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La hora de la resis­ten­cia: del orden muer­to a la inde­pen­den­cia definitiva

Tabla de contenidos

I.

Si algo valio­so tie­ne el len­gua­je de Donald Trump es que es des­nu­do. No se escon­de en eufe­mis­mos ni se demo­ra en cir­cun­lo­quios diplo­má­ti­cos. Su ame­na­za de enviar un por­ta­avio­nes a tomar Cuba una vez ter­mi­na­do el tra­ba­jo en Irán no es una hipér­bo­le de cam­pa­ña, ni una pie­za más de su caó­ti­co esti­lo nego­cia­dor, ni una bro­ma de una impro­ba­ble sobre­me­sa impe­rial. Es la con­fe­sión tex­tual de una polí­ti­ca que nun­ca fue otra cosa que la pre­pa­ra­ción del gol­pe final.

Duran­te déca­das, amplios sec­to­res se deba­tie­ron ana­cró­ni­ca­men­te entre refor­mas sí y refor­mas no, entre con­ce­sio­nes tác­ti­cas y ges­tos de bue­na volun­tad, entre la espe­ran­za de una nego­cia­ción razo­na­ble y el cálcu­lo de cuán­to ceder para que la bes­tia cal­ma­ra su retó­ri­ca. Trump ha des­trui­do de un plu­ma­zo toda fe en ese supues­to esce­na­rio, y nos ayu­da —hay que reco­no­cer­lo— a des­co­rrer el velo de esa absur­da hoja­ras­ca. Todos los que han creí­do con inge­nui­dad extre­ma en los últi­mos meses que era posi­ble algún esce­na­rio razo­na­ble de nego­cia­ción, salie­ron tras­qui­la­dos. A Trump nun­ca le intere­só nego­ciar; solo ganar tiem­po. Su len­gua­je des­car­na­do nos ha aho­rra­do el tra­ba­jo de la her­me­néu­ti­ca: ya no es nece­sa­rio leer entre líneas; aho­ra pode­mos leer la cubier­ta de un buque de guerra.

Mien­tras menos tiem­po per­da­mos tra­tan­do de des­en­tra­ñar la diná­mi­ca alo­ca­da de sus idas y vuel­tas, inten­tan­do poner parén­te­sis entre su retó­ri­ca y nues­tra capa­ci­dad real de inter­lo­cu­ción, o deba­tién­do­nos obse­si­va­men­te en qué pode­mos con­ce­der para modi­fi­car la polí­ti­ca del enemi­go hacia Cuba, menos tiem­po esta­re­mos rega­lán­do­le a quien ya ha deci­di­do. El úni­co esce­na­rio posi­ble y rea­lis­ta hoy es pre­pa­rar­se sin demo­ra y con abso­lu­ta res­pon­sa­bi­li­dad para una gue­rra asi­mé­tri­ca integral.

Cuba ha hecho todos los esfuer­zos posi­bles para evi­tar la gue­rra, sin que alcan­zar el silen­cio de los caño­nes impli­que hun­dir­se en el cieno de la vergüenza.

II.

Pero la des­nu­dez del len­gua­je impe­rial reve­la algo aún más pro­fun­do y defi­ni­ti­vo. No es que el pre­si­den­te de turno des­pre­cie el orden inter­na­cio­nal; es que ese orden que supues­ta­men­te garan­ti­za­ba con­di­cio­nes míni­mas de segu­ri­dad a paí­ses y pue­blos ha muer­to. Y algu­nos se empe­ñan —tam­bién den­tro de nues­tras filas— a seguir­le midien­do los sig­nos vita­les a un cadá­ver que hace tiem­po se pudre.

Cuba es miem­bro de los BRICS, sig­na­ta­ria de la gran mayo­ría de los acuer­dos que la ins­cri­ben den­tro de la arqui­tec­tu­ra glo­bal de Nacio­nes Uni­das, y ha des­ple­ga­do duran­te déca­das una ayu­da huma­ni­ta­ria desin­te­re­sa­da al Sur Glo­bal que la hace acree­do­ra moral de cual­quier orden que pre­ten­da lla­mar­se civi­li­za­do. Y sin embar­go, un por­ta­avio­nes anun­cia­do para tomar La Haba­na no pro­vo­ca la con­vo­ca­to­ria urgen­te del Con­se­jo de Segu­ri­dad, ni san­cio­nes pre­ven­ti­vas, ni siquie­ra la ame­na­za creí­ble de un ais­la­mien­to diplo­má­ti­co mul­ti­la­te­ral. Pro­vo­ca silen­cios. Pro­vo­ca cálcu­los mez­qui­nos de poten­cias que se creen a sal­vo. Pro­vo­ca, en el mejor de los casos, comu­ni­ca­dos tibios que nadie teme y que nadie cumplirá.

Habría que ir más lejos: lo que Trump hace no es decre­tar la defun­ción del sis­te­ma, sino des­nu­dar la impu­di­cia de su fun­cio­na­mien­to real. Lo que ha muer­to no es el sis­te­ma, sino la pre­ca­ria armo­nía entre sus par­tes fuer­tes. Jun­to a las vidas pres­cin­di­bles de siem­pre, el hege­món clá­si­co ha sacri­fi­ca­do tam­bién a los telo­ne­ros del sis­te­ma y a ese anda­mia­je lla­ma­do «orden inter­na­cio­nal», por­que aho­ra le estor­ban en su ofen­si­va geo­po­lí­ti­ca con­tra com­pe­ti­do­res que ya no son exter­nos al capi­ta­lis­mo sino que emer­gen de su pro­pio mar­co cul­tu­ral, racio­nal e ideo­ló­gi­co. Cuan­do la com­pe­ten­cia se plan­tea­ba con­tra lo que se per­ci­bía como «anti­sis­té­mi­co» —aun­que tal opo­si­ción fue­se más ima­gi­na­da que cier­ta, como ter­mi­nó suce­dien­do en el caso de la URSS— , el sis­te­ma nece­si­tó con­tra­pe­sos, equi­li­brios, un telón de fon­do para su hege­mo­nía. Hoy, cuan­do el desa­fío se plan­tea en tér­mi­nos abier­ta­men­te inter­ca­pi­ta­lis­tas y pro­vie­ne de poten­cias que han mina­do el pac­to de Bre­ton Woods —median­te el cual Washing­ton emer­gió incues­tio­na­do urbi et orbi— , ese orden inter­na­cio­nal se ha vuel­to un obs­tácu­lo. Ocu­rre con el orden inter­na­cio­nal lo mis­mo que con el libe­ra­lis­mo clá­si­co: cuan­do la elas­ti­ci­dad del Esta­do dejó de ser útil para absor­ber la ener­gía de las luchas y rei­vin­di­ca­cio­nes popu­la­res, el capi­tal ges­tó el Con­sen­so de Washing­ton y la recom­po­si­ción neo­li­be­ral de las dic­ta­du­ras lati­no­ame­ri­ca­nas. La cria­tu­ra sacri­fi­ca aho­ra el anda­mia­je de su auto­ría, por insuficiente.

Gas­te­mos, enton­ces, menos tiem­po en con­vo­car la reac­ción de un orden ya muer­to y emplee­mos todas las fuer­zas posi­bles en cons­truir uno nue­vo a pun­ta de fusil. Un orden don­de la garan­tía de segu­ri­dad no sea un papel depo­si­ta­do en Gine­bra, sino la cer­te­za de que cada pal­mo de tie­rra será defen­di­do, y de que esa defen­sa será el hecho fun­dan­te de una lega­li­dad inter­na­cio­nal insur­gen­te, naci­da de los caño­nes de la dig­ni­dad y no de las actas nota­ria­les del impe­rio o los chis­tes sema­na­les deli­ran­tes de un pose­so. Pero no es la locu­ra el ras­go fun­da­men­tal de Trump, sino un orden capi­ta­lis­ta que nece­si­tó dar­se tama­ña arqui­tec­tu­ra deli­ran­te para sos­te­ner­se a toda cos­ta y a cual­quier costo.

III.

Que nadie espe­re, sin embar­go, un deci­mo­sép­ti­mo Esta­do que ven­ga a res­ca­tar­nos. La amar­ga reali­dad ha con­fir­ma­do que la ayu­da ener­gé­ti­ca rusa fue una ven­ta­na tem­po­ral, cole­gia­da y nego­cia­da con el pro­pio impe­rio pre­via­men­te. No exis­te hoy un blo­que geo­po­lí­ti­co con la volun­tad real y la capa­ci­dad estruc­tu­ral de des­obe­de­cer a Washing­ton y modi­fi­car la arqui­tec­tu­ra de excep­ción impues­ta sobre Cuba. Ese es el dato des­nu­do de nues­tra sole­dad tác­ti­ca, y asu­mir­lo no es derro­tis­mo: es el pri­mer acto de la ver­da­de­ra estrategia.

Pero hay un dato que Esta­dos Uni­dos, Trump y su selec­to gru­po de fas­cis­tas en el poder inten­tan igno­rar con la arro­gan­cia de quien solo sabe leer kilo­to­nes y cabe­zas nuclea­res: la enor­me lec­ción de Irán y el Eje de la Resis­ten­cia, de las fuer­zas movi­li­za­das ira­quíes, de los yeme­ni­tas que doble­ga­ron la logís­ti­ca sau­dí, de Hez­bo­lá que resis­te los per­sis­ten­tes ata­ques de las tro­pas israe­líes en el sur del Líbano, en medio inclu­so de —evi­te­mos reír­nos ante tal dra­ma­tis­mo de los hechos— un «alto del fue­go» que como siem­pre solo cum­plie­ron las víc­ti­mas. Esos pue­blos no tenían por­ta­avio­nes, ni un Con­se­jo de Segu­ri­dad que los ampa­ra­ra, ni un blo­que geo­po­lí­ti­co que los sal­va­se. Tie­nen una doc­tri­na. Una autén­ti­ca y genui­na peda­go­gía de la resis­ten­cia que el impe­rio nun­ca ha sabi­do descifrar.

El impe­ria­lis­mo pue­de capi­ta­li­zar gol­pes «qui­rúr­gi­cos», ase­si­nar gene­ra­les, des­truir infra­es­truc­tu­ras y admi­nis­trar el espec­tácu­lo de su poder aéreo. Pero hay una varia­ble que esca­pa a todos sus algo­rit­mos: la resis­ten­cia de des­gas­te. La gue­rra asi­mé­tri­ca pro­lon­ga­da desan­gra pre­su­pues­tos, quie­bra con­sen­sos domés­ti­cos, devo­ra mayo­rías par­la­men­ta­rias y con­vier­te cada vic­to­ria tác­ti­ca en una derro­ta polí­ti­ca. La resis­ten­cia es, cier­ta­men­te, más cos­to­sa en vidas y es infi­ni­ta­men­te más efi­caz polí­ti­ca­men­te que some­ter­se para con­ser­var una vida que, sin sobe­ra­nía, ya no lo es o tie­ne míni­mas garan­tías de ser­lo. Ele­gir la resis­ten­cia no es un acto de heroís­mo sui­ci­da; es el cálcu­lo racio­nal de quien ha enten­di­do que la vida bajo ocu­pa­ción es una muer­te dife­ri­da, y que la úni­ca mone­da que el impe­rio res­pe­ta es el cos­to inacep­ta­ble que un pue­blo está dis­pues­to a infli­gir­le y asu­mir. No lle­ga­mos a este pun­to de la his­to­ria por poe­tas; una y otra vez, a las malas y a las malas, nos han obli­ga­do a escri­bir con san­gre para soñar y tener patria, ban­de­ra, pue­blo, «la tie­rra, el agua, el aire… el fuego».

IV.

La recien­te orden eje­cu­ti­va fir­ma­da por Trump es la expre­sión mate­rial de ese nue­vo esta­do de cosas. No se tra­ta de una vuel­ta de tuer­ca más al blo­queo: es la for­ma­li­za­ción escri­ta de un esta­do de excep­ción total sobre Cuba. Cual­quier ges­to hacia la isla, inclu­so el soli­da­rio o el huma­ni­ta­rio, que­da total­men­te prohi­bi­do bajo su articulado.

Bus­can pre­ci­pi­tar el colap­so interno por asfi­xia, sin tes­ti­gos incó­mo­dos, sin coope­ran­tes, sin ali­men­tos, sin medi­ci­nas. Es la gue­rra por otros medios, codi­fi­ca­da en len­gua­je de decreto.

Para jus­ti­fi­car­la, el impe­rio man­tie­ne un jue­go per­ma­nen­te de narra­ti­va doble que mere­ce ser des­mon­ta­da con urgen­cia y pre­ci­sión. Por un lado, «Cuba está a pun­to de caer», «es la pró­xi­ma», «es un Esta­do falli­do» que no requie­re sino un empu­jón final. Por otro, Cuba es una «ame­na­za inusual y extra­or­di­na­ria para la segu­ri­dad nacio­nal de los Esta­dos Uni­dos», a tal pun­to que se le des­ti­na un portaaviones.

¿En qué que­da­mos? Si somos una ame­na­za capaz de infli­gir daños de seme­jan­te mag­ni­tud, ¿cómo es que esta­mos a pun­to de caer? Si esta­mos a pun­to de caer, ¿para qué nece­si­tan un esta­do de excep­ción total y el des­plie­gue de su poder naval?

La res­pues­ta es sim­ple: nin­gu­na de las dos afir­ma­cio­nes es ver­da­de­ra. Son pie­zas inter­cam­bia­bles de una maqui­na­ria de pro­pa­gan­da dise­ña­da para jus­ti­fi­car lo que no tie­ne jus­ti­fi­ca­ción. Y noso­tros… ¿Qué hare­mos? ¿Vol­ver­nos espe­cia­lis­tas en dis­cur­sos de fon­do y subrep­ti­cios, no visibles?

Todo está en la super­fi­cie, quien no desee ver­lo, que no espe­re curar su pres­bi­cia con un por­ta­vio­nes a cien yar­das de las cos­tas de Cuba.

Pero tome­mos en serio, por un ins­tan­te, la lógi­ca del adver­sa­rio. Si Cuba, este pri­me­ro de mayo, obli­gó a qui­nien­tas mil per­so­nas a mar­char fren­te a la emba­ja­da de Esta­dos Uni­dos en La Haba­na en medio de esta cri­sis, si for­zó a más de seis millo­nes de cuba­nos a fir­mar una decla­ra­ción con­tra las polí­ti­cas del impe­rio, enton­ces esta­mos ante un régi­men con un poder de coac­ción sobre­hu­mano, capaz de movi­li­zar volun­ta­des en una esca­la que el pro­pio impe­rio no pue­de igua­lar. Si ese poder es real, debe­rían pen­sar­lo dos veces antes de ata­car: ¿cómo lidiar con un país que con­tro­la de tal modo a su población?

Pero si, por el con­tra­rio, esas mar­chas y esas fir­mas no fue­ron pro­duc­to de coac­ción algu­na, si nacie­ron de un autén­ti­co deseo de defen­der a Cuba más allá de cual­quier ame­na­za, si fue­ron el ges­to libre de una nación que no nece­si­ta ser obli­ga­da para defen­der lo suyo, enton­ces debe­rían pen­sar­lo aún más. Por­que lo que tie­nen enfren­te no es un Esta­do falli­do ni una pobla­ción que los reci­bi­rá con flo­res, sino un pue­blo cohe­sio­na­do, dis­pues­to a resis­tir a cual­quier cos­to y por cual­quier medio.

En cual­quie­ra de los dos casos, la con­clu­sión es la mis­ma: inva­dir Cuba sería el error más cos­to­so y pro­lon­ga­do de la his­to­ria impe­rial norteamericana.

Y como dijo antes de morir nues­tro Fer­nan­do Mar­tí­nez Here­dia: «Que se les ocu­rra a los ame­ri­ca­nos, como si es con un ener­gú­meno de pre­si­den­te; a noso­tros nos da igual, lo mis­mo si es un tipo sim­pá­ti­co que si es un ener­gú­meno, los dos nos dan igual».

V.

Pero no hemos lle­ga­do has­ta aquí por gene­ra­ción espon­tá­nea. El ata­que a las Torres Geme­las fue el pre­tex­to para la ins­ta­la­ción del esta­do de excep­ción interno que se ins­tau­ró con la Ley Patrio­ta den­tro de los Esta­dos Uni­dos, rom­pien­do aquel pac­to de no irrup­ción en las vidas pri­va­das que supues­ta­men­te defien­de el capi­ta­lis­mo. Ese orden de excep­ción fue tras­la­da­do lue­go al mun­do con las gue­rras de Afga­nis­tán e Irak: dejó de impor­tar cual­quier mar­co jurí­di­co. Las nece­si­da­des inter­nas de un orden mun­dial defi­ni­do y deli­mi­ta­do por Washing­ton pasa­ron a ser lo esencial.

Trump no es una ano­ma­lía ni un acci­den­te; es el pro­duc­to del retorno de aquel pro­yec­to neo­con­ser­va­dor que que­dó incompleto.

Pero no se enga­ñe nadie, no habría­mos lle­ga­do has­ta aquí sin el epi­so­dio de Gaza. Allí, en aquel geno­ci­dio trans­mi­ti­do en direc­to, se inau­gu­ró este nue­vo orden de excep­ción glo­bal. La comu­ni­dad inter­na­cio­nal acep­tó la comi­sión de un geno­ci­dio sobre vidas pres­cin­di­bles, vidas mata­bles sin con­se­cuen­cia jurí­di­ca ni política.

No com­pren­di­mos en aquel momen­to que en Gaza no se esta­ba vio­lan­do el dere­cho inter­na­cio­nal; se esta­ba fun­dan­do un nue­vo orden, uno don­de la bar­ba­rie es públi­ca, con­sen­ti­da y tele­vi­sa­da. Y ese es el orden bajo el cual un por­ta­avio­nes ame­na­za hoy a Cuba.

Irán es en esta épo­ca lo que fue el Ejér­ci­to Sovié­ti­co en la suya: el úni­co poder con volun­tad real de no ceder y de modi­fi­car con­tra el impe­ria­lis­mo la actual corre­la­ción de fuer­zas. Pero la pre­gun­ta que arde en Nues­tra Amé­ri­ca es otra: ¿dón­de está el Eje de la Resis­ten­cia en Amé­ri­ca Lati­na? Es urgen­te cons­ti­tuir­lo, y para ello las lógi­cas de Esta­do no nos van a ser­vir de mucho. De ellas solo pro­vie­nen lla­ma­dos al diá­lo­go, al res­pe­to de un orden inter­na­cio­nal muer­to y la ape­la­ción a un mul­ti­la­te­ra­lis­mo que hue­le a muer­te antes inclu­so de haber nacido.

La gue­rra en el gol­fo Pér­si­co ha mos­tra­do que en un esce­na­rio asi­mé­tri­co es deci­si­vo el con­trol sobre vías y recur­sos estra­té­gi­cos. Por tan­to, es nece­sa­rio adver­tir con toda cla­ri­dad: todas las bases de Esta­dos Uni­dos en Amé­ri­ca Lati­na se con­ver­ti­rán de fac­to en obje­ti­vos legí­ti­mos. Cada país del Cari­be que pres­te su terri­to­rio para movi­mien­tos de tro­pas con­tra Cuba, o que deje libres sus vías nave­ga­bles para el trán­si­to de por­ta­avio­nes, o su espa­cio aéreo para el paso de aero­na­ves y dro­nes nor­te­ame­ri­ca­nos, se colo­ca­rá a sí mis­mo en el cam­po de bata­lla. Todas las bases en Flo­ri­da y en el terri­to­rio cos­te­ro nor­te­ame­ri­cano que pue­dan ser­vir de abas­te­ci­mien­to serán tam­bién obje­ti­vos legí­ti­mos, así como las zonas de trán­si­to de mer­can­cías usa­das por los Esta­dos Unidos.

Esta no es una ame­na­za ni una bra­va­ta de trin­che­ra. Es la des­crip­ción téc­ni­ca de lo que sig­ni­fi­ca­ría una gue­rra asi­mé­tri­ca pro­lon­ga­da con­tra un impe­rio logís­ti­ca­men­te depen­dien­te de una red hemis­fé­ri­ca de bases, rutas marí­ti­mas y pun­tos de apo­yo. El enemi­go nos obli­ga a pen­sar en tér­mi­nos de gue­rra total. Lo debe­mos hacer con la frial­dad y la calen­tu­ra del que defien­de su exis­ten­cia, que en reali­dad no es solo la suya.

Todos los gru­pos de soli­da­ri­dad con Cuba, todos los movi­mien­tos dis­pues­tos al máxi­mo inter­na­cio­na­lis­mo posi­ble, deben pre­pa­rar­se para des­en­ca­de­nar esce­na­rios de resis­ten­cia den­tro de sus pro­pios paí­ses que inclu­yan las bases nor­te­ame­ri­ca­nas como obje­ti­vos legí­ti­mos, den­tro y fue­ra de Esta­dos Uni­dos. Solo una resis­ten­cia orga­ni­za­da y regio­nal podrá per­mi­tir­nos modi­fi­car la corre­la­ción de fuer­zas. No se tra­ta úni­ca­men­te de derro­tar este nue­vo esce­na­rio de agre­sión que el impe­rio impo­ne a Cuba y a toda la región. Se tra­ta de eli­mi­nar de una vez al impe­ria­lis­mo nor­te­ame­ri­cano de Nues­tra América.

Trump, sin saber­lo, nos da la posi­bi­li­dad his­tó­ri­ca de des­atar la ver­da­de­ra lucha por la inde­pen­den­cia de nues­tros pue­blos y cerrar ese nefas­to capí­tu­lo de nues­tra his­to­ria que es el impe­rio nor­te­ame­ri­cano. Lo que él ofre­ce como ame­na­za de muer­te, noso­tros lo reci­bi­mos como la opor­tu­ni­dad, lar­ga­men­te pos­ter­ga­da, de com­ple­tar la inde­pen­den­cia inconclusa.

No pedi­mos per­mi­so para defen­der­nos. No con­vo­ca­mos a un orden que ya no exis­te. No soli­ci­ta­mos el ampa­ro de ins­ti­tu­cio­nes que vali­da­ron el geno­ci­dio. Le deci­mos al impe­rio, con la cal­ma de quien se jue­ga cosas mucho más sagra­das que per­mi­sos para reci­bir una inver­sión, que cada por­ta­avio­nes des­ple­ga­do, cada base uti­li­za­da, cada dron lan­za­do, cada bar­co de abas­te­ci­mien­to, ten­drá una res­pues­ta en tiem­pos, luga­res y for­mas que noso­tros elegiremos.

Y le deci­mos al pue­blo de los Esta­dos Uni­dos que esta­mos a tiem­po de evi­tar que sean arras­tra­dos a una con­fron­ta­ción, urdi­da en los cómo­dos salo­nes de Washing­ton, por los mis­mos que dan la espal­da a los gra­ves pro­ble­mas socia­les que les aque­ja como pue­blo. Una con­fron­ta­ción a la que sabrán con pre­ci­sión el minu­to en que entran, pero no podrán afir­mar el momen­to en que sal­drán ni a qué cos­tos. A los pue­blos de Amé­ri­ca Lati­na y el Cari­be, les deci­mos que ha lle­ga­do la hora de decidir.

No habrá neu­tra­li­dad posi­ble en esta hora. Será la resis­ten­cia orga­ni­za­da o será la com­pli­ci­dad cobar­de. Será la inde­pen­den­cia defi­ni­ti­va o será la ser­vi­dum­bre permanente.

Noso­tros ya hemos elegido.

La Tiz­za Bole­tín electrónico

14 de mayo de 2026

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