70 años sin Miguel Hernandez

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El poeta (agachado), con otros milicianos en 1937./JESÚS MIGUEL MARCOS

A día de hoy, 70 años des­pués de su muer­te, la obra del poe­ta está ence­rra­daen la caja fuer­te de un ban­co espa­ñoldes­pués de que el Ayun­ta­mien­to de Elche, gober­na­do por el Par­ti­do Popu­lar, deci­die­ra rom­per de mane­ra uni­la­te­ral el con­ve­nio que unía el lega­dodel poe­ta a la ciu­dad. El con­sis­to­rio ili­ci­tano ale­gó que era dema­sia­do caro para man­te­ner el con­ve­nio. Por su par­te, los here­de­ros recla­ma­ron que fue una deci­sión polí­ti­ca y no eco­nó­mi­ca y denun­cia­ron al con­sis­to­rio ante la Jus­ti­cia. “A Miguel Her­nán­dez, la dere­cha lo mató una vez y, aho­ra, lo ha vuel­to a matar», seña­la Lucía Izquier­do, nue­ra del poeta.

“Es el ani­ver­sa­rio más tris­te que me podía ima­gi­nar. No con­ci­bo que 70 años des­pués de la muer­te, su obra no esté al alcan­ce de todos. En días como hoy, pien­so en todo el sacri­fi­cio de su nue­ra y del res­to de la fami­lia para que la obra de Miguel esté al alcan­ce de todos. Con la lle­ga­da del Par­ti­do Popu­lar al Ayun­ta­mien­to hemos retro­ce­di­do 40 años”, apun­ta Izquierdo.

El poe­ta pas­tor, como es cono­ci­do en su Orihue­la natal por su pro­fe­sión, murió a los 31 años de edad. Tiem­po sufi­cien­te para con­ver­tir­se en uno de los poe­tas más gran­des de la lite­ra­tu­ra his­pa­na del siglo XX y para com­po­ner uno de los poe­mas más famo­sos de nues­tros tiem­pos: Nanas de la cebo­lla.Esta pie­za sur­gió cuan­do estan­do encar­ce­la­do por el régi­men fran­quis­ta reci­bió una car­ta de su espo­sa Jose­fi­na Man­re­sa don­de le decía que tan sólo tenía pan y cebo­lla para ali­men­tar a su hijo.

Pablo Neru­da, pre­mio Nobel de lite­ra­tu­ra en 1971 y ami­go del poe­ta, escri­bió tras su muer­te: “Recor­dar a Miguel Her­nán­dez que des­apa­re­ció en la oscu­ri­dad y recor­dar­lo a ple­na luz, es un deber de Espa­ña, un deber de amor”. Sin embar­go, el recuer­do a su vida, su obra y su muer­te sigue gene­ran­do fan­tas­mas aun 37 años des­pués de la caí­da del régi­men fran­quis­ta. «Miguel Her­nán­dez es inmor­tal y la dere­cha ya no lo pue­de callar», sen­ten­cia Izquierdo.

Poe­mas de
Miguel Her­nán­dez


VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN

Vien­tos del pue­blo me lle­van,
vien­tos del pue­blo me arras­tran,
me espar­cen el cora­zón
y me aven­tan la garganta.

Los bue­yes doblan la fren­te,
impo­ten­te­men­te man­sa,
delan­te de los cas­ti­gos:
los leo­nes la levan­tan
y al mis­mo tiem­po cas­ti­gan
con su cla­mo­ro­sa zarpa.

No soy de un pue­blo de bue­yes,
que soy de un pue­blo que embar­gan
yaci­mien­tos de leo­nes,
des­fi­la­de­ros de águi­las
y cor­di­lle­ras de toros
con el orgu­llo en el asta.
Nun­ca medra­ron los bue­yes
en los pára­mos de Espa­ña.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cue­llo de esta raza?
¿Quién ha pues­to al hura­cán
jamás ni yugos ni tra­bas,
ni quién al rayo detu­vo
pri­sio­ne­ro en una jaula?

Astu­ria­nos de bra­ve­za,
vas­cos de pie­dra blin­da­da,
valen­cia­nos de ale­gría
y cas­te­lla­nos de alma,
labra­dos como la tie­rra
y airo­sos como las alas;
anda­lu­ces de relám­pa­gos,
naci­dos entre gui­ta­rras
y for­ja­dos en los yun­ques
torren­cia­les de las lágri­mas;
extre­me­ños de cen­teno,
galle­gos de llu­via y cal­ma,
cata­la­nes de fir­me­za,
ara­go­ne­ses de cas­ta,
mur­cia­nos de dina­mi­ta
fru­tal­men­te pro­pa­ga­da,
leo­ne­ses, nava­rros, due­ños
del ham­bre, el sudor y el hacha,
reyes de la mine­ría,
seño­res de la labran­za,
hom­bres que entre las raí­ces,
como raí­ces gallar­das,
vais de la vida a la muer­te,
vais de la nada a la nada:
yugos os quie­ren poner
gen­tes de la hier­ba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espal­das.
Cre­púscu­lo de los bue­yes
está des­pun­tan­do el alba.

Los bue­yes mue­ren ves­ti­dos
de humil­dad y olor de cua­dra:
las águi­las, los leo­nes
y los toros de arro­gan­cia,
y detrás de ellos, el cie­lo
ni se entur­bia ni se aca­ba.
La ago­nía de los bue­yes
tie­ne peque­ña la cara,
la del ani­mal varón
toda la crea­ción agranda.

Si me mue­ro, que me mue­ra
con la cabe­za muy alta.
Muer­to y vein­te veces muer­to,
la boca con­tra la gra­ma,
ten­dré apre­ta­dos los dien­tes
y deci­di­da la barba.

Can­tan­do espe­ro a la muer­te,
que hay rui­se­ño­res que can­tan
enci­ma de los fusi­les
y en medio de las batallas.

EL NIÑO YUNTERO

Car­ne de yugo, ha naci­do
más humi­lla­do que bello,
con el cue­llo per­se­gui­do
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herra­mien­ta,
a los gol­pes des­ti­na­do,
de una tie­rra des­con­ten­ta
y un insa­tis­fe­cho arado.

Entre estiér­col puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de oli­vo
vie­ja ya y encallecida.

Empie­za a vivir, y empie­za
a morir de pun­ta a pun­ta
levan­tan­do la cor­te­za
de su madre con la yunta.

Empie­za a sen­tir, y sien­te
la vida como una gue­rra,
y a dar fati­go­sa­men­te
en los hue­sos de la tierra.

Con­tar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una coro­na gra­ve
de sal para el labrador.

Tra­ba­ja, y mien­tras tra­ba­ja
mas­cu­li­na­men­te serio,
se unge de llu­via y se alha­ja
de car­ne de cementerio.

A fuer­za de gol­pes, fuer­te,
y a fuer­za de sol, bru­ñi­do,
con una ambi­ción de muer­te
des­pe­da­za un pan reñido.

Cada nue­vo día es
más raíz, menos cria­tu­ra,
que escu­cha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hun­de
en la tie­rra len­ta­men­te
para que la tie­rra inun­de
de paz y panes su frente.

Me due­le este niño ham­brien­to
como una gran­dio­sa espi­na,
y su vivir ceni­cien­to
revuel­ve mi alma de encina.

Lo veo arar los ras­tro­jos,
y devo­rar un men­dru­go,
y decla­rar con los ojos
que por qué es car­ne de yugo.

Me da su ara­do en el pecho,
y su vida en la gar­gan­ta,
y sufro vien­do el bar­be­cho
tan gran­de bajo su planta.

¿Quién sal­va­rá este chi­qui­llo
menor que un grano de ave­na?
¿De dón­de sal­drá el mar­ti­llo
ver­du­go de esta cadena?

Que sal­ga del cora­zón
de los hom­bre jor­na­le­ros,
que antes de ser hom­bres son
y han sido niños yunteros.

ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ

(En Orihue­la, su pue­blo y el mío, se
me ha muer­to como del rayo Ramón Sijé,
a quien tan­to quería)

Yo quie­ro ser llo­ran­do el hor­te­lano
de la tie­rra que ocu­pas y ester­co­las,
com­pa­ñe­ro del alma, tan temprano.

Ali­men­tan­do llu­vias, cara­co­las
y órga­nos mi dolor sin ins­tru­men­to,
a las des­alen­ta­das amapolas

daré tu cora­zón por ali­men­to.
Tan­to dolor se agru­pa en mi cos­ta­do
que por doler me due­le has­ta el aliento.

Un mano­ta­zo duro, un gol­pe hela­do,
un hacha­zo invi­si­ble y homi­ci­da,
un empu­jón bru­tal te ha derribado.

No hay exten­sión más gran­de que mi heri­da,
llo­ro mi des­ven­tu­ra y sus con­jun­tos
y sien­to más tu muer­te que mi vida.

Ando sobre ras­tro­jos de difun­tos,
y sin calor de nadie y sin con­sue­lo
voy de mi cora­zón a mis asuntos.

Tem­prano levan­tó la muer­te el vue­lo,
tem­prano madru­gó la madru­ga­da,
tem­prano estás rodan­do por el suelo.

No per­dono a la muer­te ena­mo­ra­da,
no per­dono a la vida des­aten­ta,
no per­dono a la tie­rra ni a la nada.

En mis manos levan­to una tor­men­ta
de pie­dras, rayos y hachas estri­den­tes
sedien­ta de catás­tro­fes y hambrienta.

Quie­ro escar­bar la tie­rra con los dien­tes,
quie­ro apar­tar la tie­rra par­te a par­te
a den­te­lla­das secas y calientes.

Quie­ro minar la tie­rra has­ta encon­trar­te
y besar­te la noble cala­ve­ra
y des­amor­da­zar­te y regresarte.

Vol­ve­rás a mi huer­to y a mi higue­ra:
por los altos anda­mios de las flo­res
paja­rea­rá tu alma colmenera

de ange­li­ca­les ceras y labo­res.
Vol­ve­rás al arru­llo de las rejas
de los ena­mo­ra­dos labradores.

Ale­gra­rás la som­bra de mis cejas,
y tu san­gre se irá a cada lado
dispu­tan­do tu novia y las abejas.

Tu cora­zón, ya ter­cio­pe­lo aja­do,
lla­ma a un cam­po de almen­dras espu­mo­sas
mi ava­ri­cio­sa voz de enamorado.

A las ladas almas de las rosas
del almen­dro de nata te requie­ro,
que tene­mos que hablar de muchas cosas,
com­pa­ñe­ro del alma, compañero.

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