MOH02. TRÍPOLI (LIBIA), 22/07/2011.- La imagen gigante del líder libio Muamar al Gadafi es desvelada en la Plaza Verde del centro de Trípoli, hoy, viernes 22 de julio de 2011. Los rebeldes en Bengasi planearon una conferencia del 'diálogo nacional' para formular al futuro de Libia tras Gadafi. Añadieron que a la conferencia asistirían unos 350 políticos, intelectuales y hombres de negocios de dentro y fuera del país. Fijada para el 28 de julio, la conferencia discutirá los aspectos de una 'suave transferencia de la revolución a un estado independiente y estable' en Libia, según los organizadores. Las protestas por la libertad comenzaron en Libia a mediados de febrero, pero se convirtieron en un conflicto armado tras una violenta represión gubernamental. EFE/Str

Libia como bisa­gra geo­po­lí­ti­ca de los con­flic­tos regionales

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Quin­ce años des­pués del ase­si­na­to de Muam­mar Gadaf­fi, Libia no es solo un país frag­men­ta­do, es un espa­cio cla­ve don­de con­flu­yen las gue­rras del Sahel, la devas­ta­ción suda­ne­sa y la secu­ri­ti­za­ción euro­pea del Medi­te­rrá­neo. Lejos de un con­flic­to ais­la­do, el terri­to­rio libio fun­cio­na como nodo cen­tral de un sis­te­ma regio­nal basa­do en la ges­tión del desorden.

A quin­ce años de la inter­ven­ción mili­tar de 2011, Libia con­ti­núa atra­pa­da en una cri­sis que ya no pue­de expli­car­se úni­ca­men­te en tér­mi­nos inter­nos. La des­truc­ción del Esta­do libio comen­zó mucho antes que aquel 20 de octu­bre, fecha en la que fue ase­si­na­do el coro­nel Gadaf­fi. Aque­lla ofen­si­va, impul­sa­da polí­ti­ca­men­te por Esta­dos Uni­dos y eje­cu­ta­da por la OTAN —con Fran­cia y el Rei­no Uni­do a la cabe­za— bajo el ampa­ro de una reso­lu­ción de Nacio­nes Uni­das pre­sen­ta­da como «huma­ni­ta­ria», no se limi­tó a pro­te­ger civi­les. El bom­bar­deo sis­te­má­ti­co y el colap­so del apa­ra­to esta­tal cul­mi­na­ron con el ase­si­na­to de Muam­mar Gadaf­fi y la caí­da de un Esta­do prós­pe­ro que ade­más abrió un ciclo de frag­men­ta­ción ins­ti­tu­cio­nal cuyas con­se­cuen­cias siguen recon­fi­gu­ran­do el mapa regio­nal. Libia ya no pudo ser recons­trui­da ni social ni políticamente.

Des­de enton­ces, la per­sis­ten­cia de gobier­nos riva­les, mili­cias arma­das y una sobe­ra­nía dis­per­sa sue­le ser pre­sen­ta­da como un pro­ble­ma domés­ti­co, casi endé­mi­co. Sin embar­go, esa lec­tu­ra resul­ta insu­fi­cien­te. La des­truc­ción del Esta­do libio no pro­du­jo una tran­si­ción polí­ti­ca orde­na­da, sino un vacío fun­cio­nal, nece­sa­rio y orques­ta­do des­de Esta­dos Uni­dos, OTAN y Unión Euro­pea (UE), acor­de a los intere­ses detrás de los recur­sos natu­ra­les libios, que fue rápi­da­men­te ocu­pa­do por acto­res arma­dos, redes eco­nó­mi­cas ilí­ci­tas. Enton­ces pode­mos afir­mar que a par­tir de allí Libia dejó de ser úni­ca­men­te esce­na­rio de su pro­pio colap­so para con­ver­tir­se en un espa­cio estra­té­gi­co don­de con­flu­yen con­flic­tos, intere­ses y flu­jos que atra­vie­san bue­na par­te del con­ti­nen­te afri­cano y se pro­yec­tan hacia Europa.

Hoy el país ocu­pa un lugar sin­gu­lar en la geo­po­lí­ti­ca regio­nal. El sur libio conec­ta con un Sahel atra­ve­sa­do por insur­gen­cias, eco­no­mías de gue­rra y gobier­nos que bus­can jun­tos alter­na­ti­vas de defen­sa, eco­nó­mi­cas y socia­les para lograr su auto­de­ter­mi­na­ción; su flan­co orien­tal se vin­cu­la de mane­ra direc­ta con la gue­rra en Sudán y las ten­sio­nes del Cuerno de Áfri­ca; y su cos­ta medi­te­rrá­nea fun­cio­na como fron­te­ra exter­na­li­za­da de la Unión Euro­pea. Esta posi­ción no es acci­den­tal ni coyun­tu­ral: es el resul­ta­do direc­to de una inter­ven­ción que des­man­te­ló la sobe­ra­nía libia sin cons­truir un orden alter­na­ti­vo viable.

Mien­tras los dis­cur­sos inter­na­cio­na­les insis­ten en sali­das elec­to­ra­les o fór­mu­las téc­ni­cas de esta­bi­li­za­ción, sobre el terreno se con­so­li­da otra reali­dad: una Libia fun­cio­nal a la regio­na­li­za­ción de la vio­len­cia y a la ges­tión del des­or­den. Com­pren­der este entra­ma­do exi­ge correr la mira­da del enfo­que secu­ri­ta­rio clá­si­co y leer al país como bisa­gra geo­po­lí­ti­ca, no como ano­ma­lía. Solo des­de allí es posi­ble enten­der por qué la cri­sis libia per­sis­te, por qué invo­lu­cra a tan­tos acto­res exter­nos y por qué su futu­ro está ínti­ma­men­te liga­do al del Sahel, el Cuerno de Áfri­ca y el Mediterráneo.

La Libia que se con­fi­gu­ró a par­tir de 2011 no pue­de enten­der­se como un país en tran­si­ción ni como un sim­ple esce­na­rio de gue­rra civil. La inter­ven­ción mili­tar exter­na, pre­sen­ta­da bajo el ropa­je huma­ni­ta­rio, des­ar­ti­cu­ló de mane­ra abrup­ta la arqui­tec­tu­ra esta­tal exis­ten­te sin ofre­cer un meca­nis­mo interno de recom­po­si­ción. El ase­si­na­to de Muam­mar Gadaf­fi, lejos de cerrar un ciclo polí­ti­co, inau­gu­ró un perío­do pro­lon­ga­do de frag­men­ta­ción ins­ti­tu­cio­nal, pri­va­ti­za­ción de la vio­len­cia y dispu­ta per­ma­nen­te por el con­trol del terri­to­rio y de los recursos.

Des­de enton­ces, el país dejó de estar orga­ni­za­do alre­de­dor de una auto­ri­dad cen­tral y pasó a fun­cio­nar bajo una lógi­ca de gober­nan­za frag­men­ta­da. Esa frac­tu­ra se expre­sa con cla­ri­dad en la exis­ten­cia de dos polos de poder que se dispu­tan legi­ti­mi­dad, recur­sos y con­trol ins­ti­tu­cio­nal. Por un lado, el Gobierno de Uni­dad Nacio­nal con sede en Trí­po­li, reco­no­ci­do inter­na­cio­nal­men­te y sos­te­ni­do por un entra­ma­do de mili­cias loca­les y alian­zas exter­nas. Por otro, un esque­ma de poder asen­ta­do en el este del país, arti­cu­la­do alre­de­dor de la Cáma­ra de Repre­sen­tan­tes y del apa­ra­to mili­tar con­du­ci­do por Kha­li­fa Haf­tar, con Ben­ga­si como cen­tro polí­ti­co-ope­ra­ti­vo. Más que dos gobier­nos for­ma­les, Libia ope­ra con dos capi­ta­les de fac­to, dos cade­nas de man­do y dos sis­te­mas de admi­nis­tra­ción del poder que con­vi­ven en ten­sión sin que nin­guno logre impo­ner­se de mane­ra definitiva.

Esta dispu­ta no se estruc­tu­ra en torno a pro­yec­tos polí­ti­cos anta­gó­ni­cos, sino alre­de­dor del con­trol de ins­ti­tu­cio­nes cla­ve: minis­te­rios, apa­ra­tos de segu­ri­dad, ban­cos, adua­nas y meca­nis­mos de dis­tri­bu­ción de la ren­ta petro­le­ra. En este esque­ma, la polí­ti­ca se redu­ce a la ges­tión del empa­te, a solo coexis­tir de ambos lados, por supues­to que esta con­vi­ven­cia no es paci­fi­ca ni mucho menos, los des­acuer­dos entre estas fac­cio­nes sue­len ser san­grien­tas y con el pue­blo libio como rehén. Enton­ces vamos a decir que la esta­bi­li­dad se sos­tie­ne median­te pac­tos tem­po­ra­les entre éli­tes arma­das, repar­to de recur­sos y acuer­dos de con­ve­nien­cia que blo­quean cual­quier inten­to de recom­po­si­ción esta­tal de lar­go pla­zo. Es por ello que las elec­cio­nes frus­tra­das y los pro­ce­sos de diá­lo­go incon­clu­sos no res­pon­den a fallas téc­ni­cas, sino a un sis­te­ma que encuen­tra en la pará­li­sis una for­ma de equi­li­brio con­ve­nien­te para todos, inclu­so para las poten­cias que se bene­fi­cian con este «des­go­bierno».

Esta for­ma de gober­nan­za no debe con­fun­dir­se con anar­quía. Lo que se con­so­li­dó en Libia es un orden infor­mal, sos­te­ni­do por acto­res que apren­die­ron a admi­nis­trar la frag­men­ta­ción como recur­so. Mili­cias, auto­ri­da­des loca­les y redes eco­nó­mi­cas no actúan en el vacío: esta­ble­cen pac­tos, deli­mi­tan zonas de influen­cia, nego­cian acce­sos a recur­sos y regu­lan la vio­len­cia de mane­ra selectiva.

A esta cri­sis de gober­nan­za se super­po­ne una heren­cia que nun­ca fue resuel­ta: la suce­sión (polí­ti­ca) de Gadaf­fi. El tra­ta­mien­to pos­te­rior de su entorno fami­liar es una expre­sión direc­ta del colap­so ins­ti­tu­cio­nal. Deten­cio­nes ile­ga­les pro­lon­ga­das, pro­ce­sos judi­cia­les incon­clu­sos, amnis­tías par­cia­les y libe­ra­cio­nes recien­tes con­vi­ven den­tro de un sis­te­ma legal frag­men­ta­do, sin auto­ri­dad uni­fi­ca­da. La recien­te libe­ra­ción de Han­ni­bal Gadaf­fi vol­vió a poner en dis­cu­sión el lugar polí­ti­co de la fami­lia en la Libia actual. Saif al-Islam Gadaf­fi sigue sien­do la figu­ra más visi­ble de esa heren­cia, aun­que la dispu­ta fami­liar con el res­to de los hijos del Coro­nel está más que pre­sen­te en la polí­ti­ca del país, Saif logró de, algu­na mane­ra, man­te­ner­se acti­vo a pesar de con­de­nas judi­cia­les, pedi­dos de cap­tu­ra inter­na­cio­na­les, habi­li­ta­cio­nes polí­ti­cas con­tra­dic­to­rias con­den­sa, inclu­so pre­sen­tán­do­se en elec­cio­nes inter­nas. Para algu­nos sec­to­res socia­les, su figu­ra repre­sen­ta la memo­ria de un Esta­do fun­cio­nal fren­te al caos pos­te­rior; para otros, encar­na un régi­men que nun­ca fue juz­ga­do de mane­ra autó­no­ma por el pro­pio pue­blo libio. Esa ambi­güe­dad no es per­so­nal: es institucional.

En para­le­lo, las decla­ra­cio­nes públi­cas recien­tes de una de las hijas de Gadaf­fi, con fuer­tes cues­tio­na­mien­tos al orden sur­gi­do tras 2011 y denun­cias sobre la inter­ven­ción extran­je­ra, con­fir­man que la dispu­ta no es solo polí­ti­ca o jurí­di­ca, sino tam­bién sim­bó­li­ca. En ausen­cia de un rela­to nacio­nal uni­fi­ca­do, el pasa­do vuel­ve a ocu­par espa­cio en el pre­sen­te, no por su fuer­za pro­pia, sino por la debi­li­dad del Esta­do que debía reemplazarlo.

Este entra­ma­do de doble poder, memo­ria incon­clu­sa y cap­tu­ra ins­ti­tu­cio­nal no se ago­ta den­tro de las fron­te­ras libias. Por el con­tra­rio, es pre­ci­sa­men­te esta for­ma de gober­nan­za frag­men­ta­da la que pro­yec­ta sus efec­tos hacia el sur. Allí, la región de Fez­zan se con­so­li­dó como el pun­to más visi­ble de esa pro­yec­ción: un terri­to­rio don­de la auto­ri­dad esta­tal nun­ca logró recom­po­ner­se y don­de la fron­te­ra dejó de ope­rar como lími­te sobe­rano para con­ver­tir­se en zona de trán­si­to permanente.

Libia, un mal vecino

El sur libio conec­ta de mane­ra direc­ta con Níger y Chad, y a tra­vés de ellos con Malí y Bur­ki­na Faso. En ese espa­cio, la dis­per­sión de arse­na­les tras 2011 fue dan­do paso, con el correr de los años, a un orden infor­mal más esta­ble, sos­te­ni­do por mili­cias loca­les, redes tri­ba­les arma­das y eco­no­mías ilí­ci­tas que se vol­vie­ron estruc­tu­ra­les. La cir­cu­la­ción de armas, com­bus­ti­ble, per­so­nas y mer­ce­na­rios dejó de ser un fenó­meno epi­só­di­co para trans­for­mar­se en infra­es­truc­tu­ra. No se tra­ta de un vacío, sino de un terri­to­rio fun­cio­nal a múl­ti­ples actores.

Con el paso del tiem­po, este sis­te­ma se vol­vió más eco­nó­mi­co que mili­tar. Si bien las armas siguen cir­cu­lan­do, el cora­zón del entra­ma­do es logís­ti­co: com­bus­ti­ble, vehícu­los, man­te­ni­mien­to, infor­ma­ción y pro­tec­ción arma­da. El con­trol de estos recur­sos defi­ne quién pue­de mover­se, quién pue­de ope­rar y quién que­da fue­ra. Así, la vio­len­cia deja de ser solo ideo­ló­gi­ca o insur­gen­te y se inte­gra a una eco­no­mía polí­ti­ca del trán­si­to, don­de Sahel, Libia y el este afri­cano que­dan enla­za­dos por intere­ses mate­ria­les concretos.

La poro­si­dad del sur libio no impli­ca una polí­ti­ca deli­be­ra­da de apo­yo a orga­ni­za­cio­nes arma­das del Sahel, pero sí gene­ra las con­di­cio­nes mate­ria­les que faci­li­tan su expan­sión. Los gru­pos insur­gen­tes vin­cu­la­dos a Gru­po de Defen­sa del Islam y los Musul­ma­nes (JNIM) y la Pro­vin­cia del Esta­do Islá­mi­co del Sahel, no nece­si­tan res­pal­do esta­tal direc­to cuan­do exis­ten corre­do­res don­de se com­pran armas, se con­si­gue com­bus­ti­ble, se mue­ven com­ba­tien­tes y se finan­cian ope­ra­cio­nes. En ese sen­ti­do, la frag­men­ta­ción libia ope­ra como mul­ti­pli­ca­dor de la ines­ta­bi­li­dad sahe­lia­na, no por inten­ción, sino por estructura.

La gue­rra en Sudán y la ines­ta­bi­li­dad per­sis­ten­te en Chad refor­za­ron este patrón. El des­pla­za­mien­to de com­ba­tien­tes, el reor­de­na­mien­to de rutas y la pre­sión sobre mer­ca­dos de armas y com­bus­ti­ble recon­fi­gu­ra­ron el sur libio como espa­cio de absor­ción y redis­tri­bu­ción de ten­sio­nes pro­ve­nien­tes tan­to del Sahel como del Cuerno de Áfri­ca. Libia que­dó así inser­ta en un sis­te­ma de con­flic­tos inter­co­nec­ta­dos que ya no pue­den leer­se de mane­ra aislada.

Des­de allí, la pro­yec­ción con­ti­núa hacia el nor­te. Los mis­mos corre­do­res que conec­tan Libia con el Sahel y el este afri­cano desem­bo­can en el Medi­te­rrá­neo. Migra­ción, con­trol fron­te­ri­zo exter­na­li­za­do y secu­ri­ti­za­ción euro­pea com­ple­tan el trián­gu­lo. Libia se con­vier­te así en bisa­gra: un terri­to­rio don­de con­flu­yen las cri­sis del Sahel, las gue­rras del este afri­cano y las polí­ti­cas de con­ten­ción que se pro­yec­tan des­de el norte.

En este pun­to, Libia deja de ser solo un caso nacio­nal y pasa a fun­cio­nar como espa­cio de arti­cu­la­ción de una cri­sis más amplia. Un Esta­do frag­men­ta­do hacia aden­tro, permea­ble hacia afue­ra y cen­tral para com­pren­der cómo se conec­tan, se ali­men­tan y se sos­tie­nen los con­flic­tos del Sahel, el Cuerno de Áfri­ca y el Mediterráneo.

Libia y el eje orien­tal: Sudán, Cuerno de Áfri­ca y la regio­na­li­za­ción del conflicto

La pro­yec­ción regio­nal de Libia no se limi­ta al Sahel. Como deci­mos más arri­ba, hacia el este, el país se inser­ta en otro eje de ines­ta­bi­li­dad que atra­vie­sa Sudán y se pro­yec­ta sobre el Cuerno de Áfri­ca. Allí, la frag­men­ta­ción libia vuel­ve a ope­rar como con­di­ción habi­li­tan­te: no como cau­sa direc­ta de los con­flic­tos, sino como espa­cio de trán­si­to, reta­guar­dia y recom­po­si­ción de acto­res arma­dos, eco­no­mías de gue­rra y apo­yos externos.

La gue­rra en Sudán pro­fun­di­zó esta diná­mi­ca. El enfren­ta­mien­to entre las Fuer­zas Arma­das Suda­ne­sas y las Fuer­zas de Apo­yo Rápi­do no solo desan­gró al país, sino que des­or­de­nó el mapa regio­nal de rutas, mer­ca­dos y alian­zas arma­das. En ese pro­ce­so, el sur y el este libio adqui­rie­ron un valor estra­té­gi­co reno­va­do. La cir­cu­la­ción de com­ba­tien­tes, el reaco­mo­da­mien­to de redes de con­tra­ban­do y la pre­sión sobre los mer­ca­dos de armas y com­bus­ti­ble encon­tra­ron en terri­to­rio libio un espa­cio de absor­ción y redis­tri­bu­ción. Libia no apa­re­ce como actor beli­ge­ran­te for­mal, pero sí como par­te del eco­sis­te­ma mate­rial que sos­tie­ne la guerra.

Este víncu­lo se ve refor­za­do por la posi­ción de Kha­li­fa Haf­tar. Las cone­xio­nes his­tó­ri­cas, polí­ti­cas y logís­ti­cas entre el eje orien­tal y acto­res suda­ne­ses y cha­dia­nos con­vier­ten a Ben­ga­si y su hin­ter­land en un puen­te natu­ral entre los con­flic­tos del Sahel cen­tral y la gue­rra suda­ne­sa. En ese cru­ce, la dis­tin­ción entre esce­na­rios sepa­ra­dos se vuel­ve arti­fi­cial: los mis­mos corre­do­res, inter­me­dia­rios y eco­no­mías ilí­ci­tas ali­men­tan fren­tes dis­tin­tos según la coyuntura.

En este entra­ma­do, el rol de Libia como corre­dor adquie­re una dimen­sión deci­si­va cuan­do se obser­va la par­ti­ci­pa­ción indi­rec­ta de Emi­ra­tos Ára­bes Uni­dos en la gue­rra suda­ne­sa. El terri­to­rio libio —en par­ti­cu­lar el este y el sur bajo influen­cia del eje de Haf­tar— fue uti­li­za­do como ruta de trán­si­to logís­ti­co para el abas­te­ci­mien­to de las Fuer­zas de Apo­yo Rápi­do a tra­vés de la entra­da de armas y mer­ce­na­rios y la sali­da de los recur­sos suda­ne­ses, prin­ci­pal­men­te el oro con­tro­la­do por la fami­lia de Moha­med Ham­dan Daga­lo, alias Hemed­ti, gene­ral de las RSF. No se tra­ta de una impli­ca­ción for­mal del Esta­do libio, sino del uso de un espa­cio frag­men­ta­do, sin con­trol sobe­rano efec­ti­vo, que per­mi­te ope­ra­cio­nes encu­bier­tas y negables.

En este esque­ma, Libia fun­cio­na como pla­ta­for­ma de pro­yec­ción indi­rec­ta de una gue­rra regio­na­li­za­da, don­de los patro­ci­na­do­res exter­nos evi­tan la expo­si­ción direc­ta uti­li­zan­do corre­do­res ya con­so­li­da­dos por eco­no­mías ilí­ci­tas y alian­zas arma­das locales.

La arti­cu­la­ción entre Emi­ra­tos Ára­bes Uni­dos, acto­res arma­dos suda­ne­ses y estruc­tu­ras de poder en el este libio reve­la has­ta qué pun­to la frag­men­ta­ción del país se vuel­ve fun­cio­nal a intere­ses exter­nos. El con­trol par­cial del terri­to­rio, la opa­ci­dad ins­ti­tu­cio­nal y la super­po­si­ción de auto­ri­da­des crean las con­di­cio­nes idea­les para este tipo de inter­ven­cio­nes, que no requie­ren ocu­pa­ción for­mal ni ali­nea­mien­tos polí­ti­cos explí­ci­tos. Bas­ta con un espa­cio permea­ble y con acto­res dis­pues­tos a faci­li­tar el tránsito.

Este esque­ma intro­du­ce una dife­ren­cia cua­li­ta­ti­va res­pec­to de la pro­yec­ción libia hacia el Sahel. Mien­tras allí pre­do­mi­nan eco­no­mías ilí­ci­tas des­cen­tra­li­za­das, en el eje Libia – Sudán apa­re­ce con mayor cla­ri­dad la inter­ven­ción de Esta­dos regio­na­les que uti­li­zan el terri­to­rio libio como reta­guar­dia logís­ti­ca. La gue­rra suda­ne­sa no se libra úni­ca­men­te en sus fren­tes visi­bles, sino tam­bién en los corre­do­res que la sos­tie­nen des­de el exterior.

Sudán, a su vez, actúa como puer­ta de entra­da al Cuerno de Áfri­ca. La pro­lon­ga­ción del con­flic­to empu­ja des­pla­za­mien­tos huma­nos masi­vos, recon­fi­gu­ra redes arma­das y ten­sio­na a paí­ses ya frá­gi­les como Chad, Sudán del Sur y Etio­pía. En ese con­tex­to, Libia apa­re­ce como una reta­guar­dia fle­xi­ble, capaz de absor­ber exce­den­tes de vio­len­cia, com­ba­tien­tes des­mo­vi­li­za­dos tem­po­ral­men­te y flu­jos eco­nó­mi­cos que bus­can nue­vos espa­cios de cir­cu­la­ción. La gue­rra no se expor­ta de mane­ra lineal; se redistribuye.

El Cuerno de Áfri­ca com­ple­ta este eje. La ines­ta­bi­li­dad en Sudán, las ten­sio­nes per­sis­ten­tes en Etio­pía, Eri­trea y Soma­lia, y la cre­cien­te mili­ta­ri­za­ción del Mar Rojo con­fi­gu­ran un entorno don­de el con­trol de corre­do­res terres­tres y marí­ti­mos resul­ta deci­si­vo. Libia, aun­que geo­grá­fi­ca­men­te sepa­ra­da del Mar Rojo, que­da inte­gra­da a este table­ro a tra­vés de Sudán. Así, el país se inser­ta en una cade­na que va del Sahel al Cuerno y de allí al Medi­te­rrá­neo, arti­cu­lan­do espa­cios que sue­len ana­li­zar­se por sepa­ra­do, pero que fun­cio­nan como un mis­mo sis­te­ma de cri­sis interconectadas.

En este pun­to, Libia deja de ser solo un nodo logís­ti­co y pasa a desem­pe­ñar un rol polí­ti­co indi­rec­to: el de amor­ti­gua­dor nega­ti­vo. Absor­be, redis­tri­bu­ye y recon­fi­gu­ra ten­sio­nes sin resol­ver­las, per­mi­tien­do que los con­flic­tos se pro­lon­guen sin colap­sar com­ple­ta­men­te el sis­te­ma regio­nal. Su frag­men­ta­ción inter­na, lejos de ser una ano­ma­lía, se vuel­ve fun­cio­nal a la regio­na­li­za­ción de la guerra.

En este con­tex­to, el futu­ro inme­dia­to de Libia no pare­ce orien­tar­se hacia una recom­po­si­ción sobe­ra­na ple­na, sino hacia una con­so­li­da­ción del mode­lo frag­men­ta­do. No por­que fal­ten diag­nós­ti­cos o pro­pues­tas de sali­da, sino por­que los prin­ci­pa­les acto­res que ope­ran sobre el terri­to­rio —regio­na­les y extra-regio­na­les— han apren­di­do a con­vi­vir con una Libia débil, divi­di­da y nego­cia­ble. La frag­men­ta­ción, lejos de ser un obs­tácu­lo, se vol­vió un acti­vo: per­mi­te inter­ve­nir sin res­pon­sa­bi­li­zar­se, influir sin gober­nar y extraer bene­fi­cios sin asu­mir cos­tos polí­ti­cos directos.

Si esta lógi­ca per­sis­te, Libia ten­de­rá a pro­fun­di­zar su rol como espa­cio bisa­gra más que como Esta­do arti­cu­la­dor. El sur segui­rá fun­cio­nan­do como corre­dor estra­té­gi­co entre Sahel y este afri­cano; el este man­ten­drá su pro­yec­ción hacia Sudán y el Mar Rojo; y la fran­ja cos­te­ra con­ti­nua­rá sien­do admi­nis­tra­da como fron­te­ra exter­na­li­za­da de Euro­pa. Cada zona res­pon­de­rá a diná­mi­cas dis­tin­tas, con equi­li­brios loca­les rela­ti­va­men­te esta­bles, pero sin un cen­tro polí­ti­co capaz de inte­grar el con­jun­to. Más que un país en recons­truc­ción, Libia corre el ries­go de cris­ta­li­zar­se como un terri­to­rio fun­cio­nal­men­te divi­di­do, esta­ble en su inestabilidad.

En para­le­lo, la evo­lu­ción de los con­flic­tos veci­nos ten­de­rá a refor­zar esa ten­den­cia. La pro­lon­ga­ción de la gue­rra en Sudán, la incer­ti­dum­bre en el Sahel y la cre­cien­te mili­ta­ri­za­ción del Mar Rojo segui­rán pre­sio­nan­do sobre los corre­do­res libios. En lugar de des­com­pri­mir, estos pro­ce­sos pue­den aumen­tar el valor estra­té­gi­co del terri­to­rio libio como reta­guar­dia, pla­ta­for­ma logís­ti­ca y espa­cio de redis­tri­bu­ción de ten­sio­nes. Cuan­to más se regio­na­li­cen los con­flic­tos, más cen­tral se vol­ve­rá Libia, pero no como actor sobe­rano, sino como infra­es­truc­tu­ra geopolítica.

La incóg­ni­ta prin­ci­pal no es si Libia logra­rá «vol­ver a ser un Esta­do» en el cor­to pla­zo, sino si el sis­te­ma regio­nal per­mi­ti­rá —o nece­si­ta­rá— que eso ocu­rra. Mien­tras la ges­tión del des­or­den siga sien­do más ren­ta­ble que la recons­truc­ción, cual­quier inten­to de uni­fi­ca­ción polí­ti­ca cho­ca­rá con intere­ses que ope­ran por deba­jo y por enci­ma del nivel nacio­nal. El ries­go, enton­ces, no es solo la pro­lon­ga­ción de la cri­sis libia, sino su nor­ma­li­za­ción: que la frag­men­ta­ción deje de per­ci­bir­se como pro­ble­ma y pase a ser acep­ta­da como for­ma per­ma­nen­te de orga­ni­za­ción del espacio.

Beto Cre­mon­te

16 de enero de 2026

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