La primera tesis sobre Lenin que Jean Salem expone en su libro dice así: «La revolución es una guerra, y la política es, de manera general, comparable al arte militar». Y la cuarta dice así: «Los grandes problemas de la vida de los pueblos se resuelven solamente por la fuerza»1. ¿Cómo puede el pueblo venezolano expulsar al ocupante yanqui si no es por la fuerza? ¿Cómo puede defenderse Cuba del exterminio yanqui si no es armándose hasta los dientes? ¿Cómo puede defenderse una huelga obrera de las violentas cargas represivas si no es con barricadas? ¿Cómo vencer a la propaganda imperialista si no es creando una guerrilla comunicacional preparada para resistir la represión que ha cerrado LaHaine.org, Egin, Euskaldunon Egunkaria, BasqueRedNet, etc.? Miremos por donde miremos, todo da la razón a Lenin. Sigamos.
La política es comparable al arte militar, desde luego. Quiere decir esto que la militancia joven ha de aprender lo esencial de la concepción político-militar como viene insistiendo la teoría de la organización incluso preburguesa, la del comunismo utópico blanquista con sus deficiencias conocidas. Las otras cuatro tesis explican muy bien la unidad multilateral de la concepción político-militar: la tesis 2 trata sobre la importancia de la lucha de clases, de «lo social»; la tesis 3, sobre la «serie» de batallas sociales y el papel de la vanguardia para integrarlas en una estrategia superior; la tesis 5 trata sobre la lucha por las reformas sabiendo que «las reformas son concesiones consentidas por las clases dominantes que siguen manteniéndose en el poder. La revolución es el derrocamiento de la clase dominante» (p. 82); y la tesis 6 sostiene que la política empieza allí donde se encuentran millones de seres explotados desplazándose tendencialmente hacia las luchas de liberación de los países dominados.
En la crisis actual del capitalismo, la más larga y grave de su historia, y bajo la brutalidad imperialista extrema, la juventud obrera ha de desarrollar creativamente estas tesis y ha de crear otras nuevas correspondientes a la fase histórica iniciada a comienzos del siglo XXI, por poner una fecha. También ha de aprender críticamente de la riquísima experiencia acumulada por las militancias del pasado reciente y no tan reciente: ¿no hay nada que aprender, por ejemplo, de las impresionantes luchas sostenidas en el tiempo y en condiciones mucho más duras que las actuales contra la nuclearización, por el euskera, contra la droga, por la amnistía, por el internacionalismo antiimperialista, por una lucha institucional en ayuntamientos, diputaciones, parlamentos regionales, estatales e internacionales sabiendo que son armas del imperialismo franco-español e internacional?
¿No hay nada que aprender de la lucha sistemática contra las torturas y cárceles de exterminio, de la organización de miles de viajes en autobús u otros medios durante miles de kilómetros para visitar a prisioneras y prisioneros? ¿Y qué pueden enseñarnos los grandes sacrificios del pueblo trabajador para organizar y sostener durante décadas contra todas las leyes represivas una red de prensa y medios de difusión crítica y euskaldun? ¿Qué nos enseña un sindicalismo sociopolítico a lo largo de medio siglo de tenaz lucha de clases sostenida por un proletariado con la mayor tasa de sindicación, luchas y huelgas teniendo en cuenta la pequeña clase obrera vasca?
Además de la valía que conservan estas lecciones, como las de la Comuna de París de 1871, por citar un caso, tenemos otras varias cuestiones que considerar:
Una, el capitalismo occidental sufre un retroceso prolongado en la ley de la productividad del trabajo, en la producción de valor y en el descenso de la tasa media mundial de ganancia; desciende la inversión industrial y aumenta la especulativa; la deuda crece imparable; el capital ficticio de alto riesgo crece imparable; el agotamiento de los recursos se acelera agudizando la crisis socioecológica y sanitaria, etc. En síntesis, la llamada «decadencia de Occidente», real e innegable, fuerza al imperialismo al rearme y a la guerra contra Eurasia, una guerra ya iniciada con muchos conflictos locales y regionales que responden a las mismas causas esenciales: la necesidad ciega de aumentar las ganancias del capital; guerras que, si confluyen en una única mundial, lo más probable es que sea la última. En realidad, son conflictos locales que pueden dar un salto a una guerra mundial entre el Capital y el Trabajo.
Dos, la guerra social y bélica entre el Capital y el Trabajo es la contradicción estructurante de toda la historia del capitalismo. Las guerras y choques interimperialistas responden a la ley de la competencia, inserta en las leyes de concentración y centralización. En la actualidad, la competencia se agudiza tanto dentro de Occidente como entre muchas de las burguesías de los BRICS y de otros bloques y alianzas internacionales. Burguesías poderosas y medias se resisten al imperialismo para mantener su tasa de ganancia pero, como clases propietarias, explotan y reprimen a sus clases trabajadoras y combaten el socialismo. Con todas sus diferencias y oposiciones internas, Eurasia es ahora la fuerza que mayor resistencia ofrece al imperialismo y que busca coordinar a otros países empobrecidos que optan por el socialismo o por sistemas sociales menos explotadores que el duro capitalismo occidental. Será la lucha de clases en estos países la que decida si siguen avanzando al socialismo o se rinden al imperialismo.
Tres, a partir de aquí entendemos mejor las nuevas formas de explotación del capitalismo contemporáneo: destrucción de la unidad de la clase obrera y debilitamiento de su conciencia para sí; sobreexplotación, violencias y represiones; empobrecimiento y «cadena de oro» de la deuda familiar; precarización e inseguridad vivencial; ignorancia funcional y sumisión a la industria de la alienación; fetichismos múltiples creados por la expansión del capital ficticio; apoyo al imperialismo, racismo y machismo de su propia burguesía…
Y cuatro, estas y otras innovaciones, que surgen de las contradicciones del capital, generan múltiples efectos: tendencia al debilitamiento de la identidad nacional de clase del proletariado correspondiente a la fase de la «cultura industrial» de entre 1890 – 1990; tendencia al fortalecimiento del cosmopolitismo y del estatalismo español y francés impulsado por los cambios arriba expuestos más, sobre todo, por la intervención planificada de estos Estados; tendencia al aumento de la despolitización «progre», es decir, del «pasar de la política» con excusas simplonas pero reaccionarias en el fondo; tendencia al aumento del fascismo en los sectores sociales franco-españolistas…
Ahora bien, en cuanto tendencias sufren las presiones de las contratendencias que el pueblo trabajador genera con sus movilizaciones y objetivos. O sea, la lucha de clases, en su desarrollo de la conciencia en sí a la conciencia para sí, puede reducir y anular esas tendencias reaccionarias impulsando fuerzas revolucionarias antagónicas. Si bien en los últimos tiempos se incrementa la lucha obrera y popular para, en este «nuevo» capitalismo, revertir y detener las tendencias vistas impulsando las contrarias, es decir, el avance de una «nueva» conciencia nacional de clase que siempre debe florecer a partir de las raíces históricas pero en un «nuevo» entorno, siendo cierto esto, debemos reivindicar con orgullo la contrastada validez del método marxista que integra las lecciones de lo permanente en las novedades que surgen en todo momento en la lucha nacional de clase de los pueblos trabajadores oprimidos y de la lucha de clases en sí misma.
Y es aquí cuando llegamos al valor de la militancia comunista que abarca toda la vida consciente de las personas que saben que el enemigo mortal de la humanidad, el capital, no se va a desarmar, no va a desmantelar su Estado, su ejército, y a entregar su propiedad privada al pueblo para que sea socializada. Es de ciegos e ignorantes, también de reaccionarios, creer que todo ello se va a dar por las buenas, con sonrisas y cantos pacifistas porque sí, porque se lo ruegan de rodillas y llorando las clases y pueblos explotados. Más concretamente, el capital nunca va a permitir que dentro de su legalidad de clase el proletariado se arme y se entrene con total tranquilidad ante sus propias narices para, llegado el momento, pasar a la ofensiva en su larga guerra social de clases.
La militancia comunista sabe que el capital morirá matando y que, por tanto, hay que prepararse para la guerra justa que será su sepulturera en todas sus formas procesuales y ascendentes de acción. Este es un axioma que identifica y cohesiona a la militancia comunista. Ella asume que la crisis revolucionaria, es decir, el momento de la destrucción del poder burgués y de construcción simultánea del poder proletario, es la llamada «prueba del algodón» de la historia capitalista, pero también en las fases precapitalistas cuando estallaba la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción y reproducción de la propiedad privada.
Ahora, cuando nos encontramos dentro del más agudo antagonismo entre el potencial emancipador de las fuerzas productivas y las cadenas burguesas que constriñen ese potencial e incluso lo anulan para asegurar la continuidad del irracionalismo consustancial a la propiedad privada, es precisamente ahora cuando la militancia comunista aparece como más imprescindible que nunca antes. En Euskal Herria este antagonismo lo vivimos día a día en todas sus expresiones porque, tras una sostenida lucha nacional de clase desde, por no retroceder mucho, las matxinadas del siglo XVIII en adelante, se ha generado una memoria de resistencia, de lucha y de guerra que ahora refuerza la recuperación de las movilizaciones también entre la juventud trabajadora.
Hemos explicado en otros artículos cómo el proceso de la memoria de resistencia, de lucha y de guerra facilita, junto a otros factores, la (re)creación de una nueva oleada de liberación nacional de clase. Mal que bien, con vacíos y nieblas, esta memoria reprimida y tergiversada conserva, sin embargo, algunas lecciones básicas tanto más valiosas cuanto más recientes son. Las teorías creadas en sus sucesivos momentos por la militancia de entonces son ahora sometidas a una lectura crítica y es la militancia comunista adulta, entrada en años de guerra social ininterrumpida en la que los sacrificios, la clandestinidad, la tortura, el exilio, la cárcel y los asesinatos de compañeros y compañeras a manos de las fuerzas represivas [fueron la constante], la única que puede y debe aportar luz a la oscuridad tergiversadora impuesta por el poder opresor.
La militancia comunista adulta, siempre que sea comunista, aúna en su experiencia vital la dialéctica entre el conocimiento objetivo desarrollado en los tsunamis de la guerra social y la experiencia subjetiva desarrollada en esas tempestades. Solo los engreídos sectarios e ignorantes desprecian estas lecciones. Recientemente, varias compañeras y compañeros de revolución han muerto con sus cuerpos agotados por los ataques del capital. Son parte de una lista casi inagotable y por eso sería injusto citarlas solo a ellas y ellos, olvidando al resto, porque todas ellas nos han dado una lección eterna sobre el sentido comunista de la vida.
Tocamos aquí un punto crítico: ¿qué sentido tiene la vida para el comunismo, para la independencia socialista de los pueblos y para la felicidad humana? Según Marx, la sumisión es la mayor desgracia, el servilismo es el mayor defecto y la lucha es la mayor felicidad. Es por esto que debemos rendir gloria y honor a esas camaradas que recién se han ido, recordando estas palabras del Águila —Lenin dixit— Rosa Luxemburg en enero de 1919, poco antes de ser detenida por sus antiguos compañeros socialdemócratas unidos ya a los protofascistas de los Freikorps, torturada, asesinada y arrojado su cuerpo deshecho a un río en Berlín: «“¡El orden reina en Berlín!”, ¡esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya “se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto” y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!»2.
10 de octubre de 2026
Petri Rekabarren
- Jean Salem: Lenin y la revolución. Península, Barcelona 2009. Págs.: 9 – 39, y 64 – 80. ↩︎
- Rosa Luxemburg: El orden reina en Berlín. 14 de enero de 1919.

https://www.marxists.org/espanol/luxem/01_19.htm ↩︎