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La nue­va Enmien­da Platt o la lucha por la dignidad

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Dame el yugo, oh mi madre, de manera
que puesto en él de pie, luzca en mi frente
mejor la estrella que ilumina y mata.

Jose Mar­tí, «Yugo y Estre­lla», Ver­sos Libres, 1878

¿Se pue­de nego­ciar con la soga al cue­llo? Esa es la pri­me­ra pre­gun­ta que debe plan­tear­se, por­que el len­gua­je tam­bién for­mu­la la reali­dad tal y como la enten­de­mos. Seguir dicien­do que el Esta­do cubano nego­cia con Washing­ton es poco menos que un eufe­mis­mo. Al Esta­do cubano se le quie­re for­zar a un cam­bio de régi­men, ya sea por medio de pro­gre­si­vas con­ce­sio­nes, a par­tir de un gol­pe interno de ele­men­tos favo­ra­bles a los intere­ses yan­quis, o pro­duc­to de una rebe­lión popu­lar conservadora.

Entre tan­to no suce­da algo como eso, la pre­po­ten­cia impe­rial, ese des­qui­cio psi­co­ló­gi­co que gobier­na el mun­do, ofre­ce dos alter­na­ti­vas: la des­truc­ción inme­dia­ta por vía mili­tar o la des­truc­ción pau­la­ti­na por medio de un blo­queo total que les sale dema­sia­do bara­to, en medio de la indo­len­cia de todos los Esta­dos del mundo.

Pero esta no es la pri­me­ra vez que Cuba se enfren­ta a una situa­ción lími­te. Esta­mos en un momen­to oscu­ra­men­te simi­lar al de 1902, cuan­do, en medio de la pri­me­ra ocu­pa­ción mili­tar esta­dou­ni­den­se, se les plan­teó a las fuer­zas polí­ti­cas de enton­ces una dis­yun­ti­va fatal: se acep­ta­ba la Enmien­da Platt a la nue­va Cons­ti­tu­ción o con­ti­nua­ba la ocu­pa­ción mili­tar; es decir, o repú­bli­ca neo­co­lo­nial o pro­tec­to­ra­do yanqui.

Enton­ces tam­bién fal­ta­ba la guía del máxi­mo líder de la Revo­lu­ción, José Mar­tí, quien antes de la gue­rra había pre­vis­to que la inde­pen­den­cia de Cuba con res­pec­to a Espa­ña pron­to ten­dría que plan­tear­se tam­bién como inde­pen­den­cia con res­pec­to a los Esta­dos Uni­dos. La his­to­ria no tar­dó mucho en dar­le la razón.

La inter­ven­ción mili­tar esta­dou­ni­den­se en la Gue­rra del 95 nos arre­ba­tó la sobe­ra­nía de un zar­pa­zo. Cuba comen­za­ba a salir de la más cruel y mor­tí­fe­ra polí­ti­ca de recon­cen­tra­ción, una evi­den­te pre­mo­ni­ción del fas­cis­mo euro­peo que le había ser­vi­do a William Ran­dolph Hearst para mani­pu­lar la opi­nión públi­ca esta­dou­ni­den­se, pre­sen­tan­do el caso de los cuba­nos como una «nación debi­li­ta­da», nece­si­ta­da del bien­in­ten­cio­na­do apo­yo del impe­ria­lis­mo gringo.

La oli­gar­quía mediá­ti­ca, enton­ces y aho­ra, se diver­tía usan­do fotos de las ciu­da­des, repre­sen­ta­ti­vas de una deca­den­cia acu­mu­la­da, en la que aún así sobre­vi­vían las per­so­nas. La pobre­za les sigue pro­vo­can­do morbo.

Pero la dife­ren­cia entre enton­ces y aho­ra es cru­cial: la recon­cen­tra­ción se ha tor­na­do en un blo­queo de más de seis déca­das, que hoy se ha con­fi­gu­ra­do en tér­mi­nos tota­li­ta­rios. Vivi­mos bajo los efec­tos del tota­li­ta­ris­mo yan­qui, del fas­cis­mo MAGA. Y aún así, sien­do los res­pon­sa­bles de esta recon­cen­tra­ción del siglo XXI y en la esca­la geo­po­lí­ti­ca en que la sufre Cuba, no dudan en pre­sen­tar­se como sal­va­do­res del país, tal y como lo hicie­ron más de un siglo atrás, cuan­do sus caño­ne­ras pre­go­na­ban en nues­tras cos­tas las ven­ta­jas de su moder­ni­dad racis­ta y eli­tis­ta a cam­bio de nues­tra soberanía.

Aho­ra, como enton­ces, no pocos cal­cu­lan que el derro­ca­mien­to del gobierno cubano o su derro­ta polí­ti­ca, dos opcio­nes satis­fac­to­rias para la polí­ti­ca impe­rial, podrían repre­sen­tar una mejo­ra inme­dia­ta y a cor­to pla­zo de las con­di­cio­nes de vida. Pare­ce­ría que nues­tra debi­li­dad y ais­la­mien­to en el mun­do nos han pues­to a mer­ced de los deseos del impe­rio, pero ello no sig­ni­fi­ca que la ren­di­ción sea el úni­co camino.

No es ocio­so recor­dar lo que un siglo atrás, diji­mos los cuba­nos: que acep­tar la Enmien­da Platt equi­va­lía a entre­gar­le las lla­ves de la casa al vecino pode­ro­so que nos des­pre­cia­ba, que nos con­si­de­ra­ba seres huma­nos de segun­da y que tenía, y aún hoy tie­ne, el poder sufi­cien­te para ava­sa­llar­nos. La úni­ca opción con posi­bi­li­dad de éxi­to es la de combatirlo.

Como demos­tró la his­to­ria, la repú­bli­ca neo­co­lo­nial impu­so y man­tu­vo, con la san­gría del país, la demo­cra­cia de los due­ños extran­je­ros y sus repre­sen­tan­tes subor­di­na­dos de aden­tro. Pen­sar que la ren­di­ción es el úni­co camino, el de la mejo­ría inme­dia­ta, sig­ni­fi­ca some­ter­se a un rea­lis­mo colo­nial que pare­ce cam­par a sus anchas en bue­na par­te del Ter­cer Mun­do que una vez fue­ra, por el con­tra­rio, un her­vi­de­ro anticolonialista.

Es cier­to que esta­mos ais­la­dos, que las poten­cias que podrían con­tra­rres­tar el pode­río impe­rial se han lava­do las manos y que en esta bata­lla resul­ta muy difí­cil ven­cer estan­do solos, pero eso no impli­ca que no haya que seguir luchan­do, por­que solo la lucha, ingen­te, coti­dia­na y dolo­ro­sa, res­ti­tu­ye el des­tino de los pueblos.

Cuba, con todos sus defec­tos, sigue sien­do la demos­tra­ción sim­bó­li­ca de que otro tipo de socie­dad es posi­ble, de que no hay que some­ter­se a los pode­res impe­ria­les; de lo con­tra­rio no se esfor­za­rían tan­to en des­truir a la Revo­lu­ción cubana.

Lo quie­ren hacer por­que Cuba, aún sin ser eco­nó­mi­ca­men­te rele­van­te, tie­ne impor­tan­cia geo­po­lí­ti­ca y sim­bó­li­ca. ¿Y aca­so no es lo sim­bó­li­co un cam­po de luchas fie­ro, como pocos, en la polí­ti­ca mun­dial actual? ¿Aca­so no es uno de los terre­nos fun­da­men­ta­les don­de se está mar­can­do la nove­dad de este neo­fas­cis­mo que, en lo eco­nó­mi­co, no hace más que repe­tir el con­sen­so neoliberal?

La pre­po­ten­cia y el cinis­mo neo­fas­cis­ta, con Trump como su líder glo­bal, está recon­fi­gu­ran­do el orden sim­bó­li­co de la polí­ti­ca, está reabrien­do la puer­ta a la expre­sión públi­ca de la per­ver­sión impe­ria­lis­ta y colo­nial, mien­tras sos­tie­ne la con­ti­nui­dad del capi­ta­lis­mo eco­nó­mi­co. Con Trump se están coro­nan­do tam­bién las con­tra­rre­vo­lu­cio­nes neo­li­be­ral y neo­con­ser­va­do­ra que una vez lide­ra­ron sus ante­ce­so­res más exi­mios: Reagan y Bush Jr.

Tam­bién para ellos la ani­qui­la­ción de la Revo­lu­ción cuba­na fue un obje­to de deseo, un deli­rio. No es casual que cada recom­po­si­ción del sec­tor reac­cio­na­rio, encar­na­do en el Par­ti­do Repu­bli­cano, reca­li­bre la agre­si­vi­dad con­tra Cuba. Reagan en su momen­to tuvo que lidiar con los tími­dos avan­ces que había repre­sen­ta­do la cor­ta admi­nis­tra­ción de Jimmy Car­ter, de mane­ra simi­lar a Trump con Obama.

Pero en los tiem­pos de Reagan y Bush Jr. o bien exis­tía la Unión Sovié­ti­ca o bien aca­ba­ba de triun­far el cha­vis­mo y, con este últi­mo, una olea­da de gobier­nos pro­gre­sis­tas en la región. Aho­ra, en cam­bio, esta­mos solos. El gobierno, entre tan­to, tie­ne que admi­nis­trar un país pre­sio­na­do por todas par­tes, casi sin recur­sos, bajo ame­na­za de inva­sión mili­tar en cual­quier momen­to. La pobla­ción, por su par­te, es pre­sen­ta­da por los medios hege­mó­ni­cos —y muchas veces pen­sa­da por noso­tros mis­mos— como un ente sufrien­te, aso­la­do por innu­me­ra­bles difi­cul­ta­des; puras víc­ti­mas sin agen­cia ni cri­te­rio, que o se opo­nen al gobierno o son estú­pi­dos —una de dos — .

Pero el pue­blo de Cuba, con su pro­ver­bial mali­cia y humor ante las adver­si­da­des, dis­ta mucho de esa ima­gen sim­plis­ta. Por eso pre­fie­ro pen­sar en la gen­te real, pre­fie­ro pen­sar, por ejem­plo, en mis abue­los, que han vivi­do en car­ne pro­pia todo el pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio, que por­tan inclu­so las memo­rias de sus abue­los mam­bi­ses de la Gue­rra del 95, y de sus padres que sufrie­ron la dic­ta­du­ra de Macha­do y la cri­sis del 29. Mis abue­los, que a veces reme­mo­ran la Revo­lu­ción como una anda­na­da de vici­si­tu­des, pero a los que nun­ca he escu­cha­do hacer ni una apo­lo­gía ton­ta ni una crí­ti­ca contrarrevolucionaria.

Mis abue­los, sin los recur­sos que nece­si­tan, solos —en la medi­da en que se pue­de estar solo en un país tan social— , debi­li­ta­dos por tan­tos años de lucha, son algo así como una metá­fo­ra de Cuba. No se sabe cómo, pero se levan­tan día tras día para cum­plir con «todas las tareas» —así les dicen, usan­do el vie­jo len­gua­je de la Revo­lu­ción— de la super­vi­ven­cia coti­dia­na. La cola del pan, la com­pra de ali­men­tos caros, la reor­ga­ni­za­ción de los hora­rios de lava­do y coci­na en fun­ción de cuán­do lle­gan el agua y la corrien­te, si es que tie­nen la suer­te de que ambas coin­ci­dan. Nada de eso los abru­ma ni des­mo­vi­li­za, aun­que les cobra una tris­te­za y una ener­gía vital que nun­ca hacen evidente.

Y a pesar de todo, no dejan de escri­bir un men­sa­je de apo­yo o preo­cu­par­se por la situa­ción del nie­to que está lejos y solo, pero de otra mane­ra. Por eso, por­que saben enten­der el dolor de los otros, siem­pre dicen que están «bien» o «vivos», como si las pala­bras pudie­ran cal­mar al que pre­gun­ta todos los días en medio de la angus­tia. Y aún, lue­go de cum­plir con «todas las tareas» del hogar, cons­tru­yen el tiem­po para apo­yar a la her­ma­na que tie­ne un hijo con sín­dro­me de Down y lle­va un año luchan­do con­tra el cán­cer, y aho­ra ve retra­sar­se su ope­ra­ción, jus­to en el momen­to más opor­tuno de la evo­lu­ción de la enfer­me­dad, por cul­pa del blo­queo total de los Esta­dos Unidos.

Esa soli­da­ri­dad con los demás a cos­ta del bien­es­tar pro­pio, esa capa­ci­dad para enfren­tar con ente­re­za los desa­fíos insul­sos del dia­rio, esa volun­tad de poner­le bue­na cara a las difi­cul­ta­des, de decir que «hoy nos per­do­na­ron con la corrien­te, así que esta­mos bien», todo eso es la con­den­sa­ción real y vivien­te de la his­to­ria de luchas del pue­blo cubano y de su Revolución.

Los yan­quis no solo quie­ren eli­mi­nar la Revo­lu­ción y derro­car el gobierno —en ese orden— , quie­ren arre­ba­tar­nos a nues­tros abue­los, a toda esa cul­tu­ra que encar­na tam­bién la com­ple­ji­dad y ente­re­za del pro­ce­so cubano. Quie­ren des­apa­re­cer a nues­tros vie­jos vene­ra­bles, a los más ente­ros lucha­do­res de la his­to­ria nacio­nal, a los que una vez cons­tru­ye­ron el socia­lis­mo, aún sin saber cómo lo esta­ban haciendo.

Por eso no hay nego­cia­ción que val­ga ni con­ce­sión que pese ante la ambi­ción neo­fas­cis­ta del impe­ria­lis­mo, por­que lo que quie­ren arre­ba­tar­le a Cuba es pre­ci­sa­men­te lo úni­co que nos dis­tin­gue como nación, como Esta­do y, sobre todo, como pue­blo, lo úni­co que nos que­da en medio de la pobre­za y que hemos ido cons­tru­yen­do pre­ci­sa­men­te a gol­pe de lucha dia­ria, lo úni­co que, en defi­ni­ti­va, sos­tie­ne la espe­ran­za: la dignidad.

Ley­ner Ortiz Betancourt

19 de mar­zo de 2026

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