelíes. Esa mejora explica por qué las fuerzas israelíes ya no lograban interceptar armas iraníes con la impunidad de antes.
Putin convocó una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad. Moscú y Pekín solicitaron conjuntamente sesión urgente del Consejo de la ONU y calificaron la justificación de Trump de «infundada.» No intervendrán militarmente de forma directa, pero el conflicto consolida el eje de la resistencia al unipolarismo y profundiza la desdolarización en marcha. La muerte de Jamenei puede acelerar también la entrega de sistemas de armamento más sofisticados que Moscú y Pekín habían retenido hasta ahora.
Ansar Allah, el mar Rojo y el momento en que la economía global entró en zona de peligro
Hay gente a la que solo le importan los negocios y no la humanidad. Para quienes miraron con distancia el genocidio en Gaza, los cuerpos en Teherán o las niñas muertas en Minab, este 28 de febrero tiene un lenguaje que sí entienden: el de las pérdidas.
Ansar Allah del Yemen había mantenido una paz frágil con Washington. Ese equilibrio duró lo que tardaron los primeros misiles en caer sobre Teherán. Ansar Allah anunció la reanudación de ataques contra buques estadounidenses e israelíes. Las Brigadas Hezbollah de Irak declararon inminentes ataques contra bases de Estados Unidos. El Eje de la Resistencia —debilitado pero no eliminado— se reactivó en su totalidad. Con el mar Rojo reconvertido en zona de guerra activa y el estrecho de Ormuz cerrado, dos de las arterias marítimas más críticas del planeta están siendo paralizadas al mismo tiempo. Por el mar Rojo circula entre el 12 y el 15% del comercio mundial.
Por el estrecho de Ormuz pasa aproximadamente un quinto del petróleo del planeta. Cientos de petroleros se acumulaban al cierre de esta edición en la entrada del estrecho. Las aerolíneas Air France, Lufthansa, Turkish Airlines, SWISS y Air India suspendieron sus vuelos a la región. Qatar cerró su espacio aéreo. El golpe sobre los precios al consumidor llegará con la puntualidad cruel de siempre: primero a los que menos tienen. Esto no es una catástrofe natural. Es la consecuencia directa y previsible de la escalada que Israel y Estados Unidos decidieron lanzar este sábado, sabiendo que la respuesta iraní pasaría exactamente por aquí.
De qué trata esta guerra: asimetría no es derrota
La guerra de la primera y la cuarta potencia militar del planeta contra la Revolución Islámica es el ejemplo más claro de guerra asimétrica de la era contemporánea. De un lado: presupuestos infinitos, tecnología de punta, alianzas globales, hegemonía mediática. Del otro: un pueblo organizado, memoria histórica, convicción ideológica y una decisión de resistir que sobrevivió cuarenta y siete años de sanciones, conspiraciones, asesinatos y dos guerras previas. Eso es asimetría.
Pero la asimetría no significa derrota. Significa que la fuerza no se mide únicamente en toneladas de explosivos. Se mide también en legitimidad, en cohesión interna, en voluntad colectiva. Si la guerra asimétrica fuera imposible de ganar, no existirían procesos de liberación nacional, no existirían revoluciones victoriosas, no existirían pueblos soberanos. Vietnam derrotó a Estados Unidos. Argelia derrotó a Francia. Cuba sobrevivió más de sesenta años de bloqueo. Hezbollah mantuvo al ejército israelí fuera del sur del Líbano durante años. Ansar Allah obligó a retirarse a la coalición naval más poderosa del mundo en el mar Rojo de 2024.
Lo que está en juego en el golfo Pérsico no es solo el territorio iraní ni el programa nuclear. Es la idea de que los pueblos pueden desafiar el orden impuesto por las potencias militares dominantes. Cuando un pueblo resiste frente a fuerzas materialmente superiores, demuestra que la historia no está escrita por adelantado. La asimetría puede ser desventaja material, pero también puede ser superioridad moral y estratégica: quien defiende su tierra con todo lo que tiene frente a quien libra una guerra de elección tiene una diferencia de motivación que ningún arsenal tecnológico puede compensar completamente.
Si los pueblos no pudieran vencer en condiciones asimétricas, entonces la civilización no tendría destino propio: sería apenas la prolongación eterna del dominio de los más poderosos. En el golfo se está definiendo la posibilidad misma de que las naciones del Sur Global puedan existir fuera de la órbita de control imperial. La victoria o derrota de la Revolución Islámica tendrá consecuencias que se sentirán desde Caracas hasta Pyongyang, desde La Paz hasta Damasco.
Lo que probablemente pase: la salida que Trump necesita
Trump necesita una salida elegante y la muerte de Jamenei puede ser exactamente eso. El patrón venezolano lo ilustra: secuestró a Maduro, lo presentó como triunfo histórico, obtuvo el petróleo que quería, está negociando una transición y presentó todo como victoria sin ocupación prolongada ni muertos americanos significativos. Ahora tiene el mismo problema en Irán pero a escala incomparablemente mayor: una guerra que no puede ganar militarmente —las instalaciones nucleares más profundas son indestructibles sin el misil GBU-57 — , cuyos costos económicos domésticos ya son políticamente tóxicos y en la que su propia base no quiere soldados americanos muertos.
La muerte de Jamenei le da la victoria simbólica que necesita para anunciar un alto el fuego y retirarse con la narrativa del éxito: «Eliminamos al peor terrorista del mundo. Destruimos su programa nuclear. El pueblo iraní es libre». Irán, desde su lado, puede aceptar esa narrativa sin rendirse: la Revolución sobrevive, el programa nuclear continuará y el martirio del Líder Supremo alimentará la movilización interna durante años. Ambos lados declaran victoria. El propio Trump insinuó esa salida al declarar a Axios que podría «retirarse dentro de dos o tres días».
Existe la posibilidad, menos probable pero no descartable, de que la escalada se prolongue más allá de cualquier umbral calculado. Si se confirman bajas militares estadounidenses significativas en las bases del golfo, la presión sobre Trump para reescalar sería enorme. Pero Trump no quiere una guerra larga. Nunca la quiso.
La tercera tendencia es la más significativa para el largo plazo: cada bomba que cae sobre Teherán es un argumento más para que Irán acelere su programa nuclear. La lección de Corea del Norte es perfectamente legible desde Teherán: nadie ataca a quien tiene la bomba. Los ataques de junio de 2025 llevaron a Irán a inaugurar nuevos sitios de enriquecimiento. Los de este sábado producirán el mismo efecto. La paradoja estratégica central de esta guerra es que sus arquitectos están fabricando exactamente lo que dicen querer impedir.
El corazón del problema que nadie nombra
Lo que está ocurriendo este 28 de febrero de 2026 no puede entenderse fuera del contexto de setenta años de política exterior occidental en Oriente Medio. La Operación Ajax de 1953, cuando la CIA derrocó al primer ministro democrático iraní Mossadegh para reinstalar al Shah. Las décadas de sanciones que empobrecieron al pueblo iraní. El apoyo a Saddam Hussein durante la guerra Irán-Irak de los años ochenta, cuando Estados Unidos sabía que Bagdad usaba armas químicas.La retirada unilateral del acuerdo nuclear JCPOA por Trump en 2018. El asesinato del general Soleimani en 2020. Los ataques de 2024 y la guerra de los Doce Días de 2025. El intento de revolución de colores de diciembre-enero que fracasó porque el pueblo iraní no se prestó a ser el instrumento del cambio de régimen que Washington necesitaba. Y ahora esto, lanzado mientras las negociaciones estaban activas, mientras los diplomáticos acababan de concluir una ronda en Ginebra. Es la misma lógica colonial de siempre: primero el guante de seda, después el puño de hierro.
Desde la perspectiva iraní —y desde la del Sur Global que la comparte— no se trata de un conflicto sobre armas nucleares. Se trata de si la Revolución Islámica tiene derecho a existir. Si un Estado no occidental tiene derecho a existir fuera de la órbita de control imperial norteamericano. El embajador iraní ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, Ali Bahreini, lo formuló sin eufemismos: «Esto no es un acto de guerra contra nuestro país, es una guerra contra la humanidad».
Ali Jamenei ha alcanzado el martirio. La Revolución Islámica, no. La bandera roja que flamea sobre la mezquita Jamkaran en Qom —símbolo de que la sangre derramada no quedará sin respuesta— no fue izada por un hombre. Fue izada por una revolución. Y las revoluciones no mueren con sus líderes. Se hacen más peligrosas.
El mundo está pagando el precio de la lógica de la supremacía militar. Lo pagan los que no lo deciden. Siempre es así.
La historia no ha terminado. Apenas comenzó.
De nuevo decimos, la guerra en el golfo ofrece la posibilidad de mostrar a los pueblos del mundo que las guerras asimétricas pueden librarse y pueden ganarse, que en esa victoria hay una posibilidad para la continuidad civilizatoria y para eludir la inercia al abismo autodestructivo que propone el guerrerismo.
Fernando Esteche
1 de marzo de 2026