Entrevista realizada por Daniel Seixo.
Iñaki, bienvenido. Nos gustaría agradecer tu tiempo para charlar sobre este tema que creemos tan importante. Hoy podremos hablar, por aclamación popular, del derecho de autodeterminación en Semente de Vencer. Te preguntaría directamente ¿tienen patria, los obreros?
Concretemos tu pregunta: ¿Es importante en estos momentos saber si la nación trabajadora galega, su proletariado, tiene patria? No se trata de un debate teórico abstracto sino de una cuestión directamente política, es decir, de la teoría llevada a la práctica que, en última instancia, es la que convalida, mejora o hunde esa teoría. Es obvio que sí es importante que el pueblo trabajador sepa que no tiene patria, que no puede tenerla siempre que siga bajo explotación capitalista y bajo la dominación española.
Pero ¿por qué es necesaria la «patria socialista»? Porque es inseparable de un Estado socialista, que es el único instrumento que puede garantizarle al pueblo trabajador que no desaparezca como nación galega quedando en simple trozo de tierra devastada material y culturalmente, que el pueblo no sea sobreexplotado por el imperialismo, que pueda desarrollarse en libertad internacionalista, que pueda crear su cultura popular y su lengua nacional venciendo a la industria político-mediática y a sus medios de alienación,
En este texto responderemos a estas y otras preguntas partiendo del grado actual de agudización de las contradicciones que pudren al capitalismo, que llevan al imperialismo a provocar la guerra mundial y que, contra todo ello, hacen imprescindibles el socialismo y la liberación nacional de los pueblos. Lo haremos utilizando el método marxista, partiendo de dos textos iniciales en el devenir del marxismo: el primero es Los debates sobre la ley acerca del robo de leña, de 1842 – 1843, en el que un Marx con 24 años de edad sale en defensa del derecho consuetudinario, del derecho de los bienes comunales:
Reivindicamos para la pobreza el derecho consuetudinario, un derecho consuetudinario que no es local sino que pertenece a los pobres de todos los países. Vamos aún más lejos y afirmamos que el derecho consuetudinario, por su naturaleza, solo puede ser el derecho de esa masa inferior, desposeída y elemental. Lo que se entiende por las llamadas costumbres de los privilegiados son costumbres contra el derecho […] Se ha llegado realmente en un lugar a convertir un derecho consuetudinario de los pobres en monopolio de los ricos. Se ha dado la prueba concluyente de que se puede monopolizar un bien común; […] Esta lógica, que transforma a los servidores del propietario forestal en autoridades del Estado, transforma a las autoridades del Estado en servidores del propietario forestal. La división del Estado, la función de cada uno de los funcionarios administrativos, todo tiene que salirse de quicio para que todo se rebaje a un medio del propietario forestal y su interés aparece como el alma que determina todo el mecanismo. Todos los órganos del Estado se transforman en oídos, brazos y piernas con los que el interés del propietario forestal oye, espía, calcula, protege, coge y corre.
Veremos la importancia de esta cita en las respuestas, pero ahora nos interesa un adelanto. La opresión nacional que sufre Galiza va acompañada del saqueo de su identidad y de sus recursos para aumentar las ganancias del bloque de clases dominante en el Estado español, incluida en él la burguesía galega. Cuando un joven Marx salió en defensa de la propiedad comunal de los bosques, adelantaba de alguna forma y sin saberlo la impresionante movilización victoriosa galega contra el ecocidio de la transnacional Altri. Aproximadamente el 23% de los montes galegos se rigen por normas comuneras que tienen varios siglos de existencia, y todo indica que lo comunal debía ser más extenso en el pasado, liquidado por el avance privatizador apoyado por las fuerzas invasoras.
Y solo hablamos de los montes y bosques porque los bienes comunes, vistos desde la teoría comunista, son la totalidad de la nación en sí misma, incluida su lengua y cultura. Lo que Marx venía a decir es que solo el pueblo es propietario colectivo de sí mismo, y en eso consiste la patria socialista. Veremos cómo lo que podemos definir desde el marxismo como «derecho al robo» de leña privatizada por la violencia burguesa, es en realidad «derecho a la lucha por la independencia», es decir, a que el pueblo se libere así mismo por cualquier medio. Sea el pueblo galego o el chino, como veremos.
El segundo es el Manifiesto comunista de 1848 que sintetizamos aquí:
La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones. […] Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no solo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. […] Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza. […] Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país deba acabar en primer lugar con su propia burguesía. […] Se acusa también a los comunistas de querer abolir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Pero, en la medida que el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués.
En 1848 Marx tenía 30 años y Engels 28, militaban en la izquierda comunista y disponían de información muy limitada sobre las brutalidades coloniales a escala mundial, aunque, como hemos visto, un lustro antes Marx ya había expuesto una de las claves de la expansión del capital: lo que ahora se llama «acumulación por desposesión». Del mismo modo, en 1845, con 27 y 25 años de edad ambos amigos, habían escrito en La ideología alemana una muy certera y valiosa descripción histórica sobre cómo el capitalismo se ha expandido a la par del desarrollo de la opresión nacional, el saqueo brutal de los bienes comunes y la explotación colonialista.
Es decir, ya entonces explicaban que la opresión y saqueo nacionales eran una necesidad ciega del capitalismo. Su intensa y urgente militancia les obligó a esperar hasta el Manifiesto para profundizar en lo escrito tres años antes, con palabras que hemos citado arriba, pero tendremos que esperar hasta 1850 y 1853 para que vuelvan a analizar con detalle la cuestión nacional precisamente en las agresiones contra una China que padeció la primera guerra del opio de 1839 – 1842. ¿Qué tienen que ver aquellas defensas a ultranza de los derechos nacionales de China con el presente?
Más aún ¿por qué en 1900, tal vez en su primer texto sobre la opresión nacional, Lenin también salió en defensa de China probablemente sin saber que muy poco antes un presidente norteamericano, William Mckinley (1843−1901) había dicho que Estados Unidos estaba designado por dios para apoderarse de China y Asia? Y seguimos con preguntas: ¿qué lógica interna conecta la pregunta sobre si existe hoy la patria obrera galega con la defensa marxista de la independencia de China desde 1850 hasta ahora pasando por 1900? Recordemos que para China Popular el «siglo de la humillación» de 1849 a 1949, fue el siglo de las agresiones sanguinarias extranjeras, causando centenares de millones de muertes, saqueos inmensos y un empobrecimiento generalizado. Desde 1949 con la victoria de la revolución socialista, la conciencia nacional china entró en una era nueva en la que aún no ha entrado el pueblo galego, aún no ha creado una patria socialista porque no ha derrotado ni expulsado al imperialismo de sus tierras, recuperando sus fuerzas productivo-reproductivas.
Pues bien, nos hemos extendido un poco sobre qué hilo rojo conecta Galiza con China Popular porque esto confirma tanto la importancia de la defensa de los bienes comunes como las tesis del Manifiesto al respecto, escritas mucho antes de que China conquistase su patria socialista tras un largo siglo de guerras de liberación. En 1849 el pueblo trabajador chino no tenía patria porque la existente, oficial y formalmente, era de propiedad del emperador, explotador y sumiso al colonialismo y al imperialismo. El pueblo chino tardó un siglo en lograrlo hasta que la revolución socialista impuso un cambio cualitativo en el problema de la patria imperial, acabando con ella e iniciando el proceso de construcción de la patria socialista china. Para el tema que tratamos, es fundamental saber que el imperialismo no la tolera en absoluto y que ya desde principios del siglo XXI se lanzó a aniquilarla e integrar sus restos en el capitalismo mundial.
Sin entrar al falso debate sobre si China Popular es capitalista o no, que en último extremo beneficia al imperialismo al desorientar y confundir al antiimperialismo, vemos que en este como en todos los demás casos, la patria socialista es inconciliable con la patria burguesa. ¿Qué debemos aprender de ese antagonismo desde la realidad galega comparada con la china? ¿Qué diferencias existen entre ambas? ¿Son cualitativas, insalvables, porque no existiría conexión genético-estructural ninguna entre ellas, o es simplemente histórico-genética porque afecta solo a las formas y ritmos de dos procesos particulares de luchas de liberación nacional de clase, que no a la esencia objetiva, universal, de la revolución socialista o si se quiere: no afecta a la contradicción inconciliable entre el capital y el trabajo que es el talón de Aquiles del modo de producción capitalista.
¿Por qué te detienes en estas cuestiones que aparentan ser insignificantes al comparar las gigantescas diferencias entre Galiza y China Popular?
Me detengo en ellas porque son fundamentales para saber orientarnos en la actual crisis del capital, la más grave y prolongada de su historia, mediante la aplicación del materialismo histórico. Primero debemos reflexionar sobre la vigencia del método marxista para responder a esta pregunta: ¿en qué se basaron Marx y Engels para asegurar que el proletariado no tenía patria considerando la muy limitada base lógica e histórica disponible en 1848? En efecto, todavía entonces estaba en pañales la crítica marxista de la economía política burguesa, la teoría de la alienación estaba apuntada desde 1844, la de la crítica de la sociología y del idealismo histórico desde 1845, la crítica del reformismo desde 1847…, el Manifiesto sintetiza todo ello magistralmente y ese logro también es debido al estudio de la lucha concreta de las naciones por su independencia. Vamos a centrarnos en esta práctica decisiva.
El proletariado era una clase minoritaria en la Europa de la mitad del siglo XIX y había sido más reducida aún durante la revolución de 1830. El campesinado y el artesanado eran las clases trabajadoras abrumadoramente mayoritarias en la mayor parte de Europa. Pero como veremos más adelante, esas clases y pueblos explotados mantenían creencias utópicas que engarzaban con tradiciones sobrevivientes en las culturas populares pre capitalistas de modo que, en bastantes casos, se puede hablar del choque entre dos o más corrientes de modelos de sociedad antagónicos.
Se debate sobre si alrededor de la guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra (1337−1453) podemos vislumbrar indicios de un nacionalismo protoburgués, discusión que también se extiende a las guerras sociales europeas de los siglos XIV-XV, de la jacquerie hasta la husita, pasando por la de los Irmandiños en Galiza (1467−1469), aunque sus secuelas se prolongaron algo más. Se dice que las guerras de religión inmediatamente posteriores ya tenían un sentimiento nacional protoburgués. La revolución husita (1419−1434) en Bohemia fue la que más avanzó del nacionalismo pre al protoburgués en base a un sincretismo ideológico en el que las utopías liberadoras del medievo se compenetraban con sentimientos lingüístico-culturales del pueblo trabajador checo aplastado por el poder alemán del momento.
Podemos extraer lecciones muy valiosas sobre el desarrollo del primer nacionalismo bajo la influencia burguesa, ya innegable a finales del siglo XVI, en lo firmado entre Portugal y el Estado español en las Cortes de Tomar en 1581. La absorción militar de Portugal por la monarquía española en 1580 originó una rebelión independentista que contaba con gran apoyo popular. Consciente Felipe II de que era necesario tranquilizar al levantisco pueblo portugués y de que si no se ganaba el apoyo de la burguesía y de la nobleza, la dominación española sería muy incierta y costosa.
Tras amnistiar a los sublevados derrotados, el rey español firmó una serie de concesiones en las Cortes de Tomar que sintetizamos en estos puntos: uso oficial y público de la lengua portuguesa, cargos institucionales portugueses, no crear nuevos impuestos, mantener las leyes portuguesas que se decidirán solo en el país, administración portuguesa de la economía de ultramar y, sobre todo, no traspasar rentas portuguesas a Castilla y salida del ejército español de Portugal. Las concesiones contuvieron las ansias portuguesas de libertad hasta que en 1640 estalló otra sublevación que sostuvo una larga guerra de liberación concluida con la victoria definitiva en 1668. Simultáneamente, en los Países Bajos e Inglaterra el primer nacionalismo burgués derrotaba al imperio español y su tardío nacionalismo medieval. Recordemos que hacia 1640 se reforzó la alianza histórica entre Portugal e Inglaterra.
Podemos extraer cuatro grandes lecciones de las Cortes de Tomar:
Una, el proceso de formación de la identidad nacional burguesa en 1580 y 1668 está conectado por un lado a la evolución de las contradicciones internas de la nación ocupada y del Estado ocupante, y por otro a la evolución del contexto internacional que envuelve esa lucha.
Dos, la comparación de Portugal con la Galiza de aquel momento, que demuestra el valor crítico que tiene para el pueblo oprimido disponer de poderes propios de autoorganización nacional, sobre todo el poder militar suficiente.
Tres, la importancia de comparar aquel nacionalismo burgués inicial explotador de «sus» trabajadores, esclavista y colonialista, con las medidas propuestas por Marx y Engels para la independencia de Polonia e Irlanda, en las que destacan la necesidad de la revolución agraria, saber qué permanece y qué no permanece porque ha sido superado por el desarrollo capitalista, como veremos.
Y cuatro, y aún más importante, con el desarrollo del mercado burgués, de la ley del valor y del trabajo abstracto, fundamentalmente, los pueblos van dando más importancia casi siempre a sus lenguas y culturas propias. No es casualidad que traducir la Biblia en latín a las lenguas nacionales, dejando el latín para la burocracia vaticana, fue desde finales del siglo XV una reivindicación creciente que reforzaba otras reivindicaciones previas: controlar los gastos y las finanzas reales y no renunciar nunca al derecho a la rebelión contra la injusticia.
No nos debe extrañar, por tanto, que en ese siglo XVII se sentaran las bases materiales para que desde lord Bolingbroke (1678−1751) empezaran las reflexiones burguesas sobre «nación», «nacionalidad», «nacionalismo» y sus relaciones con el Estado, con lo que podía entenderse como «pueblo», etc., y menos aún que se generalizaran desde el siglo XVIII con autores que iban desde Hume (1711−1776) en adelante, adaptando las tesis del Bolingbroke a las nuevas necesidades de sus respectivas clases dominantes. Los límites del nacionalismo burgués desde aquel momento lo encontramos en la obra de Sièyes (1748−1836) sobre el tercer estado publicado en 1789: un aglomerado interclasista unificado por la timidez burguesa a la nobleza y a la Iglesia, que apoya con la boca pequeña la ejecución del rey, pero combate el radicalismo de Robespierre, que es partidario de un golpe militar que restablezca el orden y que impulse el expansionismo napoleónico.
Luego, por fin, la revolución francesa redactó en 1789 la declaración de los «derechos del hombre y del ciudadano» que podemos definir como la síntesis de la nación burguesa: solo reconocía los derechos del hombre blanco a partir de una determinada cantidad de bienes, su derecho a la seguridad para defender sus propiedades y su derecho a una exclusiva justicia e igualdad. Era el derecho de libertad de explotación. Ha sido la lucha de clases la que ha impuesto la ampliación de esos derechos a otras franjas sociales y son las victorias burguesas en esa lucha las que vuelven reducir esos derechos o incluso a anularlos; es decir, la patria burguesa se amplía o se empequeñece por la lucha de clases. Como veremos, desde la finalización de la segunda oleada de revoluciones burguesas, las naciones oprimidas solamente pueden construir su nueva patria mediante la liberación nacional de clase, revolucionaria.
Partiendo de los primeros desarrollos en los siglo XVII y XVIII –Países Bajos, Inglaterra y las Trece Colonias – , esta era la esencial definición del patriotismo burgués y sus «derechos humanos» coloniales e imperialistas, a partir de la cual han surgido todas sus variantes posteriores. Cada una de las cuatro revoluciones burguesas avanzaba paso a paso en la creación del paradPrimera Guerra Mundiala definitivo del patriotismo burgués, pero cada una de ellas tuvo que reprimir las movilizaciones populares que cada vez surgían más en sus países, cada vez más radicales y cada vez más machacadas. Si nos adelantamos un poco en el tiempo, el primer choque brutal entre los modelos de nación contrarios se dio en la Comuna de París de 1871, como veremos.
Volviendo a la época que nos interesa, las conquistas logradas por la revolución francesa generaron simpatías, esperanzas e ilusiones en franjas burguesas europeas y de Nuestramérica: en muchos sitios se les llamó «afrancesados», incluyéndolos en la corriente «modernista»; a la vez que aquellas victorias de la revolución burguesa multiplicaban las fuerzas expansivas del capitalismo francés y de sus ejércitos napoleónicos que contaron con el apoyo de tropas de otros países. Pero su forma de guerra saqueadora y esquilmadora, al cargar sobre los pueblos ocupados el precio de la ocupación, hizo que surgieran resistencias más o menos organizadas. A la vez, sus objetivos sociopolíticos generaron movimientos de rechazo reaccionarios y clericales que intentaron restablecer el absolutismo y los privilegios medievales, destruyendo las limitadas conquistas democrático-burguesas.
También, pero en sentido contrario, desde una realidad social antagónica, surgieron a la vez respuestas populares que no querían ni la reinstauración absolutista que multiplicaría la explotación, ni tampoco deseaban la ocupación francesa que beneficiaba a las clases ricas colaboracionistas que se enriquecían con esa dominación. Esta postura tenía muchas variables, pero no era intermedia entre dos extremos de la misma lógica basada en la dictadura de la propiedad privada, sino que se movía en otra dimensión cualitativamente diferente ya que anunciaba de manera aún borrosa tendencias radicales basadas en profundas reformas sociales y en el rearme del pueblo. Guerrillas y movimientos populares antifranceses, armados mal que bien en un principio, surgieron en varios países europeos. Veremos que muchos de ellos ni eran ni podían ser aún siquiera presocialistas y menos protosocialistas, pero tanto sus reivindicaciones como sus armas podrían abrir ciertas posibilidades de futuro que asustaban a las burguesías antifrancesas.
Desde la imposición de la propiedad privada, las clases propietarias han prohibido de una u otra forma que las clases y naciones explotadas estuvieran armadas y supieran usarlas. Ya en el capitalismo, existía y existe el miedo pánico de la burguesía a armar a las clases explotadas en forma de milicias populares y guerrillas autónomas del ejército oficial, aunque lucharan contra el invasor, sobre todo en su retaguardia, creándole serios problemas. Clausewitz (1780−1831), especialmente, vislumbró las contradicciones que se estaban gestando dentro de Estados invadidos por Napoleón en los que surgieron guerrillas y milicias fuera del ejército regular o poco controladas por este. Debates y discusiones ásperas se dieron en los Estados enfrentados a Napoleón sobre beneficios y peligros para sus clases dominantes de impulsar estos grupos armados.
El poder aprobaba con reticencias la ayuda popular armada contra los franceses, pero insistía en controlarla férreamente, dificultaba todo lo posible su armamento y organización autónoma por miedo a su radicalización social, o los desarmaba y disolvía. Los gobiernos, aun estando en guerra contra el ocupante, no querían que las clases explotadas aprendieran la experiencia político-militar de luchar a muerte por su nación porque sabían que, siempre, dentro del pueblo latían con más o menos concreción utopías y sueños liberadores, que podrían desbordar los ridículos derechos burgueses. Temían que se repitieran en las condiciones de inicios del siglo XIX los procesos de radicalización social de luchas campesinas medievales en los que se enfrentaban también dos modelos de sociedad inconciliables: la señorial y feudal, y la herética que quería implantar el reino de dios en la Tierra.
Aunque a comienzos del siglo XIX el socialismo utópico y el anarquismo apenas asomaban en el horizonte sociopolítico, sí existían ya utopías radicales de comunismo utópico como la Conspiración de los iguales de 1796 y otras que actualizaban utopías anteriores, abriendo la vía para el desarrollo de conceptos socialmente más concretos de «pueblo», «nación», «derecho», «poder», etc., lo que causaba terror en las clases dominantes sobre todo las ocupadas por otras burguesías. En 1832 William Benbow publicó Gran fiesta nacional y congreso de las clases productoras, en el que reafirmaba la capacidad obrera para dirigirse a sí misma, o sea, la independencia política de la clase proletaria, lo que nos lleva a la pregunta: ¿no estaba sugiriendo su autor la existencia de otro concepto de «nación trabajadora» independiente de la burguesa?
En casi todas esas utopías había reivindicaciones centrales nucleadas fundamentalmente alrededor de cinco demandas que a su vez nos llevan hacia la pregunta de si no existía para entonces un embrionario concepto de nación y de patria obrera que se concretará con las lecciones de la lucha de clases. Las cinco demandas son estas: una, el problema de la propiedad de la tierra; dos, el acaparamiento de inmensas riquezas por una minoría monárquica y eclesiástica armada hasta los dientes; tres, la recuperación de los derechos comunales y de la ley consuetudinaria; cuatro, acabar con los duros derechos patriarcales sobre la mujer trabajadora; y cinco, defensa de las culturas populares reducidas a simples patois o «dialectos» por las culturas dominantes. Algunas de ellas estaban a su vez influenciadas más o menos por reivindicaciones burguesas o pequeño burguesas lo que les añadía un contenido de «modernidad» que les acercaba a posteriores reivindicaciones más radicales.
Bien, estas luchas y reivindicaciones se realizaban en Europa, Norteamérica y en menor medida en Nuestramérica a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX pero su influencia era mínima o nula sobre la inmensa China y, a otra escala, sobre nuestra pequeña Galiza. ¿Entonces?
No te impacientes. Hemos visto cómo surgieron milicias y guerrillas que mostraban la tendencia a la aparición de modelos de nación popular antagónicos a la nación oficial que se plegaban a las exigencias del ocupante. Carecemos de espacio para extender nuestra respuesta a las lecciones de Estados Unidos en el último tercio del siglo XIX y de Nuestramérica años después, así que vamos a limitarnos a Europa para ver cómo las luchas nacionales entre 1801 y 1848 crearon las bases materiales que confirmaron con hechos incuestionables la tesis marxistas formadas a partir de estudios abstractos de la historia desde las primeras ideas revolucionarias de la joven izquierda hegeliana.
Sin profundizar mucho y haciendo un análisis cronológico, vemos que la supresión de la autonomía de Irlanda en 1801 por Inglaterra hizo que su borrosa identidad fuera concretándose hasta tomar forma en 1823 sobre todo en el campesinado más pobre. En 1829 Inglaterra tuvo que aceptar la presencia irlandesa en el Parlamento londinense lo que facilitó la radicalización nacional y social en Irlanda en las décadas de 1830 llegándose a una situación pre insurreccional que fue traicionada en 1843 por el nacionalismo reformista al renunciar este al derecho a la insurrección, aceptando solo el pacifismo parlamentarista británico. La revolución de 1848 reactivó las ansias de independencia estallando pequeñas sublevaciones locales, pero otra vez más la dirección reformista se negó a dar la orden insurreccional unitaria, facilitando la victoria de la represión británica. Mientras tanto, Serbia se había sublevado en 1804 contra el Imperio otomano logrando un gobierno autónomo en 1817 que no resolvía la realidad de la explotación de clase aunque sí beneficiaba a la clase dominante serbia.
A la vez, entre 1815 y 1817 tomó fuerza en Alemania un nacionalismo mayormente cultural reprimido rápidamente, lo que provocó desunión y miedo durante años de manera que la participación alemana en la revolución de 1830 fue menor y más inconexa que en otros países: solo en el noroccidente de Alemania se formó una especie de Estados Unidos de Alemania, derrotados fácilmente. La burguesía industrial prusiana giró hacia un nacionalismo de derechas, autoritario, con pretensiones de que fuera Prusia la que dirigiera la unificación de una Alemania autoritaria. Solo la joven izquierda hegeliana, en la que militaban Marx y Engels, luchó por una Alemania republicana alrededor del Parlamento de Fráncfort defendido por milicias populares, pero en 1848 el rey de Prusia traicionó su palabrería nacionalista restableciendo a cañonazos el absolutismo más reaccionario, procediendo a mantener el orden con autoritarismo, censura y cárcel, obligando al exilio a muchas personas revolucionarias.
Grecia se sublevó contra el mismo imperio otomano en 1821 durante una prolongada guerra de liberación hasta 1830 movilizando una amplia base social, desde campesinos hasta burgueses liberales, pasando por sacerdotes ortodoxos e intelectuales, contando además con el apoyo del romanticismo de izquierdas europeo, pero las contradicciones de clase siguieron tensionando la historia interna de Grecia a pesar de la independencia burguesa lograda en 1833. Aparte de su decisión de lucha, Serbia y Grecia se beneficiaron de la imparable debilidad otomana y de los intereses de potencias europeas por quedarse con trozos de ese imperio moribundo.
También en 1821 surgieron revueltas en Italia contra la ocupación austríaca, que se incubaban desde años antes organizadas por sectas secretas entre la que destacaban los Carbonarios. La revolución de 1830 precipitó esa resistencia que se plasmó en 1831 en insurrecciones en las principales ciudades, pero chocaron con la fuerza reaccionaria material y moral del Estado vaticano que, además de oponerse al pueblo con su ejército, también pidió y legitimó la dura represión austríaca. Como en otras partes, la revolución de 1848 también reforzó las ansias de libertad italiana con tres grandes insurrecciones urbanas en Nápoles, Lombardía y Piamonte en donde su monarquía progresista se sumó a la guerra de liberación que, pese a su heroísmo, fue aplastada. Roma, el Estado vaticano, volvió a ser clave en la victoria del invasor austríaco.
Desde 1825, los magiares exigieron más derechos y libertades a la muy reaccionaria Austria que tuvo que conceder algunas de ellas ante la fuerza del movimiento húngaro. Pero el nacionalismo húngaro era opresivo, quería explotar a otros pueblos eslavos y sobre todo a Rumania. La revolución de 1830 tensionó esos conflictos, pero la represión los condenó a permanecer encadenados a Austria, aunque en 1847 los húngaros lograron imponer el magiar como la lengua oficial en su parte del imperio, lo que provocó la respuesta de Croacia para legalizar su lengua en su nación. La revolución de 1848 dio nuevas fuerzas a los húngaros que crearon leyes democrático-burguesas fundamentales, aunque limitaban los derechos nacionales de Croacia, el Bánato y Transilvania, en donde decenas de miles de campesinos rumanos se pusieron en pie contra los terratenientes húngaros y alemanes.
Tenemos aquí otro ejemplo de libro sobre cómo una liberación nacional burguesa, la húngara, conlleva a la vez la opresión de otras naciones que son oprimidas en beneficio de la clase dominante del país recién independizado, más poderoso en todos los sentidos –económico, militar, cultural…– que los otros. En aquellas condiciones, los pueblos oprimidos por la liberada Hungría se aliaron entre sí bajo la égida de Serbia enfrentándose a sus nuevos opresores y abriendo muy inicialmente la vía a lo que más tarde sería Yugoslavia desde 1918. Pero todo se hundió cuando el ejército zarista ayudó a Austria en el exterminio de las reivindicaciones, ya debilitadas previamente por la guerra de Croacia y Rumania contra la opresión húngara. También Chequia, que se industrializaba rápidamente, se sublevó contra terratenientes alemanes y contra Austria en 1848 anhelando la unión con Eslovaquia, pero la gloria duró poco y en 1867 fue oficialmente absorbida por el nuevo Imperio austrohúngaro.
Mientras tanto, Bélgica logró su independencia en 1830 azuzada por la revolución de ese año, porque poseía una fuerte determinación anti holandesa y porque Gran Bretaña y Prusia le apoyaron al querer construir un «Estado tapón» para frenar el ascenso holandés y nuevas operaciones militares francesas hacia el norte de Europa; pero desde entonces se abrió otra fase en la historia belga, la del choque entre la población valona detentadora de la mayor parte del poder y la población flamenca, más empobrecida y marginada. Una forma de explotación nacional y social interna garantizaba el poder de la burguesía valona de cultura y lengua francesa.
El Congreso de Viena de 1815 sancionó la partición de Polonia entre Rusia, Austria y Prusia, siendo la pequeña Cracovia el único territorio independiente. En los tres territorios el campesinado sufría una explotación implacable, lo que hacía que el campesinado no apoyase apenas las reivindicaciones nacionales de sus respectivas clases dominantes como se vio en la insurrección de 1830 en la Polonia rusa dirigida por militares, la burguesía liberal y parte de los terratenientes, pero al contar con escaso apoyo campesino, fue destrozada por Rusia ayudada por granes propietarios colaboracionistas más el apoyo de Prusia y Austria. En 1846 la nobleza de la Polonia austríaca se insurreccionó, pero de nuevo el grueso del campesinado explotado por ella misma se negó a dar su vida a favor de una nobleza salvaje. Viena, conocedora de este mutuo odio de clase, recompensó con dinero cada noble polaco ejecutado o apresado por el pueblo, lo que dio paso a matanzas de explotadores polacos a manos de campesinos sedientos de venganza. Austria aprovecho el aplastamiento de la insurrección para liquidar la independencia de la pequeña Cracovia.
Entendemos ahora por qué Marx y Engels sostenían incluso meses antes de la publicación del Manifiesto que la revolución agraria y otras medidas sociopolíticas que facilitaran la liquidación de los pilares de la opresión nacional y del capitalismo en sus propias naciones era un requisito necesario para la independencia de Polonia, y más adelante veremos lo mismo con respecto a Irlanda. Estas medidas mostraban que la nueva patria popular irlandesa y la polaca era incompatible con la patria burguesa y terrateniente. Las lecciones aprendidas antes y durante 1848 les permitieron comprender que la burguesía, estuviera o no oprimida nacionalmente, siempre supeditaba la suerte de «sus» clases trabajadoras a los intereses del capital, siempre sacrificaba al proletariado en beneficio de la burguesía. También les enseñó que cuando las clases trabajadoras empezaban a tomar conciencia política más temprano que tarde se adentraba en el aprendizaje de la teoría política revolucionaria y con ella su concepto de nación, lo que le permitió que hablara de la existencia de la «nación trabajadora» enfrentada a la burguesa en El 18 Brumario de Luís Bonaparte de 1852.
Ahora bien, tales logros llevaban las cadenas de las limitaciones objetivas y subjetivas, por ejemplo: su incomprensión del despedazamiento de México por Estados Unidos en la guerra de 1846 – 1848, incluidas expresiones racistas sobre las y los mejicanos; o las tesis de Engels con los pueblos «sin historia» condenados a la desaparición, aunque las rebeliones checa, croata, serbia, etc., mostraran una radicalidad democrática envidiable. Según el Engels de aquellos años Euskal Herria también debería desaparecer. Las limitaciones del pensamiento de Marx en aquellos años aparecieron de nuevo en sus escritos sobre el colonialismo en la India, sobre todo en 1853: en contra de lo que él pensaba, las clases dominantes indias se aliaron con los invasores británicos ayudándoles a saquear el país hasta su aliento, quedándose con parte del beneficio. Las limitaciones se manifestaron incluso en 1858, una década después, en las opiniones muy negativas de Marx sobre Bolívar, por citar otro ejemplo. La lucha de clases posterior a la crisis de 1857, demostró la necesidad de estudiar el nuevo desarrollo del capitalismo a partir de los efectos sísmicos del llamado «pánico de 1857».
¿Qué importancia tiene la crisis de 1857, tenida por muchos como la primera a escala mundial, en la cuestión de la patria obrera y del hilo que conecta China Popular con Galiza?
Entre otras consecuencias, la crisis impulsó y endureció el colonialismo naciente desde el siglo XVI como una de las tres grandes alternativas del capital, siendo las otras dos la sobreexplotación interna y el canibalismo de clase de las grandes empresas que se comen a las pequeñas. En cuanto al tema que nos concierte, es a partir de 1857 que Marx aumentó su solidaridad con el pueblo chino que sufría la segunda Guerra del Opio entre 1856 y 1860. Marx defendió la necesidad de una «guerra popular» para la supervivencia de la nación china y Engels hizo una verdadera «apología del terrorismo», como diría hoy la propaganda burguesa, explicando y justificando la muy dura violencia defensiva china. También salieron en defensa a ultranza de la rebelión de los cipayos indios en 1857 que provocó un exterminio salvaje por parte británica. Estamos citando unos pocos ejemplos sobre cómo mejoraban su pensamiento según aumentaban las luchas anticoloniales, pero a la vez, Marx realizó 1859 el célebre «Prefacio» a la Crítica de la economía política que resulta fundamental para comprender las contradicciones profundas e irresolubles dentro del capitalismo que, entre otras cuestiones, explican por qué las naciones explotadas tienden cada vez más a crear sus patrias proletarias.
En el «Prefacio» Marx sostiene que llega un momento en el que desarrollo de las fuerzas productivas entra en contradicción con las relaciones sociales de propiedad, abriéndose entonces un período de revolución social. La historia indica que las naciones oprimidas aprovechan esta contradicción para fortalecer su lucha de liberación. Si en la guerra de los Cien Años (siglos XIV-XV) empezó a surgir el protonacionalismo burgués fue porque la incipiente economía burguesa en Inglaterra y Francia creaba otros sentimientos nacionales diferentes a los feudales, generados por la nueva ideología funcional a la aceleración de la ley del valor y al fetichismo de la mercancía inherente al capitalismo del momento, por poco desarrollado que estuviera. Las dos primeras revoluciones burguesas, Países Bajos e Inglaterra del siglo XVII, ya tenían suficiente solidez nacional como para vencer a los ejércitos ocupantes y reaccionarios; el Tratado de Westfalia de 1648 refleja el avance del primer nacionalismo burgués y el retroceso del nacionalismo absolutista. Las revoluciones yanqui y francesa muestran ya la esencia del nacionalismo burgués del capitalismo expansivo: el Congreso de Viena de 1815 muestra el choque final entre ese nacionalismo al alza y el absolutista en imparable retroceso.
El nacionalismo burgués, sea democrático, reaccionario o fascista, es la expresión ideológica normalizada y cotidiana del fetichismo de la mercancía porque la dialéctica entre producción y ganancia exige un espacio natural y simbólico para realizarse, y ese espacio es la patria burguesa sentida como mercancía y como ganancia a ampliar. Pero es esa dialéctica con su unidad y lucha de contrarios la que explica a su vez que también se generen embriones de la patria socialista dentro del capitalismo. En 1845 Benjamin Disraeli admitió ese antagonismo inconciliable al hablar de «dos» Londres: el burgués y el obrero en lucha soterrada o pública permanente. En 1859 Marx explicó la razón profunda de ese antagonismo: la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad.
En El Capital de 1867, Marx ofrece una teoría más sistemática y abarcadora sobre la patria burguesa que podemos resumir así: la contradicción expansivo/constrictiva inherente al concepto simple de capital hace que la burguesía necesite un espacio material y moral, político-militar y cultural, en el que asegurar su propiedad privada y a partir del cual reiniciar nuevos ciclos de producción ampliada de capital. El Estado-nación burgués, su patrioterismo expansionista, es el espacio socioeconómico, político-militar, cultural y lingüístico, etc., que refuerza la explotación social interna y la expansión externa para conquistar mercados, recursos y países. En ambos movimientos están garantizados e impulsados por la violencia represiva interna y la externa militar activa o preventiva, monopolizada celosamente por el Estado burgués. La ideología nacionalista burguesa es la estructura que une los procesos de la acumulación, los lubrica y legitima.
Podríamos decir que el capital en cuanto relación social se mueve como el corazón: la sístole es la fuerza que impulsa la producción para obtener ganancia ampliada dentro del Estado-nación mediante leyes y represiones, pero también como fuerza centrífuga hacia la mundialización colonialista e imperialista para maximizar la ganancia utilizando la violencia militar del Estado-nación propio cuando lo necesite; la diástole el regreso de la ganancia a la seguridad Estado-cuna, a su burocracia ministerial, para contabilizar las ganancias y tomar las medidas adecuadas siempre con el apoyo estatal, pero fuerza centrípeta hacia la garantía del Estado-nación aunque sean grandes transnacionales, capitales financieros y especulativos, etc., que necesitan refugiarse en un puerto seguro aprovechándose de su violencia militar.
En el célebre capítulo XXIV del libro I de El Capital sobre la «llamada acumulación originaria» se resume la ensangrentada y bestial historia de la formación del capitalismo a partir de todo lo que estamos viendo. La sístole y la diástole, ese vaivén ascendente, esa espiral expansiva cargada de destructivas violencias terroristas sin par, aparecen sin nombrarlas en cada párrafo y en el fondo material del sufrimiento humano causado por la propiedad privada, hierve el espectro de la reivindicación siquiera utópica del comunismo originario. Unida a este anhelo milenario, aparece el otro deseo de una patria común de la especie humana genérica cuyas plasmaciones concretas en el modo capitalista de producción son las patrias socialistas como antesala de la hermandad comunista.
Pero mientras tanto, hay que destruir las patrias imperialistas. Naturalmente, hasta aquí hablamos de burguesías no oprimidas nacionalmente, con sus Estados independientes, pero la situación cambia cuando se trata de pueblos oprimidos como hemos visto arriba: en todos ellos, el objetivo de los pueblos era precisamente conquistar ese Estado o en el peor de los casos ampliar significativamente sus libertades y derechos autonómicos dentro del Estado o imperio dominantes. Veamos el caso de China: la revolución de los Taiping chinos en 1851 debilitó profundamente las bases materiales y morales del poder imperial desprestigiado por su pasividad ante el colonialismo y porque los Taiping (Gran Paz) exigían radicales reformas socioeconómicas en el reparto de las tierras recuperadas a los terratenientes y al emperador, reformas en las que las mujeres tenían exactamente los mismos derechos que los hombres. Comprendemos así por qué la crisis de 1857 y los hechos posteriores pusieron al descubierto la imposibilidad de la clase imperial china para derrotar las sucesivas invasiones y ganarse la confianza de su pueblo que se sublevaba contra la explotación interna y contra las invasiones externas.
La identidad política galega se afirmó con fuerza en 1845 y 1846 como respuesta al proceso de centralización del Estado liberal español y al desmantelamiento de la unidad político-territorial del antiguo Reino de Galicia mediante la división provincial. En el contexto de la crisis económica y social que sacudía la fachada atlántica europea (subidas de impuestos, pestes que diezmaban la cosecha de patata), la creación de la Junta Superior del Reino de Galiza dio expresión política a un movimiento que desbordó el marco de un simple pronunciamiento militar: junto al alzamiento de Miguel Solís se desarrolló una amplia insurrección civil y popular, extendida por numerosas villas y ayuntamientos, que reclamaba profundas transformaciones políticas, sociales y económicas. Inspirado por las corrientes del socialismo utópico y del republicanismo democrático, el pensamiento de Antolín Faraldo contribuyó a formular un proyecto que reivindicaba a Galicia como sujeto político y cuestionaba la legitimidad del orden estatal vigente. Derrotada por la superioridad militar del ejército español, la revolución fue reprimida con el fusilamiento de los mártires de Carral, el exilio de centenares de participantes y la disolución de la Junta. Aunque durante mucho tiempo estos acontecimientos fueron interpretados como una manifestación de regionalismo romántico o de un primer provincialismo galleguista, una parte de la historiografía reciente ha destacado su dimensión nacional, popular y revolucionaria, considerándolos un antecedente fundamental del Rexurdimento y de la posterior articulación del nacionalismo gallego.
Empezamos a vislumbrar el hilo rojo que conecta a Galiza y China Popular, y a otras muchas naciones, con el proceso de formación de la patria proletaria a mediados del siglo XIX, al margen de las diferencias espaciales y temporales que les distanciaban. Pero ¿cómo evolucionó?
La Comuna de París de 1871 fue el estallido revolucionario que añadió una luz nueva a la teoría marxista. Fue la respuesta del bloque de clases explotadas y sectores republicanos a la crisis de hundimiento de la nación imperial impuesta tras la derrota de la revolución de 1848, precipitada por la aplastante victoria militar de Prusia en la guerra de 1870. Miles de soldados y milicianos de guerrillas de retaguardia perecieron en la guerra, a lo que hay que sumar los más de 30.000 obreros y obreras asesinados en la masacre de la Comuna y de otras ciudades insurrectas, así como la quiebra económica multiplicada por la indemnización de guerra a Prusia. En respuesta, y de manera idéntica a lo que sucedería en Alemania y otros Estados, la burguesía francesa inició desde 1872 una dura y sistemática construcción de la nación francesa que necesitaba urgentemente, remodelando el ejército, la cultura y educación, la diplomacia, la burocracia estatal, la prensa, el expansionismo imperialista, la producción, etc.
Los rigurosos análisis críticos sobre la Comuna hechos por Marx y Engels muestran que, para ellos, era el modelo de poder obrero «por fin encontrado». Poder trabajador que era el verdadero representante de la nación trabajadora defendida por el pueblo en armas y autoadministrada por un gobierno barato y transparente, elegible y revocable directamente por la clase trabajadora organizada en cooperativas que con su práctica enseñaban al pueblo que los patronos están de sobra, que la burguesía no es necesaria.
Sin embargo, hicieron una crítica fundamental siempre, entonces y ahora: la Comuna no se atrevió a recuperar los fondos económicos, los capitales guardados en el Banco de Francia, detuvo su avance ante el núcleo duro de la propiedad capitalista, la banca, lo que le privó de medios imprescindibles para sostener la resistencia. El proceso hacia la patria socialista que se estaba experimentando en la Comuna se detuvo en seco por su propia incapacidad teórica y política para saber que la nación trabajadora no puede constituirse en Estado socialista, comunal, si no destruye la propiedad burguesa. Adelantándonos un poco, el mismo error estratégico lo cometió en verano de 1936 la Comuna de Donostia: tampoco se atrevió a recuperar los capitales guardados en el banco de Gipuzkoa mientras luchaba apenas sin armas durante tres meses contra el fascismo, siendo ahogada en un mar de sangre.
Engels y Marx hicieron otra aportación autocrítica que va adquiriendo valor conforme los pueblos toman conciencia y perspectiva histórica. Partiendo de las lecciones de la Comuna de 1871, Engels reconoció en 1875 que él y Marx habían cometido un error al utilizar siempre el concepto de Estado cuando debieran haber utilizado el de Comuna, más correcto y con más potencial revolucionario. Hemos visto al inicio del texto la importancia que en 1842 – 1843 daba Marx al derecho consuetudinario, a la propiedad colectiva de los bienes comunales arrasados por las privatizaciones burguesas. Con más o menos intensidad, esa defensa se mantuvo siempre y medio siglo después Engels volvió a reivindicarla. El debate ruso sobre el valor revolucionario de las comunas campesinas fue simultáneo a los estudios que ambos amigos hicieron sobre las sociedades antiguas, sin propiedad privada.
Mientras sucedía esto, en 1871 Wilhelm Liebknecht dijo a la burguesía alemana que «nos acusáis de no tener patria, vosotros que nos la habéis quitado». Recordemos que Alemania no pudo reunificarse democráticamente en la revolución de 1848, que fue la burguesía y los junkers militares de Prusia quienes la unificaron dictatorial y verticalmente desde arriba, imponiendo la patria militarista con policías y cañones. W. Liebknecht denunció precisamente eso: en 1848 se le arrancó a bombazos al proletariado la posibilidad de crear una patria democrático-radical que fuera la puerta que abriera el camino a la patria socialista. La explotación asalariada, la opresión política y patriarcal, y la dominación ideológica monárquico-burguesa, impedían con la represión y con la alienación fetichista que el proletariado participara siquiera superficialmente en las cuestiones decisivas de la patria prusiana, militarizada e imperialista. Peor aún, como se vería definitivamente en 1914, la burguesía drogaba poco a poco al proletariado con el opio de su nacionalismo imperialista no combatido por el reformismo socialdemócrata desde finales del siglo XIX.
Hemos visto arriba que a finales del siglo XVIII terminó de afianzarse el nacionalismo burgués en su esencia. Vamos a poner ahora otro ejemplo sobre la complejidad del tema que tratamos, muy frecuente en la historia: guerras entre potencias opresoras para quedarse con territorios que no les pertenecen. A finales de 1880 se inició en Sudáfrica la larga guerra entre Gran Bretaña y las dos repúblicas boers, que duró con altibajos y fases hasta la victoria británica en 1902. La fuerza de los británicos venía de su capitalismo industrial y la debilidad de los Boers de sus limitaciones agrícolas, todo lo cual se reflejaba en sus diferencias culturales: anglosajona la primera, germano-holandesa la segunda.
Pero lo que nos interesa es que los pueblos africanos se enfrentaban a un único enemigo a pesar de que se mataban entre ellos por sus intereses opuestos. Ese enemigo único era el capitalismo europeo y su nacionalismo expansivo que olvidaba sus intereses contrarios para imponer una misma ideología básica, la de la dictadura de la propiedad privada con su cultura basada en el fetichismo de la mercancía. Naturalmente, los pueblos africanos también tenían sus contradicciones y también se enfrentaban entre ellos e incluso, como en el resto de continentes, algunos pueblos colaboraban con los invasores ayudándoles a exterminar o al menos explotar a otros por las razones que fueran.
Para el tema que tratamos, la patria obrera frente a la patria burguesa, estas guerras a varias bandas libradas por potencias capitalistas tanto entre ellas como simultáneamente contra pueblos comunales, tributarios, esclavistas, feudales y en tránsito al capitalismo tienen gran importancia porque adelantan problemas recurrentes: el papel en las identidades actuales de los restos de tradiciones y de las memorias del pasado aunque hayan sido manipuladas, perseguidas y/o actualizadas por los sucesivos poderes. En la medida en que Marx y Engels estudiaban estas sociedades comprendían la importancia de estas cuestiones para la lucha de clases en su forma de lucha de liberación. Su colección de artículos sobre el colonialismo son un ejemplo aplastante.
La lucha irlandesa hizo que desde 1870 Marx y Engels volvieran a prestarle una gran atención llegando a conclusiones cruciales para el tema que tratamos: la independencia del pueblo irlandés no vendrá de la revolución inglesa sino de la misma lucha irlandesa. La razón de lo dicho es más profunda y desborda al caso concreto porque ambos amigos insistían en que los beneficios del saqueo colonial, por ejemplo de la India, alienaban a los obreros ingleses. En 1867 Marx le dijo a Engels que el proletariado inglés debía exigir la disolución de la Unión y que Irlanda tendría que aplicar tres medidas para asegurar su libertad: gobierno independiente, revolución agraria y protección aduanera contra Inglaterra.
Antes de analizar con algo de detalle esta opinión de Marx sobre Irlanda, que nos ilumina sobre las tareas de la patria socialista, debemos saber que en la presentación del Manifiesto en 1892, Engels aseguró que la independencia polaca no la lograría ni la nobleza ni la burguesía, sino un proletariado joven y decidido siguiendo la lógica del planteamiento anterior sobre la necesidad de una revolución agraria en Polonia. Igualmente, nos conviene saber que en su visita a Londres en 1902 Lenin confirmó lo dicho por Benjamin Disraeli en 1845 sobre la existencia de «dos» Londres enemigos entre sí, el burgués y el obrero. Tenemos así tres puntos de partida para un análisis más preciso sobre el tránsito revolucionario a la patria proletaria. Pero hemos de sumarle otros más: ¿existían «dos» naciones contrarias dentro de Galiza y de China en esos momentos? Decididamente, sí.
De hecho, hacia 1891 apareció la primera bandera galega con una raya oblicua azul sobre fondo blanco dentro del proceso llamado Rexurdimento no bien visto por la elite pro española. Debemos valorar en su justa importancia la creación de este emblema nacional y para ello recurramos al ejemplo heroico del muy distante pueblo maorí en Nueva Zelanda que justo estaba saliendo de la cultura paleolítica. Desde 1840 se recrudeció la resistencia maorí a la invasión británica: en las guerras contra el invasor, los maoríes derribaron cuatro veces la bandera británica porque odiaban su simbología opresora. Los británicos tenían maoríes colaboracionistas en su ejército, asesinos a sueldo de sus hermanos para imponer la bandera británica. Vemos así la contradicción inherente a cualquier nación invadida entre un sector independentista y otro cipayo, y el papel de los símbolos y emblemas antagónicos que representan a ambos. La creación de la primera bandera galega indicaba el inicio de la aceleración de las contradicciones internas a la nación oprimida porque más adelante se crearía la bandera independentista con una estrella roja que expresaba la esencia socialista de la nación trabajadora galega.
En China las nuevas invasiones occidentales desde 1883 y 1885 debilitaron a un gobierno pusilánime aplastado por Japón en 1894, todo lo cual reanimó el odio popular a la clase dominante. También existían «dos» Euskal Herria como se confirmaba cada vez más desde finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, aunque fue con la irrupción de las huelgas generales obreras desde 1890 en adelante cuando surgió el embrión de la «otra Euskal Herria», la independentista y socialista. El hundimiento definitivo del imperio español en 1898 propició el llamado regeneracionismo para «reavivar España», reprimir el nacionalismo catalán y vasco, reforzar el catolicismo, vigilar al movimiento obrero, rearmar el ejército, etc.
Como vemos, los principales Estados burgueses europeos se encontraban en una intensa campaña de readaptación de sus nacionalismos y patrioterismos opresores a las nuevas exigencias que surgían del tránsito de la fase colonialista del capitalismo a su fase imperialista que se estaba dando en aquellos tiempos. ¿Qué ocurría en otros pueblos y por qué?
Fijémonos que en 1905 se crea en la aplastada China la organización Tung Meng-hui para recuperar la independencia burguesa. También, en 1907 el campesinado galego ya empezaba a crear redes de cooperación defensiva unidas a la emergencia cultural y lingüística para frenar el avance de la dominación española. Pues bien, en ese 1907 el zarismo termina de aplastar mediante el terror militar la revolución de 1905 que justo había empezado tres años después de que Lenin redactara buena parte del ¿Qué hacer? impresionado por los «dos» Londres enfrentados entre sí. Y la pregunta es: ¿qué dialéctica interna puede existir en esos momentos entre el ascenso de nacionalismos democráticos y populares cada vez más enfrentados al nacionalismo imperialista en reorganización, y la profundización de la teoría marxista?
Entre 1867, fecha de la carta de Marx a Engels sobre las tres medidas para Irlanda, y 1905 – 1907 años que marcan la reorganización de las identidades galega y china en aquella época, transcurren cuarenta años en los que irrumpe definitivamente la fase imperialista cuya fecha oficial de nacimiento podemos datar, a ojo de buen cubero, con la destrucción de la independencia formal de China a partir de la firma el claudicante «Protocolo de 1901» que entregaba la nación atada de pies y manos al saqueo occidental protegido por sus criminales ejércitos, lo que provocará nuevas resistencias populares. Galiza no le iba a la zaga, el malestar campesino agudizado por las sucesivas crisis desde finales del siglo XIX terminó creando las ligas y asociaciones campesinas hacia 1907 en una atmósfera de lucha por la lengua y cultura galega.
Pero lo decisivo fue que en 1873 estalló la primera Gran Depresión hasta 1896. Había habido otras crisis económicas anteriores, como la de 1857 e incluso en el siglo XVII, pero esta era «nueva» en el sentido de que surgía de las contradicciones del capitalismo industrial que forzaba una sobreproducción excedentaria que no podía ser resuelta por el subconsumo de las clases empobrecidas, además de otras causas. La deflación, es decir caída de precios, poca producción y hundimiento de salarios, asfixiaba la tasa de ganancia creando una espiral destructiva de la que solo podía salirse aplicando la solución que Marx ya expuso nada menos que en 1847: destrucción de riqueza producida para, sobre ese desierto de pobreza impuesta, abrir una nueva fase expansiva.
La tríada básica de destrucción no es otra que: sobreexplotación de la nación trabajadora por la nación burguesa así como canibalismo intraburgués, es decir, las grandes empresas se comen a las pequeñas; expandirse mundialmente saqueando pueblos y esquilmando la naturaleza; y multiplicando la industria de la matanza humana, el papel de la violencia injusta en la civilización capitalista. Es decir la primera Gran Depresión de 1873 a 1896 confirmaba la teoría marxista de la crisis enunciada entre 1859 y 1867, con adelantos premonitores en 1847 – 1848. Las dos grandes depresiones posteriores, la de 1923 – 1939 y la de 2007 hasta hoy se moverán dentro de estas coordenadas teóricas aunque son sus variantes y novedades específicas. Veremos cómo este devenir histórico va enriqueciendo las lecciones que pueden facilitar la construcción de las patrias socialistas.
Quiere esto decir, primero, que cuando Marx expuso sus tres puntos sobre Irlanda, independencia, revolución y proteccionismo, lo hacía desde una teoría no solo confirmada ya por la historia sino que además fue revalidada por la primera «gran crisis» iniciada seis años después de la edición de El Capital. Y segundo, quiere decir que los tres requisitos, que a su vez son la base imprescindible de la patria socialista, se mantendrán inamovibles en su esencia porque a partir de aquella primera Gran Depresión el capitalismo entró definitivamente en otra fase, la imperialista, en la que cualquier pueblo que quisiera ser realmente libre tenía, tiene y tendrá que conquistar su independencia revolucionaria.
Pero las sobreganancias imperialistas aceleraron procesos alienadores que ya venían del colonialismo y que reforzaron el poder mental que la burguesía tenía sobre el proletariado. La industrialización imparable hizo que el fetichismo de la mercancía fuese penetrando en la estructura psíquica precapitalista que sobrevivía en las masas trabajadoras y que la subsunción formal del trabajo en el capital fuera desplazada por la subsunción real. De manera simple, a este proceso se le llama «aburguesamiento del proletariado» y en lo que nos concierne en este texto «nacionalismo burgués e imperialista». Marx y Engels se dieron cuenta muy pronto de esos peligros reaccionarios insertos en la capacidad del capital para manipular la ideología proletaria mezclando tradiciones reaccionarias con innovaciones burguesas. Una obra marxista que ya en 1852 marcaba el encuadre conceptual de este problema permanente es El 18 Brumario de Luís Bonaparte, al que ya nos hemos referido.
Pongamos un ejemplo: entre 1876 y la Primera Guerra Mundal los grandes Estados europeos se repartieron casi toda África mediante negociaciones internas y terror salvaje externo. También se lanzaron contra China imponiéndole la claudicación del «Protocolo 1901» como hemos visto, y no decimos nada de la expansión criminal por grandes zonas de Asia, irreversible desde la primera mitad del siglo XIX como en la India. Una eufórica burguesía occidental se creía propietaria del mundo y en cierta forma lo estaba consiguiendo; a la vez algunas migajas de las cuantiosas ganancias eran repartidas entre «sus» clases trabajadoras aumentando la eficacia alienadora de los medios de sumisión inherentes al capital. Cada vez más explotados se creían miembros de la nación burguesa que les garantizaba una pequeña mejora social gracias al imperialismo, asumiendo que podían asumir pasivamente mayor explotación de clase a cambio de esos beneficios; peor aún, debían apoyar ese imperialismo para, así, aumentar esas migajas.
Pongamos otro ejemplo: en sus cartas sobre Irlanda, Marx y Engels advierten que su opresión nacional, explotación social y dominación religioso-cultural por Inglaterra es desastrosa para la clase obrera inglesa porque le convierte en sujeto reaccionario activo en la lucha de clases a favor de la burguesía británica: enfrenta los obreros irlandeses que defienden sus derechos con los ingleses que los desprecian, rompe la unidad de clase convirtiendo a los ingleses en instrumentos represores a favor de patria inglesa y les convierte en explotadores de Irlanda al beneficiarse de su sufrimiento salvaje. Estas advertencias venían desde el saqueo de la India a mediados del siglo XIX y también están presentes, pero aplicadas a toda Europa sobre todo, en el plano directamente político por los efectos desastrosos de la opresión de Polonia que fortalece el poder reaccionario de las tres potencias que la ocupan: Prusia, Austria y Rusia.
Vemos así la concepción dialéctica del llamado «problema nacional» de Marx y Engels: la independencia revolucionaria de los pueblos oprimidos era necesaria para esos pueblos y a la vez para los que les oprimen. En realidad, no hacían sino aplicar a su tiempo la advertencia de un representante de Nuestramérica en las reuniones de 1812 en Cádiz: un pueblo que oprime a otro pueblo nunca será libre. Pero la aportación cualitativa de Marx y Engels consistió en ofrecer la llave que abría el cerrojo de la independencia al menos en aquellos tiempos.
Antes de ver si aquellas tres llaves –independencia, revolución agraria y protección aduanera– sirven para la independencia antiimperialista actual, debemos comparar en qué avanzaron con respecto al primer nacionalismo tal cual lo vimos en la lucha portuguesa por su independencia desde 1580 a 1668, por citar este caso. Entre finales del siglo XVI y primera mitad del siglo XVII, el poder estaba en manos casi exclusivas de las monarquías absolutistas siendo la nación una propiedad del rey con más o menos apoyo de la nobleza y de la burguesía, y con bastante indiferencia del pueblo excepto cuando este veía que la explotación interna y externa, una invasión por ejemplo, empeoraban drásticamente sus ya malas condiciones de vida. En estos casos la lucha de clases interna y la resistencia a la invasión o incluso su apoyo al invasor para derrocar al rey, exigen análisis particulares y singulares.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, por el contrario, el absolutismo está derrotado en toda regla porque la burguesía ha logrado quitarle el poder dejándolo en fuerza simbólica de unidad de un Estado-nación diferente al de tres siglos antes. Es así porque el capitalismo industrial e imperialista ya no es como aquel mercantil y colonialista: ahora el proletariado irrumpe con fuerza suficiente para crear la Primera Internacional, para lanzarse al primer intento de hacer una patria socialista: la Comuna; para unir la independencia de los pueblos con la necesidad de la revolución como ya se aprecia en 1905 en Europa y con un poco más de retraso en China y en Galiza.
Pero a la vez, el opio del patrioterismo burgués se expandía en las clases explotadas más rápida y profundamente que en el capitalismo de los siglos XVI-XVII, porque la rápida industrialización y el imperialismo aceleraban la subsunción real del trabajo en el capital, expandía el fetichismo de la mercancía que alienaba al proletariado, creaba las bases para la explosión racista, para el autoritarismo militarista y machista, para los Freikorps, pilares todos ellos del protofascismo que llamará a las puertas en 1918. La reorganización del nacionalismo imperialista buscaba cortar de raíz los brotes revolucionarios, del comunismo y de su defensa de la independencia trabajadora, y mantener en la reserva una fuerza irracional de masas que pudiera activarse en el momento necesario para el capital.
Cuando en 1867 Marx planteaba la necesidad de la independencia, de la revolución agraria y del proteccionismo ante el avasallamiento económico inglés adelantaba tres medidas que otros pueblos no tendrían más remedio que adaptar en su momento. Los dos amigos sabían que las tres medidas implicaban un proceso revolucionario que podría conllevar una guerra entre la Irlanda libre y la Inglaterra opresora; sabían que el proletariado polaco no obtendría la unificación nacional y la revolución agraria sin arriesgarse a una guerra de liberación.
Ya entonces la independencia, la revolución agraria y el proteccionismo, aunque solo fueran una propuesta, anunciaban un choque frontal con las burguesías ocupantes. De hecho eso mismo estaba sucediendo en Sudán, país precapitalista que defendía su independencia contra la ocupación anglo-egipcia, que aplicaba las normas comunales y justas del islam y cuya vida económica había roto con el colonialismo. En 1898 el pueblo sudanés, muy mal armado, sin noción alguna de las tácticas militares occidentales, se enfrentó con un heroísmo desesperado a las modernas ametralladoras, cañones y fusiles británicos. Omdurmán no fue una batalla, fue una masacre espeluznante, con casi 30.000 muertos, heridos y prisioneros sudaneses contra poco más de 400 bajas británicas. A este crimen, y otros tantos, se le debe aplicar la misma condena que lanzó Marx contra la civilización capitalista que exterminó a 30.000 comuneros en 1871.
Pero la teoría marxista que explicaba por qué había que luchar por la independencia, por la revolución agraria y por romper con el capitalismo también valía para la lucha de clases en el imperio zarista de 1905 a 1908. La expresión sintética de esta teoría fueron los soviets. Si la Comuna enseñó al mundo que el proletariado se atrevía a intentar construir su patria socialista, los soviets rusos de 1905 enseñaron que las clases y naciones oprimidas habían dado pasos decisivos en la autoorganización horizontal, directa e independiente de las instituciones burguesas, de sus partidos de orden y burocracias sindicales. Los soviets dirigían la revolución en los cuarteles y en las fábricas, en los campos y en las barriadas populares. Los soviets decidían cómo había que practicar la independencia económica del mercado capitalista: eran el pueblo en armas, columna vertebral de la patria socialista.
Los soviets surgieron por varias razones de entre las que destacamos estas tres por su importancia para el tema de la patria obrera: una, la mayoría de la clase trabajadora aún mantenía relaciones directas o indirectas con la cultura popular campesina en la que era muy fuerte la memoria de lucha antizarista, como constató Lenin en 1902; dos, la derrota en la guerra contra el Japón meses antes de la revolución destrozó la poca legitimidad que le quedaba al zarismo planteando la urgencia de profundas reformas de modernización, abriendo las brechas por las que salieron a la luz las ansias obreras y campesinas por otra sociedad totalmente diferente; y tres, la debilidad del reformismo político-sindical y cultural en el seno del pueblo obrero y especialmente en las fábricas, lo que explica que apenas existieran mecanismos de control y paralización reformista de toda radicalidad, así como la inexistencia de un proyecto nacional burgués alternativo al zarista o que pudiera readecuarlo a la terrible crisis de supervivencia del imperio.
Pero si bien la teoría marxista se desarrollaba al son de las contradicciones objetivas, era apreciable el retraso subjetivo de las organizaciones revolucionarias para estar a la altura de las nuevas prácticas del pueblo trabajador, como los soviets: pocos bolcheviques vieron al instante lo que estos suponían, aunque lo descubrieron más adelante y supieron integrarse en ellos.
¿Qué importancia tiene para nuestro presente y futuro como pueblos oprimidos este retraso a comienzos del siglo XX de la subjetividad revolucionaria con respecto al avance de la lucha de clases en general y concretamente con las luchas de liberación?
Tengamos en cuenta que en 1905 – 1908 fue muy importante la irrupción de las luchas nacionales antizaristas finesas, bálticas, polacas…, también que aumentaban las luchas anticoloniales y que, por el lado contrario, se reforzaba de manera imperceptible el opio nacionalista burgués en el proletariado occidental y de forma muy perceptible el reformismo socialdemócrata, al que volveremos.
La revolución rusa fue totalmente aplastada en 1908 muy poco antes de que estallara la Primera Guerra Mundial en 1914. La Segunda Internacional debatía sobre qué hacer contra la guerra, pero las diversas propuestas no pudieron evitar el apoyo masivo de las clases trabajadoras a sus respectivas burguesías en los dos primeros años de la guerra. Todo sugería que la patria obrera había desaparecido de las reivindicaciones en Occidente antes de las protestas sociales desde 1916. Aprovechando el contexto mundial, en 1915 Japón ultimó a China para que firmase el documento «Las 21 condiciones» que convertían al agónico país en su protectorado, humillación que Pekín cumplió. En Irlanda se produjo el Alzamiento de Pascua de 1916 y en Galiza avanzaba la conciencia nacional con las movilizaciones político-culturales: entre 1916 y 1918 se fundan la Irmandade de la Fala y la I Asamblea Nacionalista Galega, por citar dos ejemplos.
Resulta muy esclarecedor que a partir de 1912 el grupo bolchevique en el que militaba Lenin empezara a advertir que se reiniciaba una nueva oleada de luchas nacionales tras la derrota de la revolución de 1905 – 1908. Esto era cierto, pero también lo era su contrario: en agosto de 1914 casi la totalidad de los pueblos trabajadores empezaron a matarse entre ellos para aumentar la riqueza de sus burguesías respectivas. ¿Qué había sucedido? La respuesta es compleja porque se trata de penetrar en la contradictoria identidad nacional de los pueblos, aunque hemos adelantado ya bastantes ideas al respecto y otras que veremos más adelante.
Hasta 1914 se desconocían muchas de las obras marxistas necesarias para estudiar qué era el fetichismo, qué era la alienación, qué era la subsunción formal y la subsunción real y qué importancia tienen para el tema que nos atañe, qué implicaciones tienen los Grundrisse para la misma cuestión, etc. Basta saber que el llamado cuarto libro de El Capital o «Historia crítica de la teoría de la plusvalía» terminó de imprimirse en 1910 por lo que su estudio fue muy superficial y únicamente por una minoría. Además, estaban sin publicar un sinfín de cartas entre ambos amigos y de estos con muchos conocidos. También eran desconocidos los borradores sobre etnografía, sobre pueblos que desconocían la propiedad, sobre tierras comunales en muchos continentes, no solo en Rusia, y un sinfín de otros manuscritos que aún están sin editar. Semejante masa de ideas nos van descubriendo un método de pensamiento de ambos amigos en el que la dialéctica de sus textos iniciales adquiere una potencialidad cognitiva y de acción consciente que asombra cada vez más según se estudia.
Peor suerte corrió la recuperación de la dialéctica materialista y su aplicación metódica a la historia de la lucha de clases. En sus últimos años Engels se autocriticó en su nombre y en el de Marx por la prioridad que habían dado a lo que ahora se llaman «factores objetivos» dejando en segundo plano los «factores subjetivos», imprescindibles para entender las luchas y guerras de liberación nacional. Por citar un solo caso, la decisiva Carta a Bloch fue escrita en 1890, pero tardó en publicarse bastantes años. Y si nos extendemos a la vital dialéctica, vemos que Dialéctica de la naturaleza, borrador escrito por Engels entre 1873 y 1883 con la ayuda de Marx, solo se publicó en 1925, y el decisivo borrador de Lenin Cuadernos filosóficos, redactado entre 1914 y 1916, solo se conoció en ruso en 1934.
Partiendo de estos vacíos comprendemos mejor las lagunas inevitables en los textos marxistas sobre las contradicciones inherentes a la conciencia nacional de los pueblos, al margen ahora de que estuvieran oprimidos o fueran opresores. El primer texto conservado de Rosa Luxemburg sobre la cuestión nacional es de 1896. Lenin ya salió en defensa de China en 1900 que estaba siendo atacada por la Rusia zarista. Las tesis de la socialdemocracia internacional sobre la autodeterminación de los pueblos eran formales y generales. Otto Bauer había publicado en 1907 La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia, dando mucha importancia al peso de la cultura. Lenin advirtió en 1912 que se reactivaban las luchas nacionales tras su derrota en 1905 – 1908, pidiendo a Stalin que hiciera un texto sobre el tema que recibió el título El marxismo y la cuestión nacional publicado en enero de en 1913. Inmediatamente después Lenin escribió su propio texto El derecho de las naciones a la autodeterminación en mayo de 1914, tres meses antes de la Primera Guerra Mundial.
Es decir, la práctica totalidad de las diversas tesis de las izquierdas sobre la cuestión nacional en agosto de 1914 se movían en la superficie del profundo y oscuro océano de las contradicciones nacionales, no por ignorancia o indiferencia ante el problema sino por las limitaciones objetivas entonces insuperables. Incluso la insistencia en 1907 de Otto Bauer en la importancia de la cultura nacional quedaron desbordadas desde el primer día de la guerra siete años después. La amarga incredulidad de Lenin al enterarse de los masivos apoyos obreros a sus burguesías es un ejemplo concluyente.
Nos hacemos una idea aproximada de la respuesta a la pregunta sobre qué había sucedido viendo lo que hizo Lenin: se lanzó a releer a Hegel, profundizó el estudio de la opresión nacional y de la guerra, empezó a estudiar el imperialismo y el Estado, sin dejar de hacer una crítica demoledora de la socialdemocracia y redoblando los esfuerzos para convertir la guerra interimperialista en guerra revolucionaria anticapitaslista y, más adelante, desde 1919, impulsó la Internacional Comunista como dirección revolucionaria mundial, lo que fue un acierto incuestionable para el tema que nos ocupa, para avanzar en la creación de las patrias obreras.
Como veremos, las patrias socialistas tienen en el eurocentrismo y en el reaccionarismo de la patria imperialista, uno de los mayores obstáculos para triunfar, entre otras cosas porque el patrioterismo eurocéntrico no solo se opone contra los pueblos sino también hunde en la ignorancia histórica a sus clases explotadas y es sabido que la ignorancia refuerza el irracionalismo y el reaccionarismo. Un ejemplo lo tenemos en la indiferencia de las izquierdas ante la revolución mexicana de 1910 a 1917 que era una rebelión masiva del campesinado y de etnias aplastadas contra un poder que ellas sentían como extranjeros que les arrebataba a sangre y fuegos su cultura precolombina y sus tierras comunales.
El Plan de Ayala de 1911 exigía entre otras reivindicaciones la devolución de los comunales, la expropiación de las tierras y su reparto a los campesinos pobres, nacionalizar los bienes de los contrarrevolucionarios para sufragar las pensiones de guerra e indemnizar a las y los pobres, etc. Había otras clases y facciones de clase, desde la gran burguesía hasta los pequeños terratenientes, comerciantes y profesiones liberales, pero ahora no podemos extendernos en más detalles, solo decir que el pueblo explotado dio muestras de una impresionante creatividad militar.
La revolución mexicana tenía puntos en común con la china pero padecía de una debilidad mortal: no disponía de un partido comunista que la guiara, lo que impidió que surgiera una nación mexicana trabajadora. Recuperar los comunales, ríos, bosques, pastos, recuperar los bienes creados por el sudor del pueblo, nacionalizar la riqueza de los explotadores, resolver la vejez de las y los revolucionarios heridos y ayudar de por vida a las familias y viudas de los héroes asesinados en combate…, todo esto y más eran los pilares básicos de la patria campesina, indígena y obrera: pero falló el «factor subjetivo».
Lo que había ocurrido era que el proletariado europeo que no sufría opresión nacional había sido infectado por el nacionalismo imperialista de sus respectivas burguesías durante más o menos tres lustros, a pesar de las lecciones de la revolución rusa de 1905. La Segunda Internacional ni sabía ni podía combatir ese avance reaccionario porque tal realidad apenas perceptible a simple vista no entraba en su mecanicismo lineal y en su desprecio del «factor subjetivo». La poderosa y extensa burocracia socialdemócrata, así como la fuerza interna, pero no oficial de la corriente bernsteiniana, extendieron la dominación ideológica burguesa hasta el punto de arrastrar al proletariado a la escabechina en medio de la perplejidad de la izquierda internacionalista.
Pero para comienzos de 1916 aparecieron síntomas de duda en varios ejércitos, tensión que se fue extendiendo con las inexplicables matanzas del Somme y Verdún en el frente occidental, en el oriental con la derrota de la ofensiva Brusilov en otoño de ese año, y también en las retaguardias obreras y campesinas. Muchos soldados protestaron, desobedecieron y se insubordinaron en diversos frentes. En febrero de 1917 irrumpió la primera fase de la revolución rusa, la democrático-burguesa, que daría el salto a revolución socialista en octubre de ese año anunciando la primavera de la patria socialista en la que la liberación de los pueblos oprimidos por el zarismo jugó un gran papel. Si en el malestar social de 1916 en la Europa occidental se empezaban a perfilar atisbos de otro modelo de nación «no en el sentido burgués», tendencia que se concretaría más a partir de 1943, fue en las dos fases de la revolución rusa en donde apareció definitivamente.
Las limitaciones del marxismo de la época para comprender la inicial sumisión proletaria hasta 1916 se confirmaron en el caso contrario, en el de la sublevación irlandesa de Pascua del 24 de abril de 1916. Insurrección tan sorpresiva que Lenin fue uno de los muy pocos internacionalistas que salió en su defensa. Irlanda siempre había luchado de un modo u otro, o de todos, por sus derechos nacionales y sociales. En Dublín, por ejemplo, se dieron duras luchas en una huelga desde agosto de 1913 que llevaron a los trabajadores a crear una milicia de autodefensa preparada militarmente. La huelga fue derrotada tras medio año de encarnizadas luchas, pero la lección de autodefensa militar no se olvidó ya que volvió a surgir con fuerza en la Pascua de 1916.
Mientras tanto, la guerra de 1914 impidió que Londres concediera la autonomía a Irlanda. Las dos grandes ciudades, Belfast y Dublín, eran focos industriales en expansión con un proletariado muy moderno que empezaba a abrirse a las ideas socialistas desde la realidad de opresión nacional en un país con un campesinado católico en el sur. Después de una semana de lucha totalmente desigual en la que muriendo algo más de 300 personas, la insurrección popular de 1916 fue liquidada y muchos de sus dirigentes fusilados, siendo el más influyente de ellos el marxista James Connolly organizador de un ejército obrero que sabía que independencia y socialismo son las dos caras de la misma moneda.
Pero la represión solo multiplicó el odio antibritánico de modo que la lucha armada se reactivó en 1919 con una dureza tremenda que obligó en 1921 a Gran Bretaña a ofrecer una solución tramposa que beneficiaba a la burguesía del sur de Irlanda: romper la isla entre el norte más industrializado y obrero, y el sur campesino y conservador. El proyecto británico de dividir la nación fue la causa de una dura guerra civil en la que Gran Bretaña ayudo al sector que aceptaba integrarse en la Comunidad Británica de Naciones como «Estado libre» sujeto al control británico, dependencia totalmente contraria al planteamiento de Marx y de Connolly. Al final, la guerra civil acabó con la tendencia al fortalecimiento del independentismo socialista en Belfast y en Dublín por muchos años garantizando el poder del capital en ambos territorios.
La Primera Guerra Mundial mostró que se estaban intensificando las contradicciones que azuzan la extensión de las luchas nacionales, pero también enseñó el retraso de las izquierdas para comprender teóricamente por qué sucedía eso. La primera fase de la solución, recuperando parte del poder teórico, vendría con la labor de la Internacional Comunista en 1919. Mientras tanto, los pueblos oprimidos seguían avanzando por su cuenta: en la Galiza de 1920 apareció la revista Nos entre tantos ejemplos de recuperación de su identidad y para 1921 ya se estaban organizando los primeros comunistas galegos. En la China de ese mismo tiempo se constituyó el Movimiento 4 de mayo del que surgiría el PCCH en verano de 1921.
Como síntesis definitiva de este período que expresa el inicio definitivo de una nueva fase en la creación de las patrias obreras bajo el imperialismo, tenemos el famoso documento de febrero de 1918 redactado por Trotski y firmado por el primer gobierno soviético dirigido por Lenin: ¡La patria socialista en peligro!
¿Qué horizonte se abría frente a las clases y pueblos explotados con este llamamiento?
El llamamiento soviético a defender a cualquier precio la primera patria socialista de la historia, patria internacionalista basada en el poder armado de los soviets, fue un verdadero terremoto en la conciencia de los pueblos trabajadores sufrieran o no opresión nacional. Para los que no la sufrían, pero eran explotados por «sus» burguesías el llamado soviético les abrió la conciencia ante el hecho consumando de que podía haber otra patria antagónica, inconciliable, con la que ellos padecían y sufrían a diario: la de «su» burguesía. Las izquierdas de estos pueblos conocían el grandioso significado histórico de la Comuna de 1871 pero de pronto vieron que desde octubre de 1917 había surgido algo superior a la Comuna, algo que exploraba materialmente los senderos comuneros e iniciaba otros nuevos.
Las revoluciones inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial en Alemania, Finlandia, Italia, Hungría… y el ascenso de movilizaciones y enfrentamientos en otros países como la larga rebelión en India desde 1919 que fue sofocada de nuevo por el terror británico con el apoyo del pacifismo de Gandhi que llamó a la paralización de las luchas y a la desmovilización del pueblo insurrecto facilitando la victoria británica con su ferocidad criminal.
Para las izquierdas de los pueblos oprimidos el terremoto soviético removió montañas y océanos sacando a la luz que la patria obrera es una necesidad realizable con la revolución, en vez de una utopía milenarista al estilo del paraíso en la Tierra: bella pero imposible. Más aún, cuando esa patria soviética organizó la Internacional Comunista e hizo un esfuerzo titánico por dar un salto cualitativo en la teoría marxista de la libertad de los pueblos, estos comprendieron que sus propios sacrificios y luchas deberían ser la base de ese avance teórico imprescindible. Por tanto, comprendieron que ellos también eran parte sustantiva en el avance al comunismo, en intentar tomar el cielo por asalto.
Los obreros ingleses no habían llegado en 1926 al nivel de conciencia de Liebknecht de 1871 sobre recuperar su patria expropiada por la burguesía alemana, como hemos visto arriba. Pero con altibajos llevaban una lucha de clases ascendente desde 1921 que dio un salto en 1924, llegando a convocar una huelga general para el 3 de mayo de 1926. La burguesía y su gobierno acusaban a la clase obrera de estar preparando una guerra civil y tomó medidas para derrotarla con el estado de excepción, movilizando el ejército y la marina. Tenía miedo del contagio de la revolución soviética y estaba dispuesta a todo para vencer en esa guerra civil. Muchos de los consejos de acción creados por los obreros tenían planteamientos revolucionarios. Pero el PCGB era muy pequeño y aunque paso de 6000 a 10.000 militantes no pudo contrarrestar el reformismo de la burocracia sindical obsesionada en debilitar la Huelga antes incluso de que estallase y en hacerla fracasar después. Por un breve tiempo asomó en lontananza una posibilidad de la patria inglesa socialista.
En efecto, la necesidad del comunismo se volvió más imperiosa después de terminar la Primera Guerra Mundial porque resurgió con más fuerza que antes el antagonismo entre el enriquecimiento burgués y el empobrecimiento de la clase trabajadora: los «felices años veinte» de champan y vicio de la gran oligarquía ocultaban mediante una incontrolable burbuja financiero-especulativa el estancamiento económico real, hasta que la burbuja gigantesca, el globo especulativo estalló en octubre de 1929 sumiendo al mundo, menos a la URSS, en la segunda Gran Depresión. Pero en aquellos países empobrecidos por el saqueo colonial e imperialista, por la brutalidad de las clases dominantes, etc., no hizo falta la crisis de 1929 para que los pueblos se alzaran contra la insufrible explotación ilusionados con el ejemplo soviético y la labor de la Internacional Comunista. Veamos el caso de China.
Sabemos que en 1921 se creó el PCCh decidido a lograr la independencia real de un país en el que los extranjeros expoliadores no podían ser juzgados por las leyes chinas porque tenían el privilegio de la extraterritorialidad, por citar uno solo de una lista insoportable de prebendas y brutalidades. La militancia comunista creció luchando contra los señores de la guerra, la burguesía china y el imperialismo. En 1927 sublevaciones populares especialmente en Shangai en abril fueron masacradas con decenas de miles de muertos. El PCCh obedeció la directriz de Moscú de supeditarse a la burguesía que incumplió los acuerdos, dio un golpe militar y procedió a la degollina de los comunistas. La burguesía creó escuadrones de la muerte con miembros de las mafias en una perfecta división del trabajo represivo.
La burguesía «democrática» también pasó a cuchillo en diciembre de 1927 la Comuna de Cantón, mientras en áreas rurales surgían «repúblicas soviéticas» que resistían los ataques del Kuomintang hasta su exterminio. Las bandas armadas de los señores de la guerra y los bandoleros y grupos criminales del campo ayudaban en la lucha anticomunista porque sus intereses coincidían con los de la burguesía y terratenientes.
La división del trabajo represivo entre criminales mafiosos y criminales militares activa en Shangai y en grandes áreas de China había tenido el precedente de la contrarrevolución francesa de 1848 como constató Marx, también en parte de los Freikorps alemanes de 1918, las Camisas Negras fascistas desde 1919 y las SA nazis desde 1920. Por tanto no debe sorprendernos que reaparecieran en China. El patriotismo burgués rentabiliza a «sus» criminales como el reverso tenebroso de las esencias patrias que no son otras que las del capital. Hemos hecho este breve repaso histórico para comprender mejor la complejidad del fascismo, su papel en el patriotismo burgués y las dificultades de amplios sectores marxistas del momento para entenderlo. Entramos así en la segunda incapacidad de muchos marxistas para impulsar la patria obrera.
La Internacional Comunista se lanzó desde 1919 a estudiar, entre otras cosas, las razones de las derrotas sucesivas de las revoluciones que habían estallado después de la soviética. Alrededor de 1922 aparecieron el fascismo italiano y militarismos varios en otros países. Un poco más tarde las ambigüedades del freudismo facilitaron la aparición de versiones con tendencias revolucionarias que se radicalizaron tras la crisis de 1929 dando forma al freudo-marxismo que planteaba reflexiones sugerentes sobre cómo intervenir en el «factor subjetivo», pero su influencia en la izquierda fue mínima en parte también por el rechazo que sufrió por los partidos comunistas.
Previamente, marxistas como Bordiga, Clara Zetkin, Gramsci, Trotski, Dimitrov y otros muchos analizaron el fascismo con rigor, pero la mayoría de ellos no pudieron o no quisieron extender sus estudios a la reserva de irracionalidad que el fascismo activó enriqueciendo las lecciones que la burguesía europea había aprendido desde 1830 – 1848: bonapartismo, cesarismo, mafias reaccionarias, terror pre y protofascista, manipulación de ansiedades y miedos en la pequeña burguesía, manipulación de la psicología de masas y de la estructura psíquica alienada, exaltación del racismo y del nacionalismo patriarcal, obediencia incondicional al líder protector, derechos de la raza superior, etc. Como hemos dicho, pequeñas corrientes freudo-marxistas intentaron ganar influencia y abrir nuevos frentes de lucha de clases antifascistas, pero les machacó la represión interna y externa.
El fracaso de la pequeña corriente freudo-marxista tuvo dos grandes efectos negativos: no enriquecer el marxismo en esta problemática hasta finales de la década de 1960, con lo que se perdieron unos años importantes en la lucha de clases; y mientras tanto dejar vía abierta a la «ciencia» de la mercantilización de la política manipulando la estructura psíquica de las masas alienadas con técnicas de márquetin comercial. Los dos efectos negativos fortalecieron la patria burguesa en momentos críticos para el capital.
Si en 1914 la socialdemocracia fue incapaz de activar la conciencia internacionalista que había proclamado pomposamente en sus congresos, en los años treinta ella más los partidos comunistas no supieron combatir al fascismo por varias razones, destacando entre ellas la incomprensión de que la lucha de clases también se libra en la subjetividad del proletariado y del pueblo oprimido en su totalidad. Lo gobiernos de la República de Weimar no quisieron movilizar al pueblo contra el fascismo en ascenso desde 1929 y eso cuando el proletariado alemán podía acercarse al momento crítico de crear su patria socialista. El KPD pensaba que se estaban creando las condiciones objetivas y subjetivas para una insurrección obrera que diera el poder al proletariado, pero la victoria nazi desbarató y destrozó el decisivo proyecto.
Hitler había sido informante del servicio de inteligencia militar y es probable que la seguridad alemana estuviera más o menos al tanto de que los comunistas preparaban «algo», lo que ayuda a explicar la rapidez en los cambios introducidos en la sucesión de gobiernos hasta darle el poder a Hitler, además teniendo en cuanta que empezaba a bajar el apoyo electoral al nazismo mientras se mantenía o aumentaba el de la socialdemocracia y los comunistas. Para aniquilar de raíz el avance del pueblo obrero, el capital lanzó al perro fascista para impedirlo no solo con un terror genocida desconocido hasta entonces sino también con una ideología nacionalista en la que la «nueva patria» se sustentaba en una eficaz técnica de provocación de miedos, ansiedades y anhelos reprimidos.
Si la represión fascista golpeó en Alemania desde 1933 a 1945, en China en 1932 el militarismo japonés atacó Shanghái y sus alrededores con un ejército de 200.000 soldados contra un ejército chino de 40.000. La batalla fue salvaje, pero las zonas más destrozadas fueron las populares, la de las clases trabajadoras, mientras que las zonas ricas, las de la burguesía, sufrieron mucho menos. ¿Casualidad? Entonces se debatía en el Kuomintang, partido de la burguesía nacionalista, sobre si lo primero era aplastar a los comunistas y luego a los japoneses como se estaba haciendo o, si a la inversa, unir fuerzas con los comunistas para expulsar a los invasores. Lo cierto es que bajo la ferocidad japonesa, los burgueses sufrieron menos que los trabajadores.
Japón comprendía que los comunistas eran el verdadero enemigo nacional de clase para su imperialismo. El Kuomintang, defensor a ultranza del capitalismo, podía negociar concesiones y de hecho en varios momentos se alió con Japón contra los comunistas. El Kuomintang hacía todo lo que estaba en sus manos para asfixiar al PCCh en el suministro de armas, dinero, información, etc., incluso en las fases en las que colaboraron juntos contra los japoneses. Por eso cuando para 1933 – 1934 apareció la «república soviética» en Juichin y otras comunas rojas con miles de miembros, el Kuomintang vio que se estaba gestando algo más que un embrión de patria obrera que prefiguraba el futuro de la China Popular, y las atacó hasta destruirlas,
En Galiza la victoria de la II República en 1931 activó las luchas campesinas y obreras que se fueron organizando con más libertad, unida al desarrollo de la conciencia lingüístico-cultural que era allí, como en tantas otras naciones oprimidas, uno de los pasos iniciales para el desarrollo de la conciencia nacional. La lucha de maestros y maestras galegas sobre todo en Orense, fue una de las que más concienciaron al pueblo trabajador. Es muy significativo que en 1932 el alcalde de Compostela iniciase un movimiento municipalista orientado al logro de la autonomía galega, victoria que se logró oficialmente en 1936, pocos días antes de la sublevación franquista. Lo que nos interesa de estos primeros años de la década de 1930 es que el Estado bien pronto empezó a organizar un primer golpe militar dirigido por el general Sanjurjo fallido en agosto de 1932.
Volviendo a Alemania, la «nueva patria» nazi no era una negación total de la patria burguesa alemana, era su salvaje adaptación necesaria para derrotar la patria obrera que llamaba a la puerta. Los pilares estaban incluso reforzados por el terror y la propaganda. ¿Qué pilares? El de la intocable propiedad capitalista, el de la necesidad de expandir el territorio estatal aun a costa de exterminios genocidas, etc. El gran capital, la Iglesia y el ejército lo entendieron inmediatamente, como antes lo habían hecho en Italia y luego, al instante casi, lo harían en los Estados francés y español, por no hablar del apoyo de la familia real británica, de oligarcas norteamericanos…
La capacidad nazi para atraer a la pequeña y mediana burguesía, a sectores liberales y campesinos, y a algunos obreros, indicaba que había dado con la clave manipuladora para aglutinar a la «Gran Alemania» de cara a superar la crisis de 1929 recuperando el poder imperialista que tuvo. Para esta población no existían grandes diferencias entre el nacionalismo imperialista prusiano y el nazi, como no existe oposición fuerte entre esta larga ideología con el autoritarismo militarista alemán actual. Cualquier burguesía introduce adaptaciones en su nacionalismo siempre y cuando se refuercen sus objetivos de poder o al menos se mantengan con la misma efectividad que antes. Centenares de miles de burgueses se acostaron fascistas, nazis, franquistas, así como jueces, policías, periodistas, torturadores, mafiosos… y amanecieron «demócratas de toda la vida», aceptando que podrían volver a «cambiar de chaqueta»: todo sea por la ganancia.
El patriotismo burgués gira alrededor de la cuenta corriente, del bolsillo en suma. Al menos, cinco burguesías europeas –austríaca, francesa, española, galega y vasca– endurecieron o acabaron con su democracia para recomponer la tasa de ganancia: a comienzos de 1933 la derecha católica filonazi austríaca dio un golpe de Estado reduciendo drásticamente derechos y libertades, pero la socialdemocracia se negó a combatir el golpe y luchar contra el nazismo envalentonado por la pasividad social. La socialdemocracia esperaba vencer al fascismo en las próximas elecciones pero la derecha filonazi pasó al ataque en febrero de 1934, la clase obrera resistió cuatro días en la Comuna de Viena funcionando como una pequeña «patria socialista» hasta su exterminio.
En ese mismo mes de febrero de 1934 una manifestación de extrema derecha en París exigió el cese del gobierno conservador. Hubo tremendos enfrentamientos con muertos y heridos hasta que el gobierno cedió a su exigencia, pero la izquierda político-sindical contraatacó con grandes movilizaciones derrotando el intento fascista. Debates internos y la estrategia frente populista de la Tercera Internacional propiciaron la victoria electoral del Frente Popular en mayo de 1936. Si ya existía un avance de la lucha de clases, la victoria electoral multiplicó exponencialmente la fuerza obrera que impuso grandes conquistas al capital, ocupando fábricas, etc.
La burguesía tuvo miedo y con el apoyo del Frente Popular frenaron la lucha de clases diciendo que no se podía conseguir más mejoras. A la vez, el Frente Popular se sumó al plan de no intervención a favor de la II República española que resistía sin apenas medios al fascismo. Poco a poco, se fue debilitando la moral obrera y creciendo la burguesa lo que facilitó que el gobierno frente populista recortase muchas conquistas sociales y la patronal presionara con la fuga de capitales. León Blum dimitió en junio de 1937 y en abril de 1938 Daladier volvió al poder, el mismo presidente que en 1934 cedió ante la extrema derecha. Franjas obreras se negaron a aceptar la derrota, pero fueron vencidas. Los obreros de la Renault fueron obligados a salir de la fábrica saludando al estilo nazi gritando «¡Viva la policía!». Se desencadenó la represión y muchas sedes de izquierdas fueron cerradas. En mayo de 1940 los nazis ocuparon el Estado francés encontrando una extrema derecha fuerte que les ayudó a reprimir atrozmente a las guerrillas.
El 18 de julio de 1936 una coalición contrarrevolucionaria intentó derrocar al gobierno de la II República española democráticamente elegido. Mussolini, Hitler, Salazar, grandes capitalistas españoles e internacionales, y el Vaticano, ayudaban a los golpistas con dinero, gasolina, armas, tropas, apoyo político-religioso y diplomacia internacional. Aviones militares nazis trasladaron tropas de África a Andalucía, operación que evitó la derrota inmediata de los sublevados. Las «democracias occidentales» y el Frente Popular francés se declararon «neutrales», no solamente no enviaron ni una bala sino que vigilaron para que no llegase ninguna de otros sitios. Solamente la URSS, la Tercera Internacional y voluntarios antifascistas extranjeros lucharon con ella.
El gobierno de Madrid tenía datos suficientes para al menos intentar descabezar la dirección militar del golpe pero no lo hizo; además, luego perdió unos días vitales retrasando armar al pueblo y pasar a la ofensiva. Si el arte de la insurrección exige audacia, rapidez y coordinación, el arte de aplastar un golpe militar reaccionario exige anticipación represiva, audacia, rapidez, coordinación y movilizar al pueblo armado. En muchas ciudades y naciones oprimidas hubo insurrecciones, formándose comunas, consejos y milicias populares que aseguraban cambios socioeconómicos y culturales a veces revolucionarios pero otras se quedaban a la mitad.
La débil burguesía republicana buscó amputar la inicial democracia obrera para integrarla en su democracia burguesa, revirtiendo poco a poco las conquistas nacionales y sociales que se habían logrado con la excusa de que primero era ganar la guerra y luego ganar la revolución. Lo cierto es que se perdió la guerra y la revolución se apagó desde mayo de 1937. Aun así, el fascismo internacional necesito tres años, una impresionante ayuda imperialista y un terror interno metódico para aplastar a la III República y a las naciones que luchaban por sus libertades y derechos.
En Galiza el Estatuto de Autonomía se había votado el 28 de junio de 1936, pero no pudo entrar en funcionamiento porque el 18 de julio se produjo el golpe fascista. El pueblo trabajador, la izquierda revolucionaria y republicanos fieles resistió desde el 19 de julio en muchas zonas destacando A Coruña, Ferrol y otras, sobre todo en la comarca de Vigo, la más importante del momento, donde se crearon milicias que combatieron a los militares entre el 20 y el 28 con muy contadas armas ligeras y bombas caseras. La derrota popular fue seguida de una represión masiva; cientos de personas tuvieron que esconderse, huir al monte o a Portugal. Decenas de ellas crearon guerrillas en las altas cordilleras que conectan Galiza, León y Zamora, e incluso otras llegaron a Asturias.
En Euskal Herria, la Comuna de Donostia de verano de 1936 no superó el miedo perruno al derecho de propiedad burguesa al no recuperar los capitales guardados en el banco de Gipuzkoa, lo que imposibilitó comprar armas, pertrechos, alimentos, etc., pese a lo cual resistió tres meses. La izquierda tampoco se atrevió a militarizar totalmente la moderna industria de Bizkaia, entregándola intacta a los invasores que a los pocos días la pusieron en manos de técnicos nazis llegados desde Alemania. En agosto de 1937 la parte del ejército vasco mandada por el PNV, la burguesía autonomista, se rindió en Santoña al fascismo italiano, pero el resto siguió resistiendo. La creación de la patria socialista vasca solo se hubiera logrado mediante la victoria revolucionaria del pueblo trabajador lo que hubiera supuesto la lucha de clases interna y la lucha contra la invasión externa.
Los cinco casos analizados, Austria, Estados francés y español, Galiza y Euskal Herria, nos llevan al desarrollo desigual y combinado de la patria obrera en los diversos países en los que la lucha de clases desbordaba los cauces del orden impuesto. En el caso de Galiza y Euskal Herria, naciones oprimidas, la patria obrera era un peligro mayor para el Estado ocupante precisamente porque esa patria obrera exigía la independencia y el socialismo, es decir, destrozaba las raíces de la patria burguesa española.
En China, los comunistas organizaron muy pronto comunas y repúblicas soviéticas allí donde liberaban un territorio hasta que tenían que abandonarlo. La Larga Marcha entre 1934 y 1935 fue un ejemplo de cómo en las zonas liberadas a lo largo de 12.500 kilómetros surgían poderes campesinos armados, se ajusticiaba a explotadores y colaboracionistas, se socializaban tierras y ganados que se repartían equitativamente entre el campesinado, se iniciaba la educación intensiva y la sanidad social, se colaboraba activamente en la lucha guerrillera y, cuando no había más opción que la retirada del Ejército Popular de Liberación, quedaban redes guerrilleras clandestinas que continuaban la guerra y que aparecerían públicamente en la ofensiva final.
Los comunistas chinos conocían la historia de solidaridad comunal del campesinado, su memoria de lucha, y se basaron en ellas para prefigurar la patria campesina y estrechar lazos con las luchas obreras. Hicieron lo que tantas fuerzas revolucionarias han hecho y hacían en plena Segunda Guerra Mundial mientras combatían al invasor: formar al pueblo y al ejército, crear bases socioeconómicas, precisar los programas sociopolíticos para después de la guerra y una vez conquistado el poder. La prefiguración de la patria obrera y su salto a patria socialista. Sería largo siquiera enumerar la larga lista de pueblos que se enfrentaron al imperialismo durante la Segunda Guerra Mundial y décadas posteriores.
¿Pierde vigencia la patria obrera con los cambios acaecidos en los últimos tiempos?
Una mentira de la propaganda neoliberal decía que el Estado ya no era necesario porque la llamada «globalización» había desarrollado sistemas productivos, financieros y de dirección mundializados que permitían administrar fábricas, mercados y sociedades casi en tiempo real, en cuestión de minutos mediante las nuevas tecnologías de comunicación. Esta mentira intentaba argumentar la inevitabilidad del desmantelamiento de los Estados que exigía el Consenso de Washington de 1988 – 1990 que el imperialismo quería imponer a los pueblos incluso a cañonazos si fuera necesario. Iba reforzada la mentira por una plaga de plumíferos intelectuales, periodistas y siervos del capital que desde la década de 1970 hablaban de la «muerte del proletariado», el «fin de la historia», la «extinción del imperialismo», etc. La derrota de la OLP palestina en Beirut en 1982 parecía confirmarlo.
En el Estado español, la famosa «integración en Europa» impuesta por el PSOE por mandato del capital transnacional en la década de 1980 tenía como función básica crear una fuerte punta de lanza en una previsible guerra con el Pacto de Varsovia. Era la llamada «segunda Guerra Fría» con el neoliberalismo desatado de Thatcher y Reagan, la fantasmada de la «guerra de las galaxias» y sobre todo la guerra nuclear táctica inserta en la doctrina militar de la OTAN. En ella la península ibérica, el sur del Portugal, Andalucía y sobre todo Galiza, cumplían el papel de puertos de desembarco de la «ayuda» de Estados Unidos porque eran más seguros que los puertos del norte de Europa.
Inseparable de esta estrategia era el encadenamiento económico de Galiza a los planes de reconversión económica impuestos por Bruselas, por la CEE, para sacar al mercado los sobrantes de leche, carne, pesca, etc., del norte. Galiza sufrió una desindustrialización naval y del metal, para dedicarse al papel, energía, aluminio y otras ramas en algunos sitios como Vigo, el Ferrol, etc., y al narcocapitalismo que empezó a pudrir el país precisamente en esa década de 1980. En 1984 el pueblo trabajador de Vigo sostuvo una masiva lucha contra la desindustrialización durante la cual se realizó una impresionante manifestación de 300.000 personas el 14 de febrero de ese año. Pero Galiza estaba indefensa a pesar de su fuerte patriotismo obrero porque el ocupante español reprimía la República Galega y su Estado socialista, y a pesar de que una parte de ese patriotismo aplicase en esa época la interacción de todas las formas de lucha.
La implosión de la URSS y el corto período de euforia económica de comienzos de la década de 1990, daba a entender que todo lo dicho sobre la «extinción del Estado», era verdad. Se decía que la «caída de Cuba», de Vietnam, Corea del Norte, Laos y la vuelta del capitalismo a China Popular, eran inmediatas. Pero este montaje tenía dos fallos garrafales: uno, los grandes países no renunciaban a sus Estados y sí exigían a los demás que lo hicieran; y, dos, la marcha real de la economía capitalista volvería a demostrar al poco tiempo que aquellos pueblos que no se defendían eran aplastados. La demoledora crisis de los Cuatro Tigres asiáticos de 1996 – 1997, Taiwán, Corea del Sur, Singapur y Hong Kong, y de los Tigres Menores, Malasia, Tailandia, Indonesia y Filipinas, crisis inducida desde Estados Unidos, indicaba que incluso los Estados burgueses en rápida expansión debían tener poderes intervencionistas mucho más fuertes que los disponibles. Justo lo opuesto al Consenso de Washington.
El hundimiento de las Bolsas imperialistas en 2001 que tenía su razón inmediata en los sorprendentes atentados del 11‑S, demostraba sobre todo que el imperialismo era más débil de lo que aparentaba. La derrota del golpe de Estado contra Chávez por la acción de masas bolivarianas reforzó la certidumbre de que el patriotismo obrero y popular no había desaparecido en el mundo, lo que se confirmó también con la larga movilización patriótica de la Galiza popular con la campaña Nunca Máis en ese mismo 2002. Esta movilización gloriosa demostraba que el patriotismo obrero y popular tiene muchas maneras de expresarse aunque según la legalidad burguesa, el poder oficial estuviera en manos de la derecha más reaccionaria, cegata e irracional
Muy poco después estalló la tercera Gran Depresión en 2007 – 2008 que ha ido agravándose por fases de alza y baja hasta encontrarse ahora en su peor momento. En mayo de 2009 el pueblo trabajador se puso en pie en Vigo contra la destrucción de sus condiciones vida y trabajo mediante la liquidación de buena parte de su base industrial: 2.500 empresas y 27.000 trabajadores, al principio, mostraban que se mantenía vivo el patriotismo obrero y popular de Nunca Máis. Una vez más, la dominación española, incondicionalmente apoyada por la burguesía galega, castigaba al pueblo obrero para bien el capital y de rebote de su Estado nacional-burgués ya supeditado dócilmente a los intereses del imperialismo.
Si hacemos un repaso rápido de los principales frentes de combate obrero y popular en la Galiza de los últimos cuatro años, desde junio de 2022, cuando el desplome de la industria del país fue el más dramático del capitalismo estatal con una caída del 8%, vemos que tienen una unión directa con la compleja conciencia nacional que es la base sobre la que se eleva el patriotismo obrero. Además de la polifacética lucha nacional de clase cuyas formas recorren con diversa intensidad todo el país, también tenemos la defensa y recuperación de la lengua y cultura popular galega; la lucha contra la devastación socioecológica en contra de brutalidades como Altri y en exigencia de que se acabe con los incendios; las movilizaciones recientes contra el militarismo y la OTAN; la defensa de servicios públicos de salud, educación, transporte, infraestructuras…
Especial atención debemos darle al debate estratégico para el patriotismo galego que se ha librado y se seguirá librando sobre el significado y la vigencia de Castelao (1886−1950) como primer presidente de Galiza. Al margen ahora de lo que pensemos sobre su ideario, lo cierto es que su influencia simbólica siempre ha preocupado al Estado, por eso el imperialismo español lo reprimió o manipuló, pero no tuvo más remedio que tolerar que en 2011 fuera declarado por la Junta como «bien cultural». Por debajo, mientras tanto, la conciencia galega siguió liberando la historia nacional hasta lograr que en noviembre de 2024 el Parlamento lo reconociera como primer presidente galego.
Castelao nos conduce directamente al enfrentamiento histórico entre los intereses del pueblo trabajador gallego y los de la burguesía dominante, sostenida por el Estado español. El desarrollo posterior de las contradicciones nacionales y de clase que atraviesan a la nación trabajadora gallega, algunas de las cuales hemos expuesto sucintamente, encuentra en Moncho Reboiras su continuidad. En él convergen la resistencia organizada frente al fascismo y la opresión nacional y la afirmación de un horizonte estratégico de emancipación: la independencia socialista. La unidad dialéctica entre pasado, presente y futuro convierte así a Reboiras en la superación histórica de Castelao, en el desarrollo político y táctico que el pensamiento del rianxeiro había abierto.
Castelao murió en el exilio en 1950 y Reboiras fue asesinado por la policía española en 1975. En ese cuarto de siglo, la nación gallega experimentó profundas transformaciones económicas, sociales y políticas que cristalizaron en el surgimiento de un movimiento de liberación nacional de carácter independentista, socialista y de clase. Fue en ese contexto donde la práctica revolucionaria impulsada por Reboiras trasladó el nacionalismo gallego al terreno de la autoorganización de la clase trabajadora, del sindicalismo nacionalista de clase y de la construcción de movimientos nacional-populares capaces de articular la lucha por la soberanía con las reivindicaciones sociales de las mayorías explotadas. Esa orientación táctica, lejos de pertenecer únicamente a una etapa histórica ya concluida, continúa vigente como uno de los ejes fundamentales de la lucha del pueblo gallego por su emancipación.
Iñaki Gil de San Vicente
Euskal Herria, 20 de junio de 2026