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El ase­si­na­to de Saif al-Islam y la uni­dad prohi­bi­da de Libia

Tabla de contenidos

«Los hom­bres podrán par­tir, pero Libia per­ma­ne­ce». Con esas pala­bras, el equi­po polí­ti­co del Saif al-Islam Gad­da­fi anun­ció su ase­si­na­to en su resi­den­cia de Zin­tan. El comu­ni­ca­do no habló de una muer­te cual­quie­ra: habló de mar­ti­rio, de trai­ción y de un cri­men con­tra la patria. Este comu­ni­ca­do emi­ti­do a horas del ase­si­na­to no se tra­tó solo de un réquiem, fue una acu­sa­ción polí­ti­ca, un posi­cio­na­mien­to ejem­plar aún en la des­pe­di­da de su líder. La embos­ca­da arte­ra con la que pro­du­jo el ase­si­na­to de Saif al-Isalm aca­bo con un pro­yec­to cer­cano de la uni­dad de Libia no como evo­ca­ción del pasa­do, sino como recons­truc­ción a futuro.

La esce­na resue­na con fuer­za en la memo­ria libia. Hace quin­ce años, su padre, Muam­mar Gad­da­fi, era cap­tu­ra­do y eje­cu­ta­do tras la inter­ven­ción mili­tar de la OTAN, UE y Esta­dos Uni­dos que des­tru­yó el Esta­do libio bajo el pre­tex­to de la «pro­tec­ción de civi­les» y el derro­ca­mien­to de la supues­ta tira­nía que repre­sen­ta­ba Gad­da­fi. Des­de enton­ces, Libia no logró recom­po­ner­se como nación: que­dó par­ti­da entre gobier­nos riva­les, mili­cias arma­das, tri­bus enfren­ta­das y poten­cias extran­je­ras que nego­cian su futu­ro des­de fue­ra. Los pro­ce­sos de recon­fi­gu­ra­ción del Esta­do libio y la tan espe­ra­da y pro­me­ti­da recons­truc­ción nun­ca lle­go, de hecho se pro­fun­di­za­ron las divi­sio­nes inclu­so des­de los dife­ren­tes apo­yos exter­nos que reci­bían y reci­ben cada una de las fac­cio­nes que ya no pug­nan por ver quién se que­da con lo que que­de de Libia, sino que lo hacen en pos de man­te­ner orde­na­do el des­or­den que pro­du­ce la par­ti­ción del país.

Qui­zá como un pre­lu­dio de lo que ven­dría más tar­de o como una demos­tra­ción de la inte­li­gen­cia y ubi­ca­ción polí­ti­ca Saif al Islam Gad­da­fi ya veía en ese trá­gi­co 2011 libio el futu­ro de su país: «Toda Libia será des­trui­da. Nece­si­ta­re­mos 40 años para lle­gar a un acuer­do sobre cómo diri­gir el país, por­que hoy todos que­rrán ser pre­si­den­te o emir, y todos que­rrán gober­nar el país» (Saif al Islam Gad­da­fi, 2011).

En este con­tex­to de divi­sión y gue­rra inter­na Saif al-Islam había reapa­re­ci­do como una figu­ra incó­mo­da. No coman­da­ba ejér­ci­tos ni pro­me­tía vic­to­ria mili­tar, pero sí habla­ba de recon­ci­lia­ción, de sobe­ra­nía y de una Libia uni­fi­ca­da. Lo que muchos leían en su dis­cur­so como una heren­cia del pasa­do; para otros era la posi­bi­li­dad con­cre­ta de cerrar la gue­rra. Su ase­si­na­to no eli­mi­na solo a un hom­bre, eli­mi­na un pro­yec­to que no enca­ja­ba en el sis­te­ma de frag­men­ta­ción que gobier­na o mejor dicho des­go­bier­na al país des­de 2011.

Saif al-Islam: bio­gra­fía polí­ti­ca de una Libia imposible

Hablar y dete­ner­se a pen­sar en Saif al-Islam Gad­da­fi es hablar de una Libia que inten­tó refor­mar­se sin des­truir­se y de otra que fue des­trui­da sin poder recons­truir­se, la para­do­ja que sin dudas tie­ne auto­res inte­lec­tua­les y mate­ria­les, ya hemos men­cio­na­do a la OTAN, UE y Esta­dos Uni­dos detrás de la des­truc­ción de Libia a par­tir de 2011. Y es en ese con­tex­to y pre­vioa­men­te a este año que la influen­cia y tra­yec­to­ria de Saif cobra rele­van­cia den­tro y fue­ra del país ya que sin ser un jefe mili­tar o un cau­di­llo tri­bal arma­do, sino un actor polí­ti­co que emer­gió en el tra­mo final del Esta­do libio como ros­tro de una tran­si­ción inter­na posi­ble en la cual se des­ta­ca­ba la moder­ni­za­ción ins­ti­tu­cio­nal, la lucha con­tra la corrup­ción y la recon­ci­lia­ción entre tri­bus y regio­nes des­pla­za­das del cen­tro del poder. Cla­ra­men­te una figu­ra que inco­mo­da­ba a los sec­to­res que jus­ta­men­te bus­can todo lo con­tra­rio para Libia.

For­ma­do en dere­cho y cien­cias polí­ti­cas, ocu­pó un lugar sin­gu­lar en el últi­mo perío­do del gobierno de su padre. Mien­tras el gobierno era vis­to des­de fue­ra como mono­lí­ti­co, hacia den­tro se abría una ten­sión entre con­ti­nui­dad y refor­ma. Saif repre­sen­ta­ba esa grie­ta inter­na, habla­ba de Cons­ti­tu­ción, de Esta­do moderno y de rein­ser­ción inter­na­cio­nal sin renun­ciar a la sobe­ra­nía y al pan­afri­ca­nis­mo por el que su padre aun lucha­ba. Como hemos men­cio­na­do no era un mili­tar ni un buró­cra­ta clá­si­co; era, en tér­mi­nos libios, un polí­ti­co den­tro de un sis­te­ma cons­trui­do sobre lide­raz­gos revolucionarios.

En este sen­ti­do tam­bién pode­mos men­cio­nar que el joven Saif al-Islam fue crí­ti­co del pro­ce­so libio, su for­ma­ción libe­ral de la escue­la eco­nó­mi­ca de Lon­dres lo lle­vó inclu­so a cri­ti­car el sis­te­ma libio de demo­cra­cia direc­ta y a pesar de ello tam­bién pudo ser auto­crí­ti­co con su pro­pio pen­sa­mien­to ya que a medi­da que se fue invo­lu­cran­do en el gobierno de su padre se con­vir­tió en un fer­vien­te defen­sor de la Jamaha­ri­ya (tér­mino acu­ña­do que se tra­du­ce apro­xi­ma­da­men­te como «Esta­do de las masas» o «Repú­bli­ca de las mul­ti­tu­des», deri­va­do de jamahir (masas) en lugar de jumhur) en el 2011 anun­cian­do y enten­dien­do que era el úni­co sis­te­ma posi­ble en Libia: «Advier­to que sin la Jamahi­ri­ya, Libia cae­rá en caos, la Jamahi­ri­ya es la úni­ca barre­ra con­tra el caos, des­ta­can­do que la Jamahi­ri­ya era un logro his­tó­ri­co que debe evo­lu­cio­nar, no des­truir­se». La Gran Jamahi­ri­ya Ára­be Libia Popu­lar y Socia­lis­ta fue el nom­bre ofi­cial de Libia entre 1977 y 2011, bajo el gobierno de Mua­mar Gad­da­fi, basa­do en la «Teo­ría de la Ter­ce­ra Inter­na­cio­nal» y el Libro Ver­de, el Esta­do se auto­de­no­mi­na­ba una demo­cra­cia direc­ta de masas o «Esta­do de las masas».

Esa posi­ción lo vol­vió incó­mo­do para todos, inclu­so para los sec­to­res más duros del vie­jo poder, por­que impli­ca­ba cam­bios, impli­ca­ba salir de los vie­jos cáno­nes de la polí­ti­ca libia. Para los acto­res exter­nos que veían a Libia como un Esta­do a des­mon­tar y no a refor­mar, por­que ofre­cía una alter­na­ti­va al colap­so. Cuan­do en 2011 la inter­ven­ción de la OTAN y Esta­dos Uni­dos des­tru­yó la arqui­tec­tu­ra esta­tal bajo el dis­cur­so huma­ni­ta­rio, Saif pasó de here­de­ro refor­mis­ta a botín de gue­rra. Fue cap­tu­ra­do por una mili­cia de Zin­tan y estu­vo ence­rra­do duran­te años en un lim­bo jurí­di­co, una pri­sión polí­ti­ca en un país sin Estado.

Ese cau­ti­ve­rio trans­for­mó su figu­ra. Dejó de ser sim­ple­men­te «el hijo de Gad­da­fi» para con­ver­tir­se en sím­bo­lo de una Libia humi­lla­da y frag­men­ta­da. Mien­tras el país se divi­día entre gobier­nos riva­les, mili­cias arma­das y tute­las extran­je­ras, Saif que­da­ba sus­pen­di­do como tes­ti­mo­nio vivo de la rup­tu­ra his­tó­ri­ca de 2011. Para muchos libios, su pri­sión fue la prue­ba de que la pro­me­sa de demo­cra­cia había lle­ga­do en for­ma de des­or­den, ven­gan­za y desintegración.

Cuan­do vol­vió a apa­re­cer públi­ca­men­te, su dis­cur­so ya no fue el de la refor­ma del vie­jo sis­te­ma, sino el de la recon­ci­lia­ción nacio­nal. No habló de res­tau­ra­ción ni de revan­cha, sino de uni­dad, sobe­ra­nía y recons­truc­ción del Esta­do. En una Libia satu­ra­da de líde­res arma­dos, su pro­pues­ta era polí­ti­ca, elec­cio­nes, pac­to entre tri­bus y fin de la lógi­ca de la mili­cia como árbi­tro supremo.

Para amplios sec­to­res del cen­tro y sur del país, Saif comen­zó a repre­sen­tar tres memo­rias super­pues­tas, la Libia sobe­ra­na ante­rior a la gue­rra, la Libia des­trui­da por la inter­ven­ción extran­je­ra y la Libia que toda­vía podía vol­ver a ser nación. Su capi­tal polí­ti­co no pro­ve­nía solo de la nos­tal­gia, sino de una legi­ti­mi­dad cons­trui­da en la derro­ta y en la pri­sión, algo que en la cul­tu­ra polí­ti­ca libia pesa tan­to como la vic­to­ria militar.

El comu­ni­ca­do de su equi­po polí­ti­co tras el ase­si­na­to cris­ta­li­za esa cons­truc­ción sim­bó­li­ca. No habla solo de una muer­te, sino de su mar­ti­rio. Lo pre­sen­ta como «el ver­da­de­ro pro­yec­to de refor­ma nacio­nal» y como un hom­bre que «nun­ca ven­dió la sobe­ra­nía de su país». Ese len­gua­je tras­la­da la polí­ti­ca al terreno moral y con­vier­te su figu­ra en patri­mo­nio colec­ti­vo. La san­gre deja de ser solo tra­ge­dia y pasa a ser ban­de­ra. La ban­de­ra de uni­dad Libia. A dife­ren­cia de su padre, no apa­re­ce como jefe revo­lu­cio­na­rio sino como can­di­da­to de la recon­ci­lia­ción. Ya no es el líder del Esta­do bom­bar­dea­do, sino el polí­ti­co que inten­ta recons­truir­lo des­de sus ruinas.

Su hori­zon­te era tam­bién pan­afri­cano, al ser here­de­ro del pro­yec­to afri­cano de Muam­mar Gad­da­fi, Saif tra­du­jo esa visión en un len­gua­je menos épi­co y más ins­ti­tu­cio­nal: una Libia afri­ca­na, no subor­di­na­da al Medi­te­rrá­neo euro­peo ni a agen­das externas.

Por eso su figu­ra des­bor­da­ba lo interno, hacia una Libia uni­fi­ca­da vol­vía a ser actor afri­cano. Una Libia frag­men­ta­da seguía sien­do table­ro de otros. En ese cru­ce, reu­nía tres con­di­cio­nes raras en la Libia pos­te­rior a 2011: legi­ti­mi­dad his­tó­ri­ca, legi­ti­mi­dad moral y pro­yec­to polí­ti­co de sobe­ra­nía y reconciliación.

Su ase­si­na­to no eli­mi­na solo a un indi­vi­duo sino que eli­mi­na una tra­yec­to­ria que comen­za­ba a arti­cu­lar pasa­do, pre­sen­te y futu­ro en una mis­ma figu­ra. Y devuel­ve una pre­gun­ta que atra­vie­sa toda la tra­ge­dia libia, si cada inten­to de uni­dad ter­mi­na silen­cia­do, ¿qué espa­cio que­da para que la polí­ti­ca vuel­va a reem­pla­zar a las armas?

El table­ro externo y la eco­no­mía polí­ti­ca de la fragmentación

La muer­te de Saif al-Islam tie­ne lugar en un momen­to de reac­ti­va­ción diplo­má­ti­ca inter­na­cio­nal que reve­la al menos una ver­dad incó­mo­da, Libia ya no es tra­ta­da como una nación a recons­truir, sino como un terri­to­rio divi­di­do que pue­de admi­nis­trar­se por par­tes y que ade­más esa par­ti­ción es favo­ra­ble para que los acto­res exter­nos man­ten­gan en línea cual­quier inten­to de cam­biar ese sta­tu quo.

La gira del envia­do esta­dou­ni­den­se Mas­sad Bou­los por Trí­po­li y Ben­ga­si, reu­nién­do­se tan­to con Abdelha­mid Dbei­bah como con sec­to­res vin­cu­la­dos a Kha­li­fa Haf­tar, no fue un ges­to pro­to­co­lar. Fue una inter­ven­ción direc­ta en el cora­zón de la frag­men­ta­ción libia. No lle­gó con un pro­yec­to de recons­truc­ción esta­tal pro­fun­da, sino con una agen­da de esta­bi­li­dad, des­blo­queo de fon­dos y acuer­dos eco­nó­mi­cos. En una Libia sin sobe­ra­nía ple­na, esos temas no son téc­ni­cos: son polí­ti­cos. Es en este sen­ti­do que los recuer­do vue­lan hacia aquel 2011 y pode­mos qui­zás esta­ble­cer cier­to gra­do de para­le­lis­mo­con la otro­ra visi­ta de Hillary Clin­ton, en octu­bre cuan­do mata­ron, a Gad­da­fi y dijo «Veni, vidi, vici» bur­lán­do­se de la muer­te de Mua­mar Gad­da­fi, y jus­ta­men­te aho­ra lle­ga Bou­los y matan a Saif. Cla­ra­men­te pode­mos ver simi­li­tu­des en ambos casos o (los menos dis­traí­dos) pode­mos obser­var los hilos de quie­nes poten­cial­men­te mane­jan las mario­ne­tas libias.

Al dia­lo­gar con ambos polos del poder, Washing­ton no se sitúa por enci­ma del con­flic­to, sino den­tro de él. No con­ver­sa con un Esta­do uni­fi­ca­do, sino con sus frag­men­tos. Y al hacer­lo con­so­li­da una lógi­ca ins­ta­la­da des­de 2011 en la que la polí­ti­ca libia se deci­de a tra­vés de acto­res arma­dos y padri­naz­gos externos.

Lo mis­mo ocu­rre con Euro­pa, don­de París vuel­ve a fun­cio­nar como esce­na­rio de nego­cia­ción entre eli­tes libias ya que hace muy poqui­tos días se reanu­da­ron los con­tac­tos polí­ti­cos entre los dos prin­ci­pa­les polos de poder libios, con una reu­nión infor­mal en la capi­tal fran­ce­sa entre Sadam Haf­tar, coman­dan­te adjun­to del Ejér­ci­to Nacio­nal Libio e hijo del maris­cal Kha­li­fa Haf­tar, e Ibrahim Dabai­ba, ase­sor de Segu­ri­dad Nacio­nal del pri­mer minis­tro del Gobierno de Uni­dad Nacio­nal, Abdulha­mid Dabai­ba. Esta reu­nión y la gira de Bou­los son, al menos, lla­ma­ti­vas si vemos como coro­la­rio el ase­si­na­to de Saif a los pocos días de cele­brar­se ambos movimientos.

Que el futu­ro del país se dis­cu­ta fue­ra de su terri­to­rio es una ima­gen pre­ci­sa de sobe­ra­nía des­pla­za­da. Fran­cia, Ita­lia o Ale­ma­nia median, pero al mis­mo tiem­po con­fir­man que Libia sigue sien­do tra­ta­da como expe­dien­te inter­na­cio­nal antes que como nación capaz de deci­dir por sí mis­ma. Ese meca­nis­mo no es nue­vo. Cuan­do la diplo­ma­cia inter­na­cio­nal se acti­va sobre un país frag­men­ta­do, lo hace acep­tan­do la frag­men­ta­ción como pun­to de par­ti­da. Y al hacer­lo neu­tra­li­za cual­quier pro­yec­to que aspi­re a recom­po­ner un cen­tro polí­ti­co soberano.

Cada poten­cia se conec­ta con un nodo interno, Haf­tar como inter­faz mili­tar del este, Dbei­bah como inter­faz admi­nis­tra­ti­va del oes­te, las mili­cias como inter­me­dia­rias eco­nó­mi­cas y las tri­bus como base social cap­tu­ra­da por pac­tos arma­dos. La frag­men­ta­ción se vuel­ve ren­ta­ble ya que per­mi­te con­tra­tos múl­ti­ples, zonas de influen­cia y ausen­cia de un poder cen­tral que impon­ga reglas comunes.

En ese sis­te­ma, la uni­dad no es una aspi­ra­ción abs­trac­ta sino es una ame­na­za con­cre­ta. Un lide­raz­go capaz de reu­nir tri­bus, regio­nes y legi­ti­mi­dad elec­to­ral impli­ca­ría rene­go­ciar todos esos víncu­los. Pasar de un país admi­nis­tra­do por nodos a un Esta­do con centro.

En este con­tex­to de actua­li­dad y frag­men­ta­ción libia, la eli­mi­na­ción de Saif, abre la puer­ta a una expan­sión de la Her­man­dad Musul­ma­na con apo­yo de ñps Emi­ra­tos Ára­bes Uni­dos (EAU), una mayor frag­men­ta­ción social y lo que segu­ro será la cele­bra­ción de elec­cio­nes pre­si­den­cia­les apro­ve­chan­do que el fac­tor popu­lar y tri­bal se ha que­da­do sin su prin­ci­pal y úni­ca voz sabien­do, la de Saif quien enten­de­mos era un serio can­di­da­to a ganar esas elec­cio­nes que final­men­te nun­ca sucedieron.

La uni­dad como cri­men político

El ase­si­na­to de Saif al-Islam no pue­de enten­der­se como un ajus­te de cuen­tas, fun­cio­na como un veto polí­ti­co pre­ven­ti­vo con­tra una posi­bi­li­dad his­tó­ri­ca de recons­truir un cen­tro polí­ti­co sobe­rano en un país orga­ni­za­do des­de hace más de una déca­da sobre la frag­men­ta­ción y des­truc­ción total del Estado.

Para Haf­tar, la uni­dad soca­va­ba su legi­ti­mi­dad mili­tar, mien­tras que para el poder de Trí­po­li, ponía fin a la tran­si­ción inter­mi­na­ble. Para las mili­cias, sig­ni­fi­ca­ba desar­me y pér­di­da de poder eco­nó­mi­co. Para las poten­cias exter­nas, impli­ca­ba rene­go­ciar acuer­dos estra­té­gi­cos. Para todos, Saif era un fac­tor disruptivo.

La vio­len­cia deja así de ser caos y se vuel­ve méto­do sien­do un men­sa­je cla­ro ante todo inten­to de recons­truir sobe­ra­nía en don­de será cas­ti­ga­do. En la Libia pos­te­rior a 2011, la uni­dad se trans­for­mó en deli­to implí­ci­to, no por ley, sino por estruc­tu­ra. Quien pro­po­ne una sola ban­de­ra cues­tio­na al mis­mo tiem­po a los lide­raz­gos arma­dos, a las eco­no­mías de gue­rra, a las tute­las extran­je­ras y a la tran­si­ción eterna.

Enton­ces el ase­si­na­to de Saif no eli­mi­na un pasa­do, ni siquie­ra eli­mi­na el posi­ble lega­do del ape­lli­do, eli­mi­na un futu­ro poten­cial. No bene­fi­cia a un solo actor, sino a todos los que nece­si­tan que Libia siga sien­do un país dividido.

Quin­ce años des­pués de las bom­bas que des­tru­ye­ron el Esta­do libio, la vio­len­cia ya no nece­si­ta avio­nes ni reso­lu­cio­nes inter­na­cio­na­les. Alcan­za con apa­gar unas cáma­ras y eli­mi­nar a quien se atre­va a hablar de uni­dad. En Libia, hoy, la recon­ci­lia­ción sigue sien­do peli­gro­sa. Y la sobe­ra­nía, un cri­men sin perdón.

Beto Cre­mon­te

5 de febre­ro de 2026

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